La Templanza

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III. Jerez » Capítulo 55

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Se oyeron gritos de júbilo entre el gentío. ¡Milagro, milagro!, corearon las mujeres entrelazando los dedos a la altura del pecho y elevando los ojos al cielo. ¡La beata Rita de Casia ha hecho un milagro! ¡El Niño de la Cuna de Plata ha hecho un milagro! Se oyeron palmas, se oyeron loas. Los zagales daban saltos y lanzaban pitos con huesos huecos de melocotones. Un vendedor de carracas hacía sonar desaforado su mercancía.

Sol Claydon y los hombres a sus flancos, sin embargo, mantuvieron un silencio pétreo con la respiración contenida.

Las siluetas emergían de la oscuridad cada vez con mayor nitidez. Mauro Larrea, inmundo y con el torso desnudo, llevaba agarrada a la madre Constanza. O a Inés Montalvo, según. La ayudaba a sortear restos calcinados y rescoldos que aún echaban humo a fin de evitar que se quemara los pies descalzos. Él había improvisado un cabestrillo con los pringosos restos de la camisa, para seguir acunando su brazo díscolo. Ambos entrecerraron los ojos al recibir la luz de la mañana.

No, fue la respuesta que dio desde la distancia y sin palabras al rostro acongojado de Soledad. No encontré a tu marido. Ni vivo ni muerto. No está.

Se separó entonces de la religiosa, notó a Nico a su vera recibiéndolo eufórico, alguien le tendió un jarrillo de agua fría que bebió con avidez; su hijo le echó después un cubo entero por encima y con él se arrancó del cuerpo una capa de ceniza mezclada con aceite y sudor. La desazón, sin embargo, se le quedó incrustada dentro de todos los poros.

Mientras todo eso ocurría, él no había dejado de mirarla. O de mirarlas. A las dos. Unos cuantos pasos, el amor de un hombre y más de media vida bajo distintas banderas separaban a las hermanas Montalvo. Una se cubría con vestimentas distinguidas, la otra con un burdo camisón de lienzo medio quemado. Una llevaba la melena recogida en un moño que a esas horas ya estaba prácticamente deshecho pero que, con todo, aún denotaba su elegancia natural. La otra, sin toca, tenía el cráneo casi rasurado y una quemadura que el tiempo acabaría tornando en una fea cicatriz.

A pesar de la abismal incongruencia entre el aspecto de ambas, él por fin percibió cuán parecidas eran.

Se observaban cara a cara, inmóviles. Soledad fue la primera en reaccionar, dando un paso lento hacia Inés. Luego otro. Y un tercero. Alrededor de ambas se había despejado el espacio y se había hecho el silencio. Manuel Ysasi se tragaba la zozobra como quien traga una amarga medicina; Palmer parecía a punto de perder su flema ante la persistente falta de noticias de milord. Nicolás, ajeno a gran parte de la historia, intentaba intrigado atar cabos sin lograrlo. Mauro Larrea, con el agua de un segundo cubo todavía chorreándole sobre el pelo y el pecho, se sostenía el codo atenazado por el dolor mientras seguía preguntándose dónde carajo podría haberse metido el esposo perturbado.

La bofetada restalló como un latigazo, alrededor sonaron voces de estupor. Inés Montalvo, con el rostro vuelto por el efecto del golpe, comenzó a sangrar por la nariz. Transcurrieron unos momentos agónicos, hasta que lentamente enderezó la posición de la cabeza, frente a frente de nuevo con su hermana. No se movió ni una mera pulgada más. No se llevó la mano a la mejilla enrojecida, ni soltó una protesta o un quejido. Sabía lo que aquello significaba, el porqué de esa violencia incontenible. Unos gruesos goterones de sangre le rodaron por el camisón.

Fue entonces cuando Sol, descargada de su rabia, abrió los brazos. Esos brazos largos que a él le cautivaban y le seducían y que jamás se cansaba de contemplar. Los que le abrazaron en Cádiz en la madrugada bajo el cobijo de la torre de San Agustín; los que se extendieron como alas de gaviota para mostrarle la sala de juego de los Montalvo y reposaron en su espalda cuando bailaron juntos valses y polonesas hacía ya un siglo. ¿O quizá fue tan solo un par de noches atrás? Sus brazos, en cualquier caso. Cansados ahora, entumecidos por la tensión de los últimos días y las últimas horas. Con ellos se aferró al cuello de su hermana mayor. Y las dos, cobijadas una en otra, por los tiempos pasados y el dolor del presente, arrancaron a llorar.

