La Templanza
III. Jerez » Capítulo 39
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La primera hora de la tarde apuntaba lluvia.
—¡Santos!
Todavía vibraba el eco del nombre sobre las paredes cuando recordó que no tenía ningún sentido llamarle: su criado seguía haciendo guardia frente a la puerta de la Gorostiza.
Acababa de revolver los baúles en busca de un paraguas que no halló. Cualquier otro día le habría importado poco mojarse en caso de que el cielo se acabara abriendo, pero esa noche, no. Bastante insólita iba a ser su presencia en el palacio del Alcázar acompañando a Sol Claydon en ausencia de su esposo, como para hacerlo además empapado.
Sopesó pedírselo a Angustias o a Simón, y camino de las cocinas andaba cuando cambió de idea. Quizá en los desvanes, en los altos de la casa, podría haber alguno. Del Comino, o de quien fuera. De allí habían sacado Santos Huesos y él algunos de los parcos muebles y enseres entre los que ahora transcurrían sus jornadas, desde los viejos colchones de lana sobre los que dormían hasta las palmatorias de barro cocido que sostenían las velas que iluminaban la penumbra de sus noches. Quizá lo encontrara, nada perdía con probar.
Anduvo revolviendo armarios y cajones de madera, moviéndose entre paredes que evidenciaban el paso del tiempo: pardas, faltas de calor y cal. Entre los desconchones aún se percibían huellas de manos sucias, roces, muescas y centenares de manchas de humedad de todos los tamaños; incluso algunas burdas anotaciones hechas con un pedazo de carbón o grabadas con algún objeto puntiagudo: el extremo de una llave, el filo de una piedra. Dios salve, rezaban unas letras sobre el lugar donde alguna vez estuvo el cabecero de una cama. Madre, decían otras con torpeza casi analfabeta. Al fondo de un pasillo de techos bajos, dentro de una pieza en la que dormían el sueño de los justos un par de cunas y un caballo de madera con la crin desmochada, tras la puerta halló una inscripción más. A la altura intermedia entre su codo y su hombro, del tamaño de dos manos abiertas. Un corazón.
Algo infundado le hizo agacharse para mirarlo de cerca: como el animal que no busca presa, pero estira intuitivo el cuello y las orejas cuando el olfato le indica la cercanía de una captura en potencia. Tal vez fuera el pálpito de que una criadita enamorada de un flaco jornalero jamás habría dibujado aquel símbolo de una manera tan precisa; tal vez el aspecto refinado e incongruente de la oscura sustancia usada para pintarlo: tinta, quizá óleo. Fuera por la razón que fuera, acercó los ojos a la pared.
El corazón aparecía atravesado por una flecha, herido por un juvenil amor. A ambos lados de esta, en sus extremos, percibió unas letras. Las mayúsculas aparecían rubricadas con más fuerza y anchura, las minúsculas las seguían en trazos rectos, concisos. El nombre que las letras conformaban a la izquierda del corazón, junto a la cola de la flecha, comenzaba por una G. A su derecha, rozando la punta, el otro se iniciaba con una S. G de Gustavo, S de Soledad.
Apenas tuvo tiempo para digerir aquel hallazgo cándido y desconcertante en partes proporcionales: la voz de Angustias desde el piso bajo le obligó a enderezarse. Le llamaba a gritos, ansiosa.
—¡Así que no lo encontraba yo por ningún lado, señorito! ¡Cómo iba a imaginarme que andaba usted enredando por los sobrados! —exclamó aliviada al verle descender trotando por los escalones que llevaban a la parte menos noble de la casa.
Ni siquiera le dejó preguntar para qué lo requería con aquella urgencia.
—En el zaguán tiene a un hombre —anunció—. Parece que viene apurado, pero servidora no entiende ni papa de lo que dice y el Simón se ha acercado a donde el herrero en busca de una ganzúa, así que haga usted el favor, don Mauro, y asómese a ver qué se le antoja a la criatura.
Algo pasó en la calle Francos, anticipó mientras recorría apresurado la galería y bajaba de dos en dos los peldaños de la grandiosa escalera de mármol. Algo se salió de madre con la Gorostiza, Santos Huesos no se atrevió a dejarla sola y mandó a avisar.
La presencia que lo aguardaba, sin embargo, venía de otras latitudes.
—Señor Larrea venir a casa Claydon inmediatamente, por favor —fue el saludo del mayordomo Palmer en un español penoso—. Milord and milady tener problemas. Doctor Ysasi no estar en ciudad. Usted venir pronto.
