La Templanza

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I. Ciudad de México » Capítulo 4

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Pasó por casa de su apoderado frente a la iglesia de Santa Brígida para amargarle el primer café de la mañana.

—Si tú solo decidiste ahorcarte, poco puedo hacer yo —fue la áspera respuesta de Andrade—. Dios quiera que no tengas que arrepentirte.

—Con esto haremos frente a las deudas más perentorias, y lo que reste será lo que me lleve para invertir.

—Supongo que no hay vuelta atrás —concluyó su amigo. A sabiendas de que de poco iban a servirle las lamentaciones, optó por canalizar su cólera hacia algo más constructivo—. Así que empecemos a movernos. La hacienda de Tacubaya será lo primero que desalojemos: al estar más alejada de la ciudad, podremos trabajar con discreción. Sacaremos todos los muebles y enseres para venderlos cuanto antes; de ahí podremos lograr otro buen pellizco. Cuando acabemos hablaré discretamente con Ramón Antequera, el banquero, para decirle que la finca pasa a su propiedad por imposibilidad de pago del crédito hipotecario que contrajimos con él. Es un hombre discreto, sabrá llevar el asunto sin dar que hablar a nadie.

Un par de horas más tarde, dos criados de confianza empujaban una cómoda panzuda mientras Santos Huesos les orientaba en su camino hacia el carretón detenido en la rotonda. Dentro de este reposaban ya un ropero de dos cuerpos y cuatro cabeceros de roble. Junto a las ruedas, a la espera de ser cargada, la sillería completa de cuero claveteado que en sus días buenos sentó a la mesa a docena y media de comensales.

A una distancia a la vez cercana y a la vez remota al ajetreo doméstico, Mauro Larrea acababa de comunicar a su hija las tristes novedades. Ruina, partida, búsqueda, destino aún sin decidir: esas eran las palabras que quedaron ondeando en el aire. Mariana comprendió.

La había recogido al abandonar el domicilio de Andrade, antes le mandó una nota para pedirle que estuviera preparada. Juntos llegaron a la hacienda de recreo en la berlina y juntos hablaban ahora bajo una pérgola del gran jardín delantero.

—¿Qué vamos a hacer con Nico?

Una pregunta envuelta en un susurro fue la primera reacción de Mariana. Una pregunta que rezumaba inquietud por su hermano: el tercer componente de ese número impar en que se transmutó la familia el mismo día del nacimiento del pequeño, cuando la fiebre puerperal se llevó tras el alumbramiento a la joven que hasta entonces les había cohesionado: la madre de Mariana y Nicolás, la compañera de Mauro Larrea, su mujer. Elvira era su nombre, como lo fue el de la primera mina de la que él fue propietario con el paso de los años tras su muerte; como el eco que retumbó en sus desvelos hasta que el tiempo lo fue diluyendo y lo hizo desvanecer. Elvira, la hija de un labriego que nunca aceptó que ella quedara preñada del nieto sin padre reconocido de un herrero vascongado, ni que se casara con aquel muchacho al alba y sin testigos, ni que junto a él viviera hasta su último aliento en una paupérrima herrería allí donde el pueblo castellano dejaba de ser pueblo y se tornaba camino.

—Ocultárselo, naturalmente.

Resguardar a Nicolás había sido siempre la consigna entre padre e hija: sobreproteger en su minúscula orfandad a aquella criatura frágil como un espejo. Por eso creció pronto Mariana, a la fuerza. Lista como una liebre, audaz y responsable como solo puede serlo alguien que cumplió los cuatro años entre los fletes, las ratas y los estibadores del puerto de Burdeos, ocupándose de un niño que apenas sabía andar mientras su padre transportaba en dos bultos las escasas pertenencias de la familia. En tiempo de tensiones entre España y México, a punto estaban de embarcar en un decadente paquebote galo cargado de hierro de Vizcaya y vino de la Gironda que respondía al poético y un tanto irónico nombre de La Belle Étoile. Nada tuvo por su parte de lírica aquella dura travesía en la que cruzaron el Atlántico navegando a lo largo de setenta y nueve penosas jornadas con la más absoluta ignorancia de lo que les depararía el destino al otro lado del océano. Los azares aleatorios de la vida, unidos a las optimistas perspectivas de unos cuantos mineros de la cornisa galesa con los que coincidieron en el puerto de Tampico, les hicieron dirigirse a Guanajuato. Para empezar.

