La Templanza
III. Jerez » Capítulo 44
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El abrazo fue grandioso. Nicolás, la causa de sus desvelos en las noches infantiles de sarampión y escarlatina, el gran generador de tantos problemas como carcajadas y de tantos regocijos como quebraderos de cabeza, imprevisible cual revólver en las manos de un ciego, aparecía recién bajado de un tren.
Las preguntas brotaron a borbotones, saliendo atropelladas de las bocas de ambos. Dónde, cuándo, en qué manera. Después se volvieron a abrazar, y a Mauro Larrea se le atoró un grumo en la boca del estómago. Estás vivo, cabrón. Vivo, sano, y hecho un hombre. Una sensación de alivio infinito le recorrió por unos instantes la piel.
—¿Cómo fue que diste conmigo, pedazo de orate?
—Este planeta es cada vez más chiquito, padre; no creerías la cantidad de descubrimientos que se ven por ahí. La daguerrotipia, el telégrafo…
Dos mozos empezaron a cargar el voluminoso equipaje mientras Santos Huesos dirigía los movimientos después de fundirse con el chamaco de la familia en otro estrujón sonoro.
—No enredes con vaguedades, Nico. Y ya hablaremos despacio de tu huida de Lens y del mal lugar en que me habrás hecho quedar con Rousset.
—Estando en París —replicó el muchacho esquivando con un quiebro airoso la voz amenazante—, me invitaron una noche a una recepción en una residencia del Boulevard des Italiens, un encuentro de patriotas mexicanos huidos como gallinas del régimen de Juárez que conspiraban entre perfume de Houbigant y botellas de champaña helada. Imagínate.
—Céntrate, mijo —ordenó.
—Allá coincidí con algunos de tus viejos amigos; con Ferrán López del Olmo, el dueño de la gran imprenta de la calle de los Donceles, y con Germán Carrillo, que andaba recorriendo Europa con sus dos hijos pequeños.
Arrugó el ceño.
—¿Y sabían dónde paraba yo?
—No, pero me dijeron que el agregado comercial les puso en aviso, por si lograban verme por algún sitio, de que en la embajada aguardaba una carta para mí.
—Una carta de Elías, supongo.
—Supones bien.
—Y cuando te quedaste sin un peso, fuiste a por ella y, para tu sorpresa, apenas te mandaba capital.
Dejaban atrás el andén y se dirigían hacia la calesa.
—No solo me pedía que hiciera trucos de magia financiera con lo poco que enviaba —reconoció Nicolás—. También me ordenó que no se me ocurriera volver a México mientras no llegaras tú; que estabas resolviendo negocios en la madre patria, y que si quería saber de ti, me pusiera en contacto en Cádiz con un tal Fatou.
—En contacto por correo, imagino que querría decir Andrade; no creo que imaginara que acabarías viniendo.
—Pero preferí hacerlo, así que, como no me podía costear un pasaje decente, embarqué en el puerto de Le Havre en un buque carbonero que tocaba Cádiz en su singladura, y acá estoy.
Le miró de reojo mientras seguían hablando a la vez que caminaban. Del corazón a la cabeza y de la cabeza al corazón, al minero le fluían sentimientos encontrados. Por un lado, le tranquilizaba inmensamente volver a tener a su lado al que fuera un renacuajo quebradizo, convertido ahora en un desenvuelto veinteañero de aire mundano y pasmoso savoir faire. Por otro, no obstante, aquella intempestiva llegada descompensaba el endeble equilibrio en el que todo hasta entonces se sostenía. Y estando las cosas como estaban aquella mañana, lo peor era que no sabía qué demonios hacer con él.
Nico lo sacó de sus pensamientos poniéndole la mano en el hombro con una recia palmada.
—Hemos de platicar largamente, monsieur Larrea.
A pesar de la broma en el trato, el padre intuyó un poso de imprevista seriedad.