Arrugó el entrecejo. Milady, había dicho. Y también milord. Sus suposiciones tomaron cuerpo: Edward Claydon, efectivamente, no estaba en ningún viaje de negocios, sino bajo el mismo techo que su mujer.
—¿Cuál es el problema, Palmer?
—Hijo de milord, aquí.
Así que Alan Claydon había aparecido. Así que todo se retorcía aún más.
El mayordomo le puso brevemente al tanto por el camino con un puñado de palabras a duras penas comprensibles. Señores retenidos en dormitorio de señor Claydon. Hijo no permitir salir. Puerta cerrada dentro. Amigos de hijo esperar en gabinete.
Entraron por la parte trasera, por el portón a través del que Soledad y él accedieran a caballo después de que ella, con la excusa de mostrarle La Templanza, le invitara a infiltrarse dentro de su vida de una manera que ya no tenía vuelta atrás. En la cocina, con la preocupación en el rostro y evidentes señales de desasosiego, se encontraban una cocinera con hechuras de matrona y dos sirvientas; más inglesas las tres que el té de las cinco.
El trasfondo de la situación no necesitó explicaciones: el hijastro de Soledad había decidido dejar de mandar emisarios y actuar por sí mismo, y no con maneras demasiado cordiales. Así las cosas, dos opciones se abrían frente a Mauro Larrea. Una era esperar pacientemente a que todo se resolviera por su propio cauce: aguardar a que Alan Claydon, hijo del primer matrimonio del señor de la casa, decidiera por su libre voluntad dejar de acosar a su padre y a la esposa de este, abriera por sí mismo la habitación del piso superior en la que mantenía a ambos encerrados y, en compañía de los dos amigos con los que había llegado muy posiblemente desde Gibraltar, volviera a subirse en su carruaje y se marchara por donde había venido. Y después, una vez todo estuviera concluido y a espaldas como siempre de su esposo, él podría ofrecer a Sol un pañuelo para secarse las lágrimas si las hubiera después del mal rato. O un hombro para reposar sobre él su desazón.
Aquella era la primera potencial solución, probablemente la más sensata.
La otra posibilidad, sin embargo, marcaba una dirección del todo distinta. Menos racional, sin duda. Más arriesgada también. Por ella optó.
—Calle Francos, 27. Santos Huesos, el indio. Vaya a avisarlo, que venga de inmediato.
Este mandato fue la primera de sus decisiones, y por destinataria tuvo a una de las muchachas. La siguiente orden fue para el mayordomo.
—Explíqueme exactamente dónde y cómo están.
Piso superior. Dormitorio. Puerta cerrada desde dentro por hijo. Dos ventanas sobre patio trasero. Hijo llegar a casa antes de mediodía, cuando señora estar fuera. Señora regresar alrededor de una o’clock, hijo no permitir ella volver a salir. No comida. No bebida. Nada para milord. Pocas palabras excepto algún grito de milady. Algún golpe también.
—Enséñeme las ventanas.
Ambos salieron al patio manteniendo el sigilo mientras las mujeres quedaban en la cocina. Pegados al muro para evitar ser vistos desde arriba, levantaron las cabezas hacia las aberturas de los pisos superiores. Enrejadas en su práctica totalidad, de tamaño mediano; incongruentes con el lugar en el que cualquiera habría supuesto que dormía el próspero dueño de aquella próspera residencia. Pero no era momento de cuestionar por qué razón Edward Claydon ocupaba una de aquellas habitaciones traseras, sin duda poco opulentas. Ni de preguntarse si su esposa compartía o no cada noche las sábanas con él, que fue el siguiente interrogante que pasó por la mente del minero. Céntrate, se ordenó con los ojos aún encaramados a la segunda planta. Observa bien y averigua cómo carajo te las vas a arreglar para subir.
—¿Adónde da? —preguntó señalando un ventanuco sin protección. Estrecho pero suficiente para entrar. Si era capaz de llegar hasta él.
Palmer se frotó enérgico los brazos, como si se lavara. Él dedujo que intentaba expresar que a una sala de aseo.
—¿Cerca del dormitorio?
El mayordomo juntó las manos en una palmada sorda. Pared con pared, vino a indicar.
—¿Hay una puerta entre medias?
Por respuesta recibió un gesto afirmativo.
—¿Cerrada o abierta?
—Closed.
Pinche mala suerte, iba a decir. Pero para entonces el mayordomo se había sacado de una trabilla un aro del que colgaban más de una docena de llaves entrechocando entre sí. Separó una del resto y se la entregó. Sin apenas mirarla, él se la guardó en un bolsillo.
