La Templanza

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III. Jerez » Capítulo 51

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El muelle les acogió oscuro y silencioso, lleno de navíos amarrados con gruesas cuerdas al hierro de los noráis, con las velas apretadas contra los mástiles y sin sombra de vida humana. Goletas y faluchos en pleno sopor nocturno, balandras y jabeques adormecidos. Apenas había rastro alrededor de los montones habituales de cajones, toneles y fardos provenientes de otros mundos, ni de los cargadores vociferantes, ni de los carros y recuas que a diario entraban y salían por la Puerta del Mar. Tan solo el ruido del agua oscura batiendo sorda contra la madera de los cascos y la piedra del cantil.

Fatou, el minero y su criado acompañaron en la chalupa a las mujeres hasta el barco salinero. Paulita se quedó en casa, preparando un ponche de huevo —según dijo— para cuando todos regresaran con la humedad metida en los huesos.

Soledad, por su parte, vio partir las siluetas resguardada tras los cierros de una estancia del piso principal. Mauro Larrea la había alzado del suelo del pasillo; estrechándola contra su pecho, la condujo después a un cuarto cercano, mientras se esforzaba tenaz por no dejarse llevar por las pulsiones de su cuerpo y sus sentimientos, intentando obrar con la cabeza fría y la más gélida razón. Yo me encargo, volveré, le susurró al oído. Ella asintió.

No llegó a cruzar ni una palabra con Carola Gorostiza, no hubo tiempo. O quizá, simplemente, no había nada que decir. Qué sentido tenía a esas alturas enviar nada a Gustavo a través de su esposa. Cómo taponar con la precipitación de unas cuantas frases más de veinte años de culpa arbitraria, más de dos décadas de un despecho tan desgarrador como atrozmente injusto. Por eso optó por mantenerse al margen. Con las yemas de los dedos apoyadas sobre los cristales y las lágrimas llenándole los ojos, sin decir adiós a la mujer que, a pesar del vínculo del matrimonio y de los largos años de convivencia, jamás logró suplantarla en los sentimientos de un hombre del que, en otro tiempo y en otro escenario, tampoco se llegó a despedir.

La Gorostiza, conservando digna la compostura, no abrió la boca a lo largo de la breve travesía; a la mulata Trinidad tampoco se la oyó apenas, parecía haber asumido la realidad con resignación. Santos Huesos mantuvo en todo momento la atención desviada hacia las luces de plata de la ciudad.

Si al pasar desde la chalupa al viejo barco carguero la mexicana sospechó que aquel no era el lugar más adecuado para una señora de su clase, lo disimuló con altivo menosprecio. Simplemente, dedicó un somero buenas noches al capitán y exigió que sus pertenencias fueran trasladadas de inmediato a su cabina. Solo cuando quedó encerrada en aquella camareta angosta y opresiva a pesar de los esfuerzos de los Fatou, oyeron desde la cubierta un grito henchido de rabia.

Estaba a punto de librarse de un estorbo que le pesaba como un saco de plomo echado a la espalda, pero el alivio se le mezclaba a Mauro Larrea con una sensación confrontada. Desde que le arrancara con mañas fulleras sus más ocultas intimidades, algo había cambiado en su percepción de aquel ser que, con sus patrañas y sus embustes, había puesto su vida del revés. La mujer que iniciaría su regreso al Nuevo Mundo apenas se intuyera la alborada, la causante de la partida de billar que torció su destino, seguía siendo a sus ojos compleja, farsante y egoísta, solo que ahora él sabía que tras sus actos ocultaba algo que hasta entonces no había sido capaz siquiera de intuir. Algo más allá del mero afán material que le imaginó desde un principio. Algo que en cierta manera la redimía y la humanizaba y que a él le generaba un poso de desconcierto: el ansia desesperada de sentirse querida por un marido que ahora emergía también con un perfil distinto, con sus astillas dolorosas clavadas en el corazón.

En cualquier caso, ya no tenía ningún sentido dar vueltas a las causas y las consecuencias de todo lo que había pasado entre la mexicana y él desde que la conociera en aquella fiesta de El Cerro habanero. Con ella malamente acomodada en su más que modesto camarote, solo una última cosa le restaba por hacer. Por eso, mientras Fatou y el capitán ultimaban detalles junto al puesto de mando, Mauro Larrea llamó a Santos Huesos aparte. El criado fingió no oírle mientras se sentaba en la proa sobre un rollo de sogas. Volvió a llamarle sin resultado. Seis pasos después lo agarró por el brazo y lo forzó a levantarse.

—¿Me quieres escuchar, cabrón?

Estaban ya frente a frente, ambos con las piernas separadas para mantener el equilibrio a pesar de la mar tranquila de aquella noche atlántica. Pero el criado se resistía a alzar la vista.

—Mírame, Santos.

Lo esquivó, enfocando hacia el agua negra.

—Mírame.

