La Templanza

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III. Jerez » Capítulo 37

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Chasquidos de vasos y botellas, rumor de pláticas destensadas y el rasgueo de una guitarra. Docena y media de hombres más o menos, y tan solo tres mujeres. Tres gitanas. Una, muy joven y muy flaca, liaba cigarrillos de picadura con los ojos bajos mientras otra, más lozana, se dejaba requebrar sin demasiado interés por un señorito fino. La más vieja, con el rostro arrugado y seco como una pasa de Málaga, parecía dormitar con los ojos entreabiertos y la cabeza apoyada contra la pared.

Casi todos los presentes carecían de las ropas y modales del médico y de Mauro Larrea pero, con todo, la llegada de ellos dos a aquella tienda de vinos del barrio de San Miguel no pareció extrañar en absoluto a la parroquia. Más bien lo contrario. A las buenas noches, oyeron decir varias veces tan pronto como ambos atravesaron la puerta. Buenas noches nos dé Dios, doctor y la compañía. Gusto de verle otra vez por aquí, don Manué.

Tras una parca cena conjunta en la casa de soltero del médico, comprobaron que la Gorostiza seguía durmiendo, que la mulatica descansaba al lado y que Santos Huesos quedaba preparado en el pasillo para una noche de sosegada vigilia. Y convencidos de que nada inesperado podría acontecer hasta la mañana siguiente al menos, Manuel Ysasi le había propuesto salir a respirar.

—¿Me leyó el pensamiento, doctor?

—Ya conoce dónde se solaza la sociedad más respetable. ¿Qué le parece si le llevo ahora al otro Jerez?

Por eso habían acabado en aquella taberna de la plaza de la Cruz Vieja, en un barrio que tiempo atrás fue un arrabal de extramuros y ahora parte del sur de la ciudad.

Se acomodaron frente a una de las escasas mesas vacías, en sendos bancos corridos a la luz de los candiles de aceite, no lejos del mostrador. Tras este, una ancha retaguardia repleta de botellas y botas de vino, y un muchacho que no llegaría a los veinte años secando loza callado y serio mientras lanzaba miradas llenas de melancolía a la joven gitana. Ella, entretanto, seguía liando hebras de tabaco sin levantar los ojos de su quehacer.

El muchacho acudió rápido, con dos vasos estrechos llenos de líquido color ámbar que no necesitaron pedir.

—¿Cómo sigue tu padre, zagal?

—Psssh, regular. No acaba de entonarse.

—Dile que el lunes me paso a verle. Que siga con las cataplasmas de mostaza y haga vahos con agujas de pino.

—De su parte, don Manuel.

No había acabado el mozo de retirarse cuando se acercó hasta la mesa un hombre joven de espesas patillas negras y ojos como aceitunas.

—Otros dos privelos para el doctor y su acompañante, Tomás, que hoy tengo parné para pagarlos yo.

—Déjate, Raimundo, déjate, hombre… —Rechazó el doctor.

—¿Cómo que no, don Manué, con todo lo que yo le debo?

Se dirigió entonces a Mauro Larrea.

—La vida de mi hijo se la debo yo a este hombre, señor mío, por si usted no lo sabe. La vida enterita de mi churumbel. Malito, muy malito lo tenía…

En ese preciso instante, con empuje de ciclón, entró en la taberna una mujer con el pelo tirante y alpargatas, cobijada bajo una burda mantilla de bayeta. Miró ansiosa a izquierda y derecha y, al descubrir su objetivo, en tres zancadas se plantó enfrente.

—Ay, don Manué, don Manué… Venga usted a mi casa un momentillo a ver a mi Ambrosio, por lo que más quiera; un momentillo nada más —insistió arrebatada—. Acaba de decirme mi comadre que le han visto venir para acá y en su busca vengo, doctor, que lo tengo medio muerto. Espuertas de palmito estaba haciendo esta tarde el hombre, tan tranquilito, cuando le ha dado un yo no sé qué… —Clavó entonces unos dedos como garfios sobre la mano del médico y tiró de ella—. Acérquese un momentillo, don Manué, por lo que usted más quiera, que está aquí al ladito, a orilla de la iglesia…

—En mala hora se me ha ocurrido traerle hasta aquí, Mauro —masculló el doctor soltándose enérgico—. ¿Podrá disculparme un cuarto de hora?

