La Templanza
III. Jerez » Capítulo 56
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Septiembre le trajo su primera vendimia y, con ella, la bodega se inundó de vida. Por los postigos permanentemente abiertos entraban y salían carros llenos del mosto de la uva pasada por los lagares; el suelo estaba perpetuamente mojado y eran legión las voces, los cuerpos y los pies en movimiento.
Un año había transcurrido desde que aquellas yanquis vestidas como cuervos llegaron intempestivamente a la casa mexicana que fue suya y que ya no lo era, para anunciarle la ruina y desviar su camino hacia la incertidumbre. Cuando echaba la vista atrás, sin embargo, a veces le parecía que entre aquel ayer y su presente habían transcurrido unas cuantas centurias.
Pese a sus reticencias iniciales, acabó siendo el dinero de su consuegra el que le ayudó a dar sus primeros pasos para levantar de nuevo el legado de los Montalvo: lo que la anciana condesa quería al fin y al cabo era una óptima inversión, y él estaba dispuesto a darle réditos cuando llegara el momento. Mariana, por su parte, lo apoyó en la distancia. Olvídate de volver a ser quien fuiste, inténtalo mirando otro horizonte. Llegues a donde llegues, en este lado del mundo estaremos orgullosas de ti.
Tadeo Carrús murió tres días después de cumplirse la fecha límite de aquel primer plazo de cuatro meses que él no llegó a cumplir. Contraviniendo las amenazas del usurero, su hijo Dimas no reventó los cimientos de la casa; ni siquiera destrozó una losa o un cristal. Una semana después de darle a su progenitor una mísera sepultura y para pasmo de toda la capital, se instaló en el que fuera el palacio del viejo conde de Regla con su brazo marchito y sus perros entecos, dispuesto a asentarse permanentemente en su nueva posesión.
Al final del otoño comenzó el vínculo de Mauro Larrea con La Templanza, entre las viñas y en su propio interior. En diciembre buscó gente, enero anunció siembra, febrero fue alargando los días; marzo vino con lluvia y en abril el verde comenzó a despuntar. Mayo llenó las tierras albarizas de vides blandas, junio trajo la poda, a lo largo del verano levantaron las varas de las de las cepas para airear los racimos y evitar que rozaran la tierra caliente, y en agosto asistió al milagro del fruto pleno.
A la par que la retina se le empapaba de aquellas lomas blancas cuadriculadas por las hileras de cepas, poco a poco fue adquiriendo sus primeras letras en las fases y los modos centenarios del cuidado de las vides. Aprendió a discernir los pagos y las nubes; a distinguir entre los días en que el seco y temible levante africano trastornaba la paz de las viñas, y aquellos en los que soplaba un poniente húmedo que llegaba benigno desde el Atlántico cargado de sales marinas. Y al ritmo de las estaciones, las faenas y los vientos, buscó también consejo y sabidurías. Oyó a los viejos, a los jornaleros, a los bodegueros. Con unos compartió tabaco de picadura en los eternos tabancos, en los colmados y las tiendas de montañeses. A otros, sentado junto a ellos a la sombra de una parra, les escuchó mientras majaban el gazpacho en un dornillo. Ocasionalmente, muy ocasionalmente, tan solo cuando necesitaba respuestas o lo acechaban las dudas, disfrutó de notas de piano y copas talladas con mil matices en los salones entelados de las grandes familias del vino.
Los mismos ojos que durante décadas se movieron por las tinieblas del subsuelo se acostumbraron a las largas horas de inclemente claridad solar; las manos que arañaron la tierra profunda en busca de vetas de plata se metieron entre los pámpanos para palpar la turgencia de los racimos. La mente que siempre anduvo llena de ambiciosos proyectos por montones se mantuvo tenaz en un único objetivo, preciso y tangible: recomponer aquella debacle y volver a arrancar.
Compró un caballo árabe con el que recorrió trochas y caminos, recuperó el vigor del brazo lacerado en el convento, se dejó crecer una barba espesa, adoptó a un par de perros famélicos que por allí vagaban y, aunque alguna noche esporádica apareció por el casino para compartir un rato de charla con Manuel Ysasi, la mayor parte del tiempo convivió con la pureza de un silencio al que apenas le costó acostumbrarse. De la vieja casa de viña de La Templanza hizo su hogar tras cerrar a cal y canto el caserón de la Tornería y, cuando llegó el calor, más de una madrugada durmió al raso, bajo el mismo firmamento plagado de puntos brillantes que en otras latitudes arropaba a esas presencias a las que se esforzaba con escaso logro en dejar de echar en falta. Se habituó, con todo, a coexistir con otras luces y otros aires y otras lunas, y poco a poco fue haciendo suyo ese rincón de un Viejo Mundo al que jamás imaginó que acabaría regresando.
