La Templanza
III. Jerez » Capítulo 45
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Descendieron de los carruajes junto al gran muro que rodeaba la bodega, antaño bañado de luminosa cal y ahora basculante entre el color pardo y el gris verdoso, casi negro en partes, fruto de los largos años de dejadez. Mauro Larrea abrió el postigo de entrada tal como hizo la vez anterior, con un empujón del hombro. Sonaron los goznes oxidados y cedió a todos el paso al gran patio central festoneado por filas de acacias. Llovía otra vez; los madrileños y Soledad se cobijaban bajo grandes paraguas, el gordo Zarco y él se cubrían tan solo con sus sombreros. Estuvo tentado de ofrecerle su brazo a ella para evitarle un traspié sobre el empedrado resbaladizo, pero se contuvo. Mejor mantener la fachada de una fría relación de intereses meramente comerciales que ella había decidido mostrar. Mejor que ella siguiera al mando.
No hacía tanto que había estado allí escoltado por los viejos arrumbadores en un día lleno de sol e infinitamente menos aciago, pero le pareció que había transcurrido una eternidad. Por lo demás, todo se mantenía igual. Las altas parras que dieran sombra en los lejanos veranos, ahora peladas y tristes; las buganvillas sin asomo de flores; los tiestos de barro vacíos. De las tejas medio rotas, a modo de canalones, caían regueros de agua.
Si en algo se inmutó Soledad ante aquel contacto con la decadencia de su radiante pasado, bien se guardó de mostrarlo. Envuelta en su capa y con la cabeza cubierta por una amplia capucha rematada en astracán, concentró su empeño en señalar lugares y enumerar medidas con gestos precisos y voz segura, aportando información relevante y huyendo de las sombras sentimentales del ayer. Tantascientas varas cuadradas de superficie, tantoscientos pies de extensión. Observen, señores, la magnífica factura y la excelente materia prima de las construcciones; lo fácil, lo sencillo que resultaría devolverle el esplendor pretérito.
De un bolsillo de la capa sacó un aro de viejas llaves. Vaya abriendo puertas, haga el favor, ordenó al tratante de fincas. Entraron entonces en dependencias oscuras que él aún no conocía y por las que ella se movía como pez en el agua. Las oficinas —los escritorios, las llamó— en las que los escribientes con gorra y manguitos realizaran en su día las tareas administrativas cotidianas y de cuyo recuerdo ya solo quedaban los restos de unas cuantas facturas amarillentas y pisoteadas. La sala de visitas y clientes, cuyo decrépito uso testimoniaban un par de sillas cojas volcadas en una esquina; las dependencias del personal de mayor nivel, en las que no había ni siquiera hojas en las ventanas. Finalmente, el despacho del patriarca, el feudo privado del legendario don Matías, convertido ahora en una caverna maloliente. Ni rastro de la escribanía de plata, ni de las librerías acristaladas, ni de la soberbia mesa de caoba con sobrecubierta de piel pulida. Nada de eso quedaba. Tan solo desolación y mugre.
—En cualquier caso, todo esto no es más que una simple bagatela; algo que, con unos cuantos miles de reales, podría ser devuelto a su antiguo estado en un brevísimo plazo sin la menor dificultad. Lo verdaderamente importante es lo que viene a continuación.
Señaló sin detenerse otras edificaciones al fondo. El lavadero, el taller de tonelería, el cuarto de muestras, dijo al paso. Acto seguido les condujo hacia la alta construcción del otro lado del patio central: hacia el mismo casco de bodega al que a él lo llevaron los ancianos arrumbadores. Igual de alto e imponente que lo recordaba, pero con menos luz en aquel día de lluvia. El olor era no obstante idéntico. Humedad. Madera. Vino.
—Como supongo habrán podido apreciar —añadió desde el umbral dejando caer sobre la espalda la capucha de su capa—, la bodega está levantada de cara al Atlántico, para recoger los vientos y aprovechar en todo lo posible las bendiciones de las brisas marinas. De esos aires que llegan del mar dependerá en gran manera que los vinos acaben siendo fuertes y limpios; de ellos, y de la paciencia y el buen saber hacer de aquellos a su cargo. Acompáñenme, por favor.
Todos la siguieron en silencio mientras ella continuaba hablando y su voz rebotaba contra los arcos y las paredes.
—Observarán que el sistema constructivo es sumamente elemental. Pura simplicidad arquitectónica heredada a través de los siglos. Por encima siempre del nivel de tierra, con tejado a dos aguas para minimizar el efecto del sol, y con muros de acusada anchura para retener el frescor en el ambiente.
Recorrían ahora con paso lento los espacios entre las botas acumuladas en hileras de tres, de cuatro alturas, desde donde se trasegaba el vino desde las de arriba a las de abajo a fin de aportarle homogeneidad. Las magníficas soleras de la casa, dijo. Destapó una corcha, aspiró el aroma cerrando los ojos, la devolvió a su lugar.
