La Templanza
III. Jerez » Capítulo 53
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Ninguno se abandonó al sueño durante el regreso a pesar del cansancio que acumulaban. Soledad, mecida por el traqueteo acompasado de las ruedas sobre los baches del camino, reclinaba la cabeza contra un lateral del carruaje con los ojos cerrados. A su lado, Mauro Larrea intentaba sin resultado que el buen raciocinio volviera a su ser. Y entre ambos, al cobijo de los frunces de la falda y de la oscuridad, diez dedos entrelazados. Falanges, yemas, uñas. Cinco de ella y cinco de él, aferrados como conversos a una fe íntima y común mientras allá fuera, tras los cristales, el mundo era turbio y era gris.
Sentado frente a ambos iba Manuel Ysasi, adusto tras la barba negra y su eterna carga de opacos pensamientos.
Tenían previsto llegar a Jerez al alba, cuando la ciudad aún se estuviera quitando las legañas para desplegarse en lo que podría haber sido una mañana como otra cualquiera, con los trabajadores entrando en las grandes casas o saliendo al campo o acudiendo a las bodegas; con las campanas de las iglesias repicando, y las mulas y los carros arrancando sus andanzas cotidianas. Apenas les quedaba media legua para adentrarse en ese previsible ajetreo cuando aquella promesa de cotidianeidad reventó en el aire con la violencia de una pila de pólvora prendida por una antorcha al amanecer.
En un principio no fueron conscientes de nada, protegidos como iban por la caja del carruaje y las cortinas de hule: ni oyeron la galopada febril que se les acercaba levantando un polvo denso, ni identificaron el rostro del jinete que se les cruzó en diagonal en medio del camino. Solo cuando las bestias ralentizaron bruscamente el trote, intuyeron que algo ocurría. Descorrieron entonces las cortinillas e intentaron asomarse. Mauro Larrea abrió la portezuela. Entre polvareda, relinchos y desconcierto, junto al carruaje, a lomos del caballo recién llegado, distinguió una figura del todo fuera de sitio.
Descendió de un salto y cerró tras de sí con un portazo, aislando a Soledad y al doctor de lo que estaba a punto de oír de boca de Nicolás.
—El convento.
El joven señaló el norte. Un humo del color del pellejo de una rata se alzaba sobre los tejados de Jerez.
Soledad abrió entonces la portezuela.
—¿Puede saberse qué es lo que…? —preguntó descendiendo por sí misma con agilidad.
Ante las miradas pétreas del minero y de su hijo, giró la cabeza en idéntica dirección. El rostro se le contrajo en un rictus de angustia. Los dedos que antes se amarraban a los suyos en un cálido nudo se le clavaron ahora en el brazo como garfios de carnicero.
—Edward —musitó.
Él no tuvo más remedio que asentir.
Transcurrieron unos instantes de quietud agarrotada, hasta que el doctor, fuera ya del carruaje y también consciente de lo acontecido, empezó a disparar preguntas. Cuándo, dónde, en qué manera.
—Empezó pasada la medianoche en una de las celdas, imaginan que la causa fue un simple cabo de vela o un candil —arrancó el muchacho. Llevaba pelo, cara y botas manchados de ceniza—. Los vecinos han estado ayudando toda la madrugada; por suerte, el fuego no tocó la iglesia, pero sí las dependencias de las religiosas. Alguien mandó aviso desde dentro a la residencia de los Claydon y el mayordomo, sin saber a quién acudir, me sacó de la cama; con él fui hasta allá, los dos intentamos…, intentamos… —Dejando la frase inconclusa, sus palabras cambiaron de rumbo—. Ya está prácticamente extinguido.
—Edward —repitió queda Soledad.
—Lograron poner a salvo a las madres, se las llevaron a casas particulares —prosiguió el chico—. Falta tan solo una, al parecer. —Bajó entonces el tono—. Nadie habló de un hombre.
La remembranza de Inés Montalvo, de la madre Constanza, se entreveró con el frío de la primera mañana.
—Mejor será no perder tiempo —dijo el minero con intención de que todos volvieran al carruaje.
Ella no movió los pies del suelo.
—Vamos, Sol —insistió el doctor pasándole un brazo por los hombros.
Siguió sin reaccionar.
—Vamos —repitió.
El alazán en el que Nicolás había llegado relinchó entonces. Era el mismo ejemplar de la cuadra de los Claydon que ella montara cuando fueron a La Templanza por primera vez. Al oírlo, Soledad sacudió brevemente la cabeza, cerró y abrió los ojos en un veloz parpadeo y pareció retornar al presente. A tomar las riendas, como siempre. Esta vez en el sentido más literal.
Se acercó al animal, le palmeó la grupa. Los tres hombres entendieron de inmediato lo que pretendía y ninguno osó frenarla. Fue Nico quien la ayudó a montar. Apenas arrancó el trote con su capa al aire, ellos se lanzaron al carruaje azuzando al cochero. En pos de ella salieron, entre nubes de polvo y tierra levantada, atronados por el ruido de los cascos y del hierro de las ruedas al saltar encabritadas sobre las piedras mientras la espalda esbelta de Soledad Montalvo se iba empequeñeciendo en la distancia para adentrarse sola entre las calles de la ciudad y en una incertidumbre tan viscosa y negra como la brea.
El galope tendido del alazán ganó a los caballos de tiro por la mano, no tardaron en perderla de vista.
