La Templanza
III. Jerez » Capítulo 28
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Tardó en reaccionar, mientras buscaba unas cuantas palabras que no lo delataran como el intruso que de pronto se sentía.
Ella se le adelantó.
—Tengo entendido que es usted el nuevo propietario.
—Disculpe que no le haya devuelto la visita, señora. Recibí su tarjeta ayer tarde y…
Alzó levísimamente el cuello y eso fue suficiente para dar por zanjadas las innecesarias excusas. Sobran, vino a decirle.
—Debía resolver unos asuntos en Cádiz, tan solo quise aprovechar para presentarle mis respetos.
Los pensamientos se le atropellaron. Dios bendito, qué carajo se le replica a una mujer así. Una mujer amarrada por lazos de sangre a lo que tú ahora posees gracias a un demencial puñado de carambolas. Alguien que te mira como si quisiera llegar al fondo de tus entrañas para saber de verdad quién eres y qué demonios haces en un lugar que no te corresponde.
Falto de palabras, recurrió a los gestos. Los anchos hombros rectos, el sombrero sobre el corazón. Y un golpe de cabeza, una señal de gratitud fugaz y firme ante la hermosa presencia que acababa de colarse en su turbio mediodía. De dónde sales, para qué me buscas, habría querido decirle. Qué quieres de mí.
Llevaba una capa corta de terciopelo gris claro. Debajo, un vestido de mañana color agua, a la moda europea. Cuatro décadas espléndidas, año arriba, año abajo, le calculó de edad. Guantes de cabritilla y el cabello del tono de las avellanas en un recogido armonioso. Un pequeño tocado con dos elegantes plumas de faisán prendido a un lado con gracia, ninguna joya a la vista.
—Según tengo entendido, viene usted de América.
—Le informaron bien.
—Y fue al parecer mi primo hermano Gustavo Zayas quien le traspasó estas propiedades.
—A través de él me llegaron, cierto.
Se habían ido acercando. Él había salido del oratorio, ella había dejado atrás la escalera. La inhóspita galería por la que en los días del pasado glorioso transitaran los miembros de la familia Montalvo, y sus amigos y sus quehaceres y sus criados y sus amores, acogía ahora aquella inesperada conversación entre el nuevo dueño y la descendiente de los anteriores.
—¿Por un precio razonable?
—Digamos que resultó una transacción ventajosa para mis intereses.
Sol Claydon dejó transcurrir unos segundos sin desviar la mirada de aquel hombre de cuerpo sólido y rasgos marcados que mantenía ante ella una actitud entre respetuosa y arrogante. Él se mantuvo impasible, a la espera, esforzándose para que, tras el supuesto temple de su fachada, ella no percibiera el profundo desconcierto que lo carcomía.
—¿Y a Luis? —prosiguió—. ¿Conoció también usted a mi primo Luis?
—Nunca.
Fue contundente en su negación, para que a ella no le quedara la menor duda de que él jamás tuvo nada que ver con el viaje de aquel hombre a la Gran Antilla ni con su triste destino. Por eso añadió:
—Su muerte aconteció antes de que yo llegara a La Habana, no puedo ofrecerle mayores detalles, discúlpeme.
Los ojos de ella se desprendieron entonces de los suyos y vagaron por el entorno. Las paredes desconchadas, la suciedad, la desolación.
—Qué lástima que no tuviera oportunidad de haber conocido esto en otro tiempo.
Sonrió levemente sin despegar los labios, con un punto de amarga nostalgia colgado en las comisuras.
—Desde que recibí anteayer la noticia de que un próspero señor del Nuevo Mundo era el nuevo poseedor de nuestro patrimonio, no he parado de pensar en cuál debería ser mi papel en este imprevisto asunto.
—Hace tan solo un rato que hemos terminado de protocolizar los trámites; todo se ajusta a legalidad —dijo a la defensiva. Sonó brusco, se arrepintió. Intentó por eso resultar más neutro al puntualizar—: Puede constatarlo si lo desea en la testamentaría de don Senén Blanco.
Sol Claydon sumó a su media sonrisa un punto de sutil ironía.
—Ya lo he hecho, naturalmente.
