La Templanza

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III. Jerez » Capítulo 42

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Llevaban un buen rato encerrados en la biblioteca, intentando trazar sin éxito un plan sensato. El reloj de péndulo marcaba las dos y diez de la mañana. Del omnipresente botellón de licor faltaba ya la mitad.

—Me parece un absoluto disparate.

Esa fue la reacción de Ysasi ante la iniciativa de Soledad.

La propuesta de aquel lugar seguro al que quizá podrían trasladar a su marido se le había ocurrido a ella de pronto y la había comunicado súbitamente con la misma mezcla de pavor y euforia que si hubiera encontrado una vacuna contra la polio. El rechazo del doctor sonó solemne, definitivo. El minero, acodado en la repisa de la chimenea mientras agotaba su tercera copa de brandy, se dispuso a escuchar.

—A nadie se le ocurriría jamás pensar que Edward está en un convento —insistió ella.

—El problema no es el convento en sí.

Ysasi se había levantado de su butaca y daba paseos erráticos por la estancia.

—El problema es…

—El problema es Inés, tu hermana, lo sabes igual que yo.

El silencio corroboró la presuposición. El doctor, cartesiano, articulado y razonable normalmente, les daba su flaca espalda envuelto en sus pensamientos. Sol se acercó, le puso una mano sobre el hombro.

—Han pasado más de veinte años, Manuel. No tenemos más salidas, hay que intentarlo.

A más silencio, más insistencia.

—Quizá se avenga, quizá acceda.

—¿Por piedad cristiana? —preguntó mordaz el médico.

—Por el propio Edward. Y por ti, y por mí. Por lo que todos nosotros fuimos para ella alguna vez en su vida.

—Lo dudo. Ni siquiera aceptó conocer a tus hijas cuando nacieron.

—Sí lo hizo.

Ysasi se giró con un poso de extrañeza en el rostro.

—Siempre me has dicho que nunca conseguiste que se dejara ver.

—Así fue. Pero yo se las fui llevando una a una en brazos a la iglesia del convento tan pronto las traje a España apenas unos meses después de darlas a luz.

Por primera vez, el minero notó que a Soledad, siempre tan entera y tan dueña de sí, le temblaba la voz.

—Y allí me senté sola con cada una de mis niñas, ante la beata Rita de Casia y el Niño de la Cuna de Plata. Y dentro del templo vacío yo sé que ella, desde algún rincón, desde algún sitio, me oyó y nos vio.

Pasaron unos instantes densos en los que, como un par de caracoles, ambos se refugiaron dentro de sí mismos para lidiar con una tropa de recuerdos vidriosos. Algo hizo presentir al minero que el recuerdo de la hermana y amiga que los dos compartían iba más allá del de una piadosa jovencita que un buen día tomó los hábitos para servir al Señor.

El médico fue el primero en sacar la cabeza.

—Nunca nos ofrecería siquiera la oportunidad de pedírselo.

Amarrando retazos y fragmentos de aquel diálogo con algunos detalles que había ido oyendo en sus últimos días en Jerez, Mauro Larrea intentó bosquejar la situación. Pero le fue imposible. Le faltaban datos, piezas, luces que le permitieran entender qué fue lo que en algún momento del pasado ocurrió entre Inés Montalvo y los suyos; por qué nunca quiso volver a saber de ellos después de alejarse del mundo. No era el momento, sin embargo, para entretenerse jugando a las adivinanzas, como tampoco lo era para pedir explicaciones detalladas sobre algo que a él ni de lejos le rozaba. Lo que se imponía era la urgencia, la necesidad apremiante de hallar una salida. Por eso intervino entre el fuego cruzado:

—¿Y si me dejan que se lo proponga yo?

Avanzó a zancadas por callejuelas oscuras y estrechas como puñales, todavía vestido de frac, tocado con chistera y embozado en su capa de paño de Querétaro. Había dejado de llover, pero quedaban charcos que a veces logró esquivar y a veces no. Andaba alerta, con la atención concentrada para no desorientarse entre los balcones y las ventanas con rejas de hierro fundido y los esterones a modo de persianas. No podía permitirse el menor extravío, no había un mal minuto que perder.

