La Templanza

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III. Jerez » Capítulo 25

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Los cierres de las contraventanas se resistían a abrirse, escasos como estaban de uso y de aceite. Tras el esfuerzo de las cuatro manos, los pasadores por fin cedieron y, al compás de los chirridos de las bisagras, la estancia se llenó de luz. Los bultos de los muebles dejaron entonces de parecer fantasmas y se percibieron nítidos.

Mauro Larrea alzó una de las sábanas y debajo apareció un sofá entelado en marchito satén grana; levantó otra y a la vista quedó una mesa coja de palisandro. Al fondo percibió una grandiosa chimenea con los esqueletos de su último fuego. Junto a ella, en el suelo, una paloma muerta.

Sus pasos eran los únicos que resonaban mientras recorría la imponente estancia; el empleado de la notaría, después de ayudarle a abrir el balcón central, se cobijó bajo el dintel de la puerta. A la espera.

—Entonces, ¿nadie se ocupó de esta casa en los últimos tiempos? —preguntó sin mirarle. Acto seguido arrancó de un tirón una nueva sábana: bajo ella dormía el sueño de los justos una butaca desfondada con brazos de nogal.

—Nadie que yo sepa, señor. Desde que don Luis se marchó, nadie ha vuelto por aquí. De todas maneras, el deterioro le viene de lejos.

El hombre hablaba con untuosidad y aparente sumisión: sin preguntar abiertamente, aunque sin disimular tampoco la correosa intriga que le generaba la tarea que el notario le había encomendado. Angulo, acompañe al señor Larrea a la casa de don Luis Montalvo en la calle de la Tornería. Y luego, si les da tiempo, lo lleva hasta la bodega en la calle del Muro. Yo tengo dos citas comprometidas entretanto, los espero de vuelta a la una y media.

Mientras el nuevo propietario examinaba el caserón con zancadas grandes y gesto adusto, el tal Angulo no veía el momento de terminar con la visita para escapar al tabanco de todos los mediodías y soltar la noticia. De hecho, en ese preciso momento ya estaba dándole vueltas a cómo formular las frases para que el impacto fuera mayor. Un indiano es el nuevo dueño de la casa del Comino, esa parecía una buena frase. ¿O tal vez debería decir primero el Comino está muerto, y un indiano se ha quedado con su casa, después?

Fuera cual fuera el orden de las palabras, las dos claves eran Comino e indiano. Comino porque por fin todo Jerez iba a saber qué había sido de Luis Montalvo, el propietario del mote y de la casa-palacio: muerto y enterrado en Cuba, ese había sido su fin. E indiano porque esa era la etiqueta que de inmediato le adjudicó a aquel forastero de físico un tanto abrumador que esa misma mañana había entrado en la notaría pisando firme, que se presentó con el nombre de Mauro Larrea y que despertó entre todos los presentes un murmullo de curiosidad.

A la vez que Angulo, escuálido y demacrado, se relamía por dentro anticipando el eco del cañonazo que estaba a punto de soltar, ambos continuaron recorriendo estancia tras estancia bajo las arcadas de la planta superior: otro par de salones con escasos muebles, un gran comedor con mesa para docena y media de comensales y sillas para menos de la mitad, un pequeño oratorio desprovisto de cualquier ornato y un buen puñado de alcobas con camas de colchones hundidos. Por los resquicios se colaban de vez en cuando algunos tenues rayos de sol, pero la sensación general era de penumbra envuelta en un desagradable aroma a rancio mezclado con orín de animal.

—En el sobrado imagino que estarán los cuartos del servicio y de los trastos, como es lo común.

—¿Perdón?

—El sobrado —repitió Angulo señalando con un dedo al techo—. Las buhardillas, los desvanes. Sotabancos, los llaman por otras tierras.

Las losas de Tarifa y el mármol de Génova que conformaban la solera estaban llenos de suciedad; algunas puertas se mostraban medio desencajadas, había cristales rotos en varias ventanas y el amarillo calamocha de los vanos hacía tiempo que empezó a descascarillarse. Una gata recién parida los desafió desde un rincón de la gran cocina, sintiéndose amenazada en su papel de emperatriz de aquella triste pieza de fogones sin rastro de calor, techos ahumados y tinajas vacías.

Decadencia, pensó al volver al patio por cuyas columnas trepaban las enredaderas a su albedrío. Esa era la palabra que llevaba un buen rato buscando en su cerebro. Decadencia era lo que aquella casa desprendía, largos años de dejadez.