Con siete primaveras, Mariana manejaba más mal que bien la mísera cabaña de adobe gris y techo romo que habitaban junto al campamento minero de La Valenciana. A diario preparaba una rudimentaria comida en la cocina común junto a muchachas que le sacaban dos cabezas y, cuando alguna de ellas o la mujer de algún otro minero se ofrecía a echar un ojo al pequeño Nico, ella se plantaba a la carrera en la escuela para aprender a juntar las letras y —sobre todo— a hacer números a fin de lograr que el dueño de la tienda de abarrotes, un viejo compatriota aragonés, no la engañara sumando y restando los pesos que su padre le entregaba cada sábado para la manutención diaria.

Año y medio después volvieron a empaquetar los bártulos y se mudaron a Real de Catorce, al reclamo de la virulenta fiebre de la plata que se había desatado por segunda vez en la historia de aquel lugar perdido entre montañas. Fue justo al mes de su llegada cuando él estuvo cuatro días y cuatro noches desaparecido, atrapado en el esófago de la mina Las Tres Lunas, con una mano machacada entre dos piedras y el agua llegándole a la altura de la nuez. De los veintisiete operarios que faenaban a más de quinientas varas bajo la tierra cuando tuvo lugar aquella monumental explosión, solo cinco vieron de nuevo la luz. Mauro Larrea fue uno de ellos. Al resto, desnudos de cintura para arriba y guarnecidos con escapularios y medallas de vírgenes protectoras que bien poco protegieron, los sacaron con los rostros teñidos de azul, los músculos del cuello tensos como cuerdas y la expresión atormentada de los ahogados.

La catástrofe obligó a cortar sogas, como llamaban en el oficio a clausurar una explotación. Las Tres Lunas quedó desde entonces en la memoria colectiva como una mina maldita y fue abandonada como impracticable sin que nadie osara jamás volver a laborarla. Pero él supo siempre que sus profundidades quedaban plagadas de plata de una magnífica ley. De momento, sin embargo, pretender devolverle la vida a quien había estado a punto de acabar con la suya era un proyecto demencial que ni siquiera se le pasó por la cabeza.

De aquella experiencia atroz nació en el minero Mauro Larrea una pétrea voluntad por cambiar las tornas. Se negó a seguir siendo un mero trabajador, decidió arriesgar: cada vez circulaban más rumores frenéticos sobre ricas vetas que surgían en medio de la nada, cada vez se recuperaban más pozos y trepaba más la euforia. Se adentró así, a ciegas, en su primera humilde empresa propia. Usted me adelanta lo que necesito para empezar a excavar, conseguir las mulas y contratar a unos cuantos hombres, decía mostrando un terrón gris sobre la palma encallecida de su mano. Después lo soplaba hasta hacerlo brillar. Y del mineral bruto como este que yo saque, la mitad para usted y mitad para mí. Aquella era la oferta que iba soltando por las cantinas y las pulquerías, por las cercanías de los campamentos, los cruces de caminos y las esquinas de los poblachones. Después añadía:

—Y que cada cual refine lo suyo como Dios le dé a entender.

No tardó mucho en conseguir que un raquítico inversor oportunista, un tahúr de poca monta —aviadores, así llamaban a los de aquella calaña—, confiara en su empresa, si es que así podía llamarse al humilde pozo anegado en el que puso sus anhelos. Pero la intuición le susurró al oído que a rumbo de poniente este aún podía dar virtud. La bautizó entonces con el nombre de su mujer muerta cuyo rostro ya casi se le había desdibujado del pensamiento, y empezó a trabajar.

