La Templanza
III. Jerez » Capítulo 41
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Llovía mansamente. Se oyó el chasquido de la lengua del cochero seguido de un latigazo. Al instante, los caballos reanudaron su andadura. Soledad le esperaba en el interior del carruaje envuelta en una capa color noche rematada en armiño, con su cuello esbelto descollando entre las pieles y los ojos brillantes en la oscuridad. Distinguida y airosa como siempre; capeando los densos nubarrones bajo un rostro diestramente empolvado con poudre d’amour y ocultando su desazón tras una seductora fragancia de bergamota. Al mando de la situación, segura de sí una vez más. O estrujándose el alma a fin de reunir el coraje preciso para simularlo.
—¿No resultará extraño que la homenajeada aparezca con un anónimo recién llegado?
Al reír con un punto de sarcasmo, los largos pendientes de brillantes bailaron en la oscuridad iluminados por la luz de gas de un farol callejero.
—¿Anónimo tú, a estas alturas? Raro será quien no sepa quién eres, de dónde vienes y qué es lo que haces por aquí. Todo el mundo conoce el vínculo que nos une a través de nuestras antiguas propiedades, y todo el mundo supone que a un señor de edad como es Edward puede surgirle en cualquier momento un imprevisto problema de salud, que será el bulo que esparciré a diestro y siniestro. En cualquier caso, nuestros bodegueros son gente de mundo y suelen tolerar bastante bien las excentricidades de los extranjeros. Y a pesar de nuestros orígenes, a estas alturas de nuestras vidas, tanto tú como yo lo somos en gran manera.
La fachada del palacio barroco del Alcázar resplandecía frente a las antorchas llameantes insertadas en anillas de hierro en las jambas del portalón. Fueron prácticamente los últimos en llegar, provocando sin quererlo que todas las miradas giraran hacia ellos como un solo hombre. La nieta expatriada del gran Matías Montalvo dentro del espectacular vestido azul de Prusia que exhibió tras dejar resbalar desde los hombros la capa de piel; el indiano con un frac intachable y estampa de próspero hombre del Nuevo Mundo de regreso a la vieja piel de toro.
Ni llevando la imaginación hasta lo más descabellado habría logrado ninguno de los presentes figurarse que aquella señora de porte esbelto y aire cosmopolita que ahora se dejaba besar la mano y las mejillas entre cálidas sonrisas mientras recibía agasajos, finuras y plácemes, apenas unas horas antes había pasado el filo de un cuchillo de monte por el cuerpo amilanado del hijo de su propio esposo. O que el próspero minero de acento ultramarino cuyas sienes empezaban a platear, debajo de sus guantes impolutos, llevaba las manos vendadas tras despellejárselas al trepar como una salamandra por la superficie vertical de un paredón.
Hubo pues saludos y cumplidos en un ambiente tan exquisito como cordial. Soledad, querida, qué alegría tan inmensa volver a tenerte entre nosotros; señor Larrea, es un grandísimo honor acogerle en Jerez. Más sonrisas y halagos por acá, más cumplidos por allá. Si alguien se preguntó qué diablos hacían juntos la última descendiente del viejo clan y aquel gachupín advenedizo que enigmáticamente se había quedado con las posesiones de la familia, lo disimuló con suprema corrección.
Bajo tres magníficas arañas de bronce y cristal, el salón de baile acogía a la mayor parte de la oligarquía vinatera y la aristocracia terrateniente local. Las imágenes se multiplicaban en los suntuosos espejos de marco de pan de oro repetidos a lo ancho de cada pared. Los rasos, sedas y terciopelos de las señoras cambiaban de tono bajo las luces; abundaban las joyas discretas pero elocuentes. Entre los varones, barbas bien recortadas, trajes de etiqueta, fragancias de Atkinsons de Old Bond Street, y un buen puñado de condecoraciones. Refinamiento y lujo sobrio en definitiva, sin ostentación: menos opulento que en México, menos exuberante que en La Habana. Y aun así, rezumando señorío, dinero, buen gusto y saber estar.
Un quinteto interpretaba valses de Strauss y Lanner, galops y mazurcas que los danzantes marcaban con golpes de tacón. Les saludaron los dueños del palacio; Soledad tardó poco en ser solicitada y, al punto, se le acercó afectuoso José María Wilkinson, el presidente del casino.
—Acompáñeme, amigo mío, déjeme que le presente.
Departió entre elegantes señores de apellidos con sabor a vino —González, Domecq, Loustau, Gordon, Pemartín, Lassaletta, Garvey…—, ante todos narró por enésima vez sus sinceras mentiras y sus verdades llenas de embustes. Las complejidades políticas que supuestamente habían motivado su marcha de la joven República mexicana, las perspectivas que la madre patria ofrecía a esos hijos desarraigados que ahora retornaban de las antiguas colonias insurrectas con los bolsillos presuntamente repletos, y un sinfín de falsedades verosímiles de similar magnitud. Todos fueron con él atentos en extremo, enredándole en una fluida conversación: le preguntaron, le respondieron, le ilustraron y le pusieron al tanto sobre cuestiones elementales acerca de aquel mundo de tierras blancas, viñas y bodegas.
