La Templanza
III. Jerez » Capítulo 34
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Había amanecido hacía apenas media hora y ya estaba terminándose de reajustar la corbata, a falta de ponerse la levita de paño azul. De amanecida, harto de no dormir, había decidido pasar el día en Cádiz. Necesitaba alejarse, poner distancia. Pensar.
Santos Huesos apenas asomó la cabeza.
—En el zaguán quieren verle, patrón.
—¿Quién?
—Venga, mejor.
Qué tal si fuera Zarco, el corredor de fincas. Una punzada de ansiedad lo espoleó escaleras abajo.
No acertó: se trataba de una pareja desconocida. Humildes a todas luces y de edad imprecisa; entre los sesenta y el camposanto, más o menos. Flacos como estoques, con la piel del rostro y las manos resquebrajadas por largos años de dura faena. Ella llevaba sayas burdas, un mantón de bayeta parda y el pelo encanecido recogido en un moño. Él, chaqueta y pantalón de paño basto y una faja de lana a la cintura. Ambos agacharon la cabeza en señal de respeto al verle.
—Muy buenos días. Ustedes dirán.
Se presentaron con un profundo acento andaluz como antiguos sirvientes de la casa. A rendirle sus respetos al nuevo amo, dijeron que venían. Una lágrima recorrió el rostro ajado de la mujer al mentar al difunto Luis Montalvo. Después se sorbió los mocos.
—Y también estamos aquí por si en algo piensa que podamos servir al señorito.
Intuyó que el señorito era él. Señorito, a sus cuarenta y siete años. Pero aquella mañana de brumas no tenía ganas de reír.
—Se lo agradezco, pero lo cierto es que solo estoy aquí temporalmente; no tengo previsto permanecer más tiempo del justo.
—Eso es lo de menos: igual que llegamos, con las mismas nos podemos marchar con viento fresco cuando su voluntad lo quiera. La Angustias guisa estupendamente y yo hago de todo lo que me manden, mire usted. A los hijos ya los tenemos colocados y nunca está de sobra algo que echar al perol.
Se frotó el mentón, dudando. Más gastos y menos intimidad. Pero lo cierto era que les vendría bien alguien que se encargara de lavarles la ropa y les preparara para comer algo más que los pedazos de carne que Santos Huesos asaba agachado frente a una fogata en un rincón del patio trasero, como si vivieran en plena sierra o en los viejos campamentos de las minas. Alguien al tanto de quién llegaba o se asomaba desde la calle, que les echara una mano en el adecentamiento de aquella ruina de casa. Como un salvaje, le había dicho Sol Claydon que vivía. No le faltaba razón.
—Híjole, Santos, ¿a ti qué te parece? —preguntó alzando la voz hacia su espalda. El criado no estaba a la vista, pero él sabía que andaba cerca, escuchando como una sombra desde cualquier esquina.
—Pues digo que igual no nos vendría mal una ayudita, patrón.
Lo sopesó otros breves segundos.
—Aquí se quedan, entonces. A la orden de este hombre, Santos Huesos Quevedo Calderón —dijo soltando una sonora palmada sobre el hombro del criado recién aparecido—. Él les dirá lo que hay que hacer.
Los sirvientes —Angustias y Simón— volvieron a bajar la cabeza en señal de gratitud, mirando a la vez de reojo al chichimeca. No eran conscientes de la ironía de sus apellidos, pero sí de que era la primera vez en su vida que veían a un indio. Con su pelo largo y su sarape y su cuchillo siempre presto. Y encima, tiene cojones la cosa, farfulló el marido por dentro, nos tiene que mandar.
Mauro Larrea se encaminó hacia el Ejido y entró en la estación por la plaza de la Madre de Dios; había decidido ir en tren. En México, a pesar de los numerosos planes y concesiones, el ferrocarril todavía no era una realidad; en Cuba sí, para sacar sobre todo el azúcar de los ingenios del interior hasta la costa a fin de embarcarla rumbo al resto del mundo. Durante su breve paso por la isla, sin embargo, no tuvo ocasión de viajar en aquel invento; por eso, en cualquier otro momento de su vida, ese breve viaje iniciático por el que pagó ocho reales le habría llenado la cabeza de proyectos, olfateando ávido un posible negocio que trasladar al Nuevo Mundo, intuyendo una próspera oportunidad. Aquella mañana, no obstante, tan solo se dedicó a observar el trasiego no demasiado numeroso de pasajeros y el movimiento infinitamente más cuantioso de botas de vino procedentes de las bodegas, camino del mar.