—Tienes que contarme qué demonios haces en este rincón del Viejo Mundo —agregó— y hay algunas cosas de mí que también me gustaría que supieras.
Claro que tenían que hablar. Pero a su debido tiempo.
—Seguro que sí pero, de momento, vete con Santos a acomodarte. Yo tomaré entretanto otro coche de alquiler para arreglar algo que tengo pendiente y, en cuanto pueda, nos volvemos a reunir.
Dejó a su hijo protestando a sus espaldas.
—A la calle Francos —ordenó al cochero del primer carruaje que encontró al salir de la estación.
Nada había cambiado para entonces en el paisaje cercano al domicilio de Ysasi. Ningún vehículo más allá del carro de un chamarilero y los borricos de un par de aguadores. Miró la hora, las doce y veinte. Demasiado tarde para que el doctor no hubiera llegado, con o sin el inglés. Algo no fue bien, masculló.
Reanudó entonces la búsqueda de la mexicana, por si acaso finalmente no hubiera abandonado Jerez. Dé usted la vuelta ahí, le fue diciendo al cochero. Métase por acá, ahora tuerza allá, siga recto, deténgase, espere, arranque, para allá otra vez. La imaginación volvió a jugarle malas pasadas: le pareció haberla encontrado saliendo de la iglesia de San Miguel, entrando en San Marcos, bajando desde la Colegiata. Pero no. Ni viva ni muerta aparecía.
A quien sí vio al pasar por el tabanco de la calle de la Pescadería fue al escribiente. Caía un calabobos que, con todo, algo mojaba, pero Angulo estaba en la puerta, a la espera en la esquina con la plaza del Arenal por la que suponía que en algún momento acabaría pasando el indiano. Un movimiento de cabeza fue suficiente para que él, sin bajarse del coche, lo supiera. Nada de momento. La búsqueda del empleado cotilla no había dado fruto. Siga, le ordenó.
Su siguiente destino fue la plaza del Cabildo Viejo; para su sorpresa, halló el portón tachonado abierto de par en par. Se bajó del carruaje antes de que el caballo se detuviera del todo. Qué carajo pasó, qué ocurre.
Palmer le salió al encuentro con gesto adusto de enterrador. Antes de que pudiera aclararse en su mísero español, el doctor, apresurado, apareció a su espalda con gesto de desmoralización absoluta.
—Acabo de llegar y me estoy yendo. Todo inútil. El hijo de Edward cambió de idea, se largó del ventorrillo antes del amanecer. Hacia el sur, según dijo el ventero.
Prefirió ahorrarse las barbaridades que se le juntaron en la boca.
—Recorrí unas cuantas leguas sin dar con él —continuó el médico—. Lo único evidente es que por alguna razón trastocó sus planes y decidió finalmente no volver a Jerez. Al menos, de momento.
—Pues ya son dos los golpes de mala fortuna que llegan juntos.
—Sol acaba de decírmelo: la esposa de Gustavo voló de mi casa. Hacia allá voy ahora mismo.
Mauro Larrea quiso darle detalles, pero el médico le interrumpió:
—Entra en el gabinete sin perder un segundo.
En vez de preguntar, frunció el entrecejo. La réplica fue inmediata.
—Acaban de llegar tus potenciales compradores.
—¿Los de Zarco?
—Nos cruzamos en la entrada y, por el gesto que traían, yo diría que no vienen con demasiadas ganas. Pero al gordo has debido de ofrecerle una tajada bien magra si intermedia a tu favor, porque antes es capaz de quedarse un mes sin comer tocino que consentir que los clientes emprendan su vuelta a Madrid sin verte. Y nuestra querida Soledad no tiene intención de soltar a las presas de entre los dientes hasta que no sepa que estás aquí.
El hijastro, desvanecido. La mexicana, huida. Nicolás, caído del cielo en mitad de la estación. Y ahora sus posibles salvadores —los únicos que tal vez podrían allanarle el camino de vuelta— llegaban agarrados por los pelos y en el más pésimo de los momentos. Por Dios que la vida se vuelve a veces perra y traicionera.