Apenas le dio tiempo a decir cómo no, doctor: antes ya estaba Manuel Ysasi camino de la puerta embozándose en su capa, siguiendo los pasos de la torturada mujer. Tras dejar dos cañas más de vino sobre la mesa, el hijo del dueño del negocio volvió a su quehacer y a sus tristes miradas a la joven gitana desde detrás del mostrador. El padre caló de las patillas frondosas, por su parte, regresó al grupo del fondo, donde alguien seguía trasegando con la guitarra y otro alguien daba unas palmas quedas y un tercero echaba al aire, bajito, el arranque de una copla sobre malos amoríos.

Casi agradeció quedarse a solas y poder disfrutar del vino sin tener que hablar con nadie. Sin fingir, sin mentir.

Su gozo duró poco, no obstante.

—Me he enterado por ahí de que se ha quedado usted con la casa del Comino.

Tan ensimismado estaba, sosteniendo el vaso entre los dedos y concentrado en el color de la caoba del vino al chocar contra el cristal, que no había visto llegar a la gitana vieja arrastrando un taburete de anea. Sin pedir ni esperar permiso, se sentó en un flanco de la mesa, en ángulo con él. De cerca era incluso más añosa de lo que en la distancia parecía, como si su cara fuera de cuero trabajado con tajos de cuchillo. Tenía el pelo ralo y aceitoso, peinado tieso en un moño diminuto. De las orejas, enormes, le colgaban unos largos aretes de oro y coral que le estiraban los lóbulos hasta por debajo de la barbilla.

—Y que don Luisito la ha diñado, también eso me han dicho por ahí, Dios lo acoja en las alturas. Le gustaba mucho el bureo, con todo lo enanillo que era, pero en los últimos tiempos se le veía menos animado. Por aquí, por la plazuela, venía mucho. A veces solo y a veces con otros amigos, o con don Manué. Una muy buena persona era el Comino, eso sí: de ley —sentenció con solemnidad. Y para certificar su parecer, montó el pulgar huesudo sobre un índice igualmente sucio y deformado, armando una cruz que besó con el ruido de una ventosa.

Le costaba entenderla: sin dientes, con la voz cascada y el acento obtuso, y con esas expresiones que él no había oído en su vida.

—¿Me convida a una copita, señorito, y le leo yo ahora mismito en la palma de la mano cómo le va a ir a usted en su hacienda y en su porvenir?

En cualquier otro momento se habría quitado de en medio a la gitana sin la menor contemplación. Déjeme en paz, fuera. Lárguese, haga el favor, le habría dicho. O sin el favor siquiera. Así lo había hecho montones de veces en México con aquellos menesterosos que ofrecían averiguarle los secretos del alma a cambio de un tlaco, y con las negras que le salieron al paso por las calles de La Habana con un cigarro puro en la boca, empeñadas en leerle la suerte en los cocos o los caracoles.

Pero quizá la culpa aquella noche la tuviera el oloroso potente y redondo que ya le estaba calentando las vísceras, o el día plagado de sacudidas que llevaba encima, o las confusas sensaciones que en los últimos tiempos se removían por su cuerpo con el brío de los gallos de pelea. El caso fue que aceptó. Ándale, dijo extendiendo la palma hacia ella. A ver qué ve usted en mi pinche destino.

—Pero ¿qué mano de indiano portentoso es esta, criatura, si tiene usted más marcas que un jornalero después de la vendimia? Muy complicado va a ser sacarle de aquí la buena ventura.

—Pues déjelo entonces. —De inmediato lamentó haber accedido a aquella sandez.

—No, señorito, no. Aunque sea escondidas detrás de las cicatrices, aquí veo yo muchas cosas…

—Bueno pues, adelante.

Al fondo de la taberna seguían sonando quedas las palmas, el rasgueo de la guitarra y la voz que al compás seguía hablando de traiciones y venganzas por penares del querer.

—Veo que ha tenido usted muchos asuntos en la vida tronchados por la mitad.

No le faltaba razón. El padre al que nunca conoció, un feriante de paso por su aldea que no le legó ni el apellido. El abandono de su propia madre en la niñez temprana, dejándolo a cargo de un abuelo parco en palabras y afectos que siempre añoró su tierra vascongada y nunca logró hacerse al seco destierro castellano. Su matrimonio con Elvira, la marcha a América, su ruina final: todo eso había quebrado en algún momento u otro su trayectoria. Pocas continuidades había, ciertamente: no iba desencaminada la gitana. Aunque nada demasiado distinto, supuso, a las de muchos humanos con las mismas décadas de existencia en sus haberes. Probablemente la vieja embaucadora había repetido esa misma frase cientos de veces.

