La Templanza
III. Jerez » Capítulo 38
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Estaba en la cocina recién levantado, con el pelo revuelto como si acabara de pelearse con los aliados de Satanás, vestido tan solo con un pantalón sin fajar y una camisa arrugada y medio abierta. Intentaba encender la lumbre para hervir café cuando oyó entrar por la puerta del patio trasero a Angustias y Simón, la pareja de añejos sirvientes. Apenas había tenido ocasión de cruzarse con ellos, pero la casa agradecía su presencia. El patio y la escalera estaban más limpios; las habitaciones más vivibles a pesar del deterioro, sus camisas blancas recién lavadas se secaban tendidas de un cordel y después aparecían en el armario mágicamente impecables. Y llegara a la hora que llegara, en las chimeneas siempre quedaba un resquicio de calor y por algún poyete algo que llevarse a la boca.
La mañana, repleta de densas nubes, no acababa de abrir, y de la cocina aún no había salido el helor y la semioscuridad al sonar los buenos días nos dé Dios de la pareja.
—Verá usted lo que le traemos, señorito —anunció la mujer—. Ayer mismo lo cazó mi hijo el mediano, mire qué hermosura.
Agarrado por las patas traseras, alzó orgullosa un conejo muerto de pelaje gris.
—¿Va a almorzar hoy usted aquí, don Mauro? O si no, se lo dejo para la cena, porque tenía yo pensado guisarlo al ajillo.
—No tengo idea de lo que haré para el almuerzo, y de la cena no se preocupe porque no estaré.
La invitación que le anunciara el presidente del casino días atrás no había tardado en llegar. Un baile en el palacio del Alcázar, residencia de los Fernández de Villavicencio, duques de San Lorenzo. En honor de los señores Claydon, según rezaba el tarjetón. Una reunión galante y distendida con la mejor sociedad jerezana. Podría saltárselo si quisiera, nada ni nadie le obligaba a asistir. Pero, quizá por deferencia, quizá por curiosidad ante ese insólito universo de terratenientes y bodegueros de raza a los que apenas conocía, aceptó.
—Pues yo se lo dejo en una cazuela en la lumbre, y ya verá usted.
—¿Dónde está el indio? —la interrumpió el marido.
—El indio tiene nombre, Simón —fue la respuesta de Angustias en tono de reproche—. Santos Huesos se llama, por si no te acuerdas. Y es más bueno que un apóstol, aunque lleve esos pelos largos como el Cristo de la Expiración y tenga la piel de una color distinta.
—Hoy no durmió en la casa, tiene asuntos que resolverme en otra parte —aclaró él sin entrar en detalles. Más bueno que un apóstol, había dicho la mujer. De no tener el cerebro tan embotado, se habría echado a reír. A cambio, tan solo pidió—: ¿Me prepararía usted una buena olla de café bien negro, Angustias?
—Ahora mismo iba a ponerme; no lo tiene usted ni que pedir. Y en cuanto termine, empiezo a desollar el conejo, ya verá lo rico que me sale. El pobre don Luisito se chupaba los dedos cada vez que se lo hacía: con sus ajitos, y su chorrito de vino, y su hojita de laurel, y luego se lo servía yo con sus coscorrones de pan frito…
Dejó a la mujer enredada con sus cuitas culinarias y salió a asearse al patio con una toalla al hombro.
—¡Espere a que ponga al fuego un perol, don Mauro, que va a coger usted una pulmonía!
Para entonces ya tenía la cabeza sumergida en el agua helada del amanecer.
El desvelo le había acuchillado temprano, a pesar de ser ya las tantas de la madrugada cuando regresó con el amontillado y el repique de guitarras y palmas machacándole la cabeza. No se presenta fácil el día, adelantó pensando en la Gorostiza mientras se secaba los chorros que le recorrían el torso. Así que mejor será que empecemos cuanto antes.
Tocaban a misa de nueve en San Marcos cuando salió con el pelo aún húmedo rumbo a la calle Francos. Manuel Ysasi estaba ya en la entrada, metiendo en el maletín un fonendoscopio, listo para empezar con sus quehaceres.
—¿Cómo fue la noche?
—No me he enterado de nada hasta abrir el ojo a eso de las siete. Según su criado, nuestra invitada se alteró un tanto, pero acabo de subir a examinarla y, aparte de un genio de mil demonios, está bien. Aunque no parece tenerle en mucho aprecio, a juzgar por las lindezas que le ha dedicado.