Buscó entonces posibles puntos de apoyo. Un reborde continuado, una cornisa, un saliente: cualquier cosa a la que pudiera agarrarse. Tenga, dijo tras desanudarse la corbata. No había tiempo que desperdiciar: la tarde seguía nublada como panza de burra y no tardaría en empezar a anochecer. Incluso a llover, lo que sería aún peor.
Mientras se despojaba de levita y chaleco, en su cabeza trazó veloz un plano mental como los que tantas veces usara en otro tiempo para taladrar la tierra rumbo a las venas de plata que recorrían su esófago. Solo que ahora habría de moverse por encima de la superficie, en vertical y sin apenas sujeción. Esto es lo que voy a hacer, explicó mientras se arrancaba el cuello duro y los gemelos. En realidad, que el mayordomo conociera los detalles del camino que pretendía recorrer le importaba bastante poco pero, al plasmarlo en voz alta, parecía dar cierta consistencia material al boceto que ahora era incapaz de trazar sobre papel. Voy a subir por acá. Luego, si puedo, seguiré por allá, continuó a la par que se enrollaba las mangas de la camisa sobre los antebrazos. Y después voy a intentar pasar hasta ese otro lado. Con el índice le mostró sus intenciones. Palmer asintió sin una palabra. Su apoderado Andrade, en algún punto remoto de su cerebro, movió los labios como si quisiera decirle algo a gritos desencajados, pero su voz no le llegó.
Al desprenderse de ropas innecesarias, a la vista, pegadas a su cuerpo, habían quedado las dos pertenencias que agarró precipitado antes de salir. El Colt Walker de seis balas y su cuchillo charro con cacha de hueso: llevaban acompañándole media vida, no era momento de librarse de ellos. Movido por el mero instinto, antes de dejar su casa había tomado precauciones. Por lo que pudiera pasar.
—Hijo de milord no bueno para familia. But be careful, sir —musitó flemático el sirviente al ver las armas. A pesar de su aparente frialdad, las palabras llevaban entreveradas un poso de inquietud. Tenga cuidado, señor.
Estuvo a punto de caer tres veces. Con la primera seguramente no habría sufrido más que un costalazo sin mayores repercusiones; con la segunda podría haberse tronchado una pierna. Y con la última de ellas, resultante de una falta de cálculo a más de cinco varas de altura y ya con escasa luz, se habría partido sin duda la crisma. Logró esquivar los tres desplomes por muy poco. Entre potencial caída y potencial caída, a pesar de su esfuerzo vigoroso y elástico, se desolló las palmas de las manos, se clavó en un muslo un saliente de hierro y se rasgó la espalda con un canalón colgante. Aun así, logró llegar. Y una vez arriba rompió con un puño el cristal, introdujo la mano para abrir la manilla y, comprimiendo el cuerpo para hacerlo pasar por el angosto hueco, entró.
Repasó el espacio con ojos rápidos: una gran bañera de mármol veteado, un inodoro de porcelana y dos o tres toallas dobladas sobre una silla. Nada más: ni espejos, ni afeites, ni objetos higiénicos personales. Una sala austera, desnuda en exceso. Sanitaria, casi. Con una puerta en la pared derecha; cerrada según había previsto el mayordomo. De buena gana habría buscado un poco de agua para refrescarse la garganta y limpiarse la mugre y la sangre que llevaba pegadas a las manos. Consciente de que el tiempo iba en su contra, se limitó a frotarse las palmas magulladas en los flancos del pantalón.
No tenía la más mínima idea de la escena a la que iba a enfrentarse, pero prefirió no perder un segundo: los cristales rotos podrían haberse oído al otro lado del tabique. Por eso, sin más dilación, introdujo la llave en su sitio, la giró con un movimiento rápido y, de una patada, abrió la puerta de par en par.
La única iluminación era la de la tarde a punto de extinguirse entrando a través de las cortinas descorridas. Ni una bujía, ni una vela o un quinqué. Aun así, a media luz ya, fue capaz de distinguir la estancia y a sus ocupantes.
De pie, Soledad. Llevaba puesto el mismo traje con el que la había visto por la mañana, pero del peinado ahora se le escapaban varios mechones, tenía las mangas y el cuello desabotonados y, a falta de prendas propias para combatir el efecto de la chimenea apagada, sobre los hombros llevaba un echarpe masculino de mohair.
El veloz barrido visual detectó entonces a un varón de piel clara y pelo pajizo. Frisando los cuarenta, con barba rubia y patillas prominentes; sin chaqueta, con la corbata deshecha. Daba la impresión de haber estado recostado indolente en un diván a cuyos pies se amontonaban docenas de papeles desparramados; reaccionó incorporándose al oír el estrépito de la puerta abierta de golpe y la súbita irrupción de un extraño con la ropa desgarrada, las manos ensangrentadas y el aspecto de no estar dispuesto a tratarlo con la menor cortesía.
