La Templanza

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III. Jerez » Capítulo 27

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Tal como habían acordado, se reunieron en la testamentaría apenas pasadas las once de la mañana. El notario, el corredor y él. El primero le presentó al segundo: don Amador Zarco, experto en peritación de bienes y transacciones de fincas y haciendas en toda la comarca jerezana. Un hombrón entrado en años de cuerpo tocinero, dedos como morcillas y recio acento andaluz; vestido a la manera de un labrador opulento, con un sombrero de ala ancha y su faja negra a la cintura.

Sin más distracciones que los primeros saludos y los ruidos que entraban desde la bulliciosa Lancería, el corredor arrancó a desmenuzar las propiedades y sus estimaciones. Cuarenta y nueve aranzadas de viña con su caserío, pozos, aljibes y lindes correspondientes, las cuales detalló con profusión. Una bodega sita en la calle del Muro con sus naves, escritorios, almacenes y resto de dependencias, amén de varios centenares de botas —vacías muchas, pero no todas—, útiles diversos y un trabajadero de tonelería. Una casa en la calle de la Tornería con tres plantas, diecisiete estancias, patio principal, patio trasero, cuartos de servicio, cocheras, caballerizas y una extensión cercana a las mil cuatrocientas varas cuadradas, colindante por la izquierda, por la derecha y por detrás con otros tantos inmuebles anejos que asimismo quedaron pormenorizados.

Mauro Larrea escuchó con absoluta concentración y cuando, tras un buen rato de recuento monocorde, el tal don Amador anunció la suma del valor estimado de cada uno de los inmuebles, él estuvo a punto de dar un puñetazo monumental sobre la mesa, de soltar a la vez un aullido feroz lleno de júbilo y de estrechar en un abrazo de oso a los presentes. Con ese dinero podría liquidar de un golpe al menos dos de los tres plazos contraídos con Tadeo Carrús y celebrar una boda a lo grande para Nico. Jerez bullía con el vino y su comercio; todo el mundo se lo había dicho, apenas tardaría un suspiro en vender primero la bodega, y después vendría la viña, o al revés. O tal vez fuera primero la casa y luego… La luz, en cualquier caso. Estaba a punto de salir del pozo y ver la luz.

Mientras se relamía con su propio regocijo, notario y corredor cruzaron una mirada. El último carraspeó.

—Hay un asunto, señor Larrea —anunció sacándole de sus ensueños—, que condiciona en cierta manera los subsiguientes procedimientos.

—Usted dirá.

Su cerebro adelantó lo que creía que iba a escuchar. ¿Que todo estaba en un estado lamentable y eso tal vez redujera en algo el precio de los inmuebles? Igual le daba, estaba dispuesto a rebajarlo. ¿Que quizá alguno de los bienes necesitara más tiempo que el resto para venderse? No importaba, ya le harían llegar el rédito a su justo tiempo. Él, entretanto, volvería y agarraría las riendas de su vida allá donde las dejó.

El notario tomó entonces la palabra:

—Verá, es algo con lo que no contábamos, algo que he detectado cuando por fin hemos encontrado una copia de las últimas voluntades de don Matías Montalvo, el abuelo de don Luis y de su primo don Gustavo Zayas. Se trata de una cláusula testamentaria establecida por el patriarca al respecto de la indivisibilidad de los bienes raíces de la familia.

—Aclare, por favor.

—Veinte años.

—¿Veinte años, qué?

—Por decisión irrenunciable del testador, queda establecido que sean veinte años los que tienen que transcurrir desde su muerte hasta que el grueso del patrimonio pueda desmembrarse y salir a la venta en porciones independientes.

Separó incómodo la espalda de la silla, frunció el ceño.

—¿Y cuánto queda para que eso se cumpla?

—Once meses y medio.

—Casi un año, entonces —adelantó en tono agrio.

—No llega —intervino el corredor intentando sonar positivo.

—Yo lo que interpreto, en cualquier caso —continuó el notario—, es que se trata de una manera de intentar garantizar la continuidad de todo lo levantado por el difunto patriarca. Testamentum est voluntatis nostrae iusta sententia de eo quod quis post mortem suam fieri velit.