Hasta que, al cabo de más de dos horas de circular cada uno por su lado, Soledad logró acercarse al grupo masculino con el que él departía.
—Estoy segura de que nuestro invitado está disfrutando inmensamente de vuestra conversación, mis estimados amigos, pero mucho me temo que, si no me lo llevo, no va a ser capaz de reclamarme el baile que le tengo comprometido.
Por supuesto, querida Sol, se oyó en varias bocas. No le retenemos más; por favor, señor Larrea; discúlpanos, querida Soledad, cómo no, por Dios, cómo no.
—Mi padre jamás habría perdonado una sola polonesa en un día como hoy. Y yo debo mantener en alto su prestigio como digna hija que soy de Jacobo Montalvo: el mayor botarate en los negocios y el más diestro en los salones, como todos con tanto afecto lo recordáis.
Las carcajadas bienintencionadas rubricaron el tributo al progenitor; el doble sentido de la frase nadie lo llegó a captar.
Quizá fue la cálida acogida de los bodegueros lo que contribuyó a destensarlo y le hizo arrumbar temporalmente en un rincón de la memoria los turbios incidentes de esa tarde. O quizá, de nuevo, fue el propio atractivo de Soledad, esa mezcla de gracia y entereza que la había acompañado en todas las tormentas y todos los naufragios de su vida. A partir del momento en el que se integraron en el centro del salón, en cualquier caso, todo se volatilizó para Mauro Larrea como por el arte de un mago capaz de convertir en humo un as de corazones: los pensamientos rocosos que constantemente le machacaban el cerebro, la existencia de un hijastro deleznable, la música alrededor. Todo pareció evaporarse tan pronto como enlazó el talle de Sol y notó el peso liviano de su largo brazo atravesándole la espalda. Y así, cuerpo con cuerpo, mano con mano, con su torso rozando el escote soberbio de ella y el mentón casi acariciando la piel desnuda de su hombro, oliéndola, sintiéndola, podría haber permanecido hasta el día del juicio universal. Sin importarle el frenético ayer que dejó atrás y el futuro desasosegante que lo aguardaba. Sin perturbarle que aquella pudiera ser la primera y la última vez que bailaran juntos; sin recordar que ella se estaba preparando para marcharse a fin de proteger a un marido sumido en la demencia al que quizá nunca había amado apasionadamente, pero al que iba a seguir siendo leal hasta el último aliento.
Al igual que ocurre casi siempre con las más irreflexivas fantasías, algo terrenal y próximo lo descabalgó de su deserción de la realidad y lo retrotrajo al presente. Manuel Ysasi, vestido de calle y no de etiqueta, les observaba con el rostro contraído desde una de las grandes puertas abiertas del salón, a la espera de que los ojos de alguno de los dos notaran su presencia. Quizá fue Sol la primera en verle, quizá fue él. En cualquier caso, las miradas de ambos acabaron por cruzarse con la del doctor mientras seguían girando al compás de una pieza que de pronto se les antojó a ambos interminable. El mensaje les llegó nítido desde la distancia, tan solo fueron necesarios unos discretos gestos para transmitirlo: algo grave ocurre, tenemos que hablar. En cuanto se cercioró de que lo habían entendido, el doctor desapareció.
Media hora y numerosas excusas y despedidas ineludibles más tarde, salían juntos del palacio bajo un amplio paraguas y se adentraban en el carruaje de los Claydon, donde el médico les esperaba impaciente.
—No sé quién está más loco, si el pobre Edward o vosotros dos.
A él se le tensaron los músculos; Soledad irguió la cabeza con altanería. Pero ninguno pronunció una sola sílaba mientras el coche emprendía la marcha: mudamente acordaron dejarle hablar. Y el médico prosiguió:
—Venía hace unas horas por el arrecife, de regreso de Cádiz, cuando paré a cenar en un ventorrillo antes de llegar a Las Cruces, a poco más de una legua de Jerez. Y allí lo encontré, junto a un par de adláteres.
No necesitó mencionar el nombre de Alan Claydon para que ellos supieran de quién estaba hablando.
—Pero no os conocéis —protestó Sol.
—Cierto. Tan solo nos habíamos visto una vez, el día de tu boda, cuando yo solo era un joven estudiante y él un adolescente malcriado, rabioso ante el nuevo matrimonio de su padre como un becerro tras el destete. Pero en algo recuerda a Edward. Y habla en inglés. Y sus amigos le llamaban por su apellido, y a ti te nombraron repetidamente. Así que no hacía falta ser un lince para adivinar la situación.