—Who the hell are you? —bramó.
No necesitó traductor para entender que le preguntaba quién diablos era.
—Mauro… —susurró Soledad.
El tercer hombre, marido y padre respectivamente, no estaba a la vista; su presencia, sin embargo, se intuía tras un amplio biombo entelado en otomán, en el interior de un espacio paralelo del que Mauro Larrea solo pudo percibir los pies de una cama y una catarata sorda de sonidos incomprensibles.
El hijo de Claydon, ya en pie, parecía dudar entre hacerle frente o no. Era alto y corpulento, pero no fornido. Le había imaginado bastante más joven, quizá de la edad de Nicolás, pero la madurez de aquel individuo era coherente con la edad del padre. Su rostro demudado reflejaba una mezcla de ira e incredulidad.
—Who the hell is he? —gritó dirigiéndose ahora a su madrastra.
Antes de que ella decidiera si le respondía o no, fue Mauro Larrea quien preguntó:
—¿Habla español?
—Apenas.
—¿Está armado?
Lanzaba las preguntas a Soledad sin apartar la vista de su hijastro. Ella, mientras, se mantenía tensa y a la expectativa.
—Tiene cerca un bastón con puño de marfil.
—Dile que lo tire al suelo, hacia mí.
Ella le transmitió el mensaje en inglés y por réplica obtuvo una risotada nerviosa. Ante la escasa voluntad participativa, el minero optó por actuar. En cuatro zancadas estaba frente al hombre. En cinco lo agarró por la pechera y lo empujó contra la pared.
—¿Cómo está tu marido?
—Relativamente calmado. Y ajeno, por suerte.
—¿Y este cabrón, qué es lo que quiere?
Mantenía los ojos clavados en el rostro aturdido mientras sus manos le oprimían el pecho.
—No parece ser consciente de que alguien suplantó a Luis, pero ahora está detrás del resto: lo que consta a nombre de nuestras hijas y lo que yo he depositado en un paradero que él desconoce. Pretende además inhabilitar a su padre y anularme a mí.
Él seguía sin mirarla, sujetando al inglés cada vez más enrojecido. Su boca no paraba de farfullar frases cuyo sentido ni entendía ni le interesaba entender.
—¿Para eso son todos esos documentos? —preguntó señalando con la mandíbula los papeles esparcidos a los pies del diván.
—Exigía que los firmara antes de dejarme salir.
—¿Lo consiguió?
—Ni un garabato.
A pesar de la adustez de la escena, estuvo a punto de sonreír. Era dura Soledad Montalvo. Dura de pelar.
—Terminemos pues con esto. ¿Qué quieres que haga con él?
—Espera.
Ninguno se había dado cuenta de que el usted con el que hasta entonces se trataban entre ellos se había volatilizado; sin tener certeza de quién había empezado, se estaban hablando de tú. Apenas un par de segundos después él notó el cuerpo de Sol prácticamente pegado a su dorso. Las manos en sus caderas, los dedos en movimiento. Contuvo el aliento mientras ella trasteaba en la funda de cuero bajo su costado izquierdo, oyéndola respirar, notando cómo sus dedos le rozaban. Tragó saliva. La dejó hacer.
—¿Sabes cómo desuella Angustias a los conejos, Mauro?
Él entendió la intempestiva pregunta como si fuera una instrucción: con un movimiento enérgico separó al hijastro de la pared contra la que lo mantenía retenido y se puso a su espalda aferrándole los brazos y ofreciéndole a Sol el torso. Claydon intentó desfajarse; a cambio, recibió un tirón que a punto estuvo de dislocarle el hombro. Aulló de dolor y, haciéndose por fin cargo de la coyuntura, supo que lo más sensato sería dejar de moverse.
El cuchillo mexicano que Soledad acababa de despegar del costado de Mauro Larrea se acercó entonces amenazante a la entrepierna del inglés. Y después, lenta, muy lentamente, comenzó a moverlo.
—Primero los ata por las patas traseras y los cuelga de un gancho de hierro. Y después les atraviesa el pellejo. En canal. Así.
Mientras el hombre comenzaba a sudar copiosamente, la hoja cortante se deslizó temeraria sobre sus ropas. Pulgada a pulgada. Por los genitales. Por la ingle. Por el bajo vientre. Con calma, sin prisa. El minero, con los músculos tensos, observaba mudo el quehacer de ella sin cejar su presión sobre el indeseable.