Aquella penúltima mañana de vendimia escuchaba atento las apreciaciones de su capataz. En el bullicioso patio empedrado de la bodega, de espaldas, con las mangas de la camisa arremangadas, las manos en las caderas y el pelo revuelto por el constante ir y venir. Hasta que, a mitad de una frase sobre las carretadas que iban entrando, el antiguo trabajador de don Matías de edad considerable y faja ceñida que ahora trabajaba para él desvió la mirada por encima de su hombro y paró el parlamento en seco. Fue entonces cuando se giró.
Habían pasado más de nueve meses desde que Soledad saliera de Jerez y de su vida. Sin su marido al lado, ya no tuvo necesidad de esconderse junto a la desembocadura del Duero, o en La Valeta frente al Mediterráneo, o en ningún recóndito château francés. Por eso realizó tan solo el movimiento más sencillo y razonable: regresó a Londres, a su mundo. Lo más natural. Ni siquiera llegaron a despedirse en medio de aquellos turbios días de duelo y desasosiego tras la muerte de Edward Claydon; por todo adiós recibió una de las impersonales tarjetas de cortesía con borde negro que ella envió a sus conocidos y amistades a fin de agradecer las condolencias. Dos o tres amaneceres después, con su leal servicio, sus muchos baúles y su dolor a cuestas, simplemente se marchó.
Avanzaba ahora hacia él con el paso airoso de siempre, volviendo la cabeza a los lados para contemplar el trajín de los arrumbadores con los mostos y las botas; la vuelta al brío de la vieja bodega. La última vez que la vio iba vestida de negro de la cabeza a los pies y un velo espeso le cubría el rostro. Fue en la misa de funeral en San Marcos, ella rodeada por su amigo Manuel Ysasi y por los miembros de los clanes bodegueros a los que un día perteneció. Él se mantuvo alejado del cortejo, solo al final de la iglesia, de pie, con el codo en cabestrillo. No habló con nadie; apenas pronunció el cura el requiescat in pace, se fue. A ojos de la ciudad y gracias a los amaños del doctor, el anciano marchante inglés había fallecido en su propia cama de muerte natural. La palabra suicidio, tan demoníaca, jamás se pronunció. Inés Montalvo no estuvo presente en aquel último adiós; más tarde supo de su traslado a un convento mesetario del que no dio razón a nadie.
De aquel luto desolador, Soledad había pasado ahora a un vestido de chintz gris claro abotonado al frente; sobre su pelo ya no había ningún velo, sino un sombrero de simplísima elegancia. No se rozaron al quedar frente a frente: ni siquiera se acercaron medio palmo más allá de lo estrictamente formal. Ella permaneció aferrada al marfil del puño de su sombrilla; él, por su parte, mantuvo inalterable la postura, aunque las tripas se le hubieran amarrado en un nudo tenso y la sangre le bombeara por las venas como si la empujara el ímpetu de un marro.
Para que el recuerdo de aquella mujer no lo apuñalara con cada bocanada de aire al respirar ni la nostalgia se le clavara en las entrañas como un rejón, a fin de encontrar algún consuelo que suplantara su ausencia, el minero se había dedicado simplemente a trabajar. Doce, trece, catorce horas, hasta caer exhausto al final de la jornada como un peso muerto. Para no seguir escarbando en la memoria de los momentos que pasaron juntos; para no imaginar cómo habría sido darse calor mutuamente en las noches de invierno o hacerle el amor despacio con una ventana abierta a las mañanas de primavera.
—Una vendimia gloriosa la de este año, según he oído.
Eso parece, podría haberle replicado. Y aunque han sido los vientos los grandes aliados del milagro tal como tú me enseñaste, puse todo mi esfuerzo en colaborar. Tras mandar insensatamente al carajo a los compradores madrileños y dar por perdido todo lo que dejé en México, opté por no regresar, pero si me preguntas la razón, me temo que no tengo respuesta. Por pura cobardía, tal vez: por no tener que enfrentarme de nuevo a lo que un día fui. O por la ilusión de afrontar un nuevo proyecto cuando ya creía perdidas todas las batallas. O quizá por no despegarme de este territorio en el que siempre, sobrevolando todos los momentos y todos los sonidos, todos los olores y todas las esquinas, sigues estando tú.
—Bienvenida seas, Soledad —fue, sin embargo, lo único que dijo.
Ella volvió a virar la cabeza, admirando el ajetreo alrededor. O como si lo hiciera.
—Reconforta ver esto otra vez.
El minero la imitó, haciendo vagar su mirada alrededor sin ningún objetivo determinado. Ambos intentaban ganar tiempo, seguramente. Hasta que uno de los dos tuvo que abrir la brecha. Y fue él.