—¿Quiere que vayamos ahora a ver la bodega? —preguntó el empleado con escasas ganas.

Mauro Larrea sacó el reloj del bolsillo mientras terminaba de inspeccionar su nueva propiedad. Dos esbeltas palmeras, multitud de macetas llenas de pilistras asilvestradas, una fuente sin agua y un par de decrépitos sillones de mimbre atestiguaban las gratas horas de frescor que aquel soberbio patio, en algún tiempo remoto, debió de proporcionar a sus residentes. Ahora, bajo los arcos de cantería, sus pies tan solo aplastaban barro seco, hojas mustias y cagadas de animales. De haber sido más melancólico, se habría preguntado qué fue de los remotos habitantes de aquel hogar: de los niños que corrieron por allí, de los adultos que descansaron y se quisieron y discutieron y platicaron en cada dependencia del caserón. Como las cuestiones sentimentales no eran lo suyo, se limitó a comprobar que faltaba media hora para su cita.

—Prefiero dejarlo para más tarde, si no le importa. Volveré caminando hasta la notaría, no es necesario que me acompañe. Vuelva a su quehacer, yo me arreglo.

Su recia voz con acento de otras tierras disuadió a Angulo de insistir. Se despidieron junto a la cancela, ansiando cada uno su libertad: él para digerir lo que acababa de ver y el enjuto empleado para trotar rumbo al tabanco en el que a diario trasegaba con las novedades o los dimes y diretes de los que gracias a su trabajo se lograba enterar.

Lo que el tal Angulo, con su respiración flemática y su mirada retorcida, no podía siquiera sospechar era que aquel Mauro Larrea, a pesar de su porte seguro de rico de las colonias, de su estampa y de su vozarrón, se encontraba en el fondo tan desconcertado como él. Mil dudas se le agolpaban al minero en la cabeza cuando salió de nuevo al otoño de la calle de la Tornería, pero masculló tan solo una: una pregunta dirigida a sí mismo que sintetizaba la esencia de todas las demás. ¿Qué carajo haces tú aquí, compadre?

Todo era lícitamente suyo, lo sabía. Se lo había ganado al marido de Carola Gorostiza ante testigos solventes cuando este decidió arriesgarlo por su propia voluntad y con sus cabales intactos. Las oscuras razones que tuviera para hacerlo no eran de su incumbencia, pero el resultado sí. Vaya si lo era. En eso consistía el juego en España, en las Antillas y en el México independiente; en el más alto salón y en el más triste burdel. Se apostaba, se jugaba, y a veces se ganaba, y a veces se perdía. Y esta vez a él la suerte se le había puesto de cara. Con todo, después de patear aquel caserón desolado, el resquemor volvió a asaltarlo en forma de siluetas que quedaron al otro lado del mar. ¿Por qué fuiste tan insensato, Gustavo Zayas? ¿Por qué te arriesgaste a no volver?

Orientándose a golpe de instinto, atravesó una plaza flanqueada por cuatro espléndidas casas-palacio; pasó después por la puerta de Sevilla y enfiló la calle Larga hacia el corazón de la ciudad. Déjate de pendejadas, pensó entretanto. Tú eres el legítimo legatario, y los tejemanejes entre sus anteriores dueños a ti ni te van ni te vienen. Céntrate en lo que acabas de ver: incluso teniendo en cuenta su lamentable estado, esta casona seguro que vale su buen capital. Lo que ahora tienes que hacer es deshacerte de ella y del resto del patrimonio lo antes posible, para eso estás aquí. Para venderlo cuanto antes, echarte el dinero al bolsillo y cruzar de nuevo el Atlántico hasta la otra orilla. Para regresar.

Continuó avanzando hacia la notaría flanqueado a derecha e izquierda por dos hileras de naranjos. Apenas circulaban carruajes: a Dios gracias, pensó recordando los amenazantes enjambres que formaban los quitrines en las vías habaneras. Ensimismado como iba en sus propios asuntos, al recorrer la calle Larga apenas prestó atención al pulso sosegado y próspero de la vida local. Dos confiterías y tres sastrerías, cinco barberos, numerosas fachadas señoriales, un par de boticas, un talabartero y un puñado de apacibles negocios de zapatos, sombreros y comestibles. Y entre ellos, señoras de buen tono y señores vestidos a la inglesa, rapaces y criaditas, escolares, transeúntes variopintos y gente común de vuelta a casa a la hora de comer. Comparado con el pulso enloquecido de las ciudades ultramarinas de las que venía, aquel Jerez era como una almohada de plumas, pero él ni siquiera se percató.