—Cuando éramos pequeños, nos turnábamos para ayudarla —musitó con voz turbia—. Era asqueroso y fascinante a la vez.
Seguía teniendo mechones de pelo fuera del recogido y las mangas desabrochadas desde debajo del codo; el chal se le había caído al suelo, los ojos le brillaban en la semioscuridad. El metal recorría ahora la zona del estómago del hijastro, demorándose en su subida. Hasta que llegó al esternón, y luego a la garganta ya sin protección de ropa, entrando en contacto con la carne blanquecina.
—Nunca me aceptó al lado de su padre, siempre fui un estorbo.
Agarrotado y sin parar de transpirar, el inglés cerró los ojos. La punta de hierro pareció clavársele en la nuez.
—Y, a medida que fueron naciendo las niñas, cada vez más.
El último movimiento le recorrió la quijada. De izquierda a derecha, de derecha a izquierda, como un barbero en un afeitado desquiciante. Después habló con voz decidida:
—Este cretino no merece mejor trato que un conejo pero, para evitar problemas mayores, lo más sensato será que lo dejemos marchar.
Rubricó sus palabras rasgando la mejilla apenas, justo encima del nacimiento de la barba. Como quien pasa una uña sobre un papel. De la incisión brotó un hilo de sangre.
—¿Seguro?
—Seguro —confirmó tendiéndole el arma. Con elegancia extrema, como si en vez de un cuchillo de monte le devolviera un abrecartas de malaquita. El inglés respiró a bocanadas ansiosas.
Soledad lanzó una última mirada desafiante al medio hermano de sus propias hijas. Después le escupió en la cara. Una mezcla de pavor y desconcierto impidió al hijastro reaccionar: la saliva de ella le enturbiaba la vista del ojo derecho y se le mezcló entre los pelos rubios de la barba con restos de su propio sudor y con el reguero de sangre que manaba del corte. Su mente embotada se esforzaba por entender qué era lo que en los últimos cinco minutos había pasado en esa habitación que durante más de cinco horas él había mantenido tenazmente controlada. Quién era esa mala bestia que se había abierto paso a patadas y había estado a punto de romperle los brazos, por qué tenía la esposa de su padre esa camaradería con él.
En ese mismo instante, desde la contigua sala de baño, se oyeron pisadas sobre los cristales.
—Quihubo, Santos; a punto llegas —adelantó Mauro Larrea alzando el tono aún sin verle. Acto seguido, apartó al inglés con un empellón como quien se deshace de un fardo maloliente. El hombre trastabilló, chocó contra una consola y estuvo a punto de tumbarla y de desplomarse él detrás. A duras penas logró recobrar el equilibro mientras se frotaba las muñecas doloridas.
Santos Huesos apareció en la habitación, dispuesto a recibir órdenes.
—Retenle y prepárate para sacarlo en breve —ordenó a la vez que recogía el bastón del inglés del suelo y se lo lanzaba al criado—. Yo bajo a ocuparme de los amigos.
Para entonces Soledad se había aproximado al biombo que aislaba a su marido del resto de la estancia. Tras él, comprobó que el altercado no parecía haberle causado mayor trastorno: tan solo seguía oyéndose un manar sordo e ininteligible proveniente de la boca de quien algún día debió de ser un hombre apuesto, pujante, activo.
—Por suerte, antes de que este desgraciado nos encerrara, pude ponerle una dosis triple de medicación —dijo ella aún de espaldas—. Siempre la llevo conmigo; se la inyecto a través de una aguja hueca. Solo así logramos calmarlo. Y solo a veces.
Él la contempló en la semipenumbra desde la puerta mientras se restregaba una manga por el rostro para limpiarse el sudor; ella continuó:
—El muy miserable le sacó a su padre todo y más. Con su parte de la herencia adelantada, se estableció en la colonia del Cabo y empezó su propio negocio en el vino, siempre con altibajos que nuestro dinero se encargó una y otra vez de subsanar. Hasta que lo hundió sin remisión y, cuando supo de la condición de Edward, dejó África y planificó su regreso a Inglaterra para desposeernos de lo que, primero él y después yo, habíamos levantado con los años.
Con la mano aún apoyada en un borde del biombo, Sol se giró.
—Los especialistas no acaban de concretar el diagnóstico. Unos lo denominan desorden psicótico, otros trastorno de las facultades, algunos demencia moral…
—Y tú, ¿cómo lo llamas?
—Pura y simple locura. La cabeza perdida entre las tinieblas de la sinrazón.