La asistenta

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Tercera parte » Capítulo 57. Millie

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MILLIE

Cuando, a la mañana siguiente, me despierto en la habitación de invitados, lo primero que hago es buscar el teléfono de Andrew.

Abro la aplicación que tiene acceso a la cámara del desván. La imagen de la habitación aparece de inmediato. Contemplo la pantalla y se me hiela la sangre. En el cuarto reina una quietud absoluta. Andrew ya no está ahí.

Ha salido de la habitación.

Mi mano izquierda se cierra con fuerza sobre las mantas. De pronto, percibo un movimiento tras la ventana, y estoy a punto de sufrir un infarto hasta que advierto que se trata de un pájaro.

¿Dónde estará Andrew? ¿Cómo ha conseguido salir? ¿Había instalado ahí dentro un botón de seguridad o algún otro medio de escapar del que yo no sabía nada por si alguna vez se encontraba en esta situación? Lo dudo mucho. Ha estado varias horas seguidas con esos libros sobre la entrepierna. ¿Por qué iba a hacer una cosa así si tenía una forma de evadirse desde el primer momento?

Sea como sea, si ha salido del cuarto, seguro que está cabreado.

Tengo que largarme de esta casa. Ya mismo.

Bajo la vista hacia el teléfono. De repente, algo se mueve en la pantalla. Exhalo despacio. Resulta que Andrew sí está en la habitación. Está acostado en el catre, tapado con las mantas. No lo había visto porque permanecía muy quieto.

Rebobino el vídeo del interior de la habitación. Andrew aparece tendido en el suelo, con un gesto de dolor por el peso que sostiene. Cinco horas. Se ha pasado así cinco horas. Si he de cumplir mi parte del trato, debo dejarlo salir ahora.

Me preparo sin prisas. Me doy una larga ducha. Noto cómo la tensión en el cuello se disipa mientras el agua caliente se me escurre por el cuerpo. Sé qué debo hacer a continuación. Y estoy lista.

Me pongo una camiseta cómoda y unos vaqueros. Me recojo el cabello rubio trigueño en una cola de caballo y me guardo el móvil de Andrew en el bolsillo. A continuación, cojo algo que encontré ayer en el garaje y me lo escondo en el otro bolsillo.

Asciendo por los chirriantes escalones hasta el desván. He subido tantas veces que he notado que no todos los peldaños crujen; solo unos en concreto. El segundo hace mucho ruido, por ejemplo. Y también el de arriba de todo.

Cuando llego al desván, llamo a la puerta. Saco el móvil y echo una ojeada a la imagen en color de la habitación. Andrew sigue en la cama, inmóvil.

Noto una comezón de inquietud en la nuca. Andrew no ha bebido nada desde hace unas doce horas. Debe de estar bastante débil. Recuerdo cómo me sentía ayer cuando me moría de sed. ¿Y si está inconsciente? ¿Qué hago en ese caso?

Pero entonces Andrew se rebulle en el colchón. Lo observo mientras se incorpora y se frota los ojos con la base de las manos.

—Andrew —digo—. He vuelto.

Alza la vista y la clava en el objetivo de la cámara. Me recorre un escalofrío solo de imaginar lo que me haría si abriera esta puerta. Me agarraría de la cola de caballo y me arrastraría al interior. Me obligaría a hacer cosas terribles antes de dejarme salir. Si es que me deja salir algún día.

Se pone en pie con piernas vacilantes. Se acerca a la puerta y se deja caer contra ella.

—Hice lo que me pediste. Déjame salir.

Sí, claro.

—Verás —digo—, las imágenes de anoche no quedaron grabadas. Menuda faena, ¿verdad? Me temo que te va a tocar…

—No pienso volver a hacer eso. —Tiene el rostro de un color rosa vivo, y no es por el espray de pimienta—. Debes dejarme salir en este mismo instante, Millie. Lo digo muy en serio.

—Te dejaré salir. —Tras una pausa, añado—: Pero todavía no.

Andrew retrocede un paso, con la mirada clavada en la puerta. Da otro paso hacia atrás. Y luego otro. Y entonces arranca a correr.

Embiste la puerta con tanta fuerza que esta se estremece en sus bisagras. Pero sigue intacta.

Entonces él empieza a recular de nuevo. Mierda.

—Oye —digo—. Te dejaré salir. Solo tienes que hacer una cosa más.

—Que te den. No te creo.

Acomete la puerta de nuevo. Esta tiembla, pero no se rompe. La casa es relativamente nueva y está bien construida. Me pregunto si Andrew es capaz de echarla abajo. A lo mejor en su mejor momento y bien hidratado, podría. Pero no es el caso. Además, no resultaría fácil derribarla desde el interior, pues tiene los goznes por dentro.

A estas alturas, está resollando. Se reclina contra la puerta para intentar recuperar el aliento. Tiene el rostro incluso más colorado que antes. Me parece que no está en su mano tumbar la puerta.

—¿Qué quieres que haga? —consigue articular.

Me extraigo del bolsillo el objeto que saqué del garaje. Lo encontré en la caja de herramientas de Andrew. Son unos alicates. Los deslizo por el hueco de debajo de la puerta.

Al otro lado, él se agacha y los recoge. Les da vueltas entre los dedos. Frunce el ceño.

—No entiendo. ¿Qué quieres que haga?

—Bueno —digo—, cuesta mucho saber exactamente cuánto tiempo tuviste esos libros encima. Esto resultará más fácil. Será cosa de un momento.

—No te entiendo.

—Muy sencillo. Si quieres salir de la habitación, solo tienes que arrancarte un diente.

Me fijo en el rostro de Andrew a través de la pantalla. Tensando los labios en una mueca, arroja los alicates contra el suelo.

—Debes de estar de broma. De ninguna manera. No pienso hacer eso por nada del mundo.

—Creo que unas horas más sin agua te harán cambiar de opinión —señalo.

Vuelve a retroceder unos pasos. Está haciendo acopio de fuerzas. Corre hacia la puerta y arremete contra ella con todo su peso. Esta retiembla de nuevo, pero se mantiene firme. Veo que Andrew echa el puño hacia atrás y lo estampa contra la madera.

Suelta un aullido de dolor. La verdad es que habría salido mejor parado si simplemente se hubiera extraído un diente. En el bar donde trabajaba, un tío que estaba borracho le pegó un puñetazo a la pared y se rompió un hueso de la mano. No me extrañaría que a Andrew le haya pasado lo mismo.

—¡Sácame de aquí! —me chilla—. Sácame de esta puta habitación ahora mismo.

—Te dejaré salir. Ya sabes lo que tienes que hacer.

Se sujeta la mano derecha con la izquierda. Cae de rodillas, casi doblado en dos. Observo en la pantalla del teléfono que recoge los alicates con la mano izquierda. Contengo la respiración mientras se los acerca a la boca.

¿De verdad va a hacerlo? No aguanto más. Cierro los ojos, incapaz de seguir mirando.

Profiere un alarido de sufrimiento. Es el mismo sonido que emitió Duncan cuando le estrellé el pisapapeles en el cráneo. Cuando abro los ojos de golpe, Andrew sigue en pantalla. Aún está de rodillas. Miro cómo agacha la cabeza, berreando como un bebé.

Está al límite. No puede más. Está dispuesto a arrancarse los dientes con tal de salir de ese cuarto.

Ni se imagina que esto no ha hecho más que empezar.

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