Lo que sí notó, en cambio, fue el olor: un olor sostenido que sobrevolaba los tejados y se enredaba entre las rejas. Algo que no era humano ni animal. Nada que ver con el perenne aroma a maíz tostado de las calles mexicanas ni con los aires marinos de La Habana. Raro tan solo, grato a su manera, distinto. Envuelto en esa fragancia llegó a la calle de la Lancería, donde lo acogió de nuevo una moderada agitación humana; parecía zona de despachos y gestiones, de quehaceres formales y constante tránsito. El notario, don Senén Blanco, le esperaba liberado ya de sus compromisos.

—Permítame, señor Larrea, que le convide a almorzar en la fonda de la Victoria. No son ya horas de sentarnos a hablar de asuntos serios con el estómago vacío.

Una década por encima de él en edad y unos cuantos dedos por debajo en estatura, calculó mientras se dirigían hacia la Corredera. Con buena levita, patillas canosas de hacha y esa manera de hablar de la gente del sur que no era tan distante de las voces del Nuevo Mundo.

Don Senén no parecía en modo alguno tan fisgón como su empleado Angulo, pero en su interior bullía la misma curiosidad como un caldero al fuego. También a él le había impactado saber que, por una sucesión de insólitas transacciones, el antiguo legado de la familia Montalvo se encontraba ahora con todas las de la ley en poder de aquel indiano. No era la primera ni sería la última operación imprevista que le llegaba de allende los mares para que como escribano diera fe; todo correcto hasta ahí. Lo que le quemaba las entrañas eran otras preguntas y por eso ansiaba que el forastero le contara cómo demonios había acabado con aquellas propiedades en sus manos, cómo era que el último portador del apellido había muerto en las Antillas, y cualquier otro detalle adicional que el recién llegado tuviera a bien compartir.

Se sentaron en una mesa junto a un ventanal asomado a la vía pública y al trasiego de carros, bestias y seres, con su intimidad refugiada tras una cortinilla blanca que cubría los cristales de la parte inferior. Uno frente al otro, separados por mesa y mantel. Apenas habían terminado de acomodarse cuando un zagal de doce o trece años, con chaquetilla de camarero y el cabello estirado y mate a fuerza de agua mezclada con mal jabón, puso ante ambos un par de pequeñas copas. Pequeñas, más altas que anchas, cerradas de boca. Y, de momento, vacías. Junto a ellas dejó una botella sin etiqueta y una bandejita de loza rebosante de aceitunas.

Desdobló la servilleta y aspiró por la nariz. Como si volviera a ser consciente de algo que hasta entonces lo había acompañado pero que aún no había logrado identificar.

—¿A qué huele, don Senén?

—A vino, señor Larrea —respondió el notario señalando unos toneles oscuros al fondo del comedor—. A mosto, a bodega, a soleras, a botas. Jerez siempre huele así.

Sirvió entonces.

—De ello vivía la familia de cuyas propiedades es usted ahora dueño. Bodegueros fueron los Montalvo, sí señor.

Él asintió, con la vista concentrada en el líquido dorado mientras acercaba su mano al pie de cristal. El notario notó el costurón que le llegaba hasta la muñeca y los dos dedos machacados en la mina Las Tres Lunas, pero ni se le ocurrió preguntar.

—¿Y cómo fue que todo se les vino abajo, si me permite la indiscreción?

—Por esas cosas tan lamentables que a menudo ocurren en las familias, señor mío. En la Baja Andalucía, en España entera, y supongo que también en las Américas. El tatarabuelo y el bisabuelo y el abuelo se desloman para hacer un patrimonio, hasta que llega un momento en el que se rompe la cadena: los hijos se relajan en empeños y ambiciones, u ocurre una tragedia que lo trunca todo, o los nietos se despendolan y lo echan a perder.

Por suerte para él, otro mozo igualmente ataviado con chaquetilla impoluta aunque algo más entrado en años se acercó en ese momento, y así evitó que a su mente asomara la imagen de su hijo Nicolás y la certeza de que su herencia no habría de llegar ni siquiera a la segunda generación.

—¿Estamos listos, don Senén? —preguntó el camarero.

—Listos estamos, Rafael. Empieza.

