La asistenta

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Tercera parte » Capítulo 54. Millie

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MILLIE

Andrew pega un alarido cuando el gas pimienta le alcanza los ojos.

La boquilla está a poco más de siete centímetros de su cara, así que el chorro le da de lleno. Entonces oprimo el pulsador por segunda vez, para administrarle otra dosis de propina. Mientras lo rocío, aparto la cabeza y cierro los párpados. Solo me faltaría que me entrara gas pimienta en los ojos, aunque es difícil que no me lleguen algunas gotas.

Cuando alzo la vista de nuevo, veo que se ha llevado las manos a la cara, que se le ha puesto al rojo vivo. El móvil se le ha caído al suelo, y me apresuro a recogerlo, con cuidado de no tocar nada más. Todo tiene que salir a la perfección en los próximos veinte segundos. Llevo seis horas planeando esto con tres libros apilados sobre la barriga.

Al enderezarme, aún tengo las piernas inestables, pero me sostienen. Andrew sigue retorciéndose en el catre y, antes de que recupere la vista, me escabullo de la habitación y cierro la puerta detrás de mí. Acto seguido, extraigo la llave que me facilitó Nina y la meto en la cerradura. Tras darle la vuelta, me la guardo en el bolsillo y retrocedo un paso.

—¡Millie! —chilla Andrew al otro lado de la puerta—. ¿De qué vas?

Bajo la mirada hacia la pantalla de su teléfono. Aunque me tiemblan los dedos, consigo abrir la configuración y desactivo el bloqueo de pantalla antes de que el móvil se bloquee de forma automática, lo que me permitirá usarlo en cualquier momento sin necesidad de introducir el pin.

—¡Millie!

Doy otro paso hacia atrás, como si él pudiera atravesar la puerta con la mano y agarrarme. Pero no puede. Estoy a salvo.

—Millie —repite, bajando la voz hasta un gruñido—. Déjame salir de aquí ahora mismo.

El corazón me late a toda prisa en el pecho. Me siento como cuando entré en aquel dormitorio hace años y me encontré a Kelsey gritándole «¡que me dejes!» al gilipollas de Duncan, el jugador de fútbol americano, que se reía como un borracho. Me quedé un segundo ahí, con el cuerpo paralizado mientras la rabia me ardía en el pecho. Él era mucho más corpulento que las dos; ni en sueños habría podido quitárselo de encima a Kelsey. El cuarto estaba a oscuras, así que exploré a tientas el escritorio hasta que toqué un pisapapeles, y entonces…

Nunca olvidaré ese día. La increíble sensación de atizarle en el cráneo con el pisapapeles a ese cabrón hasta que se quedó inmóvil. Casi valió la pena pasar todos esos años en chirona. Al fin y al cabo, vete tú a saber a cuántas chicas más salvé de él.

—Te dejaré salir —respondo—. Pero todavía no.

—Tienes que estar de broma. —Se palpa la indignación en sus palabras—. Esta es mi casa. No puedes tenerme prisionero aquí. Además, eres una criminal. Me basta con llamar a la policía para que acabes de nuevo en la cárcel.

—Ya —contesto—, pero ¿cómo vas a llamar a la policía si yo tengo tu teléfono?

Echo una ojeada a la pantalla de su móvil. Lo veo ahí, de pie, a todo color. Incluso alcanzo a apreciar lo enrojecido que tiene el rostro por el espray de pimienta y las lágrimas que le resbalan por las mejillas. Después de rebuscarse en los bolsillos, escruta el suelo con los ojos hinchados.

—Millie —dice en un tono pausado y comedido—. Quiero que me devuelvas mi teléfono.

Suelto una carcajada ronca.

—No me cabe la menor duda.

—Millie, devuélveme el teléfono ahora mismo.

—Hummm. Me parece que no estás en situación de exigir nada.

—¡Millie!

—Un segundo. —Me guardo su móvil en el bolsillo—. Voy a pillar algo de comer. No te preocupes, regreso enseguida.

—¡Millie!

Sigue llamándome a gritos mientras avanzo por el pasillo y bajo las escaleras ignorándole por completo. No podrá hacer nada mientras esté atrapado en ese cuarto. Y yo tengo que planear mi siguiente paso.

Lo primero que hago es justo lo que he dicho: voy a la cocina, donde me bebo dos vasos colmados de agua. A continuación, me preparo un sándwich de salchichón. No, no de «salpicón». Con gran cantidad de mayonesa y pan blanco. Una vez que me he llenado la tripa, me siento mucho mejor. Por fin puedo pensar con claridad.