Naturalmente. Naturalmente. O qué pensabas, pendejo, que ibas a despellejar a su familia y que ella iba a tragarse lo que tú le contaras así como así.
—Me estaba refiriendo —agregó— a cómo añadir a este…, a este traspaso, por así llamarlo, un sello de ceremonia por insignificante que sea. Y, si quiere, también de humanidad.
No tenía ni la más remota idea de a qué se estaba refiriendo, pero asintió.
—Lo que usted guste, señora, por supuesto.
Volvió a recorrer con ojos cargados de melancolía el patético estado del que fuera su hogar y él aprovechó para observarla. Su prestancia, su entereza, su armonía.
—No vengo a pedirle cuentas, señor Larrea. Supondrá que esta situación no me resulta grata en absoluto, pero entiendo que se ajusta a lo legal y así debo aceptarla.
Él volvió a inclinar la cabeza en reconocimiento por su consideración.
—Así las cosas, y haciendo de tripas corazón, como última descendiente de la desafortunada estirpe de los Montalvo en Jerez, y antes de que nuestra memoria se desvanezca para siempre, con mi visita tan solo pretendo bajar simbólicamente nuestra bandera y desearle lo mejor para el futuro.
—Le agradezco su amabilidad, señora Claydon. Pero quizá le interese saber que no tengo intención de quedarme con estos bienes. Estoy solo de paso en España, con el propósito de tramitar su venta y volverme a marchar.
—Eso es lo de menos. Aunque su estancia sea fugaz, no creo que esté de más que sepa quiénes fuimos los que habitamos bajo estos techos en un tiempo en el que aún no nos acechaba la oscuridad. Venga conmigo, ¿quiere?
Sin esperar respuesta, sus pasos decididos la llevaron al salón principal. Y él, irremediablemente, la siguió.
Debió de ser difícil para el Comino encajar con ese físico suyo en una familia de bien plantados como fueron los Montalvo. Eso le había dicho el notario mientras comían en la fonda de la Victoria dos días atrás. Aquella atractiva mujer de porte airoso y huesos largos que se movía con desenvoltura entre el entelado hecho jirones de las paredes, lo confirmaba. Mauro Larrea, el supuesto indiano poderoso y opulento, desprovisto de pronto de reacciones, se limitó a escucharla en silencio.
—Aquí se organizaban las grandes fiestas, los bailes, las recepciones. Los santos de los abuelos, el fin de la vendimia, nuestros bautizos… Había alfombras de Bruselas y cortinas de damasco, y una araña inmensa de bronce y cristal en el techo. De esa pared colgaba un tapiz flamenco con una escena de caza de lo más extravagante, y ahí, entre los balcones, teníamos unos espejos venecianos divinos que mis padres trajeron de su viaje de bodas por Italia, y que reflejaban las luces de las velas y las multiplicaban por cien.
Recorría la estancia oscura sin mirarle mientras hablaba con un acento envolvente, una cadencia andaluza tamizada probablemente por el uso frecuente del inglés. Se acercó hasta la chimenea, contempló unos instantes la paloma muerta que todavía seguía allí. Su siguiente destino fue el comedor.
—A partir de los diez años se nos permitía sentarnos con los mayores; era una gran ocasión, una especie de puesta de largo infantil. En esta mesa se bebían las mejores soleras de la bodega, vinos franceses, mucho champagne. Y en Navidad, Paca, la cocinera, mataba tres pavos, y después de la cena mi tío Luis y mi padre traían a unos gitanos con sus guitarras y sus panderetas y sus castañuelas, y cantaban villancicos, y bailaban, y se llevaban luego las sobras de la cena.
Levantó una de las sábanas que tapaban las escasas sillas, luego otra, luego una tercera, sin encontrar lo que buscaba. Hizo con los labios un levísimo sonido de contrariedad.
—Quería enseñarle los sillones de los abuelos, no recordaba que también volaron. Los brazos estaban tallados como garras de león, de pequeña me daban un miedo espantoso y después me empezaron a fascinar. En el almuerzo del día de mi boda, los abuelos nos cedieron sus sillones a Edward y a mí. Fue la única ocasión en la que ellos no ocuparon su lugar de siempre.