Todo Jerez dormía cuando sonaron las tres en la torre de la Colegiata. Para entonces, casi había llegado a la plaza de Ponce de León. La reconoció por el ventanal esquinado que le habían descrito Ysasi y Soledad. Renacentista, le dijeron que era. Bellísimo, había añadido ella. Pero no había tiempo para el deleite arquitectónico: lo único que le interesaba de aquella obra de arte era saber que marcaba el fin de su camino. Lo siguiente era dar con la puerta del convento de Santa María de Gracia: la casa de las madres agustinas ermitañas, esas hembras recluidas en la oración y el recogimiento al margen de las veleidades del resto de los humanos.

La encontró en un angosto callejón anexo, golpeó insistente la madera con el puño. Nada. Volvió a insistir. Nada tampoco. Hasta que, en una tregua que las nubes dieron a la luna, vio a su derecha una cuerda. Una cuerda que haría sonar en el interior una campana. Tiró de ella sin recato y en escasos instantes alguien acudió a la puerta y descorrió un cerrojo de hierro, abriendo un pequeño ventanuco enrejado sin dejarse ver.

—Ave María Purísima.

Sonó áspero en mitad de la noche desnuda.

—Sin pecado concebida —respondió una voz asustada y somnolienta al otro lado.

—Necesito hablar urgentemente con la madre Constanza. Se trata de un grave asunto familiar. O le dice usted que salga de inmediato, o en diez minutos empiezo a tañer la campana y no paro hasta poner al barrio entero en pie.

El ventanuco se cerró ipso facto, el cerrojo se volvió a correr, y él quedó esperando la secuela de su amenaza. Y mientras aguardaba envuelto en su capa y en la negrura de un cielo sin estrellas, por fin pudo detenerse a pensar en las imprevistas circunstancias que le habían forzado a andar alterando el sosiego de un puñado de inocentes monjas a aquellas horas, en vez de estar metido entre las mantas como la gente de bien. Todavía no sabía cuánto de verdad había en las palabras del doctor al recriminarles a Soledad y a él su cercanía pública, aquel ostentoso despliegue de complicidad. Quizá, pensó, no le faltaba razón. Y, ahora, su propia actitud se les volvía en contra y amenazaba con clavarles los dientes en la yugular.

Fue entonces, en mitad de sus dudas, cuando oyó otra vez el cerrojo.

—Usted dirá.

La voz sonó queda y sin embargo rotunda. No logró vislumbrar el rostro.

—Tenemos que hablar, hermana.

—Madre. Reverenda madre, si no le importa.

Ese brevísimo primer intercambio de frases sirvió a Mauro Larrea para intuir que la mujer con la que habría de negociar distaba mucho de ser una cándida religiosa mendicante dedicada a cantar maitines y a hornear tartas de yema a mayor gloria de Dios. Más le valía andarse con tiento: aquello iba a ser un pulso de igual a igual.

—Reverenda madre, eso es; disculpe mi torpeza. En cualquier caso, le ruego que me escuche.

—Acerca de qué.

—Acerca de su familia.

—No tengo más familia que el Altísimo y esta comunidad.

—Usted sabe igual que yo que eso no es así.

El silencio del callejón desierto era tan fino, tan sutil, que a ambos lados del ventanuco se oía la respiración de los dos cuerpos.

—¿Quién le manda, mi primo Luis?

—Su primo falleció.

Esperó a que reaccionara con alguna pregunta sobre el cómo o el cuándo de la muerte del Comino. O a que pronunciara al menos un Dios lo tenga en su gloria. Pero no hizo ni lo uno ni lo otro; por eso, al cabo de unos segundos baldíos, él avanzó.

—Vengo en nombre de su hermana Soledad. Su marido se encuentra en una situación crítica.

Dígale que le suplico que me ayude, que se lo pido por la memoria de nuestros padres y nuestros primos; por todo lo que un día compartimos, por lo que un día fuimos… Sol le había transmitido su mensaje apretándole las manos con todas sus fuerzas, esforzándose por retener las lágrimas. Y aunque fuera lo último que él hiciera en su vida, así se lo tenía que hacer llegar.

—Difícilmente veo cómo podría yo intervenir en esos asuntos ajenos, viviendo como viven fuera de nuestras fronteras.

—Ya no. Llevan una temporada en Jerez.

