La asistenta
Tercera parte » Capítulo 52. Millie
Página 57 de 72
52
MILLIE
Hace una hora que Andrew se ha ido.
He usado el cubo. No quiero hablar de ello. Pero llegué a un punto en que, si no lo usaba, habría acabado con orina escurriéndoseme por las piernas. Ha sido una experiencia interesante, por calificarla de alguna manera.
Una vez superado ese trámite, han empezado a gruñirme las tripas. He echado una ojeada dentro de la mininevera, donde suelo guardar yogures o cosas para picar. Por algún motivo, alguien la ha vaciado durante los últimos días. Solo quedaban tres botellines de agua. Me he bebido dos de un trago, pero me he arrepentido de inmediato. ¿Y si me retiene aquí varias horas más, o incluso días? Esa agua podría hacerme falta.
Tras ponerme los vaqueros y una camiseta limpia, examino el montón de libros en el suelo. Andrew ha dicho que, si los aguanto sobre el estómago durante tres horas, me dejará salir. No entiendo muy bien el objetivo de este juego tan ridículo, pero tal vez debería ceder. Entonces me sacará de aquí y podré largarme para siempre.
Me tiendo en el suelo sin moqueta. Estamos a principios de verano, por lo que hace un bochorno insoportable en el desván. Apoyo la cabeza en la dura superficie y cojo el libro sobre las prisiones. Es un grueso volumen que debe de pesar varios kilos. Me lo coloco con cuidado sobre el vientre.
Noto cierta presión, pero no resulta muy incómodo. Aunque, si lo hubiera hecho antes de utilizar el cubo, seguramente me habría orinado en los pantalones. Pero así no estoy tan mal. Entonces agarro el segundo libro.
Es el que trata sobre la tortura. Supongo que el título no es una mera coincidencia. O tal vez sí. Vete a saber.
Deposito el segundo libro sobre mi barriga. Esta vez el peso me molesta más. Son dos buenos tochos. Además, noto la presión del suelo contra las protuberancias de mis omóplatos y el cóccix. No es una sensación muy grata, pero me parece tolerable.
Sin embargo, él quería que sostuviera los tres libros.
Cojo el último: la guía de teléfonos. No solo es pesada, sino también voluminosa. Me cuesta levantarla con los otros dos libros encima de mí. Después de un par de intentos, consigo mantener el listín en equilibrio sobre el abdomen.
El peso de los tres ejemplares casi me deja sin aliento. Dos me resultaban soportables, pero tres son demasiados. Estoy muy muy incómoda. Me cuesta respirar a fondo, y el borde del libro inferior se me clava en las costillas.
No, no puedo hacerlo. Imposible.
Me quito los tres volúmenes de encima. Los hombros me suben y me bajan mientras resuello profundamente. Andy no puede pedirme que aguante los tres libros apilados sobre mí durante horas.
Me pongo de pie y echo a andar de un lado a otro de la habitación. No sé a qué está jugando Andy, pero no pienso seguirle el juego. O me deja salir de aquí, o busco el modo de salir por mí misma. Debe de haber una manera. Esto no es una celda.
Tal vez pueda desatornillar las bisagras de la puerta. O el pomo. Andrew tiene una caja de herramientas guardada abajo, en el garaje. Lo que daría ahora mismo por echarle el guante. Pero en los cajones de mi cómoda tengo un montón de cosas. A lo mejor hay algo que pueda utilizar como destornillador.
—¿Millie?
La voz de Andrew otra vez. Interrumpo mi búsqueda de herramientas para correr hasta la puerta.
—Me he puesto los libros encima. Por favor, déjame salir.
—Te he dicho tres horas. Solo los has aguantado durante cerca de un minuto.
Ya estoy hasta el moño de esta gilipollez.
—Que. Me. Dejes. Salir.
—¿O si no, qué? —Se ríe—. Ya te he dicho lo que debes hacer.
—No pienso hacerlo.
—Muy bien. Pues entonces te quedarás ahí encerrada.
Sacudo la cabeza.
—¿Así que me dejarás morir aquí dentro?
—No te vas a morir. Cuando se te acabe el agua, entrarás en razón.
Esta vez mis gritos apenas me dejan oír sus pisadas cuando se aleja.
Llevo dos horas y cincuenta minutos con los tres libros sobre el abdomen.
Andrew estaba en lo cierto. Una vez despachado el tercer botellín de agua, mi desesperación por salir del cuarto ha aumentado de forma considerable. Cuando he empezado a ver cascadas de agua danzando ante mis ojos, he comprendido que debía llevar a cabo la tarea que él me había encomendado. Por supuesto, no hay garantía de que me deje salir si lo hago, pero espero que sí.
Los libros me producen una incomodidad brutal. Mentiría si dijera lo contrario. Hay momentos en que pienso que no aguantaré un segundo más, que el peso me aplastará literalmente la pelvis, pero entonces respiro —en la medida en que me lo permiten estos estúpidos tochos— y sigo resistiendo. Ya falta poco.
Y cuando salga de aquí…
En cuanto se cumplen las tres horas, me quito los volúmenes de encima de un empujón. Experimento un alivio inmenso, pero, cuando intento incorporarme, el abdomen me duele tanto que me vienen lágrimas a los ojos. Me van a salir moretones. Aun así, me impulso hacia delante y aporreo la puerta.