Llegaron a las cercanías del convento con los corceles echando espuma por la boca. A pesar de intentarlo entre gritos, amagos y bravatas, no lograron adentrar el carruaje en la pequeña plaza abarrotada. Descendieron de un salto; padre, hijo y doctor empezaron a abrirse paso con esfuerzo entre la muchedumbre que aún se agolpaba con las primeras claras del día. Tres bodegas cercanas, según oyeron decir mientras avanzaban a empujones, habían aportado bombas de agua para combatir el desastre. Tal como había adelantado Nicolás, habían logrado que el fuego no saltara a la iglesia. Otra cosa era el propio convento.
Desperdigados por el suelo entre charcos y montones de escombros, iban tropezando con cubos de madera volcados, cántaros de barro y hasta lebrillos de las cocinas que los vecinos aterrados se habían pasado de mano en mano a lo largo de la madrugada, formando largas cadenas humanas desde los pozos de los patios aledaños. Sorteando el gentío y los enseres lograron alcanzar la fachada: abrasada, renegrida, devastada por un fuego del que ya solo quedaban rescoldos. Frente a esta, un rodal se había abierto entre el tumulto de almas. En medio estaba el caballo exhausto con los ollares temblorosos, un Palmer desgastado y sucio le sostenía las riendas. A su lado, paralizada frente al estrago, Soledad.
Jerez era, a la larga y a la corta, un reducto en el que todos se conocían, y en el que el ayer y el hoy subían y bajaban por escaleras paralelas. Y, si no, siempre había alguien capaz de establecer la relación. Por eso, ante la vista de aquella distinguida señora que contemplaba el lúgubre escenario con los puños contraídos y el rostro velado por la ansiedad, el comadreo empezó a correr de boca en boca. En murmullos y rumores primero, sin recato después. Es la hermana de una de las monjas, se decían unos a otros dándose codazos en los riñones. Señoritas de las finas finas; mírala qué bien plantada y qué buen trapío tiene; esa capa de terciopelo que lleva puesta vale lo menos trescientos reales. Nietas de un bodeguero de campanillas, hijas de un pájaro de aquí te espero, ¿no se acuerda usted? Para mí que esta es la que casó con un inglés. Lo mismo es hermana de la madre superiora. O de la que dicen que no aparece, a saber.
La flanquearon como guardia pretoriana. Ysasi a su derecha, los Larrea por la izquierda: hombro con hombro todos frente a la desolación. Jadeantes, sudorosos, aspirando aire sucio con aliento entrecortado e incapaces todavía de calibrar la envergadura y las consecuencias de lo acontecido. Sobre sus cabezas se mecían cadenciosas centenares de cenizas y volutas negras; entre los pies les crujían las últimas brasas menudas. Ninguno fue capaz de decir ni media palabra y las voces de los vecinos y los curiosos, entre avisos quedos y bisbiseos, se fueron acallando. Hasta que el silencio cubrió la escena como un gran manto de sobrecogedora quietud.
Se oyó entonces un ruido aterrador, como las ramas tronchadas de un árbol gigantesco. A continuación llegó el sonido de piedras y cascotes rodando, chocando entre sí. Se ha desplomado parte del claustro, anunció a gritos un muchacho que apareció a la carrera desde un lateral. Soledad volvió a apretar los puños, los tendones del cuello se le tensaron. Mauro Larrea la contempló de reojo, intuyendo lo que iba a venir a continuación.
—No —zanjó rotundo. Y, a modo de tranca, extendió un brazo en horizontal contra su cuerpo, frenando el paso que ella pretendía dar.
—Tengo que encontrarlo, tengo que encontrarlo, tengo que encontrarlo…
La catarata comenzó a borbotear en sus labios con cadencia febril. Al ser consciente de que el brazo del minero iba a seguir bloqueándola como una barrera, ella se volvió hacia el doctor.
—Tengo que entrar, Manuel, tengo que…
La reacción de su amigo fue idénticamente firme. No.
La sensatez apuntaba a que ambos hombres tenían razón. Las llamas ya no ardían con la furia de horas antes, pero las secuelas amenazaban con la misma magnitud. Con todo. Aun así.
Fue entonces cuando ella, en un movimiento felino, se deshizo de su brazo y lo agarró por las muñecas con la fuerza de dos cepos de caza, obligándole a mirarla de frente. A pesar de lo improcedente, al cuerpo y el ánimo del minero, como empujados por un caudal salido de madre, retornaron en tropel mil sensaciones. El beso profundo que los había unido solo unas horas antes, voraz y glorioso entre las sombras. Su boca recorriéndola hambriento, ella entregada sin evasivas; las manos que ahora le presionaban como tenazas transitando entonces ávidas por la nuca masculina, por el rostro, por los ojos, abriéndose paso en las sienes para enredarse entre el pelo, bajando por el cuello, clavándose en los hombros, aferradas a su pecho, a su torso, a su esencia y su ser. Las entrañas y el deseo de Mauro Larrea, ajenos a la frialdad de cirujano que el momento requería, se volvieron a avivar como candelas sopladas por un gran fuelle de cuero. Deja de desbarrar, cabrón, se ordenó a sí mismo con brutalidad.
—Tengo que encontrarlo…
No le costó anticipar lo que a continuación pretendía pedirle. En algún lugar del convento, quizá en algún rincón piadosamente indultado por las llamas, tal vez en alguna esquina que misericordiosamente no llegó a ser rozada por el fuego, puede que Edward se esté aún aferrando a una brizna de esperanza. Puede que siga vivo, Mauro. Si no me dejas entrar, encuéntralo tú por mí.
—Pero ¿es que te has vuelto loco tú también, hombre de Dios? —tronó el doctor.