—Confío en que todo se acabara solventando de la forma más óptima.
Alzó los hombros con esa gracia natural suya. Los mismos ojos de potra hermosa, los mismos pómulos, los mismos brazos largos. Lo único que advirtió distinto fueron sus dedos; uno en concreto. El anular izquierdo desnudo, desprovisto de aquellos dos anillos que antes certificaran sus ataduras.
—Tuve que enfrentarme a algunas pérdidas cuantiosas, pero por fin logré deshacer mi maraña de trampas y fraudes antes de que Alan regresara de La Habana. A partir de ahí, tal como tenía previsto, he acabado estrechando mis miras para centrarme únicamente en el sherry.
Asintió haciéndose cargo, aunque no era eso exactamente lo que más le interesaba. Cómo estás tú, Sol. Cómo te sientes, cómo viviste estos meses lejos de mí.
—Por lo demás estoy bien, más o menos —añadió como si le hubiera leído el pensamiento—. El negocio y el revuelo de mis hijas me han mantenido ocupada, ayudándome a hacer más llevaderas las ausencias de los muertos y los vivos.
Él bajó la cabeza y se pasó una mano sucia por el cuello y la nuca, sin saber si entre aquellas ausencias se había encontrado por un casual la suya.
—Te sienta bien esa barba —continuó ella cambiando el tono y el derrotero de la conversación—. Pero confirmo que sigues hecho un salvaje.
En la comisura de sus labios percibió un punto de aquella ironía tan suya, aunque no le faltaba razón: el rostro, los brazos y el torso requemados por la constante vida en la viña bajo el sol implacable así lo testimoniaban. La camisa entreabierta, el pantalón estrecho para poderse mover con facilidad y las viejas botas llenas de tierra tampoco contribuían a darle un aspecto de gran señor, precisamente.
—Te robo un minuto nomás, hermano…
Un hombre maduro, calvo, con prisa desbocada y anteojos de fina montura de oro, se les acercó caminando con la mirada fija en un pliego de papeles. Tenía algo más en la punta de la lengua cuando la vio.
—Disculpe la señora —dijo azorado—. Lamento interrumpir.
—No es molestia en absoluto —zanjó cordial mientras se dejaba besar una mano.
Así que es ella, pensó Elías Andrade al contemplarla con exquisito disimulo. Y acá está de nuevo. Pinches mujeres. Ahora empiezo a entender.
Tardó un suspiro en volatilizarse, excusando urgencia en sus quehaceres.
—Mi apoderado y mi amigo —le aclaró mientras ambos le contemplaban la espalda—. Cruzó el océano en mi busca pretendiendo convencerme para volver pero, en vista de que no lo consigue, se queda de momento un tiempo a mi lado.
—¿Y tu hijo y Santos Huesos, regresaron alguno de los dos?
—En París sigue Nico, vino a verme no hace mucho; después partió hacia Sevilla en busca de unos cuadros barrocos para un cliente. Contra mis pesimistas pronósticos, le va bien. Anda aliado con un viejo conocido mío abriéndose el negocio de las antigüedades, y se ha desenamorado por enésima vez. Santos, por su parte, se acabó asentando en Cienfuegos. Matrimonió con la mulata Trinidad y ya echaron un hijo al mundo; para mí tengo que lo engendraron bajo el techo de nuestro buen doctor.
La carcajada femenina estalló como una sonaja en medio de aquel escenario de voces viriles y cuerpos de hombre, de quehacer bronco y sudor. Después viró el tono y el rumbo.
—¿Volviste a tener noticias de Gustavo y su mujer?
—Nunca directamente, pero por Calafat, mi vínculo cubano, sé que siguen juntos. Entrando, saliendo, alternando. Sobreviviendo.
Ella se tomó unos instantes, como si dudara.
—Yo escribí a mi primo —dijo finalmente—. Una carta profusa, un alegato de perdón en mi nombre y en memoria de nuestros mayores.
—¿Y?
—Nunca contestó.
El silencio volvió a enredarse en el aire mientras los trabajadores continuaban moviéndose alrededor con sus prisas y faenas. Y entre ellos, por unos instantes, vagó la sombra de un hombre con ojos llenos de agua. El mismo que construyó castillos en el aire que el crudo viento de la vida desplomó inmisericorde; el que se aferró a un taco de billar buscando una última y temeraria solución para lo que ya jamás tendría vuelta atrás.
Fue Soledad quien rompió la quietud.
—¿Te parece que entremos?
—Por supuesto, disculpa, claro, cómo no.
Espabila, pendejo, se ordenó mientras le cedía el paso bajo la puerta de madera oscura y se limpiaba las manos infructuoso en los perniles del pantalón. Vigila esas maneras; con tanta vida alejado de los humanos, va a pensar que te acabaste convirtiendo en un animal.