Por réplica volvió a encontrar tensos instantes de vacío. Continuó:

—Necesitan un refugio para él. Está enfermo y hay quien quiere aprovecharse de su debilidad.

—¿Qué malestar le aqueja?

—Un profundo desorden mental.

Está loco, carajo, estuvo tentado a gritarle. Y su mujer, desesperada. Ayúdelos, por Dios.

—Me temo que muy poco puede hacer al respecto esta humilde sierva del Señor. En esta morada no se tratan más angustias y tribulaciones que las propias del espíritu ante el Todopoderoso.

—Solo serán unos días.

—No faltan las fondas en esta población.

—Mire usted, señora…

—Reverenda madre —zanjó de nuevo contundente.

—Mire usted, reverenda madre —prosiguió haciendo acopio de paciencia—. Ya sé que no mantiene trato con los suyos desde hace largos años, y que no soy yo quién para intervenir en las cuestiones que les separan ni rogarle que las dé por superadas. Yo tan solo soy un pobre pecador muy poco dado a las liturgias y a la observancia de los preceptos, pero aún recuerdo lo que el párroco de mi pueblo predicaba en mi infancia sobre qué era ser un buen cristiano. Y entre esas catorce obras, y corríjame si me falla la memoria, se encontraban cuestiones como cuidar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar posada al peregrino…

El susurro de la réplica fue afilado como un estilete.

—No necesito que un indiano impío venga en plena madrugada a aleccionarme sobre las dádivas de misericordia.

La respuesta de él, en un murmullo bronco, sonó más cortante todavía:

—Tan solo le estoy pidiendo que, si no está dispuesta a amparar humanamente a su hermano político como la Inés Montalvo que un día fue, lo considere al menos como un pinche deber de su presente condición de sierva de Dios.

—El Señor me perdonará si le digo que es usted un hereje y un blasfemo.

—A pulso me he ganado que mi alma acabe ardiendo en los infiernos, no le falta razón, señora. Pero también lo hará la suya si les niega su socorro a quienes tanto la necesitan en estos momentos.

El ventanuco se le cerró frente a la cara con un brusco golpe que resonó hasta el fondo del callejón. Él no se movió del sitio: intuía que aquello todavía no había llegado al final. En unos minutos tuvo la confirmación a través de la vocecita joven que le había atendido al llegar.

—La reverenda madre Constanza le espera en la puerta del huerto, a la espalda de la casa.

Nada más reunirse en el acceso indicado, iniciaron la andadura con paso rápido y parejo. Mirándola de soslayo, calculó que tenía más o menos la misma altura de Soledad. Bajo el hábito y la toca, sin embargo, le resultó imposible sospechar siquiera si los parecidos iban más allá.

—Le ruego que disculpe mis bruscas maneras, madre, pero la situación, por desgracia, no permite la espera.

Frente a la habitual soltura de Sol, la antigua Inés Montalvo no parecía dispuesta a cruzar ni media palabra con el irreverente minero. Con todo, prefirió aclararle su papel en medio de aquel asunto. Que ella no hablara no implicaba necesariamente que tampoco estuviera dispuesta a escuchar.

—Permítame que me presente como el nuevo dueño de las propiedades de su familia. Por abreviar una larga historia, su primo Luis Montalvo, al morir en Cuba, se las legó a su otro primo Gustavo, que reside en la isla desde hace largos años. Y de Gustavo, pasaron a mí.

Omitió los detalles al respecto del procedimiento que generó tal traspaso. De hecho, a partir de ese momento y ante el obcecado silencio de ella, decidió callar mientras seguían atravesando la noche, recorriendo entre charcos las calles sombrías con las capas de ambos ahuecadas por la prisa. Hasta que, al llegar a la puerta de los Claydon, fue ella por fin quien quebró la tensión con una orden:

—Deseo asistir al enfermo sola. Hágalo saber a quien corresponda.

Mauro Larrea se adentró en la casa en busca de Soledad y el doctor mientras la madre Constanza esperaba, sombría y a oscuras, sobre la rosa de los vientos del zaguán.

—No quiere verles —anunció crudamente—. Pero aceptó, lo va a resguardar.

