La Templanza
III. Jerez » Capítulo 50
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Tras dejar sobre la mesa un importe generoso sin esperar la cuenta, desde la fonda voló al caserón. El equipaje de la Gorostiza le esperaba en el zaguán.
—Agarra tú por allá, Santos, que yo levanto acá.
A esas alturas, lo mismo le daba que los jerezanos le vieran estibando bultos como un vulgar mozo de cuerda. Arriba, un, dos, tres. Listo, ándale. Todo hacía aguas por todas partes; todo se le escurría de entre las manos, qué importaba sumar a su haber una deshonra más.
Lo último que hizo antes de partir fue mandar al viejo Simón con una nota a casa del doctor. Ruego acompañes al interesado hasta Cádiz. Plaza de Mina, le había escrito. Fonda de las Cuatro Naciones. Nos veremos allá esta noche para decidir cómo proceder.
Estaba convencido de que Fatou les ayudaría a encontrar la manera de que el inglés embarcara con rumbo a Gibraltar a la mayor brevedad y, hasta que ese momento llegara, no tenía más argucias ni más componendas: alojar al hijastro en un cuarto de hotel era todo lo que se le había ocurrido. Que esperara su transporte cerca del muelle mientras ellos despachaban a la Gorostiza hasta La Habana en su barco de sal. Dios diría después.
Para cuando llegaron a Cádiz a la caída de la tarde, la esclava seguía llorando como una criatura de pecho. Santos Huesos, hosco como casi nunca, se había limitado a contestar a las preguntas de su patrón a lo largo del camino con monosílabos. Lo que me faltaba, farfulló para sí.
—Den un paseo, vayan despidiéndose —les dijo al aproximarse al portón claveteado de la calle de la Verónica—. Y arréglatelas como puedas para que se calme, Santos: no quiero escenas cuando vea a su ama.
—Pero ella me lo prometió… —Volvió a hipar Trinidad.
Estalló entonces en unos sollozos tan afilados que hicieron volver algunas cabezas entre los viandantes. El espectáculo era cuando menos pintoresco: una mulata con un vistoso turbante encarnado lloraba como si fueran a degollarla mientras un indígena con el pelo a media espalda intentaba sin fruto serenarla, y un atractivo señor de aspecto ultramarino contenía a duras penas su irritación ante los dos. En las elegantes casas vecinas, con discreto afán fisgón, se abrieron unos cuantos cierros.
Les lanzó una mirada asesina. Lo último que necesitaba en ese momento era añadir contratiempos gratuitos a la cuenta de favores adeudados que ya tenía pendiente con Fatou. Y si no lo frenaba rápido, con ese número de opereta en plena calle estaba a un paso de conseguirlo.
—Cállala, Santos —masculló antes de darles la espalda—. Por tus muertos, cállala.
Volvieron a recibirlo Genaro y sus toses.
—Pase usted, don Mauro, le están esperando.
Esta vez no lo acogieron en la sala de las visitas comerciales, sino en la estancia del piso principal. La de las noches de charla con la estufa encendida y el café y el licor. La familiar. El matrimonio, con los rostros todavía un tanto demudados a pesar del esfuerzo por disimularlo, ocupaba un diván de damasco bajo una pareja de bodegones al óleo llenos de hogazas, cántaros de barro y perdices recién cazadas. Junto a ellos, sentada en una butaca, Soledad lo recibió serena en apariencia, con una escuetísima señal de bienvenida que solo él percibió. Bajo su calma forzada, sin embargo, Mauro Larrea sabía que seguía batiéndose a duelo contra una tropa de inquietantes belcebús.
Vámonos, vámonos de aquí, quiso decirle cuando sus miradas se cruzaron. Levántate, déjame que te abrace primero; déjame que te sienta y te huela, y te roce los labios y te bese en el cuello y te tiente la piel. Y luego agárrate fuerte a mi mano y vámonos. Subamos a un barco en el muelle: a cualquiera que nos lleve lejos, donde no nos acosen las calamidades. Al Oriente, a las Antípodas, a la Tierra de Fuego, a los mares del Sur. Lejos de tus problemas y de mis problemas; de las mentiras conjuntas y de los embustes de cada cual. Lejos de tu marido demente y de mi caótico hijo. De mis deudas y tus fraudes, de nuestros fracasos y del ayer.