—¡Lo he hecho! —grito—. ¡Ya está! ¡Déjame salir de aquí!
Como era de esperar, no viene. Tal vez él pueda verme, pero yo no tengo idea de dónde andará. ¿Está en casa? ¿En la oficina? Podría estar en cualquier parte. Si bien él conoce mi ubicación, yo no gozo del mismo privilegio.
Qué cabrón.
No es sino hasta una hora después que oigo pasos al otro lado de la puerta. Casi lloro de alivio. Nunca había sido claustrofóbica, pero esta experiencia me ha cambiado. No sé si seré capaz de subir a un ascensor después de esto.
—¿Millie?
—He hecho lo que querías, capullo —le espeto a la puerta—. Ahora, déjame salir.
—Hummm. —Su tono displicente me da ganas de rodearle el cuello con los dedos y apretar—. Me temo que no va a ser posible.
—¡Pero lo prometiste! Dijiste que si aguantaba los libros sobre la barriga durante tres horas, me dejarías salir.
—Así es. Pero el caso es que te los has quitado de encima un minuto antes de tiempo. Lamentablemente, tendrás que volver a empezar.
Se me desorbitan los ojos. Si alguna vez ha habido una ocasión en que he estado a punto de transformarme en el increíble Hulk y arrancar la puerta de los goznes, es esta.
—Tienes que estar de coña.
—Lo siento. Las normas son las normas.
—Pero… —barboteo—. Ya no me queda agua.
—Qué pena —contesta, y a continuación suspira—. La próxima vez, tendrás que aprender a racionarla.
—¿La próxima vez? —Le pego una patada a la puerta—. ¿Estás pirado? No va a haber una próxima vez.
—De hecho, yo creo que sí —replica con aire pensativo—. Estás en libertad condicional, ¿verdad? Si te llevaras algo de nuestra casa, creo que Nina me apoyaría en esto, ¿dónde crees que acabarías? ¡Basta con que te acusen de un delito menor para que vuelvas a la cárcel! En cambio, si te portas mal, solo tendrás que pasar un par de días en ese cuarto de vez en cuando. Yo diría que sales ganando con diferencia, ¿no te parece?
Vale, este sí que sería el momento en que me transformaría en el increíble Hulk.
—Bueno —concluye—. Yo en tu lugar me pondría a ello, porque pronto te va a dar mucha sed.
En esta ocasión aguanto tres horas y diez minutos, pues no quiero correr el más mínimo riesgo de que Andrew me obligue a hacerlo por tercera vez. Eso me mataría.
Siento como si alguien llevara varias horas propinándome puñetazos en el vientre. Me duele tanto que al principio no soy capaz de incorporarme. Me veo obligada a tumbarme de costado y hacer fuerza con los brazos para levantar la parte superior del cuerpo. Además, tengo dolor de cabeza por la falta de agua. Me arrastro hasta el catre y me aúpo a él para esperar sentada a que aparezca Andrew.
Transcurre otra media hora hasta que su voz vuelve a sonar tras la puerta.
—¿Millie?
—Lo he hecho —digo casi en un susurro. Ni siquiera puedo ponerme de pie.
—Te he visto. —Percibo un deje de condescendencia—. Excelente trabajo.
Y entonces percibo el sonido más bello que he oído nunca: el de la cerradura al abrirse. Me hace incluso más ilusión que cuando salí de la cárcel.
Andrew entra en la habitación con un vaso de agua en la mano. Me lo alarga y, por un instante, me asalta la sospecha de que le ha echado algún narcótico, pero ahora mismo me da igual. Me lo bebo de un trago. Hasta la última gota.
Andy se sienta a mi lado en el catre. Me encojo cuando me posa la mano en la parte baja de la espalda.
—¿Qué tal estás?
—Me duele la barriga.
Ladea la cabeza.
—Lo siento.
—¿De veras?
—Cuando haces algo malo, debes recibir una lección. Es la única manera de que aprendas. —Tuerce los labios—. Si lo hubieras hecho bien a la primera, no habría tenido que pedirte que lo repitieras.
Alzo la vista y estudio sus apuestas facciones. ¿Cómo he podido enamorarme de este hombre? Parecía simpático, normal y maravilloso. En ningún momento había dejado traslucir la clase de monstruo que es. Su objetivo no es casarse conmigo, sino convertirme en su prisionera.
—¿Cómo has podido saber exactamente el tiempo que he aguantado? —digo—. Es imposible que veas con tanta claridad lo que pasa aquí dentro.
—Al contrario. —Se saca el teléfono del bolsillo y abre una aplicación. En la pantalla aparece el interior de mi habitación, en color y con una gran nitidez. La imagen, de una definición asombrosa, nos muestra a los dos sentados en la cama. En ella, me veo pálida y encorvada, con el cabello seco y áspero—. ¿A que es una pasada? Parece una película.
Qué hijo de puta. Se ha pasado el día entero mirándome sufrir aquí dentro. Y tiene toda la intención de someterme a esto de nuevo. Con la salvedad de que, en la próxima ocasión, será durante más tiempo. Y a saber qué me hará entonces. Ya he estado recluida una vez. No permitiré que vuelva a ocurrir. Ni de coña.
Así que me llevo la mano al bolsillo de los vaqueros.
Y saco el espray de pimienta que he encontrado dentro del cubo.