Y en La Elvira dio tiro y puso malacate, y de ese modo comenzó, moviéndose como contaban los más viejos que en otros tiempos hacían sus compatriotas, los mineros españoles de la colonia. A tientas. Perforando desde la más absoluta ignorancia, siguiendo tan solo su olfato como un perro; a golpe de conjeturas. Sin basarse en cálculos medianamente razonados, sin el menor rigor científico. Con errores de bulto, refractario a la prudencia. Solo lo apoyaban una terca determinación, el vigor de su cuerpo y un par de hijos a los que criar.

En La Santa Clara, su siguiente proyecto, fue cuando entró en su vida Tadeo Carrús. Dos empresas, tres años y muchos sinsabores después, logró arrancárselo de encima y empezó a moverse otra vez por sí mismo. A pesar de las provocaciones y de los torticeros empeños del prestamista por hacerle fracasar, ya no paró. Y aunque en aquellos días hubo también reveses, y promovió empeños insensatos, y hasta en unas cuantas ocasiones le cegó la urgencia y rozó peligrosamente la temeridad, la diosa fortuna de la geología fue aliándose con él y poniendo a su paso filones de suerte en las arrugas del terreno que pisó. En La Buenaventura los hados le salieron al paso por tres bandas; en La Prosperidad aprendió que, cuando una excavación empezaba a tornarse borrascosa, una retirada a tiempo era la mejor de las ganancias. En el cañón de La Abundancia comenzó a sacar un mineral tan rico que hasta acudieron a comprárselo los refinadores independientes de otras comarcas.

No fue el único en despuntar, sin embargo. Para entonces, y tras décadas de parón, Real de Catorce se había vuelto a convertir, tal como fuera durante el virreinato, en un lugar martilleante lleno de voladuras, barrenazos y explosiones; un sitio caótico, salvaje, convulso, en donde conservar el sosiego y el orden no era más que una mera ensoñación. El dinero que aquel resurgir de la plata generó a chorros en su rico subsuelo acarreó —como no podía ser de otra manera— conflictos a espuertas. Ambiciones y tensiones desaforadas, puñetazos entre compañeros, desórdenes constantes, cuchillos desnudos al aire, riñas a palazos y pedradas. Hasta aquella noche de sábado en la que, de vuelta eufórico tras vender una partida de plata a un alemán, al bajarse del caballo oyó desde la calle gritar a Mariana y llorar a Nico. Y un estrépito anormal puertas adentro.

Había comprado una casa medio decente en las afueras del pueblo tras sus primeros progresos; había contratado a una vieja cocinera que a la caída de la tarde regresaba con su gente, y a una criadita que esa noche andaba zapateando en un fandango. Y, para ocuparse de sus hijos, contaba con Delfina, una joven otomí. Como si a esas alturas ellos no supieran ya cuidarse solos. Lo que oyó entonces, sin embargo, le hizo ser consciente de que todavía necesitaban mucha más ayuda de la que aquella dulce indígena de lustrosos cabellos negros podía ofrecerles.

Subió de tres en tres los escalones, anticipando despavorido lo que iba a encontrar al ver los muebles volcados, las cortinas arrancadas de sus rieles y un candil ardiendo en el suelo sobre un charco de aceite. Sus previsiones se quedaron cortas: la escena era una pesadilla aún peor. Encima de su propia cama, un hombre con los pantalones bajados se movía con ímpetu animal sobre el cuerpo inmovilizado de la indita Delfina. Acorralada en su habitación entretanto, Mariana, con la camisa de dormir desgarrada, un arañazo sangrante en el cuello y el hierro de revolver la lumbre como arma, lanzaba estocadas llenas de furia y desatino a un segundo hombre borracho a todas luces. Nicolás, arrinconado en una esquina y medio tapado por un colchón de lana que sobre él había volcado su hermana a modo de parapeto, no paraba de llorar y gritar como un poseso.

