La Templanza

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III. Jerez » Capítulo 52

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A partir de ahí, todo fue movimiento. Pasos, zancadas, cruce de órdenes, más de una carrera. Recelos e incertidumbre a borbotones. Dudas, resquemor. Quizá todo fuera un desatino disparatado. Quizá aquella fuera la más temeraria de todas las formas posibles de sacar a Alan Claydon del mapa durante una larga temporada pero, con la madrugada soplándoles en la nuca como una bestia hambrienta, o procedían con presteza, o Bristol acabaría ganando el lance.

Las tareas y funciones quedaron repartidas de inmediato. En la calle de la Verónica urgieron a la joven Paulita para que preparara un escueto equipo de viaje con un puñado de prendas masculinas en desuso; cuatro marineros de confianza fueron sacados del sueño recién agarrado; el anciano Genaro compuso unos cuantos bultos con avituallamiento adicional. Era cerca de la una cuando el doctor entró de nuevo en la fonda.

—Tenga la amabilidad de despertar al caballero inglés del cuarto número seis, haga el favor.

El mozo de noche le miró con cara de sueño.

—El aviso lo tengo para las cuatro y media, señor mío.

—Hágase a la idea de que acaban de sonar —dijo deslizando un duro sobre el mostrador. Sabía que Claydon no tendría manera de saber la hora exacta en la que el mundo se movía: por fortuna para ellos, el reloj fue lo primero que los bandoleros le limpiaron.

El hijastro llegó en apenas minutos al patio central. Llevaba los pulgares entablillados con vendas y un corte en la mejilla; la piel antes clara y cuidada del rostro lucía ahora el desgaste de una jornada tremebunda pasada en el fondo de un barranco: pruebas tangibles de los penosos momentos que le brindó aquel país del sur, fanático y estrafalario, con una de cuyas hijas —para su contrariedad— decidió casarse su padre. Todo lo acontecido durante su breve estancia en España había sido violento, brutal, demencial: la irrupción a patada limpia del supuesto amante de su madrastra en el dormitorio, el indígena que le destrozó los pulgares sin alterar su pacífico semblante, el atraco de unos salteadores de caminos que estuvieron a punto de afanarle hasta el apellido. A juzgar por el paso raudo con el que Ysasi le vio aproximarse, debía de ser inmensa su avidez por abandonar cuanto antes aquella tierra desventurada.

Una mueca poco grata, sin embargo, se le asomó al no hallar ni sombra de los marchantes de Bristol.

El doctor lo tranquilizó. Acaban de salir hacia el muelle para arreglar los últimos trámites, dijo con el inglés que aprendió entre las institutrices de los Montalvo; se ha adelantado la hora del embarque previniendo adversos cambios de tiempo, yo mismo le acompañaré. La suspicacia pasó fugaz por el rostro de Alan Claydon pero, antes de poder dar una segunda pensada a las palabras del médico, este profirió un contundente come on, my friend.

Habían convenido que fueran Ysasi y Fatou los únicos que dieran la cara acompañándole. El médico era una carta segura porque ya tenía ganada su confianza. Y el joven heredero de la casa naviera porque, encandilado por los habilidosos e interesados encantos de Soledad, había decidido ponerse ciegamente de su lado desoyendo las mil sensatas razones que le dictaban tanto su esposa como el sentido común.

En el muelle les esperaban dos botes amarrados a la espera, cada uno con un par de marineros a los remos: recién sacados a toda prisa de sus jergones, preguntándose aún somnolientos qué bicho le habría picado al señorito Antonio para ofrecerles un duro de plata por cabeza si salían a esas horas a la mar. Fatou, lógicamente, no se identificó ante el hijastro por su nombre, pero sí actuó con toda la seriedad posible, comunicándose con el recién llegado en el inglés formal que cotidianamente utilizaba en su negocio para mover sus mercancías desde la piel de toro hasta la Pérfida Albión. Cuatro o cinco vaguedades respecto al falso viento cambiante o una improbable niebla matutina, un par de menciones a los gentlemen from Bristol que ya habían partido supuestamente hacia el sherry ship anclado en la bahía, y la urgencia de que míster Claydon les siguiera lo antes posible. Choque de manos de despedida; thank you por aquí, thank you por allá. Sin opción ya para la duda o el arrepentimiento, el hijastro se acomodó mal que bien en la pequeña embarcación. La negrura de la noche no les impidió ver el desconcierto que aún llevaba pintado en el rostro cuando el cabo de amarre quedó suelto. Ysasi y Fatou lo contemplaron desde el cantil mientras los boteros comenzaban a remar. Vaya con Dios, amigo. God bless you. May you have a safe voyage.