—De primero tenemos potaje de habichuelas con castañas, garbanzos con langostinos y sopita de fideos. De segundo a elegir, como siempre, carne o pescado. De los bichos de cuatro patas hoy hay ternera mechada y lomo de gorrino en salsa; de los que pían, arroz con tórtola. Y del agüita, tenemos sábalo del Guadalete, cazón en adobo y bacalao con pimentón.

El muchacho recitó las propuestas de memoria, con tono de pregonero y a la velocidad de un corcel. Él apenas entendió cuatro o cinco palabras, en parte por la pronunciación cerrada y en parte porque jamás en su vida había oído hablar de algunas de las viandas que ahora proponían servirle. A saber qué demonios serían el cazón o el sábalo.

Y mientras el notario decidía por los dos con la confianza de un cliente habitual, Mauro Larrea se llevó a los labios aquella copa de vino. Y con aquel sabor punzante en la boca y los ojos recorriendo las botas de madera y el trasiego ruidoso de la hora del almuerzo, sin hacer juicios ni aprecios, hablando tan solo con su alma, se dijo: Así que esto es Jerez.

—Con sumo gusto le habría invitado a mi casa, pero a diario siento a tres hijas y tres yernos a la mesa, y no creo que ese sea el mejor escenario para hablar con la privacidad que requieren sus asuntos.

—Se lo agradezco igualmente —zanjó. Ansioso por saber novedades, abrió a continuación las manos en un gesto que venía a decir estoy dispuesto a escucharle—. Cuando guste.

—Bien, vamos a ver… No he tenido tiempo de adentrarme a fondo en antecedentes testamentarios porque don Luis Montalvo recibió su herencia hace más de veinte años y esos asuntos los tenemos archivados en otro almacén pero, en principio, todo lo que usted me ha presentado parece estar en perfecto orden. Según los documentos que aporta, usted pasa a ser propietario de los bienes raíces consistentes en casa, viña y bodega por traspaso de don Gustavo Zayas quien, a su vez, los heredó de don Luis Montalvo a su muerte, siendo este el último dueño de los mismos de quien en esta ciudad se tiene conocimiento.

No parecía tener problema alguno el notario en combinar el trasiego de vino a la boca con el recitar monocorde de su deber profesional.

—Una testamentaría en La Habana y otra en la ciudad de Santa Clara, provincia de Las Villas —continuó—, dejan constancia oficial de ambas estipulaciones. Y lo que así se firma en Cuba, como territorio de la Corona española que es, tiene vigencia inmediata en la Península.

Y como para rubricar lo que de memoria había especificado, el notario se metió una aceituna en la boca. Él aprovechó el momento para indagar.

—Luis Montalvo y Gustavo Zayas, según tengo entendido, eran primos hermanos.

Eso fue lo que les reconfirmó en el despacho de Calafat el representante de Gustavo Zayas cuando, al día siguiente de la partida de billar, formalizó en su nombre la entrega de lo apostado. Y eso era lo que los apellidos que se cruzaban en el testamento que presentó parecía corroborar: Luis Montalvo Aguilar y Gustavo Zayas Montalvo. Tan pronto quedaron los trámites resueltos, y todavía con la suerte de cara, consiguió dos pasajes rumbo a Cádiz en el vapor correo Fernando el Católico, propiedad por entonces del Gobierno español. Embarcó junto a Santos Huesos un par de días más tarde, sin volver a ver a su contrincante. El viejo banquero le acompañó al muelle; de Carola Gorostiza no volvió a saber. La última imagen que conservaba de Zayas en la memoria era la de su espalda mientras vomitaba en una escupidera del salón de la Chucha, vaciando su cuerpo y su alma apoyado contra una pared.

—El padre de Luis Montalvo, que también se llamaba Luis, y la madre de Gustavo Zayas, María Fernanda, eran hermanos, sí, señor. Había además un tercero, Jacobo, el padre de las dos niñas, que también murió hace tiempo. Luis padre era el primogénito del gran don Matías Montalvo, el patriarca, y tuvo a su vez dos hijos: Matías, que murió jovencito por desgracia para todos, y Luisito, que era el menor de los primos y que, tras la pérdida de su hermano mayor, pasó a quedarse con los buques insignia del clan en propiedad: la gran casa-palacio, la bodega legendaria y la viña. En fin, las familias y sus líos desde que el mundo es mundo; ya irá usted sabiendo de la estirpe con la que se acaba de emparentar, si me permite la ironía.