Sobrado de fuerza y —sobre todo— de ira, Mauro Larrea agarró por la espalda y el pelo de la nuca al atacante y le aplastó repetidamente la cara contra la pared. Una vez, otra, otra, con golpes secos y contundentes, otra más, otra, ante las miradas aturdidas de sus hijos. Después lo dejó resbalar hasta el suelo mientras sobre el empapelado de inocentes ramos florales de la recámara de Mariana iba quedando impreso un reguero de sangre tan negra como la medianoche que se colaba por el balcón. Tras comprobar precipitadamente que ninguno de los niños tenía más lesiones que las visibles, se abalanzó sin perder un segundo al cuarto contiguo en busca del agresor de Delfina, afanoso y jadeante todavía sobre el cuerpo aterrorizado de la joven. La operación fue idéntica, duró lo mismo y tuvo un resultado similar: el rostro del atacante reventado, la cabeza aplastada y más sangre a borbotones saliendo espesa de la boca y la nariz. Todo fue rápido; difícil saber —y bien poco le importaba— si aquellas bestias estaban muertas o tan solo inconscientes.

No esperó para cerciorarse: de inmediato agarró a sus hijos en brazos y, con Delfina cobijada contra su pecho y rota en lágrimas, salió a depositarlos a recaudo de los vecinos. Un grupo de curiosos se agolpaba frente a la vivienda, alarmados por el estruendo. Entre ellos, un muchacho que llevaba un par de meses trabajando en sus pozos: un joven indio sagaz y escurridizo con el pelo largo hasta media espalda que aquella noche de asueto regresaba de un baile de barracón. No recordaba su nombre, pero le reconoció cuando dio un par de pasos contundentes hacia delante.

—A su servicio, patrón, en lo que pueda ayudarle.

Con un golpe de mandíbula le dijo aguarda un instante. Se aseguró entonces de que un par de mujeres se hicieran cargo momentáneo de las tres criaturas y propagó entre los presentes la mentira de que los maleantes huyeron por una ventana. En cuanto confirmó que el grupo de mirones se desintegraba, buscó al chico en la penumbra.

—Dentro hay dos hombres, no sé si viven o no. Sácalos por el corral trasero y encárgate de ellos.

—¿Qué tal si nomás los dejo así como quietitos de por vida junto a la tapia del cementerio?

—Ni un minuto pierdas, ándale.

Así entró Santos Huesos Quevedo Calderón en su vida; a partir de ahí dejó de faenar bajo tierra y se convirtió en su sombra.

Y mientras el muchacho cumplía aquella madrugada siniestra con su primer cometido, Mauro Larrea salió a caballo en busca de Elías Andrade, que por entonces ya se ocupaba de las cuentas y el personal. Dos fueron los encargos que le hizo al arrancarle del sueño: devolver a Delfina a sus padres con una bolsa de plata como inútil compensación por su virtud vejada, y sacar a su familia esa misma noche del pueblo para no regresar jamás.

—Pero las capitulaciones matrimoniales de Nicolás y Teresita son firmes, ¿cierto?

Años después, la misma Mariana que subiera magullada, sucia y en camisa de dormir a una carretela preguntaba inquisitiva, vestida de muselina bordada sobre la tripa abultada mientras sacaba un cigarrito de una tabaquera de madreperla.

Los ruidos del desmantelamiento de la casona proseguían entretanto: revuelo y gritos, prisa, bulla y movimiento entre los magnolios y las fuentes del jardín. Saquen, empaquen, preparen. Apúrense, huevones, carguen a otro carro esas vitrinas; tengan cuidado con esos pedestales de alabastro, por el amor de Dios. Hasta las sartenes y las marmitas se estaban llevando. Para empeñarlo o revenderlo, o sacarle de algún modo un rendimiento inmediato con el que empezar a taponar los boquetes abiertos. Andrade era el que disparaba las órdenes: padre e hija, mientras, continuaban hablando bajo la luz tamizada que se filtraba por las enredaderas de la pérgola. Ella sentada en una butaca que alguien salvó del desalojo, con las manos apoyadas sobre la redondez del vientre. Él, de pie.