Le concedieron unos minutos a fin de no amargarle la breve travesía antes de tiempo. Rumbo a la Gran Antilla lo mandaban, sin contemplaciones y sin él saberlo. A una isla caribeña bulliciosa, calurosa, agitada y palpitante, donde el inglés sería un intruso pobremente acogido y de donde —sin contactos ni dinero como iba— confiaban en que le costara un largo infierno retornar. En cuanto estimaron que la distancia era prudente, de las bambalinas entre las tinieblas emergió el resto de la troupe para culminar la función. El mayordomo Genaro y un joven criado de la casa acarrearon hasta el segundo bote las provisiones. Más pipas de agua, más comida, otro par de colchones, tres mantas, un quinqué. Soledad se unió a Antonio Fatou y a Manuel Ysasi para comentar las últimas impresiones, y Mauro Larrea, entretanto, reclamó a su lado a Santos Huesos bajo un toldo de lona junto a la muralla.

—Déjeme un momentito nomás, patrón, que acabe de ayudar.

—Ven para acá, no hay momento que valga.

Se acercó sosteniendo todavía un costal de habichuelas a la espalda.

—Te vas con ellos.

Dejó caer el fardo al suelo, desconcertado.

—No me fío un pelo del inglés.

—¿En verdad me está pidiendo que vuelva a Cuba sin usted?

Su agarradero, su sitio en el mundo, la razón de sus vaivenes. Todo aquello era para el muchacho ese minero que lo sacó del fondo los pozos de plata a los que le había arrastrado la puritita necesidad cuando no era más que un resbaloso chamaco de huesos afilados dentro de un pellejo cobrizo.

—Al lado del hijoputa te quiero durante toda la travesía, con los ojos bien abiertos —prosiguió agarrándole los hombros—. Atiéndelo hasta donde te permita y evítale en lo posible el contacto con la Gorostiza. Y si hablaran entre ellos, cosa que dudo porque ninguno conoce la lengua del otro, tú no te despegues de su lado, ¿está claro?

Asintió con un ademán, incapaz de soltar palabra.

—Una vez en La Habana —prosiguió sin un respiro—, se esfuman para que ninguno de los dos pueda encontrarlos. Calafat te dirá adónde podrán ir, entrégale esta misiva en cuanto llegues.

Le suplico mediante la presente, mi querido amigo, que proteja a mi criado y a la mulata liberta refugiando a ambos fuera de la ciudad. Eso era lo que decía el mensaje garabateado. En algún momento próximo le haré saber acerca de mi paradero y compensaré debidamente el servicio prestado, continuaba. Para rematar la breve nota, un guiño preñado de sorna que el viejo banquero sabría interpretar. Agradecido de antemano, se despide su ahijado el gachupín.

—Y llévate contigo también esto —añadió después.

Sus últimos dineros, resguardados hasta entonces en casa de Fatou, pasaron de mano a mano: a partir de ahí, o vendía el patrimonio con presteza, o las dentelladas a la bolsa de la condesa se convertirían en una realidad.

—Tuyo es —dijo hundiendo la bolsa en el estómago de un Santos Huesos sin capacidad de reacción—. Pero úsalo con cabeza, ya sabes que no hay más. Y ojo con la muchacha mientras estén a bordo: a ver si las calenturas de la entrepierna no nos juegan de nuevo una mala pasada. Después enfila tu vida, mi hermano, hacia donde tú quieras llevarla. A mi lado siempre tendrás un sitio, como conforme estaré también si al cabo decides quedarte en las Antillas.

Algo húmedo recorrió el rostro del chichimeca bajo la luna creciente.

—No me salgas con sentimentalismos, criatura —advirtió con una falsa carcajada destinada a aliviar la congoja mutua del momento—. Jamás vi a un hombre de la sierra de San Miguelito soltar ni media lágrima; no vayas a ser tú el primero, cabrón.

El abrazo fue tan fugaz como sincero. Ándale, sube al bote. Mantente alerta siempre, no te me apachurres. Cuídate mucho. Y cuídala.