El notario hizo una breve pausa para rellenar las copas y prosiguió desplegando una portentosa exhibición de memoria.

—Veo, señor Larrea, que no hace usted ascos a nuestro vino, eso está muy bien… Gustavo Zayas, como le digo, es pues hijo de María Fernanda, la tercera de los descendientes del viejo don Matías y la única hembra: una preciosidad de mujer en mis años de juventud, o al menos así la recuerdo yo. Ella al parecer no recibió propiedades, aunque sí una dote nada desdeñable. Pero hizo mala boda, cuentan que tuvo escasa suerte en el matrimonio y acabó yéndose de aquí, a Sevilla, si no recuerdo mal.

La llegada de los primeros platos frenó la intervención. Garbanzos con langostinos para los señores, anunció el mozo; para chuparse los dedos. Y en honor al forastero, despedazó el contenido: los bichos bien frescos y descabezados, con su poquito de pimiento troceadito, su ajo, su cebolla y su puñado de pimentón. Y a la vez que desmadejaba los secretos de la cocina, contempló con cierto descaro al invitado del notario, para ver si lograba averiguar algo. Ya le habían preguntado por él en un par de mesas. Rafaelito, niño, ¿quién es el señor que está sentado con don Senén? No lo sé, don Tomás, pero desde luego, de por aquí cerca no parece, porque habla muy distinto. ¿Cómo de distinto? ¿Como hablan los de Madrid? Vaya usted a saber, don Pascual, que yo no he estado en mi puñetera vida más arriba de Lebrija, pero para mí que no, que este hombre viene de más lejos. ¿De las Indias, quizá? Pues lo mismo, don Eulogio, lo mismo será que sí. Espérense ustedes, don Eusebio, don Leoncio, don Cecilio, a ver si oigo algo mientras les sirvo y, en cuantito que me entere, yo se lo vengo a relatar.

—En fin, cuestiones de parentesco aparte y tal como le decía, no percibo problema alguno para legalizar de inmediato el cambio de titularidad en el registro a fin de que conste todo a su nombre legalmente —continuó el notario, ajeno a las curiosidades de los comensales—. Aunque, y esto es a título personal, sí he percibido un detalle en el documento, señor Larrea, que me ha llamado la atención.

Él tragó despacio: prefería demorarse porque anticipaba la pregunta.

—Observo que se trata de una transacción graciosa y no onerosa, porque en ningún sitio se indica la cantidad que usted pagó por los inmuebles.

—¿Hay algún problema en ello?

—En absoluto —replicó Blanco sin empacho—. Simple curiosidad: me ha resultado llamativo porque se trata de algo que no es común en nuestra manera de hacer las cosas por esta tierra, donde es rarísimo que no haya un dinero de por medio en un traspaso de propiedades.

Las cucharas volvieron a los platos, se oyó el ruido del metal contra la loza y las conversaciones de las mesas cercanas. Sabía que no tenía por qué dar explicaciones. Que el trámite era correcto y legal. Con todo, prefirió justificarse. A su manera. Para que corriera la voz.

—Verá —dijo entonces apoyando el cubierto con cuidado en el borde del plato—. La familia política de don Gustavo Zayas está muy estrechamente vinculada a la mía en México, su hermano político y yo estamos a punto de casar a nuestros hijos. Por eso, entre ambos convinimos ciertos acuerdos mercantiles: ciertos intercambios de propiedades que, en función de las circunstancias…

Imposible hablarle a aquel atento caballero español y en aquella muy digna ciudad de Jerez del Café de El Louvre y el temerario reto de su paisano Zayas, de la noche de tormenta en el burdel del Manglar o de aquella diabólica primera partida frente a una turba de desharrapados. Del banquero y sus grandes mostachos, de la negra Chucha con su porte de vieja reina africana, de la extravagante sala de baño con las paredes repletas de obscenidades donde pactaron las condiciones de la revancha. Del juego salvaje que lo llevó a ganar.

—Por abreviar una larga historia —recapituló mirándole con firmeza—, digamos que propusimos una transacción privada y particular.

—Entiendo… —murmuró don Senén con la boca medio llena. Aunque igual no entendió—. En cualquier caso, insisto en que no es asunto mío indagar en las voluntades de los humanos, sino tan solo dar fe de ellas pero, en otro orden de cosas y si no es indiscreción, me gustaría hacerle una nueva pregunta.

—Las que guste.