Intercambiaron un puñado de frases frente a la cancela antes de despedirse; el doctor partía a Cádiz, a ciertos quehaceres profesionales que le detalló tangencialmente sin que él retuviera una sola palabra. Su concentración estaba en otro sitio, dispuesto a enfrentarse al trueno habanero por primera vez.
Al oír su nombre, Santos Huesos salió del cuarto contiguo al de la Gorostiza seguido como una sombra por la mulata flaca. La misma con la que le dejó en la plaza de Armas la noche de retreta en la que su ama lo citó en aquella iglesia, recordó fugazmente. Pero no era momento de lanzar sogas para amarrar los recuerdos difusos del otro lado del mar; lo perentorio ahora era averiguar qué carajo iba a hacer con esa mujer.
—No sufra, patrón, que ya está tranquila.
—¿Cómo anduvo de revuelta?
—Se encabronó nomás un poquito cuando al despertar de amanecida vio que no podía salir de la recámara, pero ya luego se le pasó.
—¿Tuviste que entrar, platicaste con ella?
—Pues cómo no.
—¿Y ella te reconoció?
—Por supuestito que sí, don Mauro; de La Habana me recordaba, de verme a su costado. Y si va a preguntarme si quiso saber de usted, la respuesta es sí, señor. Pero yo nomás le dije que andaba bien ocupado, que igual no podría venir hoy a verla.
—¿Y cómo la encontraste?
—Pues yo diría que de salud no anda mal, patrón. Ahora sí, con ese carácter del carajo que tiene, no sé yo cómo se va a tomar que la mantenga enjaulada.
—¿Comió algo?
Sagrario, la sirvienta añosa, se acercaba en ese momento por el corredor con su cojera a rastras.
—¿Algo, dice, señorito? Más hambre traía que un preso del penal de la Carraca.
—¿Y después se durmió otra vez?
—No, señor. —Quien respondió fue la dulce Trinidad, callada hasta entonces a la espalda de Santos Huesos—. Arregladica como a una novia la tengo a mi ama, a falta de peinarla. Casi dispuesta para salir.
Dispuesta para salir a ningún sitio, masculló el minero mientras se acercaba al cuarto del fondo.
—La llave, Santos —ordenó tendiendo la mano.
Dos vueltas y entró.
Le esperaba de pie, alertada por su voz tras la puerta. Furiosa, como era previsible.
—Pero ¿qué usted se pensó, cretino? ¡Haga el favor de sacarme de aquí inmediatamente!
No le pareció, en efecto, que tuviera mal aspecto a pesar de la incongruencia entre lo modesto de la habitación y su vestido magenta coronado por la melena negra y espesa hasta media espalda.
—Me temo que va a ser imposible hasta dentro de unos días. Entonces la llevaré a Cádiz para embarcarla de vuelta a La Habana.
—¡Ni se le pase por la cabeza!
—Venir hasta aquí desde Cuba ha sido un absoluto despropósito, señora Gorostiza. Le ruego que reconsidere su comportamiento y aguarde serena unos días. En breve quedará organizada su partida.
—Sepa que no pienso moverme de esta ciudad hasta recabar el más ínfimo puñado de tierra de lo que me corresponde. Así que deje de mandarme indios y matasanos, y arreglemos nuestros asuntos de una vez.
Se llenó los pulmones de aire, intentando mantener la compostura.
—Nada hay que arreglar: todo se realizó según convinimos su marido y yo. Todo está en orden, ratificado en una testamentaría. Este empeño en recuperar lo perdido no tiene ni pies ni cabeza, señora. Recapacite y asúmalo.
Le miró con esos ojos suyos tan negros y tan insidiosos. De la boca le brotó un ruido parecido al de una nuez cascada; como si una amarga risa seca se le hubiera quedado atravesada en algún sitio.
—Usted no entiende nada, Larrea; no entiende nada.
Él alzó las manos con gesto de resignación.
—No entiendo nada, verdaderamente. Ni de sus amaños ni de sus despropósitos entiendo nada en absoluto y, a estas alturas, me da igual. Lo único que sé es que usted aquí no tiene nada que hacer.
—Necesito ver a Soledad.
—¿Se refiere a la señora Claydon?
—A la prima de mi marido, a la causante de todo.
Para qué seguir ahondando en sus sinrazones, si no había ningún destino al que llegar.