El desconcierto se les dibujó en los rostros con lúgubres brochazos. Sol fue quien rompió la tensión cuando un par de lágrimas comenzaron a rodarle por las mejillas: al minero se le partió el alma, pero volvió la vista al médico. No logró verle la cara, prefirió darle la espalda. A él, y a lo que acababa de oír.

Con todo, acataron la exigencia. Cerraron las bocas, cerraron las puertas y Palmer, el mayordomo, fue el único que acompañó a la religiosa hasta el dormitorio de milord.

Tres cuartos de hora pasó sola con el marchante de vinos a la débil luz de una palmatoria. Nadie supo si hablaron, si se entendieron de alguna manera. Tal vez Edward Claydon no abandonó ni siquiera momentáneamente el sueño o la vesania. O tal vez sí, y en la silueta oscura que se asomó a su cama en mitad de la noche y le agarró una mano y se hincó de rodillas para llorar y rezar a su lado, la mente torturada del anciano extranjero distinguió con un soplo de fugaz lucidez a la hermosa joven de cintura breve y larga trenza castaña que fue Inés Montalvo en aquellos años en los que ella aún no se había rasurado el cráneo para abstraerse del mundo; en aquellos tiempos en los que el caserón de la Tornería estaba lleno de amigos y risas y promesas de futuro que acabaron descomponiéndose como el papel quemado por un cabo de vela.

En la biblioteca, entretanto, acompañados por un fuego que se fue extinguiendo en la chimenea sin que nadie se ocupara de avivarlo, cada cual batalló contra sus propios fantasmas como buenamente pudo. Cuando por fin vislumbraron el porte regio de la madre Constanza bajo el dintel de la puerta, todos a una se pusieron en pie.

—En el nombre de Cristo y por el bien de su alma, accedo a acogerlo en una celda de nuestra morada. Hemos de partir de inmediato, tenemos que estar dentro antes de que principien los laudes.

Ni Soledad ni el doctor fueron capaces de decir una sola palabra: habían quedado enmudecidos ante aquella figura de hábito negro tan solemne como ajena. Ninguno fue en un primer momento capaz de tejer mentalmente un debilísimo hilo que uniera a la niña querida de sus memorias con la imponente religiosa que, bajo su lóbrega toca y sobre un par de recias sandalias de cuero, les miraba con ojos enrojecidos cargados de dolor.

Su primera decisión fue que nadie les acompañara.

—Vamos a una sagrada casa de Dios, no a una posada.

Aquella dura actitud de Inés Montalvo frenó en seco cualquier conato de acercamiento afectivo por parte de los suyos.

Mauro Larrea les contempló desde una discreta retaguardia, fumando en el rincón peor iluminado de la biblioteca junto a un pedestal de alabastro. Cuando desde la distancia por fin logró apreciar el rostro de la religiosa bajo una tenue luz, la comparación le resultó compleja: difícil sustraer las facciones de cada una de las hermanas del embalaje que las envolvía. Alrededor de Sol, una brillante cabellera en un airoso recogido y el suntuoso traje de noche azul profundo que aún llevaba puesto y que dejaba al descubierto hombros, escote, clavículas, brazos y espalda; palmos enteros de carne tersa y piel seductora. Alrededor de Inés, como contraste, solo había varas de tosco paño negro y unos breves retazos de holán blanco comprimiéndole el cuello y la frente. Afeites y cuidados mundanos en una; en la otra, la huella de años de retiro y abstracción. Poco más pudo percibir porque en apenas un minuto acabó el encuentro.

Soledad, con todo, no logró resistirse.

—Inés, te lo ruego, espera; háblanos un minuto nada más…

La religiosa, inclemente, se giró y salió.

La casa se puso entonces en movimiento, arrancaron los preparativos. Mauro Larrea, una vez cumplido su cometido de convencer a la madre Constanza, se mantuvo al margen: permaneció en la biblioteca inmóvil, acompañado por el humo de su habano mientras los demás solventaban con prisa las cuestiones logísticas imprescindibles, sintiéndose un intruso en el íntimo ir y venir y decir y callar de aquella tribu ajena, pero consciente de que no podía marcharse. Todavía quedaban cuestiones importantes por resolver.