—¿Por casualidad tiene usted idea de qué demonios hacía Luis Montalvo en Cuba? Su ausencia fue algo que sorprendió a todo el mundo por aquí; nadie atina a saber cuándo se marchó ni hacia dónde. Simplemente, un buen día se le dejó de ver y nadie supo dar razón de su paradero.

—¿Vivía solo?

—Como la una, y llevaba una vida digamos…, digamos un tanto relajada.

—¿Relajada en qué sentido?

En ese instante llegó el sábalo, rebozado por fuera, blanco por dentro, lleno de sabor. El camarero volvió a demorarse un poco más de la cuenta, por si algo captaba de la procedencia del forastero. El notario, discreto, postergó la conversación hasta que el mozo les dio la espalda defraudado y lanzó otra tosca mueca destinada a su curiosa clientela.

—Era un tipo bastante peculiar, con un problema físico que le impidió crecer poco más allá de una vara y media; a la altura del codo le llegaría a usted más o menos. Le llamaban por eso el Comino, imagínese. Pero lejos de acomplejarse por su estatura, él decidió compensar su defecto con una desaforada pasión por el buen vivir. Juergas, mujeres, farra, cante, baile… De nada le faltó a Luisito Montalvo —remachó con un punto de ironía—. Y así, huérfano de padre desde poco después de cumplir los veinte años, y con una madre enfermiza a la que para mí tengo que acabó matando a disgustos no mucho después, él solito fue puliéndose la fortuna que heredó.

—Jamás se preocupó entonces por la viña ni por la bodega.

—Jamás, aunque tampoco se deshizo de ellas. Simplemente y para pasmo de todos, se desentendió y las dejó caer.

Aludió entonces a su visita al caserón de la familia Montalvo apenas una hora antes:

—Según he comprobado, la casa está también en un estado lamentable.

—Hasta la muerte de doña Piedita, la madre de Luis, al menos la residencia de la familia se mantuvo mal que bien. Pero desde que se quedó solo, por allí entraba y salía el mundo entero como Pedro por su casa. Amigos, fulanas, tahúres, fulleros. Cuentan que fue malvendiendo todo lo que había de valor: cuadros, porcelanas, alfombras, cuberterías, hasta las joyas de su santa madre.

—Poco queda, desde luego —confirmó. Apenas unos cuantos muebles que por su volumen habría costado trabajo mover, y que alguna mano caritativa había tapado con sábanas.

A esas alturas, con lo que iba sabiendo del tarambana de Luis Montalvo, mucho dudaba que él mismo hubiera tenido tanta precaución.

—Se decía que a menudo paraba frente a su casa el Cachulo, un gitano de Sevilla con buen ojo y mucha labia que cargaba en su carro y luego revendía al mejor postor todo lo que lograba sacarle.

No era aquella la única historia que Mauro Larrea había oído sobre heredades dilapidadas por la mala cabeza y los gustos desaforados de los descendientes. En las minas de Guanajuato y en la capital mexicana conocía unas cuantas; en la esplendorosa Habana le constaba que las había también. Pero esa era la primera que le rozaba de cerca, por eso escuchó con curiosidad.

—Lástima del Comino —murmuró el notario con una mezcla de guasa y compasión—. No debió de ser fácil para él encajar con ese físico en el papel de prometedor heredero de una familia de bien plantados como fueron los Montalvo. Sus abuelos formaban una pareja imponente, guapos y elegantes los dos; todavía los recuerdo saliendo de misa mayor. Y de la misma pasta fueron todos los descendientes de los que tengo memoria, no hay más que ver a la prima casada con el inglés que anda estos días de vuelta por aquí. A Gustavo, en cambio, apenas lo recuerdo.

—Alto, ojos claros, pelo claro… —recitó sin entusiasmo—. Bien plantado, como usted dice.

Y raro como un perro verde, querría haber añadido; raro no en su aspecto ni maneras, pero sí en sus comportamientos y sus iniciativas. Por pura prudencia, se reservó.

—En cualquier caso, señor Larrea, nos estamos dispersando y creo que todavía no ha respondido a mi cuestión.

—Discúlpeme; ¿cuál era la pregunta, don Senén?

—Una muy sencilla que medio Jerez va a hacerme tan pronto me separe de usted: ¿Qué diantre hacía Luisito Montalvo en Cuba?

Para responderle no necesitó mentir.

—Si le soy sincero, señor mío, no tengo ni la más remota idea.

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