—Dentro del roble se realiza el milagro de lo que aquí llamamos la flor: un velo natural de organismos diminutos que crece sobre el vino y lo protege, lo nutre y le da fundamento. Gracias a ella se consiguen los requisitos de las cinco efes que siempre se ha considerado que deben cumplir los buenos vinos: fortia, formosa, fragantia, frígida et frisca. Fuertes, hermosos, fragantes, frescos y añejos.
Los cuatro hombres se mantenían atentos a las palabras y los movimientos de la única mujer del grupo, mientras el agua que resbalaba de los capotes y los paraguas llenaba el albero de pequeños charcos.
—Intuyo, no obstante, que estarán ya más que hartos de oír tanta salmodia; todo el mundo les habrá intentado vender su bodega como la mejor. Ahora, señores míos, ha llegado el momento de que nos centremos en lo que verdaderamente interesa: en apuestas y oportunidades. En lo que nosotros nos encontramos en condiciones de ofrecerles y lo que ustedes están dispuestos a ganar.
A la distinguida señorita andaluza Soledad Montalvo, criada entre encajes, nannies inglesas y misas de domingo por la mañana, y a la Sol Claydon exquisita y mundana de las compras en Fortnum & Mason, los estrenos del West End y los salones de Mayfair, se le superpuso entonces su nuevo desdoblamiento. El de la consumada comerciante y dura negociadora, fiel discípula de su marido marchante y de su astuto abuelo, heredera del alma de los viejos fenicios que tres mil años atrás llevaron desde el Mediterráneo las primeras cepas a esas tierras que ellos llamaron Xera y que los siglos acabaron convirtiendo en Jerez.
Su tono se volvió más rotundo.
—Estamos al tanto de que llevan ustedes semanas visitando pagos y bodegas en Chiclana, Sanlúcar y El Puerto de Santa María; incluso sabemos que han llegado al Condado. Nos consta también que están estudiando seriamente varias ofertas que, por su precio inferior al nuestro, pueden resultarles atractivas en un primer momento. Pero permítanme que les ponga sobre aviso, señores, de cuán equivocados están.
Los madrileños no lograron ocultar su turbación, Zarco comenzó a sudar. Y el minero mantuvo el gesto férreamente controlado para no mostrar su monumental asombro ante la mezcla de coraje y descaro que estaba presenciando: la segura arrogancia de alguien capaz de sacar a relucir el orgullo de una clase, de una casta que aunaba componentes inmensamente dispares y sin embargo complementarios. Tradición e iniciativa, elegancia y arrojo, amarre a lo propio y alas para volar. Las entrañas del legendario Jerez bodeguero cuya esencia solo ahora él empezaba a apreciar en toda su plenitud.
—No me cabe duda de que, teniendo el interés que ustedes parecen tener por entrar en el mundo del vino, habrán sido cautos de antemano y se habrán puesto al día sobre lo complicado que podrá resultarles el último paso de la cadena. El primero, convertirse en cosecheros, lo lograrán comprando buenas viñas y haciendo que los trabajadores las faenen de forma eficaz. El segundo, hacerse almacenistas, tampoco les será difícil si logran dar con una óptima bodega, un gran capataz, y personal hábil y bien dispuesto. El tercero, sin embargo, la exportación, es sin ningún género de duda el más resbaladizo para ustedes, por razones obvias. Pero nosotros estamos en disposición de facilitarles ese complejísimo salto: el acceso inmediato a las más ventajosas redes de comercialización en el exterior.
Él la seguía contemplando cinco pasos por detrás de los demás. Con los brazos firmemente cruzados y las piernas entreabiertas, sin despegar la mirada de las manos que se movían con airosa elocuencia; de esos labios que proponían garantías y prebendas con pasmosa soltura incluyéndolo a él en el plural que en todo momento usaba. Por Dios que se los estaba metiendo en el bolsillo: el efecto en el tal señor Perales y su secretario estaba siendo devastador, no había más que verles. Intercambio de palabras sordas de un oído a otro, carraspeos, miradas disimuladas y gestos a tres bandas. A Zarco estaban a punto de reventarle los botones de la chaqueta con solo pensar en la jugosa comisión que se llevaría si la señora era capaz de apretar un poco más.
—El precio de las propiedades es elevado, somos plenamente conscientes de ello. Lamento informarles, no obstante, de que también es innegociable: no vamos a bajarlo ni una simple media décima.
De no haber confiado en ella a ciegas, su cruda carcajada habría rebotado contra las paredes y los altos arcos de cal para reverberar después contra los cientos de botas. ¿Acaso se te contagió la demencia de tu esposo, mi querida Soledad?, podría haberle preguntado. Por supuesto que él habría estado dispuesto a rebajar el precio, a considerar cualquier oferta y a dar todo tipo de facilidades con tal de agarrar un buen pellizco y salir corriendo. Pero como el tenaz negociador que el minero también fue en sus propios días de gloria, de inmediato supo reconocer la descarada osadía del envite. Y por eso calló.