—No creo que comparta su interés; le aconsejo que vaya olvidándose de ella.
Ahora sí que la risa le brotó entera, con una carga de acidez.
—¿O es que también a usted le sorbió el seso? ¿Ah?
Calma, hermano, se advirtió. No le sigas el juego, no la dejes embaucarte.
—Sepa que pienso denunciarle.
—Si necesita cualquier cosa, hágaselo saber a mi criado.
—Y que comunicaré su comportamiento a mi hermano.
—Procure descansar y reservar energías: la travesía del Atlántico, ya sabe, puede ser borrascosa.
Al ver que Mauro Larrea se dirigía a la puerta con intención de volverla a dejar encerrada, la indignación se tornó en cólera y amagó con abalanzarse. Para impedírselo, para abofetearlo, para mostrarle su rabia. Él la rechazó con el antebrazo en horizontal.
—Cuidado —advirtió severo—. Ya está bien.
—¡Quiero ver a Soledad! —exigió con un grito agudo.
Agarró el pomo como si no la hubiera oído.
—Volveré cuando me sea posible.
—Después de ser la causante de todos los males de mi matrimonio, ¿la muy maldita no va a venir siquiera a hablar conmigo?
No fue capaz de interpretar aquella desconcertante frase, como tampoco creyó que valiera la pena aclararle unos cuantos extremos que contradecían su acusación. Que fueron sus propias maquinaciones las que desproveyeron a las hijas de Sol de su futura herencia, por ejemplo; que fueron sus tretas las que impulsaron a su primo Luis Montalvo, un pobre diablo enfermo y desgastado, a abandonar su mundo para acabar muriendo en una tierra ajena. Más tenía que reprocharle Soledad a ella que al revés. Pero tampoco quiso entrar por ahí.
—Creo que está empezando a desvariar, señora; necesita seguir reposando —le aconsejó con un pie en el corredor.
—No va a conseguir librarse de mí.
—Haga el favor de comportarse.
El último grito traspasó la puerta recién cerrada, acompañado por el resonar de un puño golpeando con saña la madera.
—¡Es usted un ser ruin, Larrea! ¡Un hijo de mala madre, y un…, un…!
Los últimos insultos no le llegaron a los oídos; su atención ya estaba puesta en otro objetivo.
Dos mil seiscientos reales en camarote o mil setecientos cincuenta en cubierta; eso era lo que iba a costarle empaquetar a la Gorostiza hasta La Habana. Y con la esclava a su lado, sería el doble. Se lo acababan de notificar en una agencia de portes y pasajes de la calle Algarve, y de ella salía maldiciendo su negra suerte no solo por tener que gestionar cómo librarse de su ingrata presencia, sino por el mordisco inesperado a sus famélicos capitales.
Cinco días más tarde zarparía desde Cádiz el correo Reina de los Ángeles. Con escalas en Las Palmas, San Juan de Puerto Rico, Santo Domingo y Santiago de Cuba, incluso le dieron la información impresa. Unas cuatro o cinco semanas de singladura, puede que seis, dependerá de los vientos, ya sabe usted, le dijeron. Las ganas de tenerla lejos eran tan inmensas que estuvo tentado a comprometer de inmediato el pasaje, pero la razón lo previno. Espera, compadre. Un día al menos, negoció consigo mismo. Según transcurriera la jornada, a la mañana siguiente dejaría el asunto cerrado. A partir de entonces, y mientras no se resolvieran las intenciones de los madrileños, llegaría lo que hasta entonces había pretendido evitar a toda costa: las puñaladas a los dineros de su consuegra y no para invertirlos en jugosos proyectos como ella le pidiera, sino para su más parco sobrevivir.
—¿Mauro?
Abajo se vinieron todos los razonamientos y anticipaciones que iba amontonando en su cabeza en una estructura de aparente solidez. Se los llevó como un soplo la sola presencia de Sol Montalvo a su espalda en la plaza de la Yerba, con su gracia y sus andares bajo los árboles de ramas peladas y el gris plomo del cielo en aquella mañana desabrida de otoño; con su capa del color de la lavanda y la intriga pintada en el rostro, camino a la calle Francos.
—¿Ya la vio?
Le sintetizó el encuentro en una breve parrafada de la que omitió algunos apuntes, mientras los dos permanecían parados frente a frente en mitad de la pequeña plaza, llena de idas y venidas a esa hora de comercios abiertos y actividad a borbotones.