Lo que menos le interesaba a Mauro Larrea de ella en aquel momento era el nombre de su marido, así que este se le escurrió de los oídos sin esfuerzo. Entretanto, no dejó de absorber los retazos y las estampas del ayer que su boca iba desgranando mientras transitaban por las habitaciones. Los dormitorios los pasó casi por alto con unos cuantos comentarios ingrávidos; los cuartos menos nobles también. Hasta que, de vuelta en el tramo de galería donde se habían encontrado, entró en la última pieza. Desnuda por completo, sin rastro de lo que en el pasado contuvo.
—Y esta fue la sala de juegos. Nuestro sitio favorito. ¿Tiene usted, señor Larrea, una sala de juegos en su casa en…?
Tres segundos de silencio separaron las dos partes de la frase.
—En México. Mi casa está en la ciudad de México. Y sí, podría decirse que tengo en ella una sala de juegos.
O la tuve al menos, pensó. Ahora se tambalea, y de esta otra casa suya, por increíble que suene, depende que la conserve o la termine perdiendo.
—¿Y a qué juegan allí? —preguntó ella con soltura.
—A un poco de todo.
—¿Al billar, por ejemplo?
Camufló su suspicacia bajo una falsa seguridad.
—Sí, señora. También jugamos al billar.
—Aquí teníamos una mesa de caoba magnífica —añadió colocándose en el centro de la estancia y extendiendo los dos brazos en toda su amplitud. Brazos largos, delgados, armoniosos bajo las mangas de seda—. Mi padre y mis tíos jugaban unas partidas magistrales que a menudo se alargaban toda la madrugada; mi abuela se ponía como una hidra cuando veía bajar a sus amigos ya de mañana, hechos unos adanes tras una larga noche de farra.
Largos viajes a Italia, juergas con gitanos y guitarras, partidas con los amigos hasta bien entrado el día. Comenzaba a entender las previsiones del viejo don Matías al empeñarse en amarrar cortos por veinte años a sus descendientes.
—Cuando nos fuimos haciendo un poco mayores —continuó—, el abuelo contrató a un profesor de billar para mis primos, un francés medio chalado que tenía una maestría impresionante. Mi hermana Inés y yo nos colábamos para verles, era mucho más divertido que sentarnos a bordar para los huérfanos de la Casa Cuna, como por entonces pretendían obligarnos a hacer.
Así que de aquí salió tu arte, Zayas, se dijo rememorando el juego de su contrincante: las tacadas complejas, las filigranas. Y al hilo de su memoria, y ante aquellos ojos que lo atravesaban intentando saber qué ocultaba tras su férrea coraza de hombre entero de otros mundos, no pudo contenerse.
—Tuve ocasión de jugar con su primo Gustavo en La Habana.
Como cuando una nube densa y plomiza tapa el sol, los ojos de Soledad Montalvo parecieron ensombrecerse.
—¿De verdad? —dijo. Su frialdad habría podido cortarse con un cristal.
—Una noche. Dos partidas.
Dio unos pasos hacia la puerta, como si no lo hubiera oído, dispuesta a dar por zanjado ese derrotero en su conversación. Hasta que súbitamente se detuvo y se giró.
—Siempre fue el mejor jugador de todos. Nunca vivió en Jerez permanentemente, no sé si él se lo contó. Sus padres, mis tíos, se instalaron en Sevilla al casarse, pero él pasaba aquí largas temporadas con nosotros: las pascuas de Navidad, las Semanas Santas, las vendimias. Soñaba con venir, esto era para él el paraíso. Después se fue para siempre; hace dos décadas que no le sigo los pasos.
Esperó unos segundos antes de preguntar ¿cómo está?
Arruinado. Tortuoso. Infeliz, seguramente. Atado a una mujer deplorable a la que no quiere. Y yo he contribuido a hundirlo aún más. Eso fue lo que podría haberle dicho y lo que se ahorró decir.
—Bien, supongo —mintió—. No nos conocemos mucho; tan solo coincidimos unas cuantas veces en actos sociales y tuvimos oportunidad de jugar en una única ocasión. Después… después hubo por medio ciertos asuntos y, por circunstancias diversas, acabamos realizando la operación gracias a la cual estos bienes pasaron a mi poder.