Jamás había rehuido una orden de su patrón a lo largo de los muchos años que llevaba siendo su sombra. Excepto aquella vez.

—¿Tanto en verdad le costaría dejarme un rato nomás en paz?

—Allá tú si no quieres saber que la doña cumplió su palabra.

Solo entonces alzó el indio los ojos brillantes.

—La muchacha es libre —dijo el minero llevándose la mano al pecho y palpando el papel resguardado en el bolsillo interior de la levita—. Voy a entregar al capitán el escrito en el que así consta; él se encargará de hacerlo llegar a don Julián Calafat.

En nombre de Dios todopoderoso, amén. Sépase que yo, María Carola Gorostiza y Arellano de Zayas, dueña en plenitud de todas mis facultades en el momento que este documento escribo, ahorro y liberto de cualquier sujeción, cautiverio y servidumbre a María de la Santísima Trinidad Cumbá y sin segundo apellido, la cual dicha libertad le doy graciosamente y sin estipendio alguno para que como persona libre disponga de sus derechos y su voluntad.

Aquello era lo que le había obligado a redactar sobre el buró de su cuarto: la manumisión de la joven por la que penaba su fiel Santos Huesos.

Cuando quiera, Mauro. La voz de Fatou se oyó a sus espaldas antes de que el criado pudiera reaccionar.

—Ándate a la carrera a decirle a Trinidad que vuele a casa del banquero tan pronto desembarque en La Habana —añadió bajando el tono—. En cuanto lea este documento, él le indicará cómo debe proceder.

Al criado, entumecido, le faltaron las palabras.

—Ya pensaremos cómo pueden reencontrarse cuando sea momento —zanjó él palmeándole con vigor el hombro como para ayudarle a salir del desconcierto—. Ahora, apúrate y vámonos.

Nadie tendría que esperarles en el muelle, pero les aguardaba una silueta oscura portando un farol. A medida que se fueron acercando, distinguieron dentro de ella a un muchacho. Un esportillero a la caza del último acarreo del día, o un pillastre de la calles, o un enamorado contemplando la negrura de la bahía mientras penaba, ay, por un querer infeliz; nada que ver con ellos seguramente. Hasta que, a punto de desembarcar, lo oyeron.

—¿Alguno de los señores responde a las señas de Larrea?

—Servidor —dijo tan pronto tocó tierra firme con los dos pies.

—Le reclaman en la fonda de Las Cuatro Naciones. Sin demora, a ser posible.

Algo se le había torcido a Ysasi con el inglés, no necesitó preguntar.

—Aquí nos despedimos de momento, amigo mío —dijo tendiendo una mano precipitada a Fatou—. Inmensamente agradecido quedo por su generosidad.

—Tal vez pueda acompañarle…

—Ya he abusado de usted lo suficiente, mejor será que le deje volver a casa. Hágame el favor, no obstante, de poner a la señora Claydon sobre aviso. Y ahora le ruego que me disculpe, pero debo ausentarme de inmediato; me temo que no se trata de un asunto menor.

Por aquí, señor, advirtió el muchacho impaciente haciendo oscilar la luz. Tenía orden de acompañarles hasta la fonda a la carrera, y no estaba dispuesto a perder el real comprometido. Y el minero le siguió a zancadas, con Santos Huesos detrás aún rumiando desconcierto.

Salieron del puerto, recorrieron la calle del Rosario y el callejón del Tinte al fin, sin apenas más transeúntes a esas horas que algún alma triste envuelta en harapos adormecida contra una fachada. Pero no lograron llegar a la fonda: se lo impidió alguien que emergió en mitad de la plaza de Mina y les paró entre las sombras de los ficus y las palmeras canarias.

—Toma —dijo Ysasi tendiéndole una moneda al mozo—. Déjanos la lámpara y arrea.

Aguardaron a que se desvaneciera en la oscuridad.

—Se va. Ha encontrado un barco que lo lleva a Bristol.

Sabía que el médico se estaba refiriendo a Alan Claydon. Y sabía que aquello era una absoluta contrariedad porque significaba que en ocho días, diez a lo sumo, el hijastro estaría en Londres emponzoñando los asuntos familiares otra vez. Para entonces, Sol y Edward apenas habrían tenido tiempo de recluirse.

—Me lo traje desde Jerez convencido él de que iba a partir para Gibraltar por mi pura cortesía, pero hemos tenido la mala ventura de coincidir en el comedor de la fonda con tres ingleses; tres importadores de vino que celebraban con una buena cena la última noche de su estancia en España. Sentados unas mesas más allá, hablaban de botas y galones de oloroso y amontillado, de las excelentes operaciones que habían conseguido; de calidades y precios, y de la urgencia que tenían por colocarlo todo en el mercado.

—Y él les oyó.

—No solo. Les oyó, se levantó de la mesa y se acercó a ellos, les habló.

—Y les pidió que lo llevaran directo a Inglaterra.

