La Templanza

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III. Jerez » Capítulo 35

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El doctor Ysasi le tomó el pulso, le presionó el estómago y le palpó el cuello con dos dedos. Después le examinó la boca y las pupilas.

—Nada preocupante. Deshidratación y agotamiento; síntomas comunes tras una larga travesía por mar.

Sacó un frasco de láudano del maletín, pidió que le preparan un zumo de limón exprimido con tres cucharadas de azúcar y a continuación prestó atención a la joven esclava, repitiéndole las mismas pruebas. Había mandado correr las espesas cortinas y la sala estaba en una semipenumbra incongruente con la luz matinal que llenaba la plaza. El minero y la anfitriona observaban el quehacer desde la distancia, de pie ambos todavía, con los rostros teñidos de intranquilidad.

—Tan solo necesitará reposo —concluyó el médico.

Mauro Larrea se giró hacia el oído de Soledad y le habló entre dientes:

—Hay que sacarla de aquí.

Ella asintió con un lento movimiento de cabeza.

—Supongo que todo tiene que ver con la herencia de Luis.

—Seguramente. Y eso no nos conviene a ninguno de los dos.

—Listo —anunció el doctor en ese instante, ajeno a la conversación que entre ellos iban armando—. Lo más aconsejable es no moverla ahora mismo, que descanse tumbada. Y a esta chiquilla —añadió señalando a la joven esclava—, que le den algo de comer; lo que tiene es pura inanición.

Al reclamo de la campanilla de Soledad, apareció una de las criadas; inglesa, como todo el servicio de la casa. Tras recibir las órdenes pertinentes, la despachó camino de la cocina con la mulatica a su cargo.

—Lamentablemente, Edward sigue ausente y yo preferiría no quedarme sola con ella. ¿Les supondría un gran trastorno acompañarme a almorzar?

Lo más sensato, pensó Mauro Larrea, sería marcharse, ganar tiempo para pensar en cómo proceder a continuación. Aunque ahora descansara serena, estaba seguro de que la esposa de Zayas desembarcaba en España envuelta en una amenazante tormenta antillana: sabía de sobra hasta dónde era capaz de llegar. Hablaría más de la cuenta ante todo aquel que quisiera escucharla, tergiversaría los acontecimientos, haría pública la extravagante manera en la que las propiedades jerezanas volaron de manos de su marido, e incluso sería capaz de emprender acciones legales para reclamar los bienes ganados en la apuesta. Y aunque seguramente nada volviera a las manos de Zayas porque la ley lo acabaría amparando a él, con todo eso lograría algo que el minero no estaba dispuesto a soportar: verse enfangado en pleitos y diatribas, demorar sus planes y truncar, en definitiva, sus intenciones más perentorias. El calendario corría implacable en su contra, ya había consumido casi dos meses de los cuatro que tenía fijados con Tadeo Carrús. Había que encontrar la manera de minimizar las intenciones de la mexicana. De neutralizarla.

Lanzó una mirada de soslayo a Soledad mientras ella, a su vez, observaba con preocupación a la desfallecida. Si esta empezaba a mover sus piezas, él no sería el único perjudicado: en caso de que se dedicara a indagar sobre las propiedades de Luis Montalvo, la arrastraría también.

—Acepto tu invitación del mejor grado, querida Sol —adelantó Ysasi mientras recogía sus útiles y los guardaba en el maletín—. Me seducen bastante más las habilidades de tu cocinera que las de mi vieja Sagrario, que apenas sale de los pucheros de siempre. Permíteme antes que me lave las manos.

A pesar de que en la cabeza de Mauro Larrea chocaban alborotadas las reticencias, su boca lo traicionó.

—Me sumo.

El médico salió de la estancia mientras ellos se quedaban envueltos en esa luz extraña del mediodía taponada por los pesados cortinones de terciopelo; de pie ambos, con la mirada fija aún en el cuerpo yacente de la recién llegada. Transcurrieron unos instantes de calma aparente en los que casi se podía oír cómo los cerebros de los dos acoplaban datos y ajustaban piezas.

Ella fue la primera en avanzar.

—¿Por qué tiene tanto interés en dar con usted?

Sabía que no valía la pena seguir mintiendo.

—Porque probablemente no está de acuerdo con la manera en la que Gustavo Zayas y yo acordamos el traspaso de las propiedades de su primo Luis.

—¿Y hay en verdad motivo para tal descontento?

Y sabía también que tenía que llegar hasta el fondo.

—Depende de lo bien que alguien acepte que su esposo se juegue su herencia en una mesa de billar.