—Buenas tardes, amigos míos; buenas tardes, Soledad —fue lo que dijo en cambio.
Le pareció que ella, con un gesto casi imperceptible, había replicado ojalá. Ojalá pudiera. Ojalá yo no tuviera lastres ni ataduras, pero esta es mi vida, Mauro. Y allá donde yo vaya, mis cargas conmigo habrán de venir.
—Bien, parece que todo se va resolviendo.
Las palabras de Antonio Fatou hicieron estallar en el aire sus absurdas fantasías.
—Ansioso estoy por oír los avances —anunció sentándose—. Les ruego disculpen mi demora, pero unos cuantos asuntos importantes me obligaron a retornar a Jerez.
Le detallaron los preparativos: en cuanto terminaron de trasvasar la sal gruesa de las marismas de Puerto Real, Fatou mandó adecentar las parcas camaretas y se ocupó del suministro necesario. Limpieza a fondo, colchones, mantas, un considerable refuerzo de agua y comida. Caprichos incluso, añadidos por la mano misericordiosa de Paulita, su mujer: jamón dulce, galletas inglesas, guindas en almíbar, lengua trufada. Hasta un gran frasco de agua de Farina añadió. Todo con la intención de mitigar las deplorables comodidades de un viejo buque de carga que jamás imaginó que acabaría llevando en sus entrañas a una regia señora a la que todos querían mandar lejos cual si incubara sarna perruna.
Aunque no zarparían hasta la mañana siguiente, habían decidido embarcarla esa misma noche. Sin luz, para que no fuera del todo consciente de la situación hasta que Cádiz no se hubiera perdido en la distancia.
—No disfrutará de las comodidades de una pasajera de cámara en un navío convencional, pero confío en que sea una travesía razonablemente llevadera. El capitán es un vizcaíno de absoluta confianza y la tripulación, escasa y pacífica; nadie la molestará.
—Y viajará con ella su criada, por supuesto —apuntó Sol.
—Su esclava —corrigió él.
La misma muchacha que suplicaba desconsolada que la dejaran quedarse junto a Santos Huesos. La que sollozaba por su libertad pactada en un trato tan frágil como una lámina de hielo.
—Su esclava —asintieron algo incómodos los demás.
—El equipaje ya está también listo —anunció.
—En tal caso —dispuso Fatou—, creo que podemos proceder.
—¿Me permitiría antes hablar con ella en privado? Intentaré que sea breve.
—Cómo no, Mauro, por favor.
—Y le agradecería que también me prestara algunos útiles de escribir.
La Gorostiza lo recibió contenida en apariencia. Con el mismo vestido que el día anterior y el cabello otra vez tenso; sin afeites ni esos polvos de arroz a los que tan dada era en Cuba. Sentada junto al balcón en su habitación de invitados entelada en toile de Jouy, junto a la luz de un tenue quinqué.
—Sería una hipocresía por mi parte decirle que lamento que nada haya salido como usted esperaba.
Ella desvió la mirada hacia la noche temprana tras las cortinas y los cristales. Como si no lo hubiera oído.
—Con todo, confío en que arribe a La Habana sin mayores percances.
Seguía impertérrita, aunque probablemente bullía por dentro y no le faltaran ganas de decirle maldito seas.
—Hay un par de asuntos, no obstante, que quiero tratar con usted antes de su partida. Puede o no colaborar conmigo, como guste, pero de ello dependerá el estado en que desembarque. Supongo que no le agradará la idea de llegar al muelle de Caballería hecha una piltrafa: agotada y sucia, sin haberse cambiado de ropa en varias semanas. Y sin un peso.
—¿Qué usted quiere decir, desgraciado? —preguntó por fin, rompiendo el falso letargo.
