La asistenta
Segunda parte » Capítulo 50
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Ya no se repetirá jamás. No volverá a subirme al desván. No volverá a advertir a todo el vecindario que estoy loca y que deben estar alerta a mi conducta. No volverá a encerrarme.
Por supuesto, aunque me ha echado de casa, no me quedaré del todo tranquila hasta que estemos divorciados. Pero no debo precipitarme. Tiene que ser él quien presente la demanda de divorcio. Como se huela siquiera que todo ha sido idea mía, se acabó.
Tendida en la cama queen size en mi habitación de hotel, planeo la siguiente jugada. Mañana iré en coche a recoger a Cecelia del campamento. Y luego nos iremos… a alguna parte. No sé adónde, pero necesito empezar de cero. Gracias a Dios, Andy no llegó a adoptarla. No tiene ningún derecho a reclamar su custodia. Puedo llevármela a donde me dé la gana. Ni siquiera tengo que preocuparme de fabricarnos identidades falsas, aunque desde luego recuperaré mi apellido de soltera. No quiero nada que me recuerde a ese hombre.
Alguien llama a la puerta de la habitación. Por un aterrador instante, pienso que debe de ser Andy. Lo imagino de pie frente a la puerta. «¿De verdad creías que sería tan fácil, Nina? Por favor. Al desván que vas».
—¿Quién es? —pregunto, recelosa.
—Soy Enzo.
Me invade una oleada de alivio. Al entreabrir la puerta, lo veo ahí, con una camiseta, unos vaqueros manchados de tierra y el entrecejo arrugado.
—¿Y bien? —dice.
—Ya está. Me ha echado.
Se le ilumina la expresión.
—¿Sí? ¿De verdad?
Me enjugo la humedad de los ojos con el dorso de la mano.
—De verdad.
—Es… increíble…
Respiro hondo.
—Tengo que darte las gracias. Sin ti, me habría sido del todo imposible…
Asiente despacio.
—Ha sido un placer ayudarte, Nina. Era mi obligación. Yo…
Nos quedamos callados un momento, mirándonos. De pronto, se inclina hacia delante y, un segundo después, está besándome.
No me lo esperaba. A ver, sí, me daba cuenta de que Enzo estaba bueno. Tengo ojos en la cara. Pero siempre nos manteníamos demasiado concentrados en el objetivo compartido de alejarme de Andy. Y lo cierto es que, después de tantos años de matrimonio con ese monstruo, creía estar muerta por dentro. Andy y yo aún nos acostábamos, porque él me lo exigía, pero era siempre un acto muy mecánico para mí, como lavar los platos o hacer la colada. No sentía nada. Ya no me parecía posible volver a concebir esa clase de sentimientos por nadie. Vivía por completo en modo de supervivencia.
Pero ahora que he conseguido sobrevivir, resulta que no estaba muerta por dentro, después de todo.
Soy yo quien arrastra a Enzo de la camiseta hacia la cama queen size, pero él es quien me desabrocha los botones de la blusa… salvo uno, que arranca de cuajo. Casi todo lo que pasa después es fruto de un esfuerzo conjunto.
Es precioso. No, mejor todavía: es alucinante. Me alucina estar con un hombre al que no desprecio con todas las fibras de mi ser. Con un hombre bueno y amable. Un hombre que me ha ayudado a salvar mi vida. Aunque solo sea durante una noche.
Y, madre mía, qué bien besa.
Cuando terminamos, los dos estamos sudorosos, acalorados y contentos. Enzo me rodea con el brazo y yo me acurruco contra él.
—¿Ha estado bien? —pregunta.
—Muuuy bien. —Hundo la mejilla en su pecho descubierto—. No tenía idea de que sentías eso por mí.
—Siempre lo he sentido —dice—. Desde la primera vez que te vi. Pero intento ser, ya sabes, un buen tío.
—Creía que me veías más como una hermana.
—¡Hermana! —exclama, horrorizado—. Como una hermana, no. De hermana, nada.
Se me escapa una carcajada al ver su expresión, pero la risa se extingue enseguida.
—Mañana me marcho de la ciudad. Eres consciente de eso, ¿verdad?
Se queda callado un largo rato. ¿Está pensando en pedirme que me quede? Le tengo mucho cariño, pero no puedo quedarme por él. Ni por él ni por ninguna otra persona. Él debería saberlo mejor que nadie.
A lo mejor se ofrece a marcharse conmigo. No sé cómo me sentiría si me lo propusiera. Me gusta mucho, pero necesito estar un tiempo sola después de todo esto. Tardaré mucho en poder volver a confiar de verdad en un hombre, aunque intuyo que, si hay alguien digno de confianza, ese es Enzo. Así me lo ha demostrado.
Pero no me pide que me quede ni se ofrece a irse conmigo. En cambio, dice algo que no me esperaba en absoluto.
—No podemos abandonarla, Nina.
—¿Perdona? —pregunto.
—A Millie. —Posa en mí sus ojos negros—. No podemos dejarla sola con él. No estaría bien. No lo permitiré.
—¿Que no lo permitirás? —repito con incredulidad, apartándome de él. Mi euforia poscoital se ha evaporado de golpe—. ¿Qué narices significa eso?
—Significa que… —Se le tensa la mandíbula—. Tú no te merecías esa vida, pero Millie tampoco.
—¡Es una criminal!
—Pero ¿tú te escuchas? Es un ser humano.
Me incorporo en la cama, sujetando las sábanas contra mi pecho desnudo. Enzo respira de forma agitada y se le marca una vena en el cuello. Entiendo que esté alterado, pero no sabe nada.
—Tenemos que decírselo —insiste.
—No, ni de coña.
—Yo se lo diré. —Le tiembla un músculo de la mandíbula—. Si no se lo dices tú, lo haré yo. La pondré sobre aviso.
Me asoman las lágrimas a los ojos.
—No serías capaz…
—Nina. —Sacude la cabeza—. Lo siento. No…, no quiero hacerte daño, pero esto no está bien. No podemos hacerle esto.
—No lo entiendes —digo.
—Claro que lo entiendo.
—No —replico—. No tienes ni idea.