Se oyeron finalmente los cascos de los caballos y las ruedas del carruaje familiar al rasgar el silencio de la plaza desierta; unos momentos después, Soledad y Manuel regresaron a la biblioteca arrastrando una mole inmensa de desolación. Ella retenía las lágrimas a duras penas y se apretaba un puño contra la boca en un intento por recuperar la serenidad. Él mostraba el gesto contraído, atormentado como un lobo famélico en una noche de ventisca y tolvanera.

—Tenemos que decidir qué hacer con el vicecónsul.

Mauro Larrea sonó áspero y falto de tacto, insolente incluso ante las delicadas circunstancias. Pero logró el efecto que buscaba: ayudarles en el tránsito, obligarles a terminar de tragar la bola compacta de amargura que a los dos se les había quedado atascada en la garganta al ver partir en plena madrugada al esposo y amigo vulnerable bajo la protección de una adusta sierva de la Iglesia en la que no habían sido capaces de reconocer ni un solo destello de la joven tan próxima a ellos que un día fue.

—Si Claydon hijo está decidido a regresar a Jerez, sin duda no va a demorarse —añadió—. Supongamos que a las diez de la mañana ya está aquí, y que dedica después una hora a dar unos cuantos palos de ciego hasta que pueda entenderse medianamente con alguien que le sepa decir quién es el compatriota que ostenta el cargo diplomático y dónde está su residencia, y llegar hasta allí. Serán para entonces las once de la mañana; once y media máximo. Ese es todo el tiempo con el que contamos.

—Para entonces yo ya habré hablado con el vicecónsul. Manuel me ha aclarado quién es, Charles Peter Gordon: un escocés que vive en la plaza del Mercado, un descendiente de los Gordon. Seguro que conoció a mi familia, tal vez fue amigo de mi abuelo, o de mi propio padre…

—También te he dicho que no es una buena idea.

Era ahora Manuel Ysasi quien se implicaba en la conversación, pero ella no se dio por aludida.

—Iré temprano, lo pondré al tanto. Le diré que Edward está en Sevilla, o…, o en Madrid, o qué sé yo, tomando las aguas en los baños de Gigonza. O quizá, mejor, que ha regresado a Londres a causa de un asunto comercial urgente. Le anticiparé la catadura de Alan, confío en que me dé más crédito a mí que a él.

—Excusatio non petita, accusatio manifesta, insisto. No tiene sentido ir defendiéndote de lo que nadie te ha acusado todavía. Creo que es una imprudencia, Sol.

Ella le miró entonces con esos ojos suyos de hermoso animal acorralado. Ayúdame, no me dejes caer, le pedía sin palabras. Una vez más.

—Lo siento, Soledad, pero creo que es hora de frenar este desatino.

No me traiciones, Mauro. Tú no.

Como si alguien le quemara las vísceras con una tenaza de hierro candente de las que su abuelo le enseñó a usar en la vieja herrería en la que él mismo creció, eso sintió al recibir la mirada de ella. Pero había que parar aquella masa de despropósitos como fuera, y para ello solo tenía en ese momento un arma: la frialdad.

—El doctor tiene razón.

La inmediata llegada de Palmer alteró de pleno la atención de los tres, y él sintió un alivio infinito al ver cómo los ojos de Soledad dejaban de suplicarle desesperadamente auxilio. Cobarde, se reprochó.

Ella se levantó de golpe, se acercó rauda, preguntó al mayordomo en inglés. Palmer respondió sucinto, manteniendo su perenne flema a través de la cual no fue difícil apreciar su abatimiento. Todo en orden, milord llegó bien, ya está entre las paredes del convento. Ella, conmocionada aún, le indicó casi en un murmullo ininteligible que podía retirarse. Darle las buenas noches a aquellas horas habría sonado una broma harto grotesca.

—Pásate por mi casa a primera hora, Mauro, para ver qué tal noche pasó la esposa de Gustavo. Yo saldré en cuanto amanezca en busca del hijo de Edward, antes de que ella se levante —concluyó Ysasi—. Intentaré convencerle con la verdad por delante y ya veremos qué decide hacer. Solo os ruego, por vuestro propio bien, que os mantengáis al margen: bastante emponzoñadas están ya las cosas. Y ahora, creo que es el momento de que todos intentemos descansar. A ver si logramos que el sueño traiga a nuestras pobres cabezas un poco de serenidad.

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