—¿Te identificaste? —Volvió a interrumpirle ella.
—No con mi nombre o mi relación contigo, pero no tuve más remedio que hacerlo como médico al ver la penosa situación en la que se encontraba.
Soledad le miró con gesto interrogatorio. Mauro Larrea carraspeó.
—Algún bruto sin miramientos le partió los pulgares.
—Good Lord… —La voz le surgió rota entre las pieles que le rodeaban la garganta.
El minero giró el rostro hacia la ventanilla derecha, como si le interesara más la noche desangelada que el asunto que se debatía en el interior.
—También tenía un corte de cuchillo en la mejilla. Superficial, por fortuna. Pero hecho obviamente a traición.
Fue entonces ella la que hizo volar la mirada al otro lado de la ventanilla del carruaje. El doctor, sentado frente a ellos, interpretó correctamente las reacciones de ambos.
—Os habéis comportado como unos bárbaros irresponsables. Habéis hecho pasar por vivo a un difunto frente a un abogado, me habéis enredado para retener a la mujer de Gustavo en mi propia casa, habéis maltratado al hijo de Edward.
—Lo de la impostura de Luisito no ha desencadenado el menor problema posterior —alegó cortante Soledad con el rostro todavía vuelto hacia la oscuridad.
—Carola Gorostiza embarcará rumbo a La Habana en breve en las mismas condiciones en que llegó —añadió él.
—Y respecto a Alan, con un poco de suerte, mañana por la mañana ya estará en Gibraltar.
—Con un poco de suerte, mañana por la mañana a lo mejor os libráis los dos de entrar en la cárcel de Belén y tan solo os piden explicaciones en el cuartel de la Guardia Civil.
Volvieron por fin las cabezas, reclamando sin palabras que aclarara aquel siniestro pronóstico.
—Alan Claydon no tiene ninguna intención de regresar a Gibraltar. Después de entablillarle los dedos en la venta, me ha preguntado por el nombre y señas del representante de su país en Jerez. Le he dicho que no lo conozco, pero no es cierto: sé quién es el vicecónsul y sé dónde vive. Y sé también que la voluntad inmediata de tu hijastro es localizarlo, exponerle los hechos y reclamar su asistencia para interponer una denuncia penal contra ti, Sol.
—Ella no tiene nada que ver con la agresión —atajó el minero.
—Los tiros no van por ahí del todo; es cierto que el amigo gibraltareño mencionó a un indio, tu criado, Mauro, supongo, y a un violento hombre armado a caballo, que intuyo que serías tú. Pero eso, a estas alturas, es lo de menos.
La pregunta sonó al unísono en ambas bocas.
—¿Entonces?
El carruaje se paró en ese mismo momento, habían llegado a la plaza del Cabildo Viejo. Ya sin la protección del ruido de las ruedas y de los cascos de los caballos sobre los charcos y las vías empedradas, Ysasi bajó la voz.
—Lo que pretende alegar el hijo de Edward es que su padre, súbdito británico aquejado de una problemática salud, está retenido en contra de su voluntad en un país extranjero, secuestrado por su propia esposa y por el supuesto amante de esta. Y, para resolverlo, va a requerir mediación diplomática urgente y la intervención de las propias autoridades de su país desde Gibraltar. De hecho, sus acompañantes han partido hacia el Peñón esta misma noche en un coche de colleras, a fin de poner sin mínima tardanza el caso en conocimiento de quien corresponda. Él se ha quedado solo en la venta, con el propósito de regresar aquí mañana. Está furioso y parece dispuesto a implicar hasta al papa de Roma, no tiene intención de que nada quede tal cual.
—Pero, pero…, pero esto es inadmisible, esto sobrepasa…, esto…
La irritación de Soledad era superior a su capacidad instantánea para razonar. Alterada, indignada, desplegando una furia incontenible dentro de la opaca estrechez del vehículo.
—Yo misma hablaré con el vicecónsul a primera hora; no lo conozco personalmente, solo sé que ostenta el cargo desde hace poco, pero iré a verle y lo aclararé todo. Le, le…
—Sol, escucha —intentó calmarla su amigo.
—Le explicaré en detalle todo lo que ha sucedido hoy, la llegada de Alan y su…, su…
—Sol, escúchame —insistió el médico intentando hacerla entrar en razón.
—Y después…, después…
Fue entonces cuando Mauro Larrea, sentado a su lado, se giró y la agarró firmemente por las muñecas. Ya no era el contacto sensual del baile ni la caricia de una piel contra otra piel, pero algo volvió a perturbársele en las entrañas al sentir los finos huesos de ella bajo sus dedos mientras los ojos de los dos se reencontraban en la oscuridad.