Había intentado ser difuso sin sonar falso; convincente sin soltar ni prenda. Y ante su muy escasa precisión, anticipó que no tardarían en llegar las preguntas incómodas para las que él no tenía respuesta. Sobre un primo, sobre el otro, quizá sobre la mujer con la que formaron un triángulo en los últimos tiempos de vida de Luis.
La curiosidad de Sol Claydon, sin embargo, tomó otro camino.
—¿Y quién ganó esas partidas?
A pesar de que seguía intentando contenerla con todas sus fuerzas, por fin se abrió paso dentro de él la voz que no quería oír. ¡No serás capaz, insensato! ¡Cierra la boca ahora mismo! Cambia inmediatamente de conversación, no entres por ahí, Mauro, no entres por ahí. Calla tú, Elías; déjame que comparta con esta mujer la única miserable gloria que ha tenido mi vida en mucho tiempo. ¿No estás viendo que, a pesar de sus maneras atentas, a sus ojos solo soy un advenedizo y un usurpador? Déjame sacar ante ella un poco de orgullo, hermano. Es lo último que me queda, no me obligues a tragármelo también.
—Gané yo.
Se protegió, no obstante. Para que Soledad Montalvo no insistiera queriendo saber acerca de su desafortunado contrincante, de inmediato preguntó él:
—Su primo Luis, ¿también era aficionado al billar?
Entonces sí volvió a su rostro la nostalgia.
—No pudo. Siempre fue un niño bajito y enclenque, muy poquita cosa. Y a partir de los once o doce años, se frenó su desarrollo. Le vieron médicos de todas partes, hasta lo llevaron a Berlín, a que lo examinara un supuesto especialista milagroso. Le hicieron mil atrocidades: estiradores de hierro, tirantes de cuero para colgarlo por los pies. Pero nadie dio con la causa ni con la solución.
Acabó casi en un susurro:
—Todavía me cuesta creer que el Cominillo esté muerto.
El Cominillo, dijo con la gracia del habla popular de la tierra emergiendo entre su envoltura de sofisticación cosmopolita. Toda la frialdad que había mostrado al hablar de Gustavo se tornó en ternura al referirse a Luis, como si los dos primos ocuparan polos opuestos en su catálogo de afectos.
—Según me contó el notario —añadió él—, nadie sabía que estaba en Cuba. Ni que había fallecido.
Volvió a sonreír con otro trazo de fina ironía pegado a los labios.
—Lo sabía quien tenía que saberlo.
Enmudeció unos segundos sin dejar de mirarle limpiamente, como si estuviera pensándose si valía la pena seguir alimentando la curiosidad del extraño o parar ahí.
—Tan solo estábamos al corriente su médico y yo —reconoció por fin—. De su muerte tuvimos noticia hace apenas unas semanas, cuando el doctor Ysasi recibió desde Ultramar carta de Gustavo. Ahora estábamos a la espera de recibir la partida de defunción para comunicar la noticia públicamente y encargarnos del funeral.
—Lamento haber sido el causante de que todo se haya precipitado.
Alzó los hombros con gracia, como diciendo qué le vamos a hacer.
—Supongo que era cuestión de días que llegara la documentación.
No te metas por ahí, chiflado. Ni se te ocurra. Las órdenes le llegaron al cerebro como latigazos, pero las esquivó con un par de quiebros.
—O quizá su primo tuvo en algún momento la intención de venir a Jerez y traerla consigo.
Los ojos castaños de Sol Claydon, abiertos como balcones, se llenaron de incredulidad.
—¿Esa era de verdad su intención?
—Creo que lo estuvo considerando, aunque me temo que a la postre lo descartó.
Lo que salió de su hermosa garganta fue apenas un susurro.
—Volver Gustavo a Jerez, my goodness…
Desde abajo se oyeron ruidos, Santos Huesos acababa de llegar. Apenas entendió que el patrón no estaba solo, con ese olfato suyo capaz de detectar las tensiones a tres leguas, el criado se dio cuenta de que estaba de sobra y volvió a escabullirse sigiloso.
Para entonces, Sol Claydon había recuperado la compostura.