Déjese de latinajos, estuvo a punto de bramar. En cambio, carraspeó, apretó los puños y se contuvo en silencio a la espera de aclaraciones.

—Ya lo dijeron los romanos, amigo mío: el testamento es la justa expresión de la voluntad acerca de aquello que uno quiere que se haga después de su muerte. La medida restrictiva de don Matías Montalvo no es que sea muy común, pero tampoco es la primera vez que la veo. Suele darse en casos en los que el testador no confía plenamente en la intención continuista de sus legatarios. Y esta cláusula demuestra que el buen señor no se fiaba demasiado de sus propios descendientes.

—Recapitulando, esto significa entonces…

El corredor de fincas fue quien lo aclaró, con su denso acento andaluz.

—Que hay que vender necesariamente todo en bloque, señor mío: caserón, bodega y viña. Lo cual, y ojalá me equivoque, no creo que vaya a ser fácil de hoy a mañana. Y mire que son buenos tiempos en esta tierra, y que el negocio del vino mueve capitales de noche y de día, y que por aquí viene gente de un montón de sitios que casi nadie sabe poner en el mapa. Pero eso de que se trate de un lote inseparable, no sé yo. Habrá quien quiera viñas, pero no casa y bodega. Habrá quien precise bodega, pero no viñas ni casa. Sé de quien busca casa, pero no viña o bodega.

—En cualquier caso —interrumpió el notario intentando calmar las aguas—, tampoco es tanta la espera…

¿Poca espera un año?, estuvo a punto de gritarle a la cara. ¿Poca espera, maldita sea? Usted no se imagina lo que supone un año ahora mismo en mi vida; qué va usted a saber de mis urgencias y mis apremios. Se esforzó por contenerse, lo logró a duras penas.

—¿Y rentar? —preguntó a la mexicana mientras se frotaba la cicatriz de la mano.

—¿Arrendar, quiere decir? Mucho me temo que tampoco podrá: queda igualmente expresado en el testamento con todas sus letras. Ni vender ni arrendar. De no haber sido así, ya se habría encargado Luisito Montalvo de buscar arrendatarios y haber sacado así algún rédito. Hombre previsor fue don Matías: se quiso asegurar de que las joyas de su patrimonio quedaran en un lote pro indiviso. O todo, o nada.

Tragó aire con furia, ya sin disimulo. Después lo expulsó.

—Maldito viejo —dijo pasándose la mano por la mandíbula. Esta vez no habló para sí.

—Si le sirve de consuelo, dudo mucho que don Gustavo Zayas tuviera conocimiento de esta cláusula testamentaria cuando ustedes dos convinieron la transacción.

Rememoró en un fogonazo las bolas de marfil rodando como posesas sobre el tapete verde de la Chucha. Las tacadas brutales de ambos, los dedos manchados de talco y tiza. Los cuerpos doloridos, la barba crecida y el cabello revuelto, las camisas abiertas, el sudor. Mucho dudaba él también que en aquellos momentos su contrincante tuviera en mente alguna menudencia legal.

—En cualquier caso, don Mauro —intervino el corredor—, yo me pongo en faena de inmediato si usted quiere.

—¿Cuál es su comisión, amigo?

—Un diezmo es lo normal.

—El quince por ciento le doy si me lo liquida en un mes.

Al hombre le tembló la papada como la ubre de una vaca vieja.

—Muy difícil veo yo eso, señor mío.

—El veinte si es capaz de dejarlo resuelto en dos semanas.

Ahora se pasó la manaza por el cogote; de atrás adelante, de adelante atrás. Madre de Dios. Él lo volvió a retar.

—O una cuarta parte para su bolsillo si me trae un comprador antes del viernes que viene.