—Tiene que venir ahora mismo, don Mauro.

Se giró brusco. En la laringe se le atragantaba todavía una masa compacta de cenizas mezcladas con saliva.

Quien le hablaba era Simón, el viejo criado, recién llegado a su vera.

—A no más tardar, señorito. —Bajo el pelo cortado a trasquilones y tras la piel cuarteada como un odre centenario, el hombre se veía aterrado—. Véngase conmigo ahora mismito a su casa, por lo que más quiera.

Creyó entenderlo. El grumo seguía atorado, cada vez más espeso a la altura de la nuez.

—¿Hace falta que nos acompañe el doctor?

—Mejor que sí.

Salieron de la plaza otra vez a empujón limpio y avanzaron sin mediar palabra, reservándose las energías para apretar el paso. Algunas cabezas se voltearon estupefactas ante su aspecto. Calle de la Carpintería, de la Sedería, plaza del Clavo. La Tornería al fin.

Angustias les esperaba descompuesta en el zaguán. A su lado, tres hombres que a todas luces la estaban estorbando y que evidentemente no eran la razón por la que el anciano sirviente salió en su busca.

—¡Por fin, amigo Larrea! ¡Buenas noticias traemos!

La sonrisa triunfal que se acababa de extender en la boca carnosa del tratante de fincas se le borró al ver su aspecto. Tras él, los madrileños se pusieron en guardia. Dios bendito, qué le ha pasado al indiano, de dónde sale con esa pinta infame. Sin camisa bajo la levita, empapado, goteando mugre y aceite. Con los ojos enrojecidos como heridas abiertas y apestando a chamusquina. ¿De verdad venimos a cerrar un trato con este individuo?, parecieron decirse al cruzar la mirada.

Él entretanto se esforzó por recordar sus nombres. No lo logró.

—Ya les he dicho yo a los señores que no era buen momento para hablar con usted, señorito —se excusó torpemente Angustias—. Que mejor volvieran por la tarde. Que hoy tenemos…, que hoy tenemos que atender otros menesteres.

Si hubiera tenido un par de minutos para pensar con lucidez, quizá se habría comportado de otra manera. Pero los nervios acumulados le jugaron una mala pasada. O tal vez fue el agotamiento. O el destino, que ya estaba escrito.

—Lárguense.

Al intermediario le tembló la papada.

—Mire usted, don Mauro, que los señores ya se han decidido y tienen los cuartos.

—Fuera.

El potencial comprador y su secretario le seguían contemplando. Pero qué es esto, murmuraron entre dientes. Pero qué le ha pasado a este señor, con lo firme y lo solvente que parecía.

El rostro de Zarco se había teñido de rojo, sobre la frente le brillaban gotas de sudor gordas como arvejones.

—Mire usted, don Mauro… —repitió.

Entre brumas, le pareció recordar que aquel hombre no era más que un honesto tratante al que él mismo había requerido sus servicios. Pero eso debió de ser en otra vida. Hacía por lo menos una eternidad.

El intermediario se le acercó y bajó el tono, como intentando ganar confianza.

—Están dispuestos a pagar todo lo que pidió la señora —susurró casi—. La compra más abultada que se ha hecho en esta tierra en mucho tiempo.

Lo mismo le habría dado que Zarco le hablara en arameo.

—Salgan, hagan el favor.

Sin una palabra más, se adentró en el patio.

Dónde se habrá cogido la curda que lleva encima, le pareció que le susurraba el secretario al rico madrileño. Si parece recién salido de una cochiquera. Eso fue lo último que oyó. Y le importó bien poco.

A su espalda, el potencial comprador hizo un gesto de soberbio desagrado. Estos americanos de nuestras viejas colonias, así es como son. Por haberse empeñado en romper con la madre patria, ya vemos cómo les va. Volubles, frívolos, jactanciosos. Otro gallo les cantaría si no hubieran sido tan rebeldes.

El gordo, conmocionado, se limpiaba entretanto el sudor con un pañuelo inmenso.