—En un sherry ship listo para zarpar cargado de vino hasta el palo mayor. A las cinco de la mañana han quedado en reencontrarse.

—Pinche malaventura.

—Eso exactamente pensé yo.

Imbécil, se dijo entonces. Cómo se le ocurrió proponer al médico que expusiera abiertamente al hijastro en un establecimiento público dentro de una ciudad en la que sus compatriotas no escasean. Obsesionado como estaba por desembarazarse de la Gorostiza, abstraído por la posible venta inminente de las propiedades y por las exasperantes decisiones de Nicolás, no había tenido en cuenta ese detalle. Y el detalle se acababa de convertir en un descomunal error.

Hablaban en la semioscuridad de la plaza que antaño fuera la huerta del convento de San Francisco, de pie y en tono quedo con los cuellos de los capotes alzados, bajo el enrejado de hierro por el que trepaban sombrías las buganvillas sin flores.

—No se trata de simples comerciantes de paso: esos ingleses son gente del negocio con sólidos contactos por aquí —prosiguió Ysasi—. Conocían a Edward Claydon, se mueven en el mismo circuito, así que, a lo largo de los días de travesía conjunta hasta la Gran Bretaña, tendrán tiempo a montones para enterarse de todo lo que Alan tenga a bien contarles, y él para dosificar sus infundios.

—Buenas noches.

La voz femenina a unos pasos de distancia le erizó la piel. Soledad se acercaba a su espalda, embozada en su capa de terciopelo, rasgando la noche con el ritmo ágil de sus pies. Decidida, preocupada, llevando a Antonio Fatou a un costado. Los saludos fueron breves y con voces apagadas, sin moverse de la umbría de los jardines. El lugar más seguro, sin duda. O el menos comprometedor.

Apenas estuvieron cerca, Mauro Larrea apreció en sus ojos el rastro de su llanto amargo. Escuchar tras la puerta las descarnadas confesiones de la Gorostiza sobre su primo Gustavo había desmontado de un golpe atroz el entramado sobre el que su familia construyó una cruel e injusta versión de la realidad. No debía de ser fácil para ella asumir la verdad desconcertante más de veinte años después. Pero la vida sigue, pareció decirle la jerezana en un fugaz diálogo mudo. El dolor y el remordimiento no me pueden lastrar ahora, Mauro; ya llegará el momento de que me enfrente a ellos. De momento, debo continuar.

Un escueto gesto le sirvió a él para decir de acuerdo. Y después, también sin palabras, le preguntó qué hacía Fatou allí otra vez. Bastante incordio le causamos ya; bastantes mentiras le contamos y bastante nos expusimos ante él, vino a decirle. Ella lo tranquilizó alzando la curva de una de sus armoniosas cejas. Comprendido, replicó mediante un leve movimiento del mentón. Si lo trajiste contigo, alguna razón tendrás.

El médico les resumió el problema sobrevenido con un puñado de breves frases.

—Eso inhabilita lo previsto —musitó Sol por respuesta.

Qué carajo es lo previsto, pensó él. En el tumultuoso día que llevaba a cuestas, nada, absolutamente nada, había tenido tiempo de prevenir.

Las palabras de Fatou justificaron entonces su presencia entre ellos.

—Disculpen mi intromisión en este asunto ajeno, pero la señora Claydon me puso al tanto de su desafortunada situación familiar. A fin de contribuir a solventarla, yo le había ofrecido la posible solución de embarcar a su hijastro hasta Gibraltar en un laúd de cabotaje. Pero no está previsto que zarpe, en cualquier caso, hasta pasado mañana.

Así que por eso estás aquí, mi querido amigo Antonio, se dijo el minero ocultando una mueca cargada de sarcasmo. Tú también tienes sangre caliente en las venas y a ti también te cautivó nuestra Soledad. Por delante había ido ella, como siempre: ni una puntada sin hilo daba nunca la última de los Montalvo. Ahora entendía Mauro Larrea la razón por la que ella se había quedado a lo largo del día entero en Cádiz. Para ir avanzando: tanteando a Fatou, persuadiéndole sutilmente, seduciéndole como le había seducido a él. Conquistando, en definitiva, la voluntad del comerciante con el objetivo único de canalizar lo antes posible el destino de Alan Claydon. Y el de ella y su marido tras él. Naturalmente.

El silencio trepó por las datileras y se enredó entre los troncos de los magnolios; oyeron luego al sereno dar las doce menos cuarto con su chuzo y su linterna desde uno de los costados de la plaza. Entretanto, formando un pequeño corro, cuatro cerebros cavilaban bajo las estrellas sin hallar salida alguna.

—Mucho me temo que esto se nos va de las manos —concluyó Ysasi con su habitual tendencia a ver siempre la botella medio vacía.

—De ninguna de las maneras —solventó tajante Soledad.

La cabeza que emergía de entre los pliegues de terciopelo de una elegante capa de factura parisina acababa de tomar una decisión.

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