—Y después, nada. Serénate y atiende a Manuel, por favor.
Tragó saliva como quien traga cristales; luego cerró los ojos en un esfuerzo voluntarioso por recobrar el aplomo.
—Tú no debes hablar con nadie de momento porque estás demasiado implicada —prosiguió Ysasi—. Tenemos que ver la forma de llegar al vicecónsul de una manera más sutil, más sibilina.
—Podemos intentar detener a Claydon, impedirle que vuelva a Jerez —intervino entonces él.
—Pero bajo ningún concepto a tu manera, Larrea —replicó el doctor tajante—. Yo no sé cómo se resuelven estos asuntos entre mineros mexicanos o en ese legendario Nuevo Mundo del que vienes, pero aquí las cosas no funcionan así. Aquí las personas decentes no achantan a sus adversarios encañonándoles la sien ni ordenan a sus criados que hagan de quebrantahuesos.
Alzó la palma derecha. Suficiente, vino a decir. Mensaje captado, compadre, no necesito más monsergas. Cayó entonces en la cuenta de que su apoderado Andrade llevaba largo tiempo enmudecido en su conciencia, y ahora entendía la razón. El doctor Ysasi, hablándole de tú como hacía con su amiga de la infancia y como hizo con todos los Montalvo, le había tomado el relevo para iluminarlo en el recto camino de la sensatez. Que le hiciera o no caso sería otro cantar.
—Pero, Manuel —insistió Soledad—, tú puedes explicar a quien sea preciso que las cosas no son así…
—Yo puedo certificar clínicamente el verdadero estado mental de Edward; puedo garantizar delante del sursuncorda que tú siempre has obrado intentando protegerlo y que durante años has velado noche y día por su bienestar. Puedo asegurar también que me consta fehacientemente que su hijo ha jugado sucio con vosotros, que os ha sacado dinero como una sanguijuela, que a ti jamás te estimó y que ha abusado del penoso estado psíquico de su padre para realizar un buen montón de tropelías financieras. Pero mi testimonio valdría lo mismo que el papel mojado: nada. Por la amistad que nos une, estoy desacreditado en este asunto desde el principio.
La contundencia del argumento era irrebatible. Lo peor fue que no acabó ahí.
—Y al respecto de vuestra supuesta relación sentimental —prosiguió el doctor—, también puedo jurar por lo más sagrado que este hombre no es tu amante a pesar de que las propiedades de los Montalvo hayan pasado oscuramente a su poder. Pero lo cierto es que todo Jerez os ha visto llegar y salir juntos del palacio del Alcázar; os ha visto bailar esta noche plenamente armonizados y ha sido testigo de vuestra complicidad. Y docenas de personas más, de gente de a pie, saben que estos días habéis estado entrando y saliendo de casa de uno y de otro con libertad absoluta. Si alguien quiere dar una vuelta de tuerca malpensada al asunto, no van a faltarle indicios: habrá sin duda quien considere que habéis transgredido con el más palmario descaro las normas de la decencia entre una íntegra madre de familia y un forastero libre de compromisos.
—Por Dios bendito, Manuel, ni que estuviéramos…
—No pretendo hacer un juicio moral acerca de vuestra conducta, pero lo cierto es que esto no es una gran capital como Londres, Sol. O como México, o como La Habana, Mauro. Jerez es una pequeña ciudad del sur de España, católica, apostólica y romana, donde ciertos comportamientos públicos pueden tener difícil cabida y desembocar en consecuencias ingratas. Y vosotros lo deberías saber igual que yo.
El razonamiento del doctor volvía a ser certero, por mucho que les pesara. Escudados en su coraza de extranjería y protegidos por esa reconfortante sensación de no pertenecer a la vida local, ambos se habían sentido libres de proceder a su antojo en la búsqueda desesperada de soluciones para sus propios problemas. Y, a pesar de tener ambos la seguridad de no haber dado ni un solo paso socialmente reprochable en cuanto a la ética de su relación personal, la apariencia sin duda apuntaba en otra dirección.
—Mucho me temo que estáis solos frente al abismo —remató el médico—. Y así las cosas, más nos vale decidir deprisa qué vamos a hacer.
Una quietud compacta se extendió entre los tres. Seguían dentro del oscuro carruaje, hablando en voces quedas frente al portón principal mientras la lluvia callada acariciaba las ventanillas. Sol bajó la cabeza y se cubrió los flancos de la cara con las manos, como si la cercanía de sus largos dedos al cerebro pudiera ayudarla a reflexionar. Ysasi mantenía el ceño contraído. Mauro Larrea fue el único que habló:
—Si no hay pruebas, no hay delito. Así que lo primero que debemos hacer es sacar al señor Claydon de esta casa: guarecerlo donde nadie pueda sospechar siquiera.