El intermediario se marchó desbarajustado, calándose el sombrero y echando a andar por la Lancería mientras pensaba en lo que tantos años llevaba oyendo acerca de los indianos. Seguros, decididos, así le habían contado que eran los hombres de esa calaña: aquellos españoles que se hicieron millonarios en las colonias y que, en los últimos tiempos, habían emprendido el camino de vuelta y compraban tierras y viñas como quien compra altramuces en un tablón del mercado. ¿Pues no acaba de ofrecerme el tío la mayor tajada de mi vida sin pestañear?, dijo en voz alta incrédulo, parando el corpachón en medio de la calle. Dos mujeres a su paso le miraron como si estuviera tronado; él no se dio ni cuenta. Este Larrea no compraba, este vendía, siguió pensando. Pero su actitud era tal cual contaba la leyenda. Firme, osada. Lanzó un gargajo al suelo. Qué hijo de puta el indiano, soltó luego al aire. Con un punto de algo parecido a la envidia. O a la admiración.

Ajenos a las reflexiones callejeras del corredor, Mauro Larrea y el notario prosiguieron firmando documentos y dando por concluidas las últimas escrituras. Hasta que llegó el momento de la despedida, apenas media hora después. ¿Se va a animar por fin a trasladarse a Jerez mientras todo se resuelve, amigo mío? ¿O piensa seguir en Cádiz? ¿O quizá va a retornar a México, a la espera de que le dé razón? No lo sé de momento, don Senén; estas últimas noticias trastocan en gran manera mis planes. Tendré que pensar detenidamente lo que más me conviene. En cuanto sepa algo definitivo, se lo haré saber.

Santos Huesos le esperaba en la puerta de la notaría; juntos echaron a andar entre los charcos de una tenue lluvia mañanera que, como llegó, se fue. Pasaron frente al Consistorio, por la plaza de la Yerba, por la plaza de Plateros, y enfilaron finalmente la angosta Tornería. ¿Llevas las llaves, muchacho? Pues cómo no, patrón. Vamos para allá, pues. Ninguno de los dos, en el fondo, sabía bien a qué.

A diferencia de su larguísimo paseo por Cádiz del día anterior, cuando todo lo observó y todo lo intentó analizar, en esta ocasión apenas prestó atención a lo que lo rodeaba. Su mirada iba volcada hacia adentro. Hacia lo que acababan de comunicarle el corredor y el notario, intentando asimilar lo que ello suponía. Ni las fachadas de cal, ni las rejas de forja, ni los viandantes y sus vaivenes le generaron ningún interés. Lo único que le quemaba la sangre era saber que tenía una fortuna al alcance de los dedos, y muy escasa probabilidad de rozarla.

—Vete a dar una vuelta —propuso mientras abría el gran portón de madera claveteada—. A ver si encuentras algún sitio donde podamos comer.

Volvió a cruzar el patio con sus losas sucias y sus hojas secas mezcladas con el agua caída horas antes, notó de nuevo la decrepitud. Recorrió otra vez despacio las estancias: una a una, primero abajo, después arriba. Los salones decadentes, las alcobas inhóspitas. La pequeña capilla sin ornamentos, fría como un sepulcro. Ni altar, ni cáliz, ni vinagreras, ni campanilla.

La escalera quedaba a su espalda, oyó pasos que subían los primeros escalones, preguntó sin volverse:

—¿Ya estás de regreso, mi amigo?

Su voz retumbó en la oquedad del caserón vacío mientras seguía contemplando el oratorio. Ni un simple crucifijo colgaba en la pared. Tan solo, en una esquina, observó un bulto arrumbado y cubierto con un trozo de lienzo. Tiró de él y ante sus ojos apareció un pequeño reclinatorio. Con la tapicería granate medio comida por las ratas, algunos palos tronchados y el tamaño justo para que se arrodillara en él un ser de corta edad.

—Mi abuelo Matías lo mandó hacer para mi primera comunión.

Se giró en seco, desconcertado.

—Lo que nunca supo fue que la noche anterior al gran día, mis primos, mi hermana y yo atracamos el sagrario y nos comimos cada uno cuatro o cinco formas consagradas. Encantada de conocerle por fin, señor Larrea. Sea bienvenido a Jerez.

En su rostro había finura y en su prestancia, armonía. En sus grandes ojos castaños, una carga inmensa de curiosidad.

—Sol Claydon —añadió tendiéndole una mano enguantada—. Aunque durante un tiempo de mi vida, también fui Soledad Montalvo. Y viví aquí.

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