La Templanza

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III. Jerez » Capítulo 26

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Más escenarios de desolación: eso fue lo que encontró cuando el notario lo llevó después del almuerzo hasta el exterior de la bodega en la calle del Muro. Con todo, y a pesar de que no hubo tiempo para entrar, lo que vio le satisfizo: una superficie de tamaño más que considerable rodeada por tapias que un día fueron blancas y que ahora rezumaban mohos, humedades y desconchones. Tampoco tuvo ocasión de llegar hasta la viña, pero por los apuntes que don Senén le aportó, en absoluto le pareció desestimable en tamaño y potencial. Más duros a la bolsa en cuanto las traspasara, menos impedimentos para regresar.

—Si está usted seguro, señor Larrea, de que quiere sacar todo esto de inmediato a la venta, lo primero que hará falta será precisar el valor presente de las propiedades —concluyó el notario momentos antes de su partida—. Por eso creo que lo más razonable es que las ponga en manos de un corredor de fincas.

—El que usted me recomiende.

—Le buscaré uno de mi entera confianza.

—¿Cuánto tardará en tener los documentos en orden?

—Digamos que para pasado mañana.

—Acá me tendrá entonces en dos días.

Habían llegado a la plaza del Arenal, le esperaba el carruaje de alquiler. Se tendieron las manos.

—El jueves sobre las once pues, con los papeles y el corredor. Salude de mi parte al hijo de mi buen amigo, don Antonio Fatou, que en gloria esté. Seguro que en su casa le están tratando como a un príncipe.

Cuando ya estaba del todo acomodado y los cascos de los caballos resonaban sobre los adoquines y las ruedas de la calesa habían comenzado a girar, escuchó al notario por última vez:

—Aunque lo mismo le resultaría más conveniente dejar Cádiz e instalarse aquí mientras todo se resuelve. En Jerez.

Partió sin responderle, pero la sugerencia de don Senén le seguía rebotando en el cerebro mientras el coche lo transportaba rumbo a El Puerto de Santa María con la tarde ya cayendo. Volvió a considerarla cuando cruzaba a bordo de un vapor las aguas negras de la bahía dormida, incluso se planteó consultarlo con Antonio Fatou, el corresponsal gaditano del viejo don Julián, en cuya espléndida casa de la calle de la Verónica se estaba alojando. Treintañero y afectuoso resultó ser aquel último eslabón de una próspera dinastía de comerciantes vinculados a las Américas desde más de un siglo atrás. A lo largo de los años, sus antecesores recibieron a los clientes y amigos de la familia Calafat como si fueran los propios, algo a lo que estos siempre respondieron en La Habana con exquisita reciprocidad. Ni se le ocurra buscar otro hospedaje, querido amigo, le había dicho Fatou a Mauro Larrea tan pronto leyó la carta de presentación. Será un honor para nosotros tenerlo como huésped el tiempo que sus asuntos requieran. Faltaría más.

—¿Y cómo le fue en su visita a Jerez, mi estimado don Mauro? —le preguntó su anfitrión a la mañana siguiente, cuando al fin quedaron solos.

Acababan de desayunar chocolate con churros calentitos mientras tres generaciones de cargadores de Indias les observaban atentos desde los óleos que colgaban de la pared del comedor. A pesar de la ausencia de exhibicionismos innecesarios, todo alrededor transpiraba clase y buen dinero: la loza de Pickman, la mesa con filete de marquetería, las cucharillas de plata labrada con las iniciales de la familia entrelazadas.

Paulita, la joven esposa, se había disculpado con la excusa de atender alguna menudencia doméstica, aunque probablemente tan solo pretendiera retirarse discretamente para dejarlos hablar. Tendría poco más de veinte años y carnosos mofletes de niña, pero se la notaba ansiosa por cumplir bien con su nuevo papel de señora de la casa ante aquel hombre de hechuras y maneras contundentes que ahora dormía bajo su techo. ¿Otro churrito, don Mauro? ¿Mando calentar más chocolate, otro poquito de azúcar, está todo a su gusto, qué más le puedo ofrecer? Del todo distinta a Mariana, tan entera y segura siempre. Pero en cierta manera se la recordó. Una nueva esposa, una nueva casa, un nuevo universo para una joven mujer.

Desde la cocina, curiosonas e indiscretas, se asomaron al comedor un par de criadas para tasar a golpe de ojo al huésped. Buen mozo, no le falta razón a la Benancia, certificó una de ellas mientras se secaba las manos en el mandil. Buen mozo y guapetón, acordaron entre ambas tras la cortina. ¿Habanero? De Cuba dicen que viene, pero la Frasca escuchó a los señoritos hablando anoche y algo oyó que decían de México también. Vete tú a saber, chocho, de dónde salen estos cuerpos con ese lustre y esas fachas que se traen. Eso digo yo, hija mía de mi alma. Vete tú a saber.