Las viandas y los caldos volvieron a ser excelentes, la porcelana espléndida, la cristalería igualmente delicada. El ambiente cordial de la primera noche, sin embargo, había saltado por los aires.

Aunque sabía que no tenía que justificar su conducta ante nadie, se mantuvo firme en su decisión, por una maldita vez, de hablar con sinceridad. Al fin y al cabo, Soledad ya le había hecho partícipe de sus propios desmanes. Y del buen doctor, poco malo se podía esperar.

—Miren, yo no soy ningún tahúr ni un oportunista sin prejuicios, sino un mero hombre dedicado a sus negocios al que en un momento imprevisto se le torcieron las cosas. Y mientras intentaba reconducir mi mala fortuna, sin que yo la propiciara, se me cruzó por delante una coyuntura que se acabó resolviendo a mi favor. Y quien impulsó tal coyuntura fue Carola Gorostiza, obligando a su esposo a actuar.

Ni Manuel Ysasi ni Soledad le hicieron ninguna otra pregunta explícita, pero la curiosidad de ambos flotó silenciosa en el ambiente como las alas de un ave majestuosa.

Se debatió entre cuánto contar y cuánto callar, hasta dónde seguir avanzando. Todo era demasiado confuso, demasiado inverosímil. El encargo de Ernesto Gorostiza para su hermana, sus ansias por encontrar en La Habana un buen negocio, el barco congelador, el asunto vergonzante del negrero. Demasiado turbio todo para hacerlo digerible a lo largo de un almuerzo. Por eso decidió sintetizarlo de la manera más concisa:

—Hizo creer a su esposo que mantenía una relación sentimental conmigo.

La pala de pescado de Soledad quedó flotando sobre un pedazo de róbalo, sin llegar a rozarlo.

—Él me retó entonces —añadió—. Una especie de temerario duelo sobre un tapete verde con tacos de madera y bolas de marfil.

—Y ahora ella viene a pedirle cuentas, o a intentar invalidar aquello —apuntó el doctor.

—Eso supongo. Incluso, conociéndola como creo que la conozco, no sería extraño que también tenga interés en averiguar de paso si Luis Montalvo contaba en su poder con algo más. Al fin y al cabo, él convirtió a Gustavo en heredero universal con todas las de la ley.

—Al menos ahí dará en hueso, porque al pobre Luisito no le quedaba ni un ochavo.

Ante la presuposición del médico, Mauro Larrea y Soledad se llevaron a la vez los tenedores a la boca, bajaron al unísono la mirada y masticaron en paralelo el pescado con más lentitud de la necesaria; como si, entremezclado con la carne blanca y tierna del pez, quisieran también pulverizar el desasosiego. Hasta que ella decidió hablar.

—Verás, Manuel, lo cierto es que podría resultar que Luis, sin ser consciente de ello, contara con algo más entre sus posesiones.

El rostro del médico quedó demudado cuando le sintetizó la inaudita realidad. Ocultaciones, firmas falseadas, amaños ilícitos. Y el indispensable papel de Mauro Larrea en una sublime suplantación de Luis Montalvo frente a un abogado inglés.

—Por todos los diablos que no sé cuál de los dos es más temerario, si el minero que arrambla con una herencia ajena en una apuesta descabellada, o la fiel y distinguida esposa que despelleja su propia empresa familiar.

—Hay cosas que van más allá de lo que creemos que somos capaces de controlar —dijo entonces Sol alzando por fin su mirada serena—. Situaciones que nos ponen en el disparadero. Yo habría mantenido con sumo gusto mi cómoda vida en Londres con mis cuatro preciosas niñas, mis asuntos controlados y mi intensa vida social. Jamás se me habría ocurrido cometer la menor tropelía de no ser porque Alan, el hijo de Edward, decidió atacarnos.

A pesar de lo desconcertante de la afirmación, ninguno de los hombres osó interrumpirla.

—Persuadió a su padre con insidia para que lo integrara como socio en el negocio a mis espaldas, tomó decisiones absolutamente desafortunadas sin consultarlas con él, lo engañó y preparó el terreno, en definitiva, para que nuestras hijas y yo misma quedáramos en una muy débil situación el día en que Edward llegara a faltar.

Esta vez no fue vino lo que se llevó a los labios, sino un largo trago de agua, quizá para que la ayudara a diluir la mezcla de rabia y tristeza que había asomado a su rostro.