—En fin, turbias cuestiones familiares con las que no quiero entretenerle más, señor Larrea —dijo devolviendo la cordialidad a su tono de voz—. Creo que es hora de que deje de robarle tiempo; como le he dicho a mi llegada, con esta visita tan solo pretendía darle la bienvenida. Y quizá, en el fondo, también buscaba un reencuentro con mi pasado en esta casa antes de decirle definitivamente adiós.
Titubeó un instante, como si no estuviera del todo segura de la conveniencia de sus palabras.
—¿Sabe que durante años creímos que las herederas de Luis serían mis hijas? Así constaba en su primer testamento.
Un cambio testamentario de última hora, por todos los tormentos del infierno. Un cambio imprevisto que beneficiaba a Gustavo Zayas y a Carola Gorostiza. Y, por extensión, a él. Un sudor frío le recorrió la espalda. Corta amarras, compadre. Desvincúlate, mantente al margen; bastante te complicó las cosas la pinche hermana de tu consuegro.
Intentando ocultar su desconcierto, respondió con la más absoluta sinceridad:
—No tenía la menor idea.
—Pues mucho me temo que así es.
De haber sido Sol Claydon otro tipo de mujer, tal vez habría despertado en él, en medio de sus recelos, al menos una pizca de compasión. Pero la última de los Montalvo distaba mucho de prestarse a generar lástima.
Por eso, no le dio opción a reaccionar.
—Tengo cuatro, ¿sabe? La mayor de diecinueve, la pequeña acaba de cumplir once. Medio inglesas medio españolas.
Una pausa brevísima y a continuación una pregunta que, como casi todas, le agarró con el paso cambiado:
—¿Tiene usted hijos, Mauro?
Le había llamado por su nombre y algo se le removió dentro. Hacía mucho tiempo que ninguna mujer se había adentrado en el perímetro de su intimidad. Demasiado tiempo.
Tragó saliva.
—Dos.
—¿Y esposa? ¿Hay una señora Larrea esperándole en algún sitio?
—Desde hace muchos años, no.
—Lo lamento enormemente. Mi marido es inglés; vivíamos en Londres, pero siempre hemos estado yendo y viniendo con relativa asiduidad, hasta que nos instalamos aquí de forma estable hace ya casi dos meses. Confío en que nos haga el honor de cenar con nosotros en alguna ocasión.
Con aquella etérea invitación que nada cerraba ni comprometía, dio por terminada su visita. Acto seguido, se dirigió hacia la amplia escalera que algún día fue una de las joyas de la casa, y lanzó una mirada de desagrado al pasamanos cubierto por una costra de mugre. A la vista de su estado y a fin de evitar ensuciarse, optó por no rozarlo y comenzó a descender sin apoyarse en él, alzándose la falda para que los pies no se le enredaran entre las enaguas y la porquería del mármol medio húmedo.
Él se puso a su lado en tres zancadas.
—Tenga cuidado. Agárrese a mí.
Dobló el brazo derecho y ella lo asió con naturalidad. Y a pesar de que entre ambos se interponían varias capas de ropa, notó su pulso y su piel. Entonces, movido por algo sin nombre ni registro en su memoria, el minero colocó su mano grande y machacada sobre el guante de Sol Claydon, de Soledad Montalvo, de la mujer que ahora era y de la niña que fue. Como si quisiera consolidar su apoyo para prevenir una caída lamentable. O como si quisiera garantizarle que, a pesar de haber desprovisto a sus hijas de su patrimonio y de haberle puesto la vida del revés, aquel desconcertante individuo venido del otro lado del océano, con su facha de indiano oportunista y sus verdades a medias, era un hombre en quien podía confiar.
Bajaron enlazados y en silencio, escalón tras escalón sin cruzar una palabra. Separados por sus mundos y sus intereses, unidos por la proximidad de sus cuerpos.
Ella murmuró gracias al desprenderse, él respondió con un ronco no hay de qué.
Mientras contemplaba su espalda esbelta y el batir de la falda sobre las losas al atravesar la casapuerta, Mauro Larrea tuvo la certeza de que en el alma de aquella luminosa mujer había sombras oscuras. Y con un pellizco en las tripas, le llegó también la intuición de que entre esas sombras acababa de entrar él.
La perdió de vista cuando ella salió a la Tornería. Solo entonces se dio cuenta de que mantenía apretado el puño que contuvo su mano, como si se resistiera a dejarla ir.