La asistenta

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Tercera parte » Capítulo 51. Millie

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MILLIE

Andrew? —llamo—. ¡Andrew! Silencio.

Cierro los dedos en torno al frío metal del pomo una vez más e intento girarlo con todas mis fuerzas, esperando que las piezas del mecanismo simplemente se hayan atascado un poco. Nada. La puerta está cerrada con llave. Pero ¿cómo es posible?

Solo se me ocurre que, tal vez, cuando Andrew salió de la habitación para dormir en su propia cama (no lo culpo, pues si el catre resulta incómodo para una persona, para dos ya ni te cuento), echó llave a la puerta en un gesto automático, por la costumbre de cuando el cuarto era un trastero. Si estaba medio dormido, supongo que se trata de un error bastante razonable.

Lo que significa que tengo que telefonearlo para pedirle que me saque de este lugar. No me hace mucha ilusión despertarlo, pero es culpa suya que esté aquí encerrada, joder. No pienso quedarme toda la noche atrapada en este sitio, sobre todo porque tengo ganas de orinar.

Enciendo la luz, y es entonces cuando veo tres libros de texto en el suelo, justo en medio de mi habitación. Qué raro. Me agacho para leer los títulos en las tapas duras. Guía de prisiones de Estados Unidos, La historia de la tortura y un listín telefónico.

Estos libros no estaban aquí cuando me fui a la cama anoche. ¿Los habrá subido Andrew pensando que por la mañana yo dejaría esta habitación y él podría volver a convertirla en un trastero? Es la única explicación lógica.

Tras apartar los pesados volúmenes con el pie, busco mi teléfono sobre la cómoda, donde lo dejé cargándose anoche. O, al menos, eso creía. Ya no está ahí.

¿Qué demonios pasa?

Recojo los vaqueros que abandoné en el suelo y rebusco en los bolsillos. Ni rastro de mi móvil. ¿Dónde habrá ido a parar? Revuelvo los cajones de la cómoda en busca de ese pequeño rectángulo que se ha convertido en mi único medio de salir de aquí. Incluso arranco las mantas y las sábanas de la cama, por si se perdió allí durante nuestras actividades recreativas de anoche. Luego me pongo a cuatro patas para echar un vistazo por debajo de la cama.

Nada.

Debo de haberlo dejado abajo, aunque tengo el vago recuerdo de haberlo utilizado aquí mismo anoche. Supongo que no. Ya es mala suerte, haberme olvidado el teléfono abajo para después quedarme atrapada en este desván de mierda y encima con ganas de ir al baño.

Me recuesto de nuevo en la cama e intento no pensar en mi vejiga llena. Pero no sé cómo me las arreglaré para conciliar el sueño. Cuando Andrew venga por la mañana y me encuentre aquí, le voy a cantar las cuarenta por haberme encerrado sin querer.

—¿Millie? ¿Estás despierta?

Abro los ojos de golpe. No sé cómo, pero he logrado dormirme. Aún es muy temprano. La diminuta habitación está en penumbra, y solo unos pocos rayos de sol se cuelan por el ventanuco.

—Andrew. —Me incorporo en la cama, con una presión más que apremiante en la vejiga. Me levanto a toda prisa y me acerco a la puerta tambaleándome—. ¡Me dejaste encerrada anoche!

Se produce un prolongado silencio al otro lado de la puerta. Espero oír una disculpa, un tintineo de llaves mientras intenta dar con la que necesita para sacarme de aquí. Pero no oigo nada de eso. Está totalmente callado.

—Andrew —digo—, tienes la llave, ¿verdad?

—Sí, tengo la llave —confirma.

En ese momento, me asalta un mal presentimiento. Anoche, no paraba de repetir para mis adentros que había sido un accidente. Debía serlo. Pero ahora, de pronto, no las tengo todas conmigo. Al fin y al cabo, ¿qué probabilidades hay de que alguien encierre a su novia sin querer y tarde varias horas en darse cuenta?

—Andrew, ¿me abres la puerta, por favor?

—Millie. —Su voz suena extraña. Como la de un desconocido—. ¿Te acuerdas de que ayer estabas hojeando unos libros que extrajiste de mi estantería?

—Sí…

—Pues cogiste varios libros y luego los dejaste sin más sobre la mesa de centro. Esos libros eran míos, pero no los trataste muy bien, ¿verdad?

No sé de qué me habla. Sí, saqué unos libros de la librería. Tres, como máximo. Y a lo mejor me distraje y se me pasó devolverlos a su sitio. ¿De verdad es para tanto? ¿Por qué parece estar tan molesto?

—Lo…, lo siento —digo.