—Mi marido tiene problemas muy graves, Mauro. El hecho de que nadie lo haya visto desde que nos mudamos no responde a viajes de negocios ineludibles o a inoportunas jaquecas; eso no son más que mentiras que yo me dedico a extender. Desgraciadamente, se trata de algo bastante más complicado. Y mientras él no se encuentre en disposición de tomar medidas que contrarresten los ataques de su primogénito contra las pequeñas gitanas del sur, como nos llama despectivamente a mis hijas y a mí, la responsabilidad de protegernos está en mis manos. Y por ello, no me ha quedado otra solución más que actuar.

—Pero no contraviniendo de esa manera la ley, por Dios, Sol… —dijo Ysasi.

—De la única forma que puedo, mi querido doctor. Reventando el negocio desde dentro; de la única manera que sé.

Un golpe sonoro frenó en seco la conversación, como si algo voluminoso hubiera caído al suelo o chocado contra una pared en algún rincón de la casa. Las copas se tambalearon levemente sobre el mantel y los cristales del chandelier que colgaba del techo chocaron entre sí provocando un sutil tintineo. Soledad y él amagaron con levantarse instantáneamente, el doctor los frenó.

—Yo me encargo.

Con paso acelerado, abandonó el comedor.

Podría tratarse de Carola Gorostiza, quizá se había desplomado al intentar levantarse, pensó él. Pero intuyó que no era el caso. Quizá fuera tan solo un percance del servicio, tal vez un tropezón de una criada. Sol se esforzó por restarle importancia.

—Seguro que no ha sido nada, pierda cuidado.

Dejó entonces los cubiertos sobre el plato y le miró con los ojos cargados de desolación.

—Todo se me está yendo de las manos; todo va a peor…

Aunque escarbó en lo más profundo de su repertorio, él no encontró palabras para replicar.

—¿No hay días en los que le gustaría que el mundo se parara, Mauro? Que se detuviera y nos diera un respiro. Que nos dejara inmóviles como estatuas, como simples mojones, y no tuviéramos que pensar, ni que decidir, ni que resolver. Que los lobos cesaran de enseñarnos los dientes.

Claro que había días de esos en su vida. En los últimos tiempos, a montones. En aquel instante, sin ir más lejos, habría dado todo lo mucho que alguna vez tuvo por seguir compartiendo eternamente ese almuerzo con ella: sentado a su izquierda, solos en el comedor empapelado con adornos chinescos, contemplando su rostro armonioso de pómulos altos y el arranque de los huesos de sus hombros. Resistiendo la tentación de alargar el brazo hacia ella para agarrarle una mano como el día en que se conocieron; para apretársela con fuerza y decirle no te preocupes, estoy a tu lado, todo va a terminar pronto; pronto y bien. Preguntándose cómo, a sus años y con todo lo que llevaba vivido, cuando creía que ya nada podría sorprenderle, sentía de pronto ese vértigo.

Imposible compartir con ella esas sensaciones, por eso prefirió orientarse en otra dirección.

—¿Volvió a saber algo del abogado inglés?

—Tan solo que se encuentra en Gibraltar. No ha regresado a Londres, de momento.

—¿Y eso es preocupante?

—No lo sé —reconoció—. Realmente no lo sé. Tal vez no: puede que simplemente no haya encontrado estos días plaza en ningún steamer de la P&O rumbo a Southampton, o quizá tenga otros asuntos aparte de los míos que atender.

—¿O…?

—O puede que esté esperando a alguien.

—¿Al hijo de su marido, por ejemplo?

—Lo desconozco también. Ojalá lo supiera y pudiera confirmarle que todo avanza adecuadamente, y que nuestra farsa surtió su efecto sin fisuras. Pero lo cierto es que, según pasan los días, las dudas no cesan de crecer.

—Demos tiempo al tiempo —dijo sin ningún convencimiento—. Ahora mismo, además, tenemos otro problema que afrontar.

La pularda asada que les habían servido a continuación del róbalo se había quedado fría en los platos: ambos habían perdido el apetito, pero no la necesidad de seguir hablando.

—¿Cree usted que Gustavo habrá apoyado este disparate de su esposa, esta decisión de venir sin él desde Cuba?

—Supongo que no. Quizá se las arregló para que él no sepa nada. Habrá inventado algo: un viaje a México, o vaya usted a saber.

Presintió que ella quería preguntar algo, pero le costaba formularlo. Se llevó la copa a la boca, como para darse fuerza.

—Dígame, Mauro, ¿en qué situación se encontraba mi primo? —planteó al fin.

—¿Personal o económica?

Titubeó. Otro sorbo de vino.

—Ambas.

Mauro Larrea seguía notando la frialdad de Soledad hacia Zayas, el distanciamiento controlado que ella mantenía. Esta vez, no obstante, presintió que pretendía indagar en lo humano.