—Me temo que pueden ser anuladas a petición de cualquiera de los cónyuges. Y más habiendo una razón.

Casi siete meses de vida acogía Mariana en su seno, los mismos que Nicolás llevaba gestándose cuando nació antes de tiempo, canijo como un pajarillo, en esa España a la que jamás volvió ninguno de ellos. Una aldea del norte de la vieja Castilla, la risa hermosa y plena de la joven mujer que les abandonó retorcida entre sudor y sangre sobre un camastro de paja, la cruz de hierro clavada en el barro del camposanto una mañana de niebla espesa. La incredulidad, el desconcierto, la desolación: todo eso eran ya retazos desdibujados de memoria que muy raramente solían revisitar.

México, la capital, era ahora su universo, su día a día, el amarre de los tres. Y Nico había dejado de ser un renacuajo escuchimizado para convertirse en un muchacho vital e impetuoso, un seductor natural que desbordaba las mismas cargas de simpatía que de irresponsabilidades y desatinos, al que habían logrado mandar una temporada a Europa para que dejara de hacer barrabasadas hasta el momento de su boda con uno de los mejores partidos de la capital.

—Anteayer me encontré precisamente con Teresita y con su madre en los cajones de Porta Coeli —añadió Mariana expulsando el humo—. Comprando terciopelo de Génova y encaje de Malinas; ya están preparando los trajes para el casamiento.

Teresa Gorostiza Fagoaga se llamaba la prometida de Nico, la descendiente de dos ramas de robusto abolengo desde el virreinato. Ni demasiado bonita ni demasiado graciosa, pero sí agradable en extremo. Y sensata. Y enamorada hasta los tuétanos. Justo lo que, a ojos de Mauro Larrea, necesitaba el bala perdida de su hijo: una atadura, una seguridad que le hiciera sentar la cabeza y que, a la vez, contribuyera a reafirmar a la familia en el lugar más conveniente de la sociedad que a pulso se habían ganado. El dinero fresco y abundante de un acaudalado minero español, unido a una lustrosa estirpe criolla de generaciones. Imposible pensar en una mejor alianza. Solo que aquel sugestivo proyecto acababa de desencajarse: a los Gorostiza aún les quedaba raigambre a espuertas mientras que la fortuna de los Larrea, en cambio, se había volatilizado por la caprichosa culpa de una guerra ajena.

Y sin un tlaco en el bolsillo, sin cuenta abierta en el mejor sastre de la calle Cordobanes, sin un carruaje forrado de satín en el que llegar a las tertulias, los saraos y las jamaicas, carente de un brioso corcel con el que galantear delante de las muchachas y desprovisto de la firmeza de carácter de su padre, Nicolás Larrea sería humo. Un muchacho atractivo y simpático sin oficio ni beneficio, nada más. Un currutaco, un lagartijo, como solían llamar a los presuntuosos sin patrimonio entregados a la frivolidad. El hijo de un minero arruinado que como llegó se fue.

—Los Gorostiza no pueden enterarse —farfulló entre dientes con la vista perdida en el horizonte—. Ni tu familia política tampoco. Esto queda entre tú y yo. Y Elías, lógicamente.

Desde la turbia noche en la que Elías Andrade los sacó de Real de Catorce, el hasta entonces contable de las minas de su padre se convirtió para Mariana y Nicolás en lo más cercano a un familiar que nunca tuvieron. Idea suya fue asentar a los niños en México, la capital de la que él provenía y cuyos códigos y claves conocía a fondo. El colegio de las Vizcaínas fue su propuesta para Mariana. Para Nicolás, la casa de un pariente en la calle de los Donceles, uno de los últimos resquicios de aquella saga de los antaño ilustres Andrade de cuya gloria ya no quedaban más que telarañas.