Ajenos a los chismorreos de las mujeres, los señores continuaban departiendo en la mesa.

—Todo en marcha, por ventura —prosiguió—. Don Senén Blanco, el notario que usted me recomendó, fue amable y resolutivo en extremo. Mañana volveré para concluir las formalidades y conocer al corredor que ha de encargarse de la compraventa.

Añadió unas cuantas frases escasas de sustancia y un par de trivialidades. De momento, era todo lo que estaba dispuesto a contar.

—Deduzco entonces que por su cabeza no pasa ni por lo más remoto la idea de reemprender usted mismo el negocio, ¿verdad? —apuntó Fatou.

Qué carajo quiere que haga un minero entre viñas y vinos, hombre de Dios, pensó decirle. Se reprimió, no obstante.

—Me temo que tengo asuntos urgentes que atender en México. Confío por ello en poder desprenderme sin dilación de todos los inmuebles.

Dejó caer un par de supuestos asuntos perentorios, un par de cargos, un par de fechas. Todo mera palabrería: la tapadera para no exponer abiertamente que los únicos apremios que lo aguardaban eran liquidar el primer plazo de lo comprometido con el ruin Tadeo Carrús y arrastrar a su hijo hasta el altar, aunque fuera jalándolo de una oreja.

—Me hago cargo, desde luego —asintió Fatou—. Aunque es una lástima, porque el negocio vinatero se encuentra ahora mismo en un momento inmejorable. No sería usted el primero que llega con capitales de Ultramar para invertir en el sector. Hasta mi propio padre, que en gloria esté, anduvo también tentado de comprar unas cuantas aranzadas, pero le llegó la enfermedad y…

—Le ofrezco las mías a buen precio —propuso liviano.

—No será por falta de ganas aunque, agarrando como estoy todavía las riendas del negocio de la familia, me temo que sería una temeridad por mi parte. Con todo, quién sabe si algún día.

Lo único que Mauro Larrea sabía sobre vinos a esas alturas era que los había disfrutado en la mesa cuando su poderío económico se lo permitió. Pero apenas tenía nada que hacer esa mañana salvo esperar, y a Fatou tampoco parecía acosarle la prisa. Por eso le tentó a seguir.

—En cualquier caso, don Antonio, ¿sería abusar de su confianza si me sirvo un poco más de su excelente chocolate mientras usted me cuenta cómo se mueve el asunto del vino en esta tierra?

—Todo lo contrario; un placer, mi querido amigo. Permítame, por favor.

Rellenó las tazas, sonaron las cucharillas contra la loza de La Cartuja.

—Déjeme de entrada que le confiese que, aunque nosotros no seamos bodegueros, el negocio de los caldos jerezanos nos está salvando prácticamente la vida. Los vinos, junto con los cargamentos de sal, son los que nos mantienen a flote. La situación se nos puso complicada después de la independencia de las colonias americanas; con todos mis respetos, amigo mío, sus compatriotas mexicanos y sus hermanos del sur nos hicieron una inmensa faena con sus aspiraciones de libertad.

En las palabras del corresponsal no había acritud y sí un punto de cordial ironía. Para seguirle el juego, él alzó los hombros como diciendo qué le vamos a hacer.

—Pero por suerte —continuó Fatou—, casi en paralelo a la contracción del comercio de coloniales, el asunto vinatero entró en una etapa de esplendor. Y la exportación a Europa, y muy principalmente a Inglaterra, es lo que está librando del declive a esta casa de comercio en particular y yo diría que, en gran manera, a Cádiz en general.

—¿Y en qué consiste tal esplendor, si me permite la curiosidad?

—Es una larga historia, vamos a ver si soy capaz de resumírsela. Lo que los cosecheros jerezanos producían hasta finales del siglo pasado eran tan solo vinos en claro y simples mostos que se embarcaban en bruto rumbo a los puertos británicos. Vinos en potencia, para que me entienda, sin hacer. Una vez allí, eran envejecidos y mezclados por los comerciantes locales para adaptarlos al gusto de sus clientes. Más dulce, menos dulce, más cuerpo, menos cuerpo, más o menos graduación. Ya sabe usted.

No, no sabía. No tenía ni la más remota idea. Pero lo disimuló.

