La Templanza
Agradecimientos
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AGRADECIMIENTOS
En un proyecto que cruza un océano, vuela en el tiempo y ahonda en mundos con esencias locales profundamente dispares que casi siempre dejaron ya de existir, son muchas las personas que me han tendido una mano para ayudarme a recomponer pedazos del pasado y a dotar al lenguaje, los escenarios y las tramas de rigor y credibilidad.
Siguiendo el tránsito geográfico de la propia narración, quisiera transmitir en primer lugar mi gratitud a Gabriel Sandoval, director editorial de Planeta México, por su presta y afectuosa disposición; a la editora Carmina Rufrancos por su tino dialectal y al historiador Alejandro Rosas por sus precisiones documentales. Al director de la Feria del Libro del viejo Palacio de Minería en el Distrito Federal, Fernando Macotela, por invitarme a recorrer todos los rincones del soberbio edificio neoclásico que un día pisó Mauro Larrea.
Por revisar los capítulos cubanos con su aguda y nostálgica mirada habanera, deseo dejar constancia de mi agradecimiento a Carlos Verdecia, veterano periodista, antiguo director de El Nuevo Herald de Miami, y hoy cómplice en ilusiones literarias que quizá en un futuro se lleguen a materializar. Y a mi colega Gema Sánchez, profesora del Departamento de Lenguas Modernas de la University of Miami, por facilitarme el acceso a los fondos de la Cuban Heritage Collection e invitarme a cenar mahi mahi en la cálida noche del sur de la Florida.
Cruzando el Atlántico, expreso mi reconocimiento a los profesores de la Universidad de Cádiz Alberto Ramos Santana y Javier Maldonado Rosso, especialistas en cuestiones históricas vinculadas al comercio del vino en el marco de Jerez, por sus magníficos trabajos de investigación y por prestarse a ser acribillados por mis mil preguntas. Y a mi amiga Ana Bocanegra, directora del Servicio de Publicaciones de la misma casa, por propiciar el encuentro con ambos entre ortiguillas y tortillitas de camarón.
Adentrándome en ese universo que quizá un día envolvió a la familia Montalvo, quiero hacer llegar mi gratitud a un puñado de jerezanos de raza vinculados a aquellos míticos bodegueros del XIX. A Fátima Ruiz de Lassaletta y Begoña García González-Gordon, por su entusiasmo contagioso y su caudal de detalles. A Manuel Domecq Zurita y Carmen López de Solé, por su hospitalidad en su espléndido palacio de Camporreal. A Almudena Domecq Bohórquez, por llevarnos a recorrer esas viñas que bien podrían haber albergado a La Templanza. A Begoña Merello, por trazar paseos literarios y guardar secretos, a David Frasier-Luckie por dejarme imaginar que su preciosa casa fue la de Soledad y por permitirnos su asalto repetidamente. Y de una manera muy especial, a dos personas sin cuyo respaldo y complicidad este vínculo jerezano habría perdido gran parte de su magia. A Mauricio González-Gordon, presidente de González-Byass, por acogernos en su legendaria bodega tanto en privado como en tropel, por ejercer de maestro de ceremonias en nuestra primera puesta de largo, y por su grata calidez. Y a Paloma Cervilla, por orquestar ilusionada estos encuentros y demostrarme con su generosa discreción que, por encima del celo periodístico, prevalece la amistad.
Más allá de los contactos personales, han sido también numerosos los trabajos de los que me he empapado para extraer a veces retratos panorámicos y a veces diminutos detalles que aliñan con sal y pimienta esta narración. Aunque quizá se me escape involuntariamente alguno y no estén todos los que son, sí son, desde luego, todos los que están: Por las calles del viejo Jerez, de Antonio Mariscal Trujillo; El Jerez de los bodegueros, de Francisco Bejarano; El jerez, hacedor de cultura, de Carmen Borrego Plá; Casas y Palacios de Jerez de la Frontera, de Ricarda López; La viña, la bodega y el viento, de Jesús Rodríguez, y El Cádiz romántico, de Alberto González Troyano. Acerca del sherry y su grandiosa dimensión internacional, me han resultado imprescindibles los clásicos Sherry, de Julian Jeffs, y Jerez-Xérez-«Sherish», de Manuel María González Gordon. No puedo dejar de mencionar las evocaciones del gran escritor jerezano José Manuel Caballero Bonald que, trenzadas en su magistral prosa, son una delicia para cualquier lector. Y por recorrer atmósferas y ambientes con ojos femeninos tan ávidos y casi tan forasteros como los míos, quiero citar los volúmenes llenos de gracia y sensibilidad de cuatro mujeres de otro tiempo que, como yo ahora, también se dejaron seducir por unos mundos entrañables: Life in Mexico, 1843, de Frances Erskine Inglis, marquesa de Calderón de la Barca; Viaje a La Habana, de Mercedes Santa Cruz y Montalvo, condesa de Merlín; Headless Angel, de Vicki Baum, y The Summer of the Spanish Woman, de Catherine Gaskin.
De vuelta a la realidad, un guiño como siempre a mi familia: a los que siguen estando presentes en el día a día y a los que se han ido de nuestro lado mientras yo componía esta novela, dejándonos un inmenso vacío en el alma que jamás lograremos llenar. A los amigos que han recorrido conmigo algunos de estos escenarios; a los que hacen palmas en cuanto oyen descorchar una botella, y a todos aquellos a los que les he robado nombres, apellidos, orígenes o maneras de plantarse ante la vida para trasvasarlas a unos cuantos personajes.
A Antonia Kerrigan, que ya amenaza con convertir en amantes de los caldos jerezanos a lectores de medio mundo, y a toda la competente tropa de su agencia literaria.
Me encuentro cerrando este apartado muy escasos días después de que José Manuel Lara Bosch, presidente del Grupo Planeta, nos diera su adiós. Sin su visión y su tenacidad, tal vez esta historia nunca habría llegado a las librerías o lo habría hecho sin duda de una manera radicalmente distinta. A él in memoriam y a aquellos en quienes confió para arropar a cientos de escritores y hacer crecer sus libros, quiero hacer llegar mi más profunda gratitud. Al equipo editorial que me arropa con su nueva configuración: Jesús Badenes, Carlos Revés, Belén López, Raquel Gisbert y Lola Gulias, gracias de corazón por esa calidad humana e inmensa profesionalidad. A través del teléfono, de los emails cotidianos y bajo la luz mañanera de la plaza de la Paja, en los despachos de Madrid y Barcelona y en los paseos por Cádiz, Jerez y el D. F.; incluso a las tantas de la madrugada en los insuperables antros tapatíos, ahí han estado siempre accesibles, sólidos, cómplices. A Isa Santos y Laura Franch, responsables de prensa, por urdir otra vez una espléndida promoción y lograr que algo que podría resultar extenuante se convierta casi en un viaje de placer. A los magníficos equipos de diseño y marketing, a la nutrida red comercial con la que compartí sorpresas. A la pintora Merche Gaspar por transmitir corporeidad a Mauro Larrea y Soledad Montalvo con su hermosa acuarela.
A todos los lectores mexicanos, habaneros, jerezanos y gaditanos que conocen a fondo las coordenadas por las que muevo las tramas, esperando que me perdonen algunas pequeñas licencias y libertades necesarias para la mayor fluidez y estética de la acción.
Y, por último, a todos aquellos vinculados de alguna manera al mundo de las minas y del vino. A pesar de ser de principio a fin una ficción, esta novela pretende también rendir un sincero tributo a los mineros y bodegueros, pequeños y grandes, de ayer y de hoy.