—Veo también que hay algo a lo que ahora mismo está usted agarrado, y que si no anda fino, lo mismo puede desaparecer.

¿Qué tal si fuera el caserón de los Montalvo y el resto de las propiedades lo que desapareciera de mi poder?, fantaseó. ¿Y qué tal si esa desaparición fuera a cambio de una grandiosa cantidad de onzas de oro?

—¿Y también está escrito que eso a lo que estoy agarrado me lo van a quitar de las manos unos señores de Madrid? —preguntó con un punto de sorna pensando en los posibles compradores.

—Eso esta vieja no puede saberlo, alma mía. Tan solo le digo que use bien la calabaza —advirtió llevándose su ruinoso pulgar a la sien—, porque, por lo que aquí yo veo, quizá vaya usted a dudar. Y ya sabe lo que dice el refrán: sardina que se lleva el gato, tarde o nunca vuelve al plato.

Estuvo a punto de soltar una carcajada ante aquella sublime elocuencia.

—Muy bien, mujer. Ya veo mi futuro con toda claridad —dijo intentando dar por terminada la sesión adivinatoria.

—Un momentillo, señor mío, un momentillo, que aquí hay algo que se está poniendo como la candela. Pero para esto último antes voy a necesitar antes un buchito. Anda, Tomasillo, hijo, ponle a esta abuela un vasito de pajarete. A cuenta del señorito, ¿verdad usted?

Ni siquiera esperó a que el muchacho dejara el vino sobre la mesa; se lo arrancó de entre los dedos y limpió el vaso de un trago. Después bajó la voz, seria y sobria.

—Una gachí se lo tiene bien camelado, señor mío.

—No la entiendo.

—Que anda chochito por una hembra. Pero ella no está libre, ya lo sabe usted.

Frunció las cejas y nada dijo. Nada.

—¿Ve? —continuó ella pasando lentamente una uña costrosa sobre su palma extendida—. Bien clarito lo dice. Aquí, en estas tres rayas, está el triángulo. Y alguien va a salir de él a no mucho tardar. Entre agua o entre fuego, veo yo a alguien que se marcha.

Menuda clarividencia, vieja del demonio, estuvo a punto de farfullar mientras se soltaba violento con una mezcla de hartazgo y desconcierto. Hacía días que se veía mentalmente embarcado rumbo a Veracruz, no necesitaba que nadie se lo recordara. Salpicado por las gotas y la brisa del Atlántico, contemplando desde la cubierta de un vapor cómo Cádiz, tan blanca y tan luminosa, se iba empequeñeciendo en la distancia hasta convertirse en un punto perdido en el mar. Separándose de aquella vieja España y de ese Jerez que, de una forma imprevisible, le había hecho revivir sensaciones perdidas en lo más remoto de su memoria. Emprendiendo otra vez el camino de vuelta; regresando a su mundo, a su vida. Solo, como siempre. De retorno a un mundo en el que ya nada nunca sería igual.

—Y una cosa última quiero decirle yo a usted, señorito. Una cosilla nada más que aquí veo yo…

En ese instante se abrió de golpe la puerta de la taberna y entró de nuevo Ysasi.

—Pero bueno, Rosario, ¿qué pasa aquí? Salgo poco más de diez minutos, y te dedicas a enredar a mi amigo con tus chaladuras. Como se entere tu padre, Tomás, de que dejas cobijarse a esta gitana aquí noche tras noche, cuando se recupere de la tosferina te va a brear. Anda, vieja lianta, déjanos tranquilos y vete a dormir. Y llévate a tus nietas, que no son horas para que andéis por ahí las tres dando tumbos.

La anciana obedeció sin rastro de protesta; poca autoridad mayor entre aquellas gentes que la de ese doctor de negra barba que por puro altruismo los atendía en sus quebrantos y sus dolores.

—Lamento enormemente haber tenido que abandonarle.

Él restó importancia a la ausencia con un simple gesto, como si de paso quisiera apartar también el eco de la voz de la gitana. De inmediato retomaron el vino y la conversación. Aquel barrio de San Miguel y sus vecinos, que sean otros dos vasos; la convalecencia de la Gorostiza, sirve otro par, Tomás. Y, como siempre, al final, la desembocadura inevitable de todos los asuntos. Soledad.

—Pensará, quizá con razón, que me entrometo donde no me llaman, pero hay algo que necesito saber para acabar de armar todas las piezas que ahora mismo tengo sueltas en la cabeza.