—Que ya está todo previsto para su embarque, pero no pienso devolverle su equipaje hasta que no se avenga a solventar dos cuestiones.
Esta vez sí le miró.
—Es usted un hijo de mala madre, Larrea.
—Contando con que la mía me abandonó antes de cumplir los cuatro años, no veo manera de contradecir tal afirmación —replicó acercándose al pequeño buró que ocupaba una esquina de la alcoba. Sobre él depositó el papel, la pluma bien afilada, el tintero de cristal y el secante que Fatou acababa de proporcionarle—. Bien, cuanto menos tiempo perdamos, mejor. Haga el favor de sentarse aquí y prepárese para escribir.
Se resistió.
—Le recuerdo que no solo está en juego su guardarropa. El dinero de su herencia que traía cosida al interior de las enaguas, también.
Diez minutos y unos cuantos improperios después, tras múltiples rechazos y reproches, logró que transcribiera una a una las palabras que él le dictó.
—Prosigamos —ordenó tras soplar la tinta sobre el papel—. El segundo de los asuntos tiene que ver con Luis Montalvo. La verdad completa, señora. Eso es lo que me apremia saber.
—Otra vez el dichoso Comino… —replicó agria.
—Quiero que me diga por qué acabó nombrando heredero a su marido.
—¿Y a usted qué le importa? —le espetó furiosa.
—Se está arriesgando a que por toda La Habana se sepa el penoso estado en el que llegó de su gran viaje a la madre patria.
Se clavó las uñas en las manos y cerró unos segundos los ojos, como si quisiera controlar su furia.
—Porque así se hacía justicia, señor mío —dijo al fin—. Eso es todo lo que tengo que explicarle.
—Se hacía justicia, ¿a qué?
Sopesando si avanzar algo más o cerrarse en banda, la Gorostiza se mordió un labio. Él la contemplaba con los brazos cruzados. En pie, férreo, a la espera.
—A que mi esposo hubiera cargado con una culpa ajena durante más de veinte años. Y, a causa de ella, haber sufrido el destierro, el desprecio de los suyos y el aislamiento de por vida. ¿No le parece suficiente?
—Hasta que no comprenda a qué culpa se refiere, no se lo podré decir.
—A la culpa de ser el causante de la muerte del primo.
Se hizo un silencio espeso, hasta que ella fue consciente de que ya no le quedaba más salida que terminar.
—Él nunca disparó aquel tiro.
Apartó ahora la mirada, volvió a dirigirla a través de los cristales.
—Siga.
Apretó los labios hasta hacerles perder el color, negándose.
—Siga —repitió.
—Lo hizo Luis.
Le pareció que la llama del quinqué se estremecía. ¿Qué?
—El niño de la casa, el enfermito, el benjamín —farfulló la mexicana escupiendo cinismo—. Él apretó el dedo del disparo asesino que acabó con su propio hermano.
Las piezas se acercaban, a punto de encajar.
—Matías y mi marido estaban enzarzados en una pelea, habían dejado apartadas las escopetas, se gritaban, se maldecían como jamás lo habían hecho. Y el pequeño Luisito, que tan solo les acompañaba desarmado, se puso nervioso y pretendió intermediar. Agarró entonces una de las armas, quizá solo pretendía lanzar un tiro al aire, o quiso amedrentarlos, o sabe Dios. Para cuando los cazadores más cercanos llegaron hasta ellos, la escopeta de Gustavo estaba en el suelo recién disparada, Matías se desangraba en el suelo y el Comino lloraba con un ataque de nervios encima del cuerpo caliente. Mi marido intentó aclarar lo sucedido, pero todo estaba en su contra: sus gritos y maldiciones durante la pelea se habían oído en la distancia y el arma era la suya.
No necesitó seguir insistiendo para que hablara: ella misma parecía haberse destensado.
—Al ver el estado de su hermano mayor, al enano le entró un mal de nervios y ni media palabra dijo. En vez de ser considerado como el asesino que en verdad era, se le trató como a una segunda víctima. Jamás hubo tampoco una denuncia formal contra Gustavo, todo quedó en la familia. Hasta que el abuelo le puso una bolsa de dinero encima de la mano y lo desterró.