—Contactos, agentes, importadores, distribuidores, marchantes. Yo misma represento a una de las principales firmas londinenses, la casa Claydon & Claydon, de Regent Street. Controlamos al detalle la demanda y nos mantenemos en todo momento al tanto de las fluctuaciones en precios, gustos y calidades. Y estamos preparados para poner ese conocimiento a su disposición. El próspero mercado británico crece con los días, la expansión se prevé imparable, los vinos españoles cubren hoy en día el cuarenta por ciento del sector. Hay, no obstante, adversarios de enorme solvencia en permanente lucha por su parcela. Los eternos oportos, los tokais húngaros, los madeiras, los hocks y moselas alemanes, incluso los caldos del Nuevo Mundo, que cada vez se hacen más presentes en las islas. Y, por supuesto, los legendarios y siempre activos vinateros de las múltiples regiones francesas. La competencia, amigos míos, es feroz. Y más para alguien que llega de nuevas a ese universo tan fascinante como gloriosamente complejo.
Nadie osó pronunciar una palabra. Y a ella, poco le quedaba para rematar su actuación.
—El precio ya lo conocen a través de nuestro intermediario. Piénsenlo y decidan, señores. Ahora, si me disculpan, tengo algunos otros asuntos urgentes de los que ocuparme este mediodía.
Dormir unas cuantas horas después de una de las noches más tristes de mi vida, por ejemplo. Saber cómo se encuentra mi pobre marido encerrado en una celda conventual. Encontrar a una mexicana prófuga casada con alguien que durante un tiempo de mi vida ocupó un lugar importante en mi corazón. Averiguar el siguiente paso de un hijastro perverso empeñado en desproveerme de lo conseguido tras largos años de esfuerzo. Todo eso podría haberles desglosado Soledad Montalvo mientras se desplazaba entre las andanas camino de la salida. En su lugar, sin embargo, tan solo dejó una estela de silencio y un demoledor vacío.
Mauro Larrea tendió entonces la mano a los compradores.
—Nada que añadir, señores; todo está dicho. Para cualquier nueva toma de contacto, ya saben dónde encontrarnos.
Mientras se dirigía a la salida en pos de ella, un zarpazo de desazón le arañó con la saña de un felino hambriento. ¿Por qué eres incapaz de alegrarte, desgraciado? Estás a un paso de conseguir lo que tanto codicias, a punto de alcanzar todas tus metas, y no logras salivar como un perro famélico frente a un pedazo de carne fresca.
Un chisteo lo hizo salir de su ensimismamiento. Giró confuso la cabeza a izquierda y derecha. Tan solo unas varas más allá, semioculto entre las grandes botas oscuras, encontró una presencia que no encajaba.
—¿Qué carajo haces tú aquí, Nico? —preguntó atónito.
—Matar el tiempo mientras mi padre decide si puede o no prestarme su atención.
Touché. El trato dispensado a su hijo después de tanto tiempo sin verse no era ciertamente de recibo. Pero las circunstancias le apretaban el gaznate como en su día lo hicieran las aguas negras del fondo de Las Tres Lunas, cuando aquella inundación feroz estuvo a punto de dejar huérfano en plena infancia al muchacho que ahora le echaba en cara su paternal dejadez. O como Tadeo Carrús cuando le fijó cuatro opresivos meses de plazo, de los cuales ya se habían cumplido la mitad.
—Lo siento de veras; lo siento en el alma, pero las cosas se me complicaron de la manera más inoportuna. Dame un día, nomás un día para que logre desenredarme. Después nos sentaremos los dos con sosiego y platicaremos largamente. Tengo que contarte cosas que te afectan y más vale que sea con calma.
—Supongo que no hay otra alternativa. Entretanto —añadió pareciendo recobrar su humor habitual—, reconozco que me tiene fascinado este nuevo viraje en tu vida. La vieja Angustias me contó que ahora eras propietario de una bodega; vine por mera curiosidad, sin saber que andabas por acá. Después les vi dentro y no quise interrumpir.
—Obraste con cabeza, no era el momento.
—Eso precisamente quería decirte yo a ti.
—¿Qué?
—Que uses el cerebro.
No pudo evitar un rictus sarcástico. Su hijo aconsejándole que no hiciera pendejadas: el mundo al revés.
—No sé de qué me hablas, Nico.
Atravesaban el patio caminando deprisa, hombro con hombro, seguía lloviendo sin brío. Cualquiera que les viera de espaldas, de canto o de frente habría percibido que tenían la misma estatura y una prestancia semejante. Más sólido y rotundo el padre. Más flexible y juncal el hijo. Bien parecidos los dos, cada uno a su manera.
—Que no las pierdas.
—Sigo sin entenderte.
—Ni esta bodega, ni a esa mujer.