—En cualquier caso, creo que me gustaría hablar con ella. Es la esposa de mi primo, al fin y al cabo.
—Mejor evítela.
Negó con la cabeza, rechazando su advertencia.
—Hay algo que necesito saber.
Él no se anduvo con miramientos.
—¿Qué?
—Acerca de Luis. —Desvió la mirada al suelo lleno de hojas sucias y pisoteadas, bajó la voz—. Cómo fueron sus últimos días, cómo fue ese reencuentro con Gustavo.
La mañana seguía bullendo: almas que cruzaban hacia la plaza de los Plateros o del Arenal, cuerpos que se apartaban al paso de un carro, que se saludaban y se detenían unos momentos para preguntar por la salud de un pariente o quejarse de lo feo que había amanecido el día. Dos señoras de porte distinguido se les acercaron en ese instante, haciendo estallar la burbuja invisible de melancolía en la que ella se había guarecido momentáneamente. Soledad querida, qué gusto verte, cómo están tus niñas, cómo está Edward, cuantísimo lamentamos la pérdida de Luis, ya nos dirás cuándo es el funeral. Nos veremos en casa de los Fernández de Villavicencio en el Alcázar, ¿verdad? Encantadas de conocerle, señor Larrea. Un placer. Adiós, hasta la noche, un placer.
—Nada bueno va a sacar de ella, hágame caso —dijo retomando la conversación tan pronto las perdieron de vista.
Ahora fue un varón maduro de aspecto más que respetable quien les interrumpió. Nuevos saludos, más pésames, un piropo galante. Hasta la noche, querida. Señor Larrea, un honor.
Quizá aquellas presencias no eran incordios sobrevenidos, sino señales de aviso: mejor no seguir en esa dirección. Así lo pensó el minero y así pareció verlo Soledad cuando cambió del todo el rumbo y el tono.
—Ya me dijo Manuel que le habían invitado al baile; él no sabe si podrá llegar, tenía previstas unas sesiones médicas en Cádiz. ¿Cómo irá usted?
—No tengo la menor idea —reconoció sin tapujos.
—Venga a casa, vayamos juntos en mi carruaje.
Dos segundos de silencio. Tres.
—¿Y su marido?
—Sigue fuera.
Él sabía que ella mentía. Ahora que por fin era consciente de los muchos años y los muchos desajustes del marchante de vinos, intuía que difícilmente podría encontrarse lejos de su mujer.
Y ella sabía que él no lo ignoraba. Pero ninguno de los dos lo demostró.
—Allí estaré entonces, si lo considera oportuno, con mis mejores galas de indiano opulento.
Por fin cambió la expresión de Soledad, y él sintió una especie de ridículo orgullo pueril al haber sido capaz de sacarle una sonrisa entre los nubarrones. Serás pendejo, berreó Andrade. O la conciencia. Déjenme los dos en paz, largo de aquí.
—Y para que no vuelva a reprocharme que vivo hecho un salvaje, sepa también que contraté sirvientes.
—Eso está bien.
—Una pareja entrada en años que ya trabajó para su familia.
—¿Angustias y Simón? Vaya, qué casualidad. ¿Y está contento con ellos? Angustias era hija de Paca, la vieja cocinera de mis abuelos; las dos tenían unas manos excelentes.
—De eso se vanagloria. Hoy precisamente iba a prepararme…
Le interrumpió desenvuelta:
—¿No me irá a decir que Angustias va a guisarle su legendario conejo al ajillo?
A punto estaba de preguntarle y usted cómo demonios lo sabe, cuando una ráfaga de repentina lucidez le paró. Claro que lo sabía, imbécil, cómo no iba a saberlo. Sol Claydon sabía que la pareja de sirvientes llegaría a su nueva residencia porque ella misma se había encargado de que así fuera: ella fue quien decidió que adecentaran el decrépito caserón de su familia para que él pudiera vivir con mediana comodidad, quien ordenó que alguien le preparara comidas calientes y le lavara la ropa, quien se aseguró de que la vieja criada armonizara con Santos Huesos. Soledad Montalvo lo sabía todo porque, por primera vez en su vida, a aquel minero vivido, bragado, fogueado en mil batallas, se le había cruzado en el camino una mujer que, al socaire de sus propios intereses y sus propias urgencias, iba siempre tres pasos por delante de él.