—Que cada cual cubra un flanco —propuso Ysasi. A pesar de sus escasas querencias religiosas, añadió—: Y luego, Dios dirá.
Tres hombres le esperaban en el mismo gabinete de recibir en el que días antes se hiciera pasar por el difunto Luisito Montalvo. Solo que en esta ocasión no se trataba de extranjeros, sino de españoles. Un jerezano y dos madrileños. O, al menos, de la capital venían y hasta allí tenían prisa en volver aquellos dos varones de indudable buena traza que se levantaron con obligada cortesía a saludarle. Señor y secuaz le parecieron: uno era el que ponía el dinero y se dejaba aconsejar; el otro el que aconsejaba y proponía. Zarco, por su parte, no tuvo que levantarse porque ya estaba de pie, con el rostro enrojecido y la gran papada ocultándole el cuello.
Entre ellos, Soledad. Serena, dominando las tablas, desplegando un estilo soberbio dentro de su traje de tafeta color hielo. Con la habilidad de un prestidigitador de ferias y plazoletas, de su semblante había hecho desaparecer las huellas del cansancio y la tensión. A diferencia del encuentro con los ingleses, sus ojos ya no eran los de una potra acorralada. Ahora desprendía una mirada de férrea determinación. A saber qué les estaría contando.
—Por fin le tenemos aquí, señor Larrea. Se nos une por ventura en el momento más oportuno: justo cuando acababa de exponer al señor Perales y al señor Galiano las características de las propiedades que podemos ofertarles.
Hablaba sólida, segura, profesional casi. La causante y cómplice de sus más estrafalarios desmanes, la mujer que con su mera cercanía despertaba en su cuerpo indómitas pulsiones primarias, la esposa leal, protectora y diligente de un hombre que no era él había dado paso a una nueva Soledad Montalvo que Mauro Larrea aún no conocía. La que compraba, vendía y negociaba: la que se batía de igual a igual en un mundo masculino de intereses y transacciones, en un territorio exclusivo de varones al que el destino la había abocado sin ella pretenderlo y en el que, empujada por el más desnudo instinto de supervivencia, había aprendido a moverse con la agilidad de un trapecista que sabe que a veces no hay más remedio que saltar sin red.
Malditas las ganas que tendría de contribuir a que aquellos desconocidos acabaran por quedarse con lo que siempre pensó que sería suyo, pensó él mientras cruzaba saludos formales sin excesivo entusiasmo. Encantado, tanto gusto, bienvenidos. No le pasó por alto que, delante de los extraños, ella había vuelto a hablarle de usted.
—Por ponerle en antecedentes, señor Larrea, acabo de describir a los señores la situación de las magníficas aranzadas que tenemos catastradas en el pago Macharnudo para el cultivo de la vid. Les he informado igualmente de las particularidades de la casa-palacio que entraría en el lote de compraventa de modo indivisible. Y ahora, ha llegado el momento de que nos pongamos en camino.
¿Adónde?, preguntó él con un gesto apenas perceptible que ella captó al vuelo.
—Vamos a proceder a enseñarles la bodega, origen hasta hace pocos años de nuestras afamadas soleras altamente reputadas en el comercio internacional. Tengan la amabilidad de seguirnos, por favor.
Mientras el gordo intercambiaba con los potenciales compradores unas cuantas frases camino de la puerta, él la agarró por el codo y la frenó un instante. Se inclinó hacia ella y, volcado en su oído, volvió a turbarse ante el olor y la tibieza anticipada de su piel.
—La mujer de Gustavo sigue sin aparecer —musitó entre dientes.
—Razón de más —murmuró ella sin apenas despegar los labios.
—¿Para qué?
—Para ayudarte a que les saques a estos imbéciles hasta los higadillos, y tú y yo podamos marcharnos antes de que todo se acabe de hundir.