Cojo el móvil de Andrew. Sigue en el desván, caminando de un lado a otro como animal enjaulado. No quiero ni imaginar lo que me haría si lo dejara. Solo de pensarlo, noto un sudor frío en el cogote. Mientras lo espío, en la pantalla aparece un mensaje de texto enviado por «Mamá».

¿Vas a presentarle los papeles de divorcio a Nina?

Echo un vistazo a algunos mensajes anteriores. Andrew le ha contado a su madre lo de su desavenencia con Nina. Tengo que contestarle algo, porque, si no recibe respuesta de su hijo, a lo mejor le da por venir…, y entonces se irá todo a la mierda. Nadie debe sospechar que le ha pasado algo a Andrew.

Sí. Ahora mismo estoy hablando con el abogado.

La contestación de la madre de Andrew llega casi al instante:

Me alegro. Nunca me ha caído bien. Me esforzaba por hacerlo lo mejor posible con Cecelia, pero Nina no le ha inculcado disciplina, y la chiquilla se ha convertido en una mocosa mimada.

Siento una punzada de empatía hacia Nina y Cecelia en el pecho. Ya es bastante triste que la madre de Andrew no haya apreciado nunca a su nuera, pero ¿que hable así de su propia nieta? Por otro lado, me pregunto qué entiende la madre de Andrew por «disciplina». Si se parece en algo al concepto de castigo que tiene su hijo, me alegro de que Nina no lo haya puesto en práctica.

Con las manos temblorosas, tecleo mi respuesta:

Por lo visto tenías razón respecto a Nina.

Ahora tengo que ocuparme de ese capullo.

Después de meterme de nuevo su móvil en el bolsillo, subo al primer piso y luego hasta el desván. Cuando llego a la última planta, las pisadas en el interior de la habitación cesan. Debe de haberme oído.

—Millie —dice.

—Aquí estoy —contesto con frialdad.

Se aclara la garganta.

—He aprendido la lección. Te pido perdón por lo que he hecho.

—Ah, ¿sí?

—Sí. He comprendido que estaba equivocado.

—Ya veo. Entonces ¿estás arrepentido?

Carraspea.

—Sí.

—Dilo.

Se queda callado unos instantes.

—¿Que diga qué?

—Que estás arrepentido de la cosa tan terrible que me has hecho.

Observo su expresión en la pantalla. No quiere reconocer que está arrepentido porque no lo está. Solo se arrepiente de haberme dado la oportunidad de volver las tornas.

—Lo siento —dice al fin—. Estaba totalmente equivocado. Te he hecho algo terrible, pero me arrepiento de ello y no volverá a suceder. —Tras una pausa, añade—: Y, ahora, ¿me dejarás salir?

—Sí, te dejaré salir.

—Gracias.

—Pero todavía no.

Inspira con brusquedad.

—Millie…

—Voy a dejarte salir. —Mi tono sereno contrasta con el martilleo que noto en el pecho—. Pero, antes, debes ser castigado por lo que me has hecho.

—No te embarques en este juego —gruñe—. No tienes lo que hay que tener.

No me hablaría así si supiera que maté a un hombre a golpes con un pisapapeles. Pero no tiene ni idea. Por otra parte, apostaría a que Nina sí que lo sabe.

—Quiero que te tumbes en el suelo y te pongas esos tres libros encima.

—Venga ya. Eso es ridículo.

—No te dejaré salir de ese cuarto hasta que lo hagas.

Andrew levanta la vista hacia la cámara. Siempre me había parecido que tenía unos ojos bonitos, pero ahora mismo destilan veneno al mirarme. Bueno, a mí no, me recuerdo a mí misma. Está mirando al objetivo.

—Está bien. Tú ganas.

Se acuesta en el suelo. Recoge uno por uno los volúmenes y se los apila sobre el abdomen, tal como he hecho yo unas horas antes. Sin embargo, él es más corpulento y fuerte que yo, por lo que el peso de los libros apenas parece incomodarlo, a pesar de que son tres.

—¿Satisfecha? —pregunta en voz muy alta.

—Más abajo —digo.

—¿Qué?

—Que te coloques los libros más abajo.

—No entiendo a qué te…

Apoyo la frente contra la puerta.

—Sabes exactamente a qué me refiero.

Incluso a través de la puerta, oigo su respiración agitada.

—Millie, no puedo…

—Si quieres salir de esa habitación, tendrás que hacerlo.

Bajo los ojos hacia la pantalla de su móvil y lo observo. Desplaza los libros por su vientre hasta que quedan justo encima de los genitales. Si antes no se le veía muy incómodo, la situación ha cambiado. Tiene el rostro petrificado en una mueca.

—La madre de Dios —jadea.

—Bien —digo—. Y ahora, quédate así durante tres horas.

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