Acomodado en un carruaje de primera clase, llegó hasta el puerto del Trocadero, y desde allí a la ciudad en vapor. Cinco años llevaba funcionando aquel camino de hierro —el tercero de España, decían—, desde que sus cuatro locomotoras empezaran a arrastrar vagones de carga y de pasajeros, y Jerez celebrara aquel adelanto con un gran acto oficial en la estación y un buen puñado de celebraciones populares: bandas de música en la plaza de toros, peleas de gallos por las calles, la ópera Il Trovatore de Verdi en el teatro y dos mil hogazas de pan repartidas entre los menesterosos. Hasta en la cárcel y en el asilo municipal aquel día se comió a lo grande.
Lo primero que hizo al llegar a Cádiz fue dar salida a su correo. A ratos y a trompicones, había logrado escribir a Mariana y a Andrade. A su hija, con un puño en el estómago al rememorar que un mal parto se llevó el aliento de Elvira, le deseaba fuerza y coraje para traer a su criatura a la vida. A su apoderado le contaba, como siempre, verdades que no llegaban a serlo del todo: estoy a la espera de cerrar una gran operación que acabará con todos nuestros problemas, regresaré en breve, pagaremos en tiempo a Tadeo Carrús, casaremos a Nico como Dios manda, volveremos a la normalidad.
Callejeó luego sin destino por la ciudad: de los muelles a la puerta de la Caleta, de la catedral al parque Genovés sin dejar de dar mil y una vueltas en el cerebro a aquello en lo que quería y no quería pensar: a la insensata manera en la que, empujado por Sol Claydon, había transgredido todas las normas más elementales de la sensatez y la legalidad.
Compró papel de carta en una imprenta de la calle del Sacramento, comió el choco con papas que le sirvieron en un colmado de la plazuela del Carbón; lo regó con dos cañas de vino seco y claro que olió antes de beber, como había visto hacer al notario, al médico y a la propia Soledad. El aroma punzante le trajo a la memoria la vieja bodega de los Montalvo, silenciosa y desierta, y el sonido chirriante de la veleta oxidada en el tejado de la casa de viña de La Templanza, y la silueta de una desconcertante mujer sentada a su lado en una vieja silla de anea, contemplando un océano de tierra blanca y vides retorcidas mientras le proponía impasible la más extravagante de todas las muchas cosas extravagantes que la vida le había echado a las espaldas. Pinche imbécil, masculló mientras dejaba sobre el mostrador unas monedas. Después salió otra vez a la calle y aspiró una bocanada de mar.
De muy poco le habían servido las leguas de distancia que había puesto entre Jerez y Cádiz: su ánimo seguía turbio y sus preguntas sin respuesta. Harto de vagar sin rumbo, decidió regresar, pero antes quiso pasarse a saludar a Antonio Fatou en su casa de la calle de la Verónica. Por rematar el día cruzando unas palabras con algún ser humano, sin ningún otro motivo.
—Mi estimado Mauro —le saludó afable su joven anfitrión saliéndole al encuentro tan pronto le avisaron de su presencia—. Qué alegría volver a tenerle entre nosotros. Y qué casualidad.
Frunció el entrecejo. ¿Casualidad? Nada de lo que en su vida ocurría últimamente se debía al puro azar. Fatou interpretó el gesto como una interrogación y se apresuró a ofrecerle aclaraciones.
—Precisamente acaba de decirme hace un rato Genaro que alguien ha venido preguntando por usted. Otra señora, al parecer.
Estuvo a punto de hacerle un gesto cómplice, como diciéndole qué suerte tiene con tanta dama persiguiéndole, amigo mío. Pero el ceño contraído de Mauro Larrea lo disuadió.
—¿La misma que vino la vez anterior?
—No tengo la menor idea. Espere y lo averiguamos enseguida.
El anciano mayordomo se adentró cansino en las dependencias del negocio, envuelto como siempre en toses.
—Me dice don Antonio que alguien anduvo en mi busca, Genaro. Cuénteme, haga el favor.
—Una señora, don Mauro. Ni una hora hace que salió por la puerta.
Volvió a repetir la pregunta:
—¿La misma que vino la vez anterior?