Nunca se creyó merecedor del patrimonio del que fue heredero. Eso le había respondido Manuel Ysasi en el casino a su pregunta del porqué de los desmadres y la vida disoluta de Luisito Montalvo; a la razón de su desafecto por el negocio y las propiedades de la familia. Entonces no fue capaz de interpretar al doctor. Ahora sí.
—Y ya que me está sacando las palabras como el sacamuelas habanero de la calle de la Merced, déjeme que le cuente algo más. ¿Usted quiere conocer por qué se peleaban?
—Lo imagino, pero confírmemelo.
Su fugaz carcajada sonó amarga como un trago de angostura.
—Cómo no. Siempre en medio, la gran Soledad. Gustavo estaba desolado porque ella se acababa de casar con el inglés, acusaba a su primo mayor por no haber frenado ese romance en su ausencia; él por entonces vivía en Sevilla. Lo tachó de traidor, de desleal. De haber colaborado con el viejo para que la prima de la que estaba enamorado desde que tenía memoria se apartara de él.
Hablaba firme ahora la Gorostiza, como si poco le importara todo una vez que había empezado a tirar del hilo de la madeja.
—¿Sabe una cosa, Larrea? Mucho ha llovido desde que mi marido me contó todo aquello: cuando los fantasmas lo despertaban en la madrugada, cuando todavía hablaba conmigo y se esforzaba por fingir que me quería siquiera un poquitico, aunque la maldita sombra de otra mujer conviviera perenne entre nosotros. Pero nunca olvidé que ahí se le tronchó la vida a Gustavo, por eso escribí a Luis Montalvo a lo largo de los años. Por eso puse a su disposición nuestra casa y nuestra hacienda como una pariente cariñosa, diciéndole que mi marido ansiaba el reencuentro cuando él ni siquiera sospechaba ni por lo más remoto lo que yo tramaba. Lo único que yo perseguía era avivarle el ánimo, que le bullera la sangre en el cuerpo después de tanto tiempo de cargar con la angustia de un pecado ajeno a sus espaldas. Y pensé que podría conseguirlo devolviéndole los escenarios de aquel mundo feliz del que los suyos lo echaron a patadas. La casa de su familia, la bodega, las viñas de su infancia. Así que primero logré traer al Comino desde España para que se congraciaran y después, sin que mi marido lo supiera, le convencí para que cambiara su testamento. Nada más.
Una mueca cargada de acidez se le dibujó en el rostro.
—Tan solo me costó unas cuantas lágrimas falsas y un notario público con pocos escrúpulos: no se imagina lo sencillísimo que resulta para una mujer bien provista alterar las voluntades de un moribundo con la conciencia manchada.
Prefirió pasar por alto la insolencia, le urgía acabar cuanto antes: los Fatou y Soledad esperaban ansiosos en la sala, todo estaba listo. Pero él, implicado hasta los tuétanos entre los escombros de los Montalvo, se negaba a dejarla partir sin antes terminar de entender.
—Prosiga —ordenó de nuevo.
—¿Qué usted más quiere saber? ¿Por qué mi esposo fue tan insensato a la postre como para jugárselo todo con usted en una partida de billar?
—Exactamente.
—Porque me equivoqué de cabo a rabo —reconoció con un rictus de pesar—. Porque su reacción no encajó en mis previsiones, porque no logré ilusionarlo como pretendía. Me creí capaz de proponerle un futuro alentador para los dos: vender nuestras propiedades en Cuba y venir juntos a España, recomenzar en la tierra que tanto añoró. Sin embargo, lejos de lo que yo esperaba, al saberse propietario de todo tras la muerte de su primo, en vez de sentirse reconfortado, se hundió en su perpetua indecisión, y más cuando supo que su prima había regresado con su marido a Jerez.
Se oyeron ruidos desde fuera, pasos, presencias; la noche avanzaba, alguien acudía en su busca. Pero al oírles hablar, quienquiera que fuese optó por no interrumpir.