—Desde hace ya unas cuantas décadas, sin embargo —prosiguió el gaditano—, el negocio se ha vuelto infinitamente más dinámico, mucho más próspero. Ahora el proceso entero se realiza aquí, en origen: aquí se cultiva la vid, claro está, pero también se lleva a cabo la crianza de los vinos y la preparación a la manera que demandan los clientes ingleses. El término bodeguero, en definitiva, es en estos tiempos mucho más amplio que antes: ahora suele incluir todas las fases del negocio, lo que antes hacían casi siempre por separado los cosecheros, los almacenistas y los exportadores. Y nosotros, desde los muelles de la bahía y a través de casas como esta, nos encargamos de que sus botas, o sea, sus barriles, lleguen a su destino, hasta los representantes o agentes de las empresas jerezanas en la Pérfida Albión. O hasta donde sea menester.

—Y así, el principal beneficio se queda en la tierra.

—Exactamente, en esta tierra queda, gracias a Dios.

Pinche Comino, pensó mientras daba un trago al chocolate ya medio frío. Cómo fuiste tan demente para dejar hundir un negocio así. Mientras de su cabeza salía muda su voz, otra no menos silenciosa entraba en ella. ¿Y quién eres tú para reprochar nada a ese hombre, si te jugaste tu emporio a una sola carta con un gringo que un mal día se te cruzó en el camino? ¿Ya estás aquí abroncándome otra vez, Andrade? Solo vengo a recordarte lo que nunca debes olvidar. Pues olvídate de mí, y deja que me entere de cómo va este asunto del vino. ¿Para qué, si no lo vas ni siquiera a oler? Ya lo sé, hermano, ya lo sé. Pero ojalá tuviéramos tú y yo los años y la fuerza y el coraje que un día tuvimos; ojalá lo pudiéramos volver a intentar.

El fantasma de su apoderado se volatilizó entre las caprichosas molduras del techo tan pronto como él volvió a depositar la taza sobre el plato.

—Y dígame, amigo mío, ¿de qué magnitud comercial estamos hablando?

—De una quinta parte del volumen total de las exportaciones españolas, más o menos. Punta de lanza de la economía nacional.

Madre de Dios. Luisito Montalvo, pedazo de loco. Y tú, Gustavo Zayas, rey del billar habanero, ¿por qué después de heredar al orate de tu primo no volviste de inmediato a tu patria a poner en orden ese desastre de legado familiar? ¿Por qué te empeñaste en arriesgarlo todo conmigo, por qué tentaste tu suerte de esa demencial manera? El ímpetu comunicativo de Fatou lo sacó por suerte de sus pensamientos.

—Así que, resumiendo, ahora que las antiguas colonias marchan por libre y a los españoles ya solo nos quedan las Antillas y las Filipinas, lo que nos está librando de la quiebra mercantil y portuaria es haber podido reconvertir el tráfico comercial de Ultramar en un creciente tránsito con Inglaterra y con Europa.

—Ya veo… —musitó.

—Claro que, como algún día los hijos de Britania dejen de beber su sherry, y en el Caribe y el Pacífico soplen también aires de independencia, o mucho me equivoco, o Cádiz y todos nosotros nos hundiremos sin remisión. Larga vida al jerez, aunque solo sea por eso… —dijo Fatou alzando su taza con ironía.

Él, con entusiasmo más bien tibio, lo imitó.

Las toses del mayordomo interrumpieron el brindis. Don Antoñito, tiene usted esperando en la salita a don Álvaro Toledo, anunció. La charla amena llegó así a su fin y cada uno voló a sus asuntos. El dueño de la casa, a tomar retrasado las riendas de sus negocios en las dependencias del piso inferior. Y Mauro Larrea, a entretener como buenamente pudiera las horas de espera y a plantar cara otra vez a su desazón.

Echó a andar calle de la Verónica abajo, acompañado por Santos Huesos: el Quijote de las minas y el Sancho chichimeca cabalgando de nuevo, sin rocín ni rucio que los sostuvieran. Tan solo por ver. Y, quizá, por pensar.

Desde que llegara a América cargando veintipocos años, dos hijos y un par de fardos con ropa vieja, el nombre de aquella ciudad había sido un eco permanente en sus oídos. Cádiz, la mítica Cádiz, el final del cordón umbilical que seguía uniendo el Nuevo Mundo con su decrépita madre patria a pesar de que casi todas sus criaturas le habían vuelto ya la espalda. Cádiz, de donde tanto llegó y a donde cada vez menos volvía.

Pero él hizo el camino de ida desde el puerto de La Luna, en Burdeos, desde el norte: las relaciones entre la metrópoli y su rebelde virreinato eran por entonces tensas, y en aquellos años en los que España se resistía a reconocer la independencia de México, el tránsito marítimo era mucho más fluido desde los puertos franceses. Por eso nunca supo cómo era en realidad esa legendaria puerta de entrada y salida del sur peninsular. Y aquella ventosa mañana de otoño en la que el levante subía de África con rachas de mil demonios, cuando por fin pudo patear sus rincones y contemplarla entera, de arriba abajo y del derecho y el revés, no la reconoció. En su imaginario había idealizado Cádiz como una extensa metrópoli mundana e imponente, pero, por mucho que la buscó, no dio con ella.