—Yo diría que no.
—¿Dejó su tarjeta?
—No hubo manera. Y mire que se la pedí.
—¿Dijo al menos su nombre, o para qué me requería?
—Ni prenda.
—¿Y le dieron mi nueva dirección?
—No, señor, porque yo la ignoro y el señorito Antoñito no estaba por aquí.
Ante la ausencia de más detalles, el dueño de la casa mandó al mayordomo de vuelta a sus quehaceres con la orden de que alguien les llevara un par de tazas de café. Charlaron brevemente sobre nada en concreto y, calculando la hora para coger el vapor y luego el tren de vuelta a Jerez, el minero tardó poco en despedirse.
Apenas había recorrido una decena de pasos por la calle de la Verónica cuando decidió retroceder. Pero esta vez no accedió a las oficinas en busca del propietario; tan solo se escurrió hasta la cancela y tras ella halló a quien buscaba.
—Olvidé preguntarle, Genaro… —dijo metiéndose la mano en un bolsillo de la levita y sacando un espléndido habano de Vueltabajo—. Esa señora que vino en mi busca, ¿cómo era, exactamente?
Antes de que el viejo empleado abriese la boca, el cigarro, perteneciente a la caja que le regalara Calafat al embarcar en La Habana, reposaba ya en el bolsillo del chaleco de piqué del mayordomo.
—Un buen pase tenía, sí señor, elegantona y de pelo azabache.
—¿Y cómo hablaba?
—Distinto.
La tos bronca le interrumpió unos instantes, hasta que por fin pudo añadir:
—Para mí que venía de las Américas, como usted. O de por ahí.
Llegó hasta el muelle a zancadas con la intención de cruzar hasta el Trocadero lo antes posible, pero no lo consiguió: parado en seco, con la respiración entrecortada y las manos en las caderas, al contraluz de la tarde contempló una embarcación alejándose. Puta mala suerte, masculló, y no precisamente para sí. Quizá fuese una jugarreta de su propia fantasía, pero en la cubierta, entre los pasajeros, le pareció distinguir una silueta familiar sentada sobre un pequeño baúl.
Cogió el siguiente vapor y llegó a Jerez de noche cerrada. Apenas sus pasos resonaron en el zaguán del caserón de la Tornería, soltó una bronca voz al aire:
—¡Santos!
—A la orden, patrón —respondió el criado desde algún punto oscuro de la arcada del piso de arriba.
—¿Tuvimos alguna otra visita?
—Pues más bien yo diría que sí, don Mauro.
Como si le hubieran asestado un puñetazo en la boca del estómago, así se sintió.
Descubrir sus nuevas señas no le habría resultado a nadie una tarea demasiado compleja: al fin y al cabo, su porte de indiano caído del cielo y la vinculación con Luis Montalvo le habían convertido en lo más novedoso que había acontecido en los últimos días.
—Suéltalo pues.
Pero las palabras del criado no fueron por ahí.
—El gordo que se encarga de la venta quiere verle mañana por la mañana. En el café de La Paz, en la calle Larga. A las diez.
La sensación de recibir un puñetazo en las tripas se repitió.
—¿Qué más dijo?
—Nomás eso, pero para mí que lo mismo ya nos encontró un comprador.
Cuando vio asomar el corpachón del corredor de fincas, Mauro Larrea ya había leído El Guadalete de cabo a rabo, se había dejado lustrar el calzado por un concienzudo limpiabotas tuerto y tenía a medias el tercer café. Llevaba levantado desde el alba, anticipando lo que Amador Zarco iba a contarle y sin borrar de su mente la inquietud de la tarde previa antes de abandonar Cádiz: una figura alejándose entre las olas a bordo de un vapor.
—Buenos días nos dé Dios, don Mauro. —Acto seguido, dejó caer en una silla contigua el sombrero y se sentó frente a él desparramando lorzas de carne por los bordes de la silla.
—Gusto de verle —fue su escueto saludo.
—Parece que hoy ha amanecido más fresco, ya lo dice el refrán: De los Santos a Navidad, es invierno de verdad. Aunque como decía mi pobre madre, que en gloria esté, no hay que fiarse mucho de los refranes porque luego ya sabe usted lo que pasa.
Él tamborileó sin disimulo sobre el mármol de la mesa y con el movimiento apresurado de los dedos vino a decir arranque, buen hombre, de una vez. El obeso corredor, ante la visible impaciencia del indiano, no se demoró.