En la bodega les acogió una umbría fragante que a ella le hizo entrecerrar los ojos y aspirar con ansia nostálgica. Mosto, madera, esperanza de vino pleno. Él, entretanto, aprovechó para contemplarla fugazmente. Allí estaba otra vez el ser que se infiltró en su vida un mediodía de otoño y al que creyó que jamás volvería a ver, reencontrándose con los aromas, las coordenadas y las presencias del mundo en el que creció.
Arrancaron a andar en la fresca semipenumbra, entre las largas calles flanqueadas por andanas de botas superpuestas. Las paredes de altura de catedral frenaban el calor del fin de la mañana con su cal y su grosor; las manchas de moho cercanas al suelo evidenciaban la perpetua humedad.
Intercambiaron unas cuantas naderías mientras pisaban el albero mojado, oyendo amortiguados alrededor de ellos los sonidos del faenar constante. Ha sido bueno que no lloviera hasta ahora; en Londres tuvimos un horrible calor en julio; parece que las soleras de tu abuelo prometen un vino glorioso. Hasta que los dos se quedaron sin excusas y él, por fin, mirando otra vez al suelo terrizo y removiéndolo con la puntera, se atrevió.
—¿A qué volviste, Soledad?
—A proponerte que volvamos a juntar nuestros caminos.
Pararon de andar.
—El mercado inglés se está llenando de una competencia infame —añadió—. Jereces australianos, jereces italianos; hasta Jereces del Cabo, por el amor de Dios. Sucedáneos que desprestigian los vinos de esta tierra y lastran su comercio; una absoluta barbaridad.
Mauro Larrea se apoyó contra una de las viejas botas pintadas de negro y cruzó los brazos sobre el pecho. Con la serenidad de quien ya lo daba todo por perdido. Con la paciencia anhelante de alguien que ve cómo un portón que creía blindado empieza a dejar entrever una rendija de luz.
—¿Y qué tiene eso que ver conmigo?
—Ahora que has decidido convertirte en bodeguero, ya eres parte de este mundo. Y cuando dentro de él estallan las guerras, todos necesitamos aliados. Por eso vengo a pedirte que batallemos juntos.
Un estremecimiento le recorrió el espinazo. Cómplices, camaradas, le pedía que fueran de nuevo: peleando cada uno con sus armas. Ella con sus muchas intuiciones y él con sus pocas certezas, para abordar hombro con hombro otros retos y otros lances de cara al porvenir.
—Tengo oído que el servicio postal desde la Gran Bretaña es altamente eficaz. Será por la cercanía de Gibraltar, supongo.
Ella pestañeó desconcertada.
—Quiero decir que, para proponerme un acuerdo comercial, podrías haberlo hecho por carta.
Soledad extendió una mano hacia otra de las grandes botas y tras ella se le fue a él la mirada. La rozó distraída con la punta de los dedos, hasta que recobró la entereza, dispuesta por fin a desplegar su verdad con todas las letras y fundamentos.
—Bien sabe Dios que a lo largo de estos meses he peleado contra mí misma con todas mis fuerzas por sacarte de mi cabeza. Y de mi corazón.
Al grito bronco del capataz, los mozos que por allí trajinaban soltaron de pronto al aire estruendos de alivio. Abandonaban el quehacer: hora del almuerzo, de secarse el sudor y dar sosiego a los músculos. Las frases completas que a continuación salieron de la boca de Soledad Montalvo quedaron por eso perdidas entre el ruido de las herramientas dejadas caer y el vigor de las voces masculinas que pasaron cercanas arrastrando hambres de lobo.
Tan solo unas cuantas palabras quedaron flotando entre los altos arcos, prendidas de las motas de olor a vino añejo y a mosto nuevo. Fueron las suficientes, no obstante, para que él las interpretara al vuelo. Contigo, yo, aquí. Allá, conmigo, tú.
Junto a los cachones de vino, las soleras y criaderas, así quedó forjada una alianza entre el indiano que a la fuerza cruzó dos veces el mar y la heredera que se convirtió en marchante por la necesidad más desnuda. Lo que a continuación él le dijo, y lo que ella luego le respondió, y lo que después hicieron ambos, quedó manifiesto en un futuro lleno de idas y venidas, y en las etiquetas de las botellas que año tras año fueron saliendo de la bodega a partir de aquel septiembre. Montalvo & Larrea, Fine Sherry, se leía en ellas. Dentro, tamizado por el cristal, llevaban el fruto de las tierras blancas del sur repletas de sol, templanza y aire de poniente, y el empeño y la pasión de un hombre y una mujer.