—¿Sabe qué fue lo peor de todo, Larrea, lo más triste para mí? Confirmar que yo no tenía cabida en sus planes; que si por fin se decidía a volver, no iba a traerme consigo. Por eso no se planteó vender nuestras propiedades en Cuba, ni la casa ni el cafetal, para que yo pudiera seguir subsistiendo sola, sin él. ¿Y sabe qué pretendía apartándome de todo?
No le dejó adelantar sus conjeturas.
—Su único objetivo, su única razón, era reconquistar a Soledad. Y para ello necesitaba algo que no tenía: dinero contante. Dinero para volver pisando fuerte y no como un fracasado suplicando perdón. Para regresar con un proyecto, con un plan ilusionante entre las manos: reflotar el patrimonio, empezar a levantarlo todo otra vez.
La recordó la noche del baile en casa de Casilda Barrón, pidiéndole su complicidad entre la densa vegetación del jardín mientras lanzaba miradas cautelosas hacia el salón.
—Por eso me empeñé en que él no supiera lo que usted me traía desde México: porque eso era lo único que él necesitaba para dar el paso final. Un capital inicial para retornar con solvencia, y no como un perdedor. Para hacerse valer delante de ella y abandonarme a mí.
Las lágrimas, esta vez verdaderas, empezaban a rodarle por el rostro.
—¿Y por qué decidió incluirme en sus maquinaciones, si no es mucho preguntar?
La mezcla del llanto amargo con una mueca repleta de cinismo fue tan incongruente y tan descarnadamente sincera como toda la historia que estaba desentrañando.
—Ese fue mi gran error, señor mío. Meterle a usted por medio, inventarme la patraña de su supuesto afecto hacia mí; en mala hora se me ocurrió. Tan solo pretendía inquietar a Gustavo con una preocupación distinta, para ver si se encendía al ver en peligro al menos su dignidad pública como marido.
Se le tensó el rictus.
—Y lo único que logré fue ponerle en bandeja una cuerda para que se ahorcara.
Al fin. Al fin todo cuadraba en el cerebro del minero. Todas las piezas tenían ya un perfil propio y una posición en aquel complejo juego de mentiras y verdades, de pasiones, derrotas, maquinaciones y amores frustrados que ni los años ni los océanos habían logrado tronchar.
Todo lo que necesitaba saber estaba ya ahí. Y no había tiempo para más.
—Ojalá pudiera darle réplica, señora, pero habida cuenta de las urgencias que nos acosan, creo que lo mejor será que se vaya preparando.
Ella volvió la vista al balcón.
—Yo tampoco tengo más nada que hablar. Ya arrambló usted con mi futuro entero, igual que Soledad Montalvo llevaba décadas machacando mi presente. Pueden estar satisfechos los dos.
Salió dispuesto a dirigirse a la sala familiar, desconcertado, abrumado todavía. Pero había que actuar con premura. Listo, procedamos, iba a decirle a Fatou; ya tendría tiempo de reflexionar más adelante. Pero no pudo avanzar, algo se lo impidió. Una presencia acurrucada en el suelo, entre las sombras mortecinas del pasillo. Una falda extendida sobre las tablas, una espalda encorvada contra la pared. La cabeza hundida entre los hombros, los brazos alrededor, cobijándola. El sonido del llanto quedo de otra mujer. Soledad.
De ella eran los pasos que él oyó llegar por el pasillo mientras la Gorostiza vomitaba sus viejos penares. Ella era quien acudía a avisarle de que la prisa apremiaba, y quien quedó parada junto a la puerta al oír las palabras descarnadas de la mujer de su primo.
Ahora, encogida en un ovillo como un huérfano en una noche de pesadillas, lloraba por lo que nunca supo del ayer. Por las culpas ajenas y las culpas propias. Por lo que le ocultaron, por lo que le mintieron. Por los tiempos pasados, felices y desgarradores según los años y los momentos. Por los que ya no estaban, por todo aquello que perdió a lo largo del camino.