—No quisiera lanzar las campanas al vuelo antes de la cuenta, pero igual podemos estar de suerte y tener algo interesante a la vista.
En ese preciso instante les interrumpió un joven camarero:
—Aquí le traigo su cafelito, don Amador.
Sobre la mesa, al lado de la taza, dejó también una botella.
—Dios te lo pague, criatura. —No había terminado el muchacho de darse la vuelta cuando el gordo prosiguió—: Hay una gente de Madrid que tiene ya medio apalabrada una compra grande en Sanlúcar, llevan un par de meses viendo cosas por la zona.
A la vez que hablaba, Zarco quitó el tapón de corcho a la botella y, ante el estupor del minero, volcó un chorro en el café.
—Es brandy, no vino —aclaró.
Él hizo un gesto de impaciente indiferencia. Usted sabrá cómo o con qué estropea su café, amigo. Y ahora hágame el favor de continuar.
—Les he tentado con sus propiedades y les ha picado la curiosidad.
—¿Cuántos son, por qué habla en plural?
La pequeña taza de loza quedó casi perdida entre los gruesos dedos en su camino a la boca. Se la bebió de un trago.
—Dos: uno que pone los cuartos y otro que lo asesora. Un ricacho y su secretario, para que usted me entienda —dijo devolviéndola al platillo—. De viñas y vino no tienen ni idea; pero sí conocen que el mercado crece con los días y están dispuestos a invertir.
Le miró con ojos de buey.
—La cosa no va a ser fácil, don Mauro; eso se lo adelanto ya. El otro acuerdo lo tienen medio cerrado, y propuestas no les faltan así que, en el remoto caso de que sus propiedades les acaben interesando, seguro que van a apretarle a base de bien. Pero no perdemos nada por probar, ¿no le parece a usted?
Amador Zarco no fue capaz de decir nada más y él no le insistió porque supo que nada más sabía: su comisión aún estaba en la franja del veinte por ciento, así que el intermediario tenía un interés tan grandioso como el suyo por vender pronto y bien.
Abandonaron juntos el café después de concertar un próximo encuentro tan pronto como lograra saber cuándo llegarían a Jerez los potenciales interesados; ya estaban entrecruzando las últimas frases frente a la puerta cuando Mauro Larrea distinguió a Santos Huesos entre los viandantes que recorrían la calle Larga.
Quizá, al verle en la distancia, por primera vez fue consciente de la incongruencia de su fiel criado en esa Baja Andalucía donde no escaseaban las pieles morenas requemadas por el sol o por la sangre de varios siglos de presencia mora. Pero el color de bronce de aquel indio no lo tenía nadie por allí, ni su pelo oscuro y lacio por debajo de los hombros, ni su constitución. Nadie tampoco vestía como él, con paliacate anudado a la cabeza bajo el ala ancha del sombrero y aquel eterno sarape tejido en colores. Más de quince años llevaba a su lado, desde que era un chamaco afilado y despierto que se movía por las galerías de las minas con la agilidad de una culebra.
Acabó de despedirse del corredor y, momentáneamente inquieto por las nuevas que podría traerle, esperó a que el criado se le acercara.
—¿Quihubo, Santos?
—Nomás vinieron en su busca.
Tragó aire con ansia mientras miraba a izquierda y derecha: el trasiego diario de gentes, las voces de todos los días. Las fachadas, los naranjos. Ese Jerez.
—¿Una señora que tú conoces?
—Pues no y sí —replicó entregándole un pequeño sobre.
Esta vez, quizá por el apremio, iba sin lacrar. Reconoció la letra y lo abrió con precipitación. Le ruego acuda a mi domicilio a la mayor prontitud. En vez de una firma, dos letras: S. C.
Sol Claydon lo requería con urgencia. ¿Qué esperabas, majadero, que tu desatino iba a terminar sin consecuencias, que tus insensateces no traerían cola? En mitad del barullo mañanero no supo si la voz furiosa que le recriminaba era la de su apoderado Andrade o la suya propia.
—Listo, Santos, me doy por enterado. Pero tú estate al tanto, porque todavía hay otra visita que nos puede llegar. Si así fuera, que espere en el patio, no la dejes que entre. Y ni una silla le saques, ¿me oyes? Que espere nomás.
