La asistenta

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Tercera parte » Capítulo 56. Nina

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NINA

Cuando recojo a Cecelia del campamento, la veo más contenta de lo que la había visto en mucho tiempo. Está con los nuevos amigos que ha hecho, y su carita de pan resplandece. Tiene las mejillas y los hombros tostados por el sol, y un raspón en el codo con una tirita medio despegada. En vez de uno de esos espantosos vestidos de volantes que Andy siempre la obliga a ponerse, lleva un cómodo pantalón corto y una camiseta. Seré feliz si nunca vuelve a enfundarse un vestido.

—¡Hola, mamá! —Se me acerca dando botes, con la cola de caballo oscilando tras ella. Según Suzanne, cuando su retoño empezó a llamarla «mamá» en vez de «mami», sintió como si le clavara un puñal en el corazón. Pero a mí me alegra comprobar que Cece se está haciendo mayor, porque eso significa que pronto él no podrá ejercer ningún poder sobre ella. Sobre nosotras—. ¡Llegas pronto!

—Sí…

Su coronilla me llega ya al hombro. ¿Ha crecido durante su estancia aquí? Me rodea con sus delgados brazos y apoya la cabeza en mi hombro.

—¿Y ahora adónde vamos?

Sonrío. Cuando Cece estaba preparando su equipaje para el campamento, le indiqué que añadiera un par de mudas de más porque no sabía si volveríamos directas a casa o, por el contrario, iríamos a otro sitio desde el campamento. Por eso aún llevo algunas de sus bolsas en el maletero del coche.

No estaba segura de que esto fuera a materializarse. No sabía si todo saldría según los planes. Cada vez que lo pienso, se me arrasan los ojos en lágrimas. Somos libres.

—¿Adónde te gustaría ir? —pregunto.

Yergue la cabeza.

—¡A Disneylandia!

Podríamos dirigirnos a California. Me encantaría poner cinco mil kilómetros entre Andrew Winchester y yo. Por si acaso se le mete en la cabeza que tenemos que volver a estar juntos.

Por si acaso Millie no hace lo que espero que haga.

—¡Pues vamos allá! —exclamo.

A Cece se le ilumina el rostro y se pone a dar saltitos de gusto. Aún conserva esa alegría infantil, la capacidad de vivir el momento. Él no se la ha arrebatado por completo. Al menos, todavía no.

De pronto, deja de brincar y adopta una expresión muy seria.

—¿Y papá?

—Él no vendrá.

El alivio que se le dibuja en el semblante refleja el que yo siento. Él nunca le ha puesto un dedo encima, hasta donde yo sé, y lo he vigilado con atención. Si hubiera descubierto en mi hija un moretón sospechoso, por pequeño que fuera, le habría dado el visto bueno a Enzo para que lo matara. Pero nunca le he pillado ninguno. Aun así, ella sabía que algunas de sus faltas se traducían en castigos contra mí. Es una chica lista.

Por supuesto, como tenía que portarse de forma intachable delante de su padre, se desquitaba en su ausencia. No se fía mucho de ningún adulto aparte de mí, y a veces es una niña difícil. La han tachado de malcriada, pero no es culpa suya. Mi hija tiene buen corazón.

Cece corre hasta la cabaña para recoger su equipaje. Echo a andar tras ella, pero en ese momento empieza a sonarme el teléfono en el bolso. Hurgo en el desordenado contenido hasta que encuentro el móvil. Es Enzo quien me llama.

Me debato entre contestar o no. Enzo me ayudó a salvar el pellejo, y no puedo negar que pasé una noche inolvidable con él. Pero estoy decidida a dejar atrás esa parte de mi vida. No sé cuál es el motivo de su llamada y no estoy muy segura de querer saberlo.

Por otro lado, lo menos que puedo hacer después de todo lo que ha hecho por mí es cogerle el teléfono.

—¿Hola? —Bajo la voz—. ¿Qué pasa?

