La asistenta
Tercera parte » Capítulo 55. Millie
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MILLIE
Mientras veo la tele en el sofá y espero a que transcurran las tres horas, medito sobre Nina.
Desde el principio creí que la loca era ella. Ahora no sé qué pensar. Sin duda fue ella quien me dejó el espray de pimienta en el cuarto. Ya se olía lo que él iba a hacerme, lo que me lleva a suponer que también se lo ha hecho a ella. Tal vez muchas veces.
¿De verdad tuvo celos de mí alguna vez, o era puro teatro? No estoy muy segura. Una parte de mí quiere llamarla para averiguarlo, pero sospecho que no sería buena idea. Después de todo, Kelsey no volvió a dirigirme la palabra después de que yo matara a Duncan. No entiendo por qué, teniendo en cuenta que lo maté por ella. Él la estaba violando. Y, sin embargo, cuando volví a ver a mi ex mejor amiga, me miró como a una apestada.
Siempre fui una incomprendida. Cuando tuve problemas por acuchillarle los neumáticos al señor Cavanaugh, intenté explicarle a mi madre que él me había dicho que me suspendería en matemáticas a menos que yo dejara que me metiera mano. Nadie me creyó. Mi madre me mandó al internado porque no paraba de meterme en líos. La cosa no salió muy bien. Tras el incidente en el internado, se desentendieron de mí para siempre.
Entonces, cuando, después de salir de la prisión, conseguí por fin un empleo decente, tuve que lidiar con el tal Kyle, el barman, que me tocaba el culo siempre que se le presentaba la ocasión. Así que, un día, giré en redondo y le estampé el puño contra la nariz. No me denunció porque le daba vergüenza que una chica le hubiera partido la cara, pero me echaron a la calle. Poco después, estaba viviendo en mi coche.
No puedo fiarme de nadie salvo de mí misma.
Con un bostezo, apago el televisor. Ya han pasado las tres horas, y Andrew no se ha movido del suelo. Ha seguido las reglas al pie de la letra, aunque debe de estar pasándolo fatal. Subo las escaleras hasta el último piso con toda la pachorra del mundo. En cuanto llego, se quita los libros de los genitales de un empujón y se queda un rato hecho un ovillo en el suelo.
—¿Andrew? —digo.
—¿Qué?
—¿Cómo te encuentras?
—¿Cómo crees que me encuentro? —sisea—. Déjame salir, hija de puta.
Apenas queda rastro de la impasibilidad y la autosuficiencia con que me hablaba antes de que bajara al salón. Mejor. Me reclino contra la puerta y observo su rostro en la pantalla.
—No me gustan las palabrotas. Pensaba que, como me necesitas para que te ayude, serías un poco más amable conmigo.
—Que. Me. Dejes. Salir. —Se incorpora en el suelo, acunando la cabeza entre las manos—. Te juro por Dios, Millie, que si no me sacas de aquí ahora mismo te mataré.
Lo dice como si tal cosa: «Te mataré». Me quedo mirando la pantalla del teléfono, especulando sobre cuántas mujeres más han estado en esa habitación. Me pregunto si alguna habrá muerto ahí dentro.
No me parece en absoluto una hipótesis descabellada.
—Tranquilo —digo—. Te sacaré de ahí.
—Menos mal.
—Pero todavía no.
—Millie… —gime—. He hecho exactamente lo que me has pedido. Durante tres horas.
—¿Tres horas? —Alzo las cejas, aunque él no me ve—. Qué pena, me has entendido mal. De hecho, he dicho cinco horas. Así que me temo que tendrás que volver a empezar.
—Cinco… —Me encanta ver cómo palidece en la imagen a todo color—. No puedo hacer eso. No aguantaría cinco horas más. Tienes que dejarme salir de aquí. El juego ha terminado.
—No estamos negociando, Andrew —le digo con toda paciencia—. Si quieres salir de ese cuarto, tendrás que sostener esos libros sobre los cataplines durante las próximas cinco horas. Tú decides.
—Millie. Millie —dice con el aliento entrecortado—. Oye, siempre hay margen para la negociación. ¿Qué es lo que quieres? Te daré dinero. Te doy un millón de dólares ahora mismo si me dejas salir de esta habitación. ¿Qué te parece?
—No.
—Dos millones.
Le resulta fácil ofrecerme un dinero que no tiene la menor intención de darme.
—Va a ser que no. Bueno, me voy a la cama, pero a lo mejor te veo por la mañana.
—¡Millie, sé razonable! —Se le quiebra la voz—. Yo por lo menos te dejé algo de agua. ¿No puedes darme un poco de agua?
—Me temo que no —respondo—. A lo mejor la próxima vez que encierres a una chica deberías dejarle más agua en la habitación, para que sobre algo para ti.
Dicho esto, me alejo por el pasillo mientras él me llama a gritos. En cuanto entro en el dormitorio del piso de abajo, hago una búsqueda en Google: «¿Cuánto tiempo puede sobrevivir una persona sin agua?».