—Hummm. —Su voz sigue sonando rara—. Dices que lo sientes, pero esta es mi casa. No puedes hacer lo que te dé la gana sin atenerte a las consecuencias. Creía que serías más cuidadosa, teniendo en cuenta que eres una criada.

Me estremezco ante el desprecio que muestra hacia mi trabajo, pero estoy dispuesta a decir lo que haga falta para tranquilizarlo.

—Perdona. No pretendía causar un desorden. Iré a recogerlos ahora mismo.

—Demasiado tarde. Ya los he recogido yo.

—Oye, ¿me abres la puerta para que podamos hablar de ello?

—Abriré la puerta —dice—, pero antes debes hacer algo por mí.

—¿Qué?

—¿Ves los tres libros que te he dejado en el suelo del cuarto?

Los tres libros de texto que están en medio de la habitación y con los que estuve a punto de tropezar anoche siguen en el mismo sitio en que los dejó.

—Sí…

—Quiero que te tumbes en el suelo y los aguantes sobre el abdomen.

—¿Disculpa?

—Ya me has oído —dice—. Quiero que los mantengas en equilibrio sobre tu abdomen. Durante tres horas seguidas.

Contemplo la puerta, imaginándome las facciones crispadas de Andy.

—Estás de guasa, ¿no?

—Para nada.

No tengo idea de por qué está haciendo esto. Este no es el Andrew del que me enamoré. Es como si estuviera obligándome a participar en un juego muy retorcido. No sé si es consciente del mal rollo que me está dando.

—Oye, Andrew, no sé qué te traes entre manos o a qué quieres jugar, pero por lo menos déjame salir para que vaya al baño.

—¿Tengo que hacerte un dibujo? —Chasquea la lengua—. Dejaste mis libros tirados de cualquier manera en el salón, y yo tuve que ponerlos en su sitio. Así que ahora quiero que cojas esos libros y soportes su peso.

—No pienso hacer eso.

—Pues qué lástima, porque no vas a salir de ese cuarto hasta que obedezcas.

—Genial. Pues seguramente acabaré meándome encima.

—Hay un cubo en el armario, por si necesitas hacer tus necesidades.

Cuando me instalé aquí, reparé en el cubo azul que estaba en un rincón del armario. Simplemente lo dejé ahí y no volví a pensar en él. Echo un vistazo para comprobar que sigue en el mismo sitio. Mi vejiga sufre un espasmo, y cruzo las piernas.

—Andrew, lo digo en serio. De verdad que tengo que ir al baño.

—Acabo de darte la solución.

No se baja del burro. No entiendo qué ocurre aquí. La loca siempre había sido Nina. Andrew era el razonable, la persona que me salvó cuando ella me acusó de robarle la ropa.

¿Estarán mal de la cabeza los dos? ¿O están compinchados en esto?

—Vale. —Acabemos con esto de una vez. Me siento en el suelo y recojo uno de los libros para que lo oiga—. Ya está, tengo los libros apilados sobre la barriga. ¿Me dejas salir?

—No tienes los libros sobre la barriga.

—Sí que los tengo.

—No mientas.

Suelto un resoplido de exasperación.

—¿Cómo sabes si miento o no?

—Porque te veo.

Una sensación gélida me recorre el espinazo. ¿Puede verme? Desplazo la mirada de una pared a otra, buscando una cámara. ¿Cuánto rato lleva observándome? ¿Me ha espiado desde que me vine a vivir aquí?

—No la encontrarás —asegura—. Está bien escondida. Y no te preocupes, no te vigilo desde el principio. Solo desde hace unas semanas.

Me pongo de pie con dificultad.

—¿Qué coño te pasa? Vas a dejarme salir ahora mismo.

—Verás —dice Andrew sin inmutarse—, creo que no estás en situación de exigir nada.

Me abalanzo contra la puerta. Aporreo la madera, tan dura que se me quedan las manos rojas y doloridas.

—¡Te juro por Dios que más te vale dejarme salir! ¡Esto no tiene gracia!

—Eh. Eh. —La voz serena de Andrew interrumpe mis golpes a la puerta—. Tranquilízate. Mira, voy a dejarte salir. Te lo prometo.

Dejo caer los brazos a mis costados. Noto un dolor punzante en los puños.

—Gracias.

—Pero todavía no.

Se me encienden las mejillas.

—Andrew…

—Ya te he dicho lo que tienes que hacer si quieres salir —añade—. Es un castigo más que justo por lo que hiciste.

Aprieto los labios, demasiado enfadada para responder.

—¿Quieres que te deje un rato sola para que te lo pienses, Millie? Vuelvo más tarde.

A decir verdad, sigo pensando que me está tomando el pelo hasta que oigo sus pasos alejarse por el pasillo.

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