—Tenemos que hablar, Nina —dice Enzo en un tono grave y serio.

A lo largo de mi vida, estas tres palabras nunca han antecedido a nada bueno.

—¿De qué? —pregunto.

—Tienes que regresar aquí y ayudar a Millie.

Suelto un resoplido.

—Ni loca.

—¿Ni loca? —Ya había oído a Enzo enfadado, pero nunca conmigo. Es la primera vez—. Nina, está en apuros, y tú la pusiste en esa situación.

—Claro, porque se acostó con mi marido. ¿Se supone que debo compadecerme de ella?

—¡Tú la incitaste!

—Mordió el anzuelo porque quiso. Nadie la obligó. De todos modos, estará bien. Andy dejó pasar muchos meses antes de hacerme nada. No empezó hasta después de que nos casáramos. —Me sorbo la nariz—. Le escribiré una carta cuando me concedan el divorcio, ¿vale? Le advertiré de la clase de persona que es antes de que se case con él.

Guarda silencio unos instantes.

—Hace tres días que Millie no sale de la casa.

Vuelvo la mirada con rapidez hacia la cabaña de Cecelia. Sigue dentro, recogiendo sus cosas y seguramente cotorreando con sus nuevos amigos. Desplazo la vista por los otros padres que han venido a buscar a sus hijos. Me aparto a un lado y bajo aún más la voz.

—¿Cómo que hace tres días que no sale?

—Estaba preocupado por ella, así que hice una marca roja en la rueda de su coche. Han pasado tres días, y la marca sigue exactamente en el mismo sitio. Hace tres días que no va a ningún sitio.

Suelto un bufido.

—Oye, Enzo, eso podría significar cualquier cosa. A lo mejor se han ido de viaje los dos juntos.

—No. He visto el coche de él en marcha.

Pongo cara de exasperación.

—Pues a lo mejor comparten vehículo. Tal vez ella no tiene ganas de conducir.

—La luz del desván está encendida.

—La… —Me aclaro la garganta, alejándome un paso más de los otros padres—. ¿Cómo lo sabes?

—He estado en el jardín trasero.

—¿Después de que Andy te despidiera?

—Tenía que echar un vistazo, ¿vale? Ahí arriba hay alguien.

Aprieto el teléfono con tanta fuerza que empiezo a notar un hormigueo en los dedos.

—¿Y qué? El desván era la habitación de ella. ¿Qué tiene de raro que esté ahí arriba?

—No lo sé. Dímelo tú.

Una sensación de mareo se apodera de mí. Cuando estaba trazando el plan para conseguir que Millie ocupara mi lugar y, más tarde, cuando quería que matara a ese cabrón, no calibré a fondo las consecuencias. Le dejé el espray pimienta y le di la llave de la habitación, suponiendo que se las apañaría con eso. Pero de pronto caigo en la cuenta de que tal vez cometí un terrible error. Me la imagino atrapada en el desván, padeciendo la tortura que se le haya ocurrido a Andy. Solo de pensarlo, me entran náuseas.

—¿Y tú qué? —inquiero—. ¿No puedes ir y averiguar si se encuentra bien?

—He llamado al timbre. No me ha abierto nadie.

—¿Y la llave de debajo del tiesto?

—No estaba.

—¿Y qué me dices de…?

—Nina —gruñe Enzo—, ¿me estás pidiendo que entre por la fuerza en esa casa? ¿Sabes lo que me pasaría si me pillaran? Tú tienes llave. Tienes todo el derecho a entrar ahí. Te acompañaré, pero no puedo ir solo.

—Pero…

—¡Déjate de excusas! —estalla—. Me parece increíble que permitas que ella sufra como sufriste tú.

Lanzo una última mirada a la cabaña de Cecelia, que sale justo en ese momento, con sus bolsas a cuestas.

—De acuerdo —digo—. Regresaré. Pero con una condición.

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