Se giró tan pronto oyó el primer chapoteo de los remos; prefirió no quedarse a contemplar cómo, rumiando una zozobra tan grande como el cielo que les resguardaba, aquel muchacho que se había convertido en un hombre bajo su ala se alejaba mecido por el vaivén de las aguas negras hacia el barco fondeado. Bastante amargo había sido ver a Nicolás despegarse de él aquel mismo mediodía; ninguna necesidad tenía de clavarse dos cuchilladas seguidas en el mismo lado de las entrañas.

Emprendieron en grupo y en silencio el camino de vuelta hacia la calle de la Verónica, masticando cada uno con las muelas de su propia conciencia las implicaciones de la tropelía que entre todos acababan de perpetrar. Hasta que al embocar la calle del Correo, Soledad ralentizó sus pasos y sacó algo de entre los pliegues del vestido.

—Esta misma mañana llegaron dos cartas; Paula me pidió que te las entregara, por si ella no te veía.

Detenido momentáneamente bajo la luz de un farol de hierro, distinguió las huellas palpables del desgaste en dos misivas que habían sorteado valles, montañas, islas y océanos hasta llegar a él. En una distinguió la pulcra caligrafía de su apoderado Andrade. En la otra, el remite oscuro de Tadeo Carrús.

La segunda la deslizó a un bolsillo; el lacre de la primera lo rompió sin miramientos. La fecha databa de un mes atrás.

Después de un día y medio de parto laborioso —rezaba—, tu Mariana alumbró anoche a una criatura radiante que sacó el coraje de su abuelo agarrado a los pulmones. A pesar del cerril empeño de tu consuegra, ella se niega a cristianarla como Úrsula. Elvira será su nombre, como lo fue el de su madre. Dios las bendiga y Dios te bendiga a ti, hermano, allá donde estés.

Alzó los ojos hacia las estrellas. Los hijos que se iban y los hijos de los hijos que llegaban: el ciclo de la vida, casi siempre incompleto y casi siempre aleatorio. Por primera vez en muchos años, Mauro Larrea sintió unas ganas insensatas de llorar.

—¿Todo correcto? —Oyó entonces junto a su oído.

Una mano sin peso se le asentó en el brazo, y él se tragó de un golpe la desazón y volvió a la realidad de la noche portuaria y a la única certeza que le quedaba intacta cuando ya ninguna de sus defensas se tenía en pie.

Esta vez no fue capaz de contenerse. Agarrándola por la muñeca la atrajo hacia el doblez de una esquina, donde nadie podría verles si volvían la mirada preguntándose dónde diablos estaban. Le rodeó el rostro con sus manos grandes y castigadas; deslizó los dedos alrededor del cuello esbelto, se aproximó. Con ansia primaria fundió sus labios con los de Soledad Montalvo en un beso grandioso que ella aceptó sin reservas; un beso que contenía todo el deseo embarrancado a lo largo de los días y toda la abismal angustia que le estrangulaba el alma y todo el alivio del mundo porque al menos una, una única cosa entre las mil calamidades que lo acuciaban como espolones, había salido bien.

Siguieron besándose protegidos por la madrugada llena de salitre y por el cercano campanario de San Agustín, arropados por el olor a mar, apoyados sobre la piedra ostionera de una de tantas fachadas. Desinhibidos, apasionados, irresponsables; amarrados uno a otro como dos náufragos bajo las torres y las azoteas de aquella ciudad ajena, contraviniendo las más elementales normas del decoro público. La jerezana distinguida, cosmopolita y bien casada, y el indiano traído por los vientos de Ultramar, enredados a la luz de las farolas callejeras como una simple hembra sin ataduras y un bronco minero indomable, desprovistos por unos momentos de temores y corazas. Puro deseo, pura víscera. Puro poro, saliva, calor, carne y aliento.

Su boca ávida recorrió los huesos de la clavícula de Soledad hasta acabar en el refugio profundo del hombro bajo la capa, anhelando anidar allí por los siglos de los siglos mientras pronunciaba su nombre con voz ronca y sentía un anhelo rabioso enroscado entre las piernas, el vientre y el corazón.

Apenas a unos pasos, sonó contundente la tos asmática de Genaro. Sin verles, les avisaba discretamente de que alguien lo mandaba en su busca.

Los dedos largos de ella dejaron de acariciar la mandíbula en la que a aquellas horas ya despuntaba una barba cerrada.

—Nos esperan —le susurró al oído.

Pero él sabía que no era cierto. Nada ni nadie le esperaba en ningún sitio. Entre los brazos de Sol Claydon era el único lugar del universo en el que ansiaba quedarse para siempre anclado.

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