La asistenta
Tercera parte » Capítulo 58. Nina
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NINA
Algo ha ido mal.
Lo intuyo en el instante en que paro el coche delante de la casa de Andrew. Algo terrible ha ocurrido ahí dentro. Es una sensación muy intensa.
He accedido a regresar aquí con una condición. Enzo debía quedarse con Cece y protegerla con su vida. No habría dejado mi hija al cuidado de nadie más. Conozco a muchas mujeres de esta ciudad, y todas y cada una de ellas se han dejado cautivar por el encanto de mi marido. No confiaría en que se resistieran a entregarle a Cece.
Pero, debido a eso, estoy sola.
Aunque estuve aquí por última vez hace una semana, siento como si hubiera transcurrido una eternidad. Aparco en la calle, frente a la verja, detrás del coche de Millie. Al agacharme junto al vehículo, veo la marca roja que dejó Enzo en el neumático. Sigue ahí, pero no tengo idea de si justo en el mismo sitio en que estaba ayer y anteayer.
—¿Nina? ¿Eres tú?
Es Suzanne. Me enderezo y me aparto del coche de Millie. Ella está de pie en la acera, con la cabeza ladeada en un gesto de perplejidad. Si en nuestro último encuentro estaba esquelética, ahora parece haber perdido aún más peso.
—¿Va todo bien, Nina? —pregunta.
Despliego una sonrisa forzada.
—Sí, claro. ¿Por qué lo preguntas?
—Se suponía que habíamos quedado para almorzar el otro día, pero no te presentaste. Por eso he pensado en pasarme para ver cómo estabas.
Cierto. Mis almuerzos semanales con Suzanne. Si hay algo que no echaré de menos de mi vida anterior, es eso.
—Lo siento. Supongo que no me acordé.
Suzanne frunce los labios. Nunca olvidaré que, cuando le confesé todo lo que me había hecho Andrew, ella asintió con aire comprensivo, para luego ir corriendo a delatarme. Decidió fiarse de él antes que de mí. Las traiciones como esa no se olvidan.
—Me han llegado rumores escandalosos —dice—. He oído que te habías mudado a otro sitio. Que habías dejado a Andy. O que él…
—¿Que él me dejó por la criada? —Al reparar en la expresión de Suzanne, descubro que he dado en el clavo. Somos la comidilla de todo el vecindario—. Pues me temo que no es verdad. Los mentideros se han vuelto a equivocar. Solo había ido a buscar a Cece al campamento en el que estaba, eso es todo.
—Ah. —Percibo un atisbo de desilusión en el rostro de Suzanne. Estaba deseando enterarse de un chisme jugoso—. Pues me alegro de oír eso. Estaba preocupada por ti.
—No hay absolutamente nada de que preocuparse. —Empiezan a dolerme las mejillas de tanto sonreír—. Bueno, ha sido un largo viaje, así que, si me disculpas…
Suzanne me sigue con la vista mientras enfilo el camino de acceso hacia mi puerta principal. Seguro que tiene un montón de preguntas en la cabeza. Por ejemplo, si he ido a recoger a Cecelia al campamento, ¿dónde está ella? ¿Y por qué he aparcado en la calle en vez de en el garaje? Pero no tengo tiempo para darle explicaciones a ese espanto de mujer.
Debo averiguar qué ha sido de Millie y Andy.
La planta baja de casa está a oscuras. Como la última vez que estuve aquí Andy me pidió que me marchara, opto por tocar el timbre en vez de entrar directamente. Me quedo esperando a que alguien me abra.
Dos minutos después, sigo ahí, ante la puerta.
Al final, me saco el llavero del bolso. Es un gesto que he hecho cientos de veces: agarrar las llaves, encontrar la de cobre que lleva grabada la letra A y encajarla en la cerradura. La puerta de mi antiguo hogar gira sobre sus bisagras.
No me sorprende constatar que dentro reina la oscuridad y no se oye el menor ruido.
—¿Andy? —llamo.
Nadie responde.
Me dirijo a la puerta del garaje. La empujo para abrirla y veo que el BMW de Andy está ahí aparcado. Por supuesto, eso no implica que Andy y Millie no se hayan ido juntos de viaje. Pueden haber ido en taxi al aeropuerto de LaGuardia. Es lo que suele hacer él. Seguro que decidieron tomarse unas vacaciones improvisadas.
Aunque, en el fondo, sé que no ha sido así.
—¿Andy? —lo llamo de nuevo en voz más alta—. ¿Millie?
Nada.
Me acerco a las escaleras. Alzo la vista hacia el primer piso para intentar percibir si algo se mueve ahí arriba. No vislumbro nada. Sin embargo, tengo la sensación de que hay alguien más aquí.
Empiezo a subir las escaleras. Me tiemblan tanto las piernas que hay una posibilidad real de que me fallen, pero no dejo de ascender. No me detengo hasta llegar a la primera planta.
—¿Andy? —Trago saliva—. Por favor…, si hay alguien en casa, que diga algo…
Como sigo sin obtener respuesta, inicio un recorrido por las habitaciones. El dormitorio principal: vacío. El cuarto de invitados: vacío. La habitación de Cece: vacía. La sala de proyección: también vacía.
Solo me queda un sitio por inspeccionar.
La puerta de las escaleras que conducen al desván está abierta. La iluminación en esta parte de la casa siempre ha sido muy deficiente. Agarrándome de la barandilla, levanto la vista a lo alto de la escalera. Ahí hay alguien. No me cabe la menor duda.
Millie debe de estar atrapada en el cuarto. Seguro que Andy la ha encerrado ahí.
Pero entonces ¿dónde se habrá metido él? ¿Por qué está aquí su coche, y él no?
Las piernas a duras penas soportan mi peso mientras asciendo los catorce peldaños hasta el rellano del desván. Al final del pasillo está la habitación en la que pasé tantos días de pesadilla durante mi matrimonio. Dentro, la luz está encendida. Se escapa por debajo de la puerta.
—No desesperes, Millie —murmuro—. He venido a ayudarte.
Enzo tenía razón. No debería haberla abandonado aquí. Creía que ella era más fuerte que yo, pero me equivocaba. Cualquier cosa que le suceda pesará sobre mi conciencia. Espero que esté bien. Voy a sacarla de aquí.
Extraigo la llave del desván de mi bolso. Introduzco la llave en la cerradura y dejo que la puerta se abra.