—Para lo bueno y lo malo, Mauro, usted ya está metido hasta las cejas en la vida de los Montalvo y sus apéndices. Pregunte con libertad.

—¿Qué ocurre exactamente con su marido?

Inspiró el doctor, llenando los carrillos y dotando a su rostro afilado de una complexión distinta. Después lo soltó, tomándose su tiempo para poner en orden lo que pretendía decir.

—En un principio pensaron que se trataba de simples episodios de melancolía: ese mal que se aloja en la mente y atiza latigazos que paralizan la voluntad. Eclosiones de tristeza, brotes de angustia infundada que llevan al desaliento y la desesperación.

Desequilibrios del ánimo y del temperamento, así que de eso se trataba. Comenzó entonces a entender. Y a hilar.

—Por eso dice ella que su propio hijo abusó de él con insidia, aprovechando su debilidad y obligándole a actuar en el negocio familiar de forma adversa a los intereses de Soledad y de sus propias hijas —apuntó.

—Eso supongo. En condiciones normales, desde luego, estoy absolutamente convencido de que Edward jamás habría hecho el menor movimiento que las pudiera perjudicar. —Sonrió con un punto de nostalgia—. Pocas veces he visto un hombre más devoto de su esposa que él.

La taberna se había llenado hasta los topes, a la guitarra sosegada de los primeros momentos se le había unido otra, y las cuerdas de las dos sonaban con más arrebato. El cante quedo que oyeron a su llegada se había convertido en un jaleo de palmas, guitarras, voces y taconeos; el local vibraba entero.

—Lo recuerdo el día de su boda —prosiguió Ysasi ajeno, más que acostumbrado a todo aquel bullicio—. Con esa facha de normando aristocrático que portaba, tan alto y tan rubio, tan erguido siempre; y de pronto, ahí estaba en la Colegiata, duplicando su habitual elegancia, recibiendo parabienes y esperando la llegada de nuestra Sol.

Si Mauro Larrea hubiera sabido lo que son los celos, si los hubiera sentido en sus propios huesos alguna vez, habría reconocido esa sensación al instante, cuando una punzada de algo sin nombre le recorrió las tripas al imaginar a una radiante Soledad Montalvo dando el sí quiero en las alegrías y en las tristezas, en la salud y la enfermedad, frente al altar mayor. Híjole, cabrón, le susurró su conciencia, te estás volviendo un imbécil sentimental. Y en la distancia intuyó a su apoderado Andrade carcajeándose.

—Lo cierto fue que nadie podía sospechar aquel soleado domingo de principios de octubre que apenas dos días después llegaría la muerte de Matías nieto y todo se empezaría a desintegrar.

—¿Y a nadie importaba tampoco que ella se fuera de Jerez? ¿Que se la llevara a Londres un desconocido, que…?

—¿Un desconocido, Edward? No, no; igual no me he explicado bien, o acaso se me olvida a veces que usted es ajeno a ciertos detalles que yo doy por sabidos. Edward Claydon era alguien casi de la casa, alguien muy cercano a la familia: el agente del negocio familiar en Inglaterra, el hombre de confianza de don Matías en la exportación de su sherry.

Algo no le cuadraba; algo no encajaba entre la imagen del joven apuesto que acababa de imaginar recorriendo el pasillo central de la Colegiata a los sones de un órgano con la bella Soledad colgada de su brazo, y las sólidas relaciones comerciales del patriarca. Por eso, en espera de respuesta, intentó no interrumpir al doctor.

—Desde hacía más de una década él pasaba temporadas en Jerez, alojado siempre con la familia. Nada tenía que ver por entonces con Sol, ni… Ni con Inés.

—Inés es la hermana que se metió a monja, ¿no?

Asintió con un gesto afirmativo, después repitió el nombre. Inés, sí. Nada más. Él seguía intentando que las piezas encajaran en su cerebro, pero ni trabajándolas con un escoplo lograba acoplarlas. De fondo, más palmas, más jaleo, más rasgueos de guitarra y tacones contra el suelo.

—En fin, amigo, supongo que es ley de vida.

—¿Qué es ley de vida, doctor?

—Que con la edad nos aceche el deterioro irreversible.

—Pero ¿de la edad de quién me habla? Discúlpeme, pero creo que estoy cada vez más perdido.

El médico chasqueó la lengua, hizo un gesto de resignación y dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco.

—Discúlpeme usted, Mauro; igual es culpa mía y del vino; pensé que lo sabía.

—Que yo sabía ¿qué?

—Que Edward Claydon es casi treinta años mayor que su mujer.

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