Tres o cuatro veces más pequeña que La Habana en habitantes, infinitamente menos opulenta que la antigua capital de los aztecas, y rodeada de mar. Discreta, coqueta en sus calles estrechas, en sus casas de altura regular y en las torres-miradores desde las que se veían los barcos entrar a la bahía y zarpar hacia otros continentes. Sin ostentosidad ni fulgor; recoleta, graciosa, manejable. Así que esto es Cádiz, se repitió.

No faltaba gente en movimiento intenso, casi todos caminando y casi todos con el mismo color de piel. Parándose sin prisa a saludar, a cruzar una frase, un recado o un chisme; a quejarse del viento canalla que levantaba las faldas a las mujeres y robaba a los varones papeles y sombreros. Negociando, comerciando, conviniendo. Pero en nada se aproximaba aquel escenario al bullicio estruendoso y desatado de las urbes de Ultramar. Ni eco del tumulto de los indígenas mexicanos voceando sus cargamentos, ni de los esclavos negros que atravesaban la perla antillana corriendo medio desnudos y sudorosos mientras cargaban al hombro enormes bloques de hielo o costales de café.

A su paso por la plaza de Isabel II y por la calle Nueva no halló cafés tan exquisitos como La Dominica o El Louvre; por la calle Ancha no transitaban ni la décima parte de los carruajes de La Habana ni en parte alguna le pareció ver teatros grandiosos como el Tacón. Tampoco contempló templos monumentales, ni escudos heráldicos, ni mansiones palaciegas semejantes a las de los aristócratas del azúcar o los viejos mineros del virreinato. Ninguna plaza igualaba al inmenso Zócalo que él mismo solía cruzar casi todos los días en su berlina antes de que la fortuna le diera la espalda, y muy poco tenía que ver esa dulce Alameda que se asomaba a la bahía con los grandiosos paseos de Bucareli o del Prado, en donde los criollos mexicanos y habaneros se solazaban en sus calesas y sus quitrines y observaban y se hacían ver. Ni rastro del enjambre de coches, animales, gentes y edificios que poblaban las calles del Nuevo Mundo que muy poco antes había dejado atrás. España se replegaba, y de aquel glorioso Imperio en el que nunca se ponía el sol apenas quedaban los restos; para lo bueno y lo malo, cada cual iba haciéndose dueño de su propio destino. Así que esto es Cádiz, volvió a pensar.

Entraron a comer en un freidor, les sirvieron pescado pasado por harina de trigo duro y aceite hirviente; se acercaron después al mar. A nadie pareció extrañar la presencia de un indígena de melena lustrosa al lado de un señor forastero: de sobra estaban acostumbrados por allí a la gente de otro tono y otro hablar. Y con la violencia del aire de levante removiéndoles el cabello, y a él los faldones de la levita, y a Santos Huesos su sarape de colores, asomados hacia poniente y mediodía desde la Banda del Vendaval, contemplaron el océano, y entonces Mauro Larrea creyó entender. Qué iba a saber él, un minero arruinado, de lo que era o fue Cádiz, y de lo que a lo largo de los siglos aconteció por sus calles y se trasegó en sus muelles. De lo que se habló en sus tertulias y se ventiló tras las casapuertas y en los escritorios y en los consulados; de lo que se defendió desde sus murallas y sus baluartes, de lo que se juró en sus iglesias, del temple con el que se resistió en tiempos adversos y de lo que se embarcó y desembarcó en los navíos que hicieron la carrera de las Indias una vez y otra vez y otra vez. Qué iba a saber él acerca de esa ciudad y ese mundo si hacía décadas que ni hablaba ni pensaba ni sentía como un español; si su esencia allá por donde pisara no era más que la de permanente extranjero, una pura ambigüedad. Un expatriado de dos patrias, el hijo de un doble desarraigo. Sin pertenencia firme en ningún sitio y sin un hogar en plena propiedad al que volver.

Caía la tarde cuando enfiló de nuevo la suave pendiente de la calle de la Verónica rumbo a la residencia de los Fatou. Lo recibió entre toses Genaro, el viejo mayordomo, heredado por la joven pareja junto con la casa y el negocio.

—Al poco de su marcha esta mañana vino una señora preguntando por usted, don Mauro. Volvió de nuevo después de comer, pasadas las tres.

Él frunció las cejas con gesto extrañado mientras el achacoso anciano le tendía una pequeña bandeja de plata. Sobre ella, una simple tarjeta. Blanca, limpia, distinguida.

La última línea aparecía tachada con un trazo firme. Debajo, reescrita a mano, una nueva dirección.

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