—Créame cuando le digo que no lo traté apenas, pero mi impresión es que distaba leguas de parecer medianamente feliz.

Retiraron los platos que apenas habían tocado, sirvieron el postre. El servicio se retiró.

—Y créame también si le aseguro que Carola Gorostiza y yo jamás mantuvimos relación sentimental alguna.

Ella asintió con un ligerísimo movimiento de barbilla.

—Aunque lo cierto es que sí tenemos otro tipo de vinculación.

—Vaya —murmuró. Y su tono no sonó grato en exceso, pero lo frenó con una cucharada de crème brûlée.

—Su hermano es amigo mío en México y pronto se convertirá en alguien cercano a mi familia. Su hija va a casarse con mi hijo Nicolás.

—Vaya —volvió a murmurar, esta vez con menos acritud.

—Por eso la conocí al llegar yo a La Habana: su hermano Ernesto me encargó hacerle entrega de un dinero. Así fue como entré en contacto con ella, y a partir de ahí vino todo lo demás.

—¿Y cómo es esa señora en los momentos en los que no tiene el capricho de desvanecerse?

Parecía haber recuperado algo del brillo de sus ojos de cierva y una pizca de la fina ironía que solía presidir sus conversaciones.

—Arrogante. Fría. Impertinente. Y se me ocurren algunas otras etiquetas que me reservo por cortesía.

—¿Sabe que se pasó los últimos años escribiendo a Luisito, insistiéndole machaconamente para que cruzara el océano y fuera a visitarlos? Le hablaba de la fastuosa vida de La Habana, del gran cafetal que poseían, de la inmensa satisfacción que sentiría Gustavo al verle otra vez después de tantos años y de las muchas veces que ella había imaginado cómo sería aquel añorado primo español. Incluso, si me permite ser malpensada, en algunos pasajes creo que hasta se le llegó a insinuar; probablemente Gustavo jamás le habló a su mujer de las limitaciones físicas del pobrecito Comino.

—Siéntase libre de ser retorcida, estoy convencido de que no le falta razón. ¿Cómo tiene constancia de todo eso?

—Por las cartas firmadas por ella que guardo en un cajón de mi secreter. Me las llevé de su casa junto con el resto de sus cosas personales antes de que usted se instalara.

Así que fue Carola Gorostiza la que arrastró a Luis Montalvo hasta Cuba, a sabiendas de que era un soltero con propiedades y sin descendencia, unido por sangre a su marido. Y por eso seguramente maquinó, perseveró, porfió y no cejó hasta lograr que hiciera un nuevo testamento que retirara del juego a sus sobrinas carnales y dejara como único heredero a su primo hermano Gustavo, con el que hacía dos décadas que no tenía trato. Lista, Carola Gorostiza. Lista y tenaz.

La vuelta del médico les interrumpió.

—Todo en orden —musitó sentándose.

Soledad cerró los ojos un instante y asintió, entendiendo sin necesidad de más palabras lo que Manuel Ysasi quería decir. Mauro Larrea los miró alternativamente y, de pronto, toda la confianza ganada a lo largo del almuerzo y de los días anteriores pareció resquebrajarse al sentirse ajeno a aquella complicidad. Qué me ocultan, de qué quieren mantenerme al margen. Qué le ocurre a tu marido, Soledad; qué os aleja de Gustavo. Qué carajo pinto yo entre todos ustedes.

El doctor, ignorante de sus pensamientos, retomó la comida y la conversación, y el minero no tuvo más remedio que abstraerse de sus suspicacias.

—He echado un vistazo a nuestra dama y le he dado unas gotas generosas de hidrato de cloral para que se mantenga sosegada. No va a despertar en unas horas pero, con todo, sería conveniente que decidierais cómo pensáis actuar con ella.

Propongo lanzarla al fondo de una mina anegada, le habría gustado decir al minero.

—Enviarla de vuelta por donde ha venido —fue en cambio su reacción—. ¿Cuánto calcula que tardará en estar en condiciones de emprender el regreso?

—No creo que tarde en recuperarse.

—En cualquier caso, lo fundamental ahora mismo es sacarla de esta casa y retirarla de la circulación.

El silencio se extendió sobre el mantel mientras intentaban hallar una vía de salida. Mandarla a Cádiz sola para esperar el embarque sería excesivamente arriesgado. Retenerla en el destartalado caserón de la Tornería, un despropósito. Albergarla en un establecimiento público, una soberana insensatez.

Hasta que Sol Claydon planteó su propuesta, y sonó como una piedra lanzada contra un cristal.

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