Caminó con prisa, pero se detuvo al alcanzar el arranque de la Lancería, cuando recordó que tenía algo pendiente; algo que, con los vaivenes imprevistos de los últimos días, se le había traspapelado en la memoria. Y a pesar del apremio de Soledad, decidió resolverlo sin dilación. Apenas le llevaría tiempo y mejor hacerlo ahora que dejarlo suspendido, no fuera a acabar acarreando peores desenlaces.
Echó una ojeada alrededor y vio el portal entreabierto de una estrecha casa de vecinos. Se asomó, nadie a la vista. Para lo que iba a durar el asunto, serviría. Paró entonces a un chiquillo, le señaló la notaría de don Senén Blanco y le dio una décima de cobre y unas cuantas indicaciones. Tres minutos después Angulo, el empleado chismoso que por primera vez le acompañó a la casa de la Tornería, aún con los manguitos de percalina puestos, entraba curiosón en el portal oscuro donde él lo estaba esperando.
La propia Sol, sin ser consciente, le había puesto en guardia. Desde la notaría se había filtrado que él se hizo con las propiedades de los Montalvo sin dinero de por medio; que quizá había algo no del todo transparente en la transacción. Sabía que don Senén Blanco era un hombre cabal, incapaz de soltar la lengua alegremente. Por eso intuía el origen del que, presumiblemente, partió todo. Y por eso, ahora, estaba a punto de actuar.
Primero lo acorraló contra los azulejos, después llegó el aviso.
—Como vuelvas a soltar una sola palabra sobre mí o mis asuntos, la próxima vez te parto por la mitad.
Lo agarró entonces por el cuello y al rostro del pobre diablo le subió de pronto toda la sangre del cuerpo.
—¿Quedó claro, pendejo?
Como por respuesta tan solo obtuvo un sonido ahogado, le golpeó la nuca contra la pared y le apretó el gaznate un poco más.
—¿Seguro que lo entendiste bien?
De la boca espantada del escribiente salió un hilillo de baba y una voz minúscula que parecía querer decir sí.
—Pues a ver si no hace falta que volvamos a vernos.
Lo dejó con el cuerpo arqueado a punto de caer al suelo, tosiendo como un asno. Antes de que pudiera reaccionar siquiera, él ya estaba en la calle ajustándose los puños de la camisa y guiñando un ojo al rapaz estupefacto.
Esta vez no tuvo que abrir Palmer la puerta: Soledad lo estaba esperando y él volvió a sentir esa misma sensación sin nombre que le recorría la piel todos los días desde que la conoció. Vestía de color guinda y la preocupación plagaba otra vez sus rasgos armoniosos.
—Lamento muchísimo molestarle de nuevo, Mauro, pero creo que tenemos otro problema.
Otro problema, había dicho. No el mismo de dos días antes extendido, multiplicado, enmarañado o resuelto. Otro problema distinto. Y había dicho tenemos. En plural. Como si ya no se tratara de un problema suyo para el que necesitara ayuda, sino de un asunto vinculado desde un principio a los dos.
Sin una palabra más, le dirigió a la sala de recibir donde él la estuvo esperando la primera noche.
—Pase, por favor.
El sofá que entonces estaba vacío, se veía ahora ocupado. Por una mujer. Tumbada, con los ojos cerrados y dos cojines bajo la nuca, pálida como la cera. Con la negra cabellera desparramada, vestida enteramente de oscuro, con un prominente escote al aire que una joven mulata más flaca que un suspiro no paraba de abanicar.
A su espalda sonó un murmullo.
—La conoce, ¿verdad?
Le contestó sin girarse:
—Mucho me temo que sí.
—Ha llegado hace apenas una hora, viene indispuesta. He mandado a buscar a Manuel Ysasi.
—¿Habló algo?
—Solo le ha dado tiempo a presentarse como la esposa de mi primo Gustavo. Todo lo demás han sido incongruencias.
Se mantenían los dos sin apartar la vista de la otomana. Él un paso por delante y Sol Claydon detrás, susurrándole queda junto al oído.
—También le nombró a usted. Varias veces.
La alarma fue paralela a su turbación, al notar pegada a su cuerpo la calidez que emanaba de ella y de su voz.
—Dijo mi nombre, ¿y qué más?
—Frases inconexas, palabras sueltas. Todo enrevesado y sin sentido. Algo relativo a una apuesta, creí entender.