El doctor fue el último en intervenir:

—Vaya a refrescarse un poco, buen hombre, que le va a dar una alferecía. Y ustedes, amigos, ya han oído al señor Larrea. Les ruego respeten su voluntad.

Se marcharon furibundos y con ellos rodaron calle abajo todos sus proyectos y esperanzas. El capital para regresar a México, para recuperar sus propiedades, su estatus, su ayer. Para casar o no a Nico. Para volver con orgullo recobrado al pellejo del hombre que un día fue. Seguramente, cuando lograra ver las cosas con la razón menos turbada, se arrepentiría de lo hecho. Pero ahora no había tiempo para reflexionar sobre lo procedente o lo inconveniente de la decisión, les apremiaban otras urgencias.

—¡Tranca la puerta, Simón! —ordenó Angustias con un grito punzante.

A pesar de la artrosis y de las muchas fatigas que llevaba hincadas en los huesos, tan pronto se vio liberada de los visitantes salió escaleras arriba embalada como una liebre, alzándose las sayas con las manos y dejando a la vista sus decrépitas pantorrillas desnudas.

—Corran, señoritos; corran, corran…

Subieron de dos en dos los escalones. La añosa criada se paró en seco al llegar al antiguo comedor. Bajo el dintel, se persignó y se besó ruidosamente la cruz que formó con el pulgar y el índice. Después se hizo a un lado y les dejó contemplar la escena.

Estaba sentado de espaldas a la puerta. Erguido, en una de las cabeceras de la gran mesa de los Montalvo. La misma mesa en la que se sirvió el almuerzo tras su propia boda, la misma en la que cerró tratos con el viejo don Matías degustando el mejor oloroso de la casa. La mesa en la que rio a carcajadas con las ocurrencias de sus tremendos amigos Luis y Jacobo, e intercambió miradas galantes con dos bellezas casi adolescentes entre las que acabó eligiendo a la que habría de ser su mujer.

Los hombres se adentraron con paso cauteloso en la estancia. Primero le vieron de perfil: un contorno patricio, anguloso, con la nariz afilada y la boca entreabierta. Como un normando aristocrático, así le había descrito el doctor. Conservaba una mata leonina de pelo rubio entreverado con mechones de plata; ni pizca de grasa en el cuerpo huesudo, mal cubierto por una arrugada camisa de dormir. Las manos, nervudas y marchitas, reposaban paralelas sobre la mesa, con los dedos limpiamente separados. Se acercaron con lentitud manteniendo un respetuoso silencio.

Al fin le vieron de frente.

Dos cuencas profundas guarecían los ojos abiertos. Claros, vidriosos, desorbitados.

En la pechera, chorros de sangre. En la garganta, clavada, una escuadra de cristal.

Al médico y al minero se les heló el corazón.

Edward Claydon, libre de las ataduras de la lógica y la lucidez, fruto de la sinrazón o en un acto de irracional entrega, se había quitado la vida sesgándose la yugular con precisión quirúrgica.

Lo contemplaron unos segundos eternos.

—Memento mori —musitó Ysasi.

Se acercó entonces y le cerró los párpados con delicadeza.

Mauro Larrea salió a la galería.

Apoyó las manos sobre la balaustrada, flexionó el cuerpo por la cintura y apoyó la frente sobre la piedra, sintiendo el frío. Habría dado el aliento por ser capaz de rezar.

Entre agua o entre fuego veo yo que alguien se marcha, le había dicho una vieja gitana sin dientes al leerle la buena fortuna hacía al menos un milenio. O tal vez fue tan solo un puñado de noches atrás. Qué más daba. El marido de Soledad había desencadenado un fuego atroz y después había huido de él para emprender, desde aquel caserón decrépito en el que años atrás fue feliz, un camino sin retorno a la oscuridad. Desprovisto de conciencia, de razón, de miedos. O no.

Sin alzarse, Mauro Larrea buscó un pañuelo por los bolsillos, pero solo halló restos de papel mojado e ilegible. En el remite de lo que fuera una carta, donde antes se leía Tadeo Carrús, había ahora una mancha borrosa de tinta y aceite. La desmigajó entre los dedos sin mirarla, dejó caer los pedazos a sus pies.

Notó una mano sobre la espalda arqueada, no había oído los pasos. Después, la voz del médico.

—Vámonos.

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