Ahora la voz del apoderado, indiferente a ellos, seguía lanzando en la distancia una carga implacable de instrucciones apelotonadas. Esos platones de talavera, empáquenlos bien en lienzo no vayan a fracturarse; los colchones los quiero enrollados; ese balancín está a punto de volcarse, ¿es que no lo ven, pendejos? Los criados, acobardados ante la furia que don Elías se gastaba aquella mañana en la que nada era como solía ser, se esforzaban por obedecer entre carreras, convirtiendo la casa y el jardín de la que fuera una deliciosa hacienda de descanso en algo parecido a un cuartel sitiado.

Mariana arqueó entonces la espalda y se sostuvo los riñones con las dos manos, aliviando las molestias por el peso de su preñez.

—Quizá nunca debiste aspirar a tanto. Podríamos habernos conformado con menos, con una vida más sencilla.

Él negó con la cabeza, corrigiéndola. Nunca había pretendido imitar a esos legendarios mineros de tiempos coloniales, empeñados en afianzar su puesto entre la aristocracia a base de sobornos y mordidas a virreyes insaciables y a funcionarios corruptos. Comprar títulos nobiliarios y hacer una ostentosa exhibición pública de la riqueza era común por entonces. Él, sin embargo, era un hombre de otra pasta y otro tiempo. Él solo quiso prosperar.

—Apenas tenía treinta años, y ya había entrado en el negocio de la plata por la puerta grande, pero me negaba a partirme el alma por acumular dinero a montones para seguir siendo un bruto sin moral ni clase. No quería pasarme el resto de la vida viviendo entre salvajes en una casa opulenta a la que no iba más que a dormir o pavoneándome por los burdeles delante de fulanas y fanfarrones, para después no saber comportarme ni enterarme de lo que pasaba por el mundo. No quería que tú y Nico, que para entonces ya estaban en la capital, se avergonzaran de mí.

—Pero nosotros nunca…

—Tuve pesadillas durante años. Jamás logré deshacerme del todo de esa angustia negra que te deja en el alma el haberle visto el rostro a la muerte. Y quizá también por eso quise resarcirme y me empeñé en desafiar a esa mina que me sacó los colmillos y estuvo a punto de dejarles huérfanos.

Inspiró con fuerza el aire puro y seco que había hecho de Tacubaya el destino de descanso preferido por las élites de la capital. Los dos sabían que jamás iban a volver a aquella hermosa finca en la que tantos momentos gratos habían vivido. La puesta de largo de ella, sonoras reuniones de amigos, tardes frescas de plática entre sauces, madreselvas y limeros mientras en la ciudad se achicharraban de calor. Se oyeron salvas de artillería provenientes de algún lugar impreciso, pero ninguno se sobresaltó; ya estaban más que acostumbrados a su estruendo en aquellos días convulsos tras el fin de la Guerra de Reforma. Ajeno a todo, Andrade disparó a sus espaldas otra descarga de gritos. ¡Despejen la salida, quítense de en medio! ¡Ese aparador, arriba, a la de tres!

Mauro Larrea se alejó entonces del cobijo de la pérgola y caminó unos pasos hasta acercarse a la balaustrada de la terraza. Mariana no tardó en seguirle. Juntos contemplaron el valle y los volcanes imponentes. Hasta que ella se le anudó al brazo y apoyó la cabeza en su hombro, como diciéndole estoy contigo.

—Después de tantos años peleando, uno no se acomoda fácilmente a ver las cosas desde la distancia, ¿sabes? El cuerpo te pide otros retos, otras aventuras. Te vuelves ambicioso, te resistes a parar.

—Pero esta vez se te fue de las manos.

En la voz de su hija no había reproche, tan solo una reflexión serena y transparente.

—Así es este juego, Mariana; yo no escribí las normas. A veces se gana y a veces se pierde. Y cuanto más fuerte apuestas, más grande es la caída.

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