La Templanza
I. Ciudad de México » Capítulo 5
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La ayudó a salir de la berlina, la agarró por los hombros y le depositó un beso en la frente. Después la abrazó. No era dado a exponer sus afectos privados en público. Ni con sus hijos, ni con las mujeres que en algún momento pasaron por su vida. Aquel día, sin embargo, no se contuvo. Quizá porque ver a Mariana embarazada era algo que todavía le descolocaba. O porque sabía que el tiempo de estar juntos se iba agotando.
A diferencia de otras ocasiones, aquella tarde se marchó del palacio de la calle Capuchinas en el que ahora residía su hija sin entrar a saludar a su consuegra. Su intención no era esconderse de la vieja condesa de Colima ni de su título rancio o de su tormentoso carácter; simplemente tenía otras urgencias. La necesidad de marcharse en busca de una recomposición era cada vez más perentoria; habría de buscar nuevas vías, una salida que lo respaldase en caso de que la noticia de su derrumbe se filtrara por algún resquicio. Para no verse desprotegido, en cueros frente a una lamentable realidad que podría llegar a ser por todos conocida. Y comentada. Y chismeada. Y hasta celebrada por más de uno, como solía ocurrir en todas las derrotas ajenas. Y los cuatro meses de Tadeo Carrús ya habían empezado la cuenta atrás.
El café del Progreso a media tarde fue su siguiente destino: cuando estaba en su apogeo, antes de la desbandada para las cenas sociales o familiares. Antes de que se llenara de noctámbulos ociosos que no habían sido invitados a ningún sitio mejor. El local de encuentro más distinguido del momento, el frecuentado por la gente más principal, por hombres como él. De dinero. De negocios. De poder. Solo que la mayoría no se había arruinado aún.
No había acordado encontrarse con nadie, pero sí tenía meridianamente claras cuáles eran las presencias que deseaba hallar y aquellas con las que preferiría no coincidir. Escuchar, esa era su pretensión. Recibir información. Y quizá dejar caer él mismo alguna miga en el lugar conveniente, si se asomaba la coyuntura.
Sentados en divanes y sillones forrados de brocatel, lo más prominente del peso económico de la capital mexicana fumaba y bebía café negro como si fuera una causa común. Se leía la prensa y se debatía con ardor acerca de cuestiones políticas. Se hablaba de negocios y acerca de la perenne bancarrota del país. Sobre lo que pasaba en el mundo, sobre las leyes en perpetuo proceso de cambio al socaire de los distintos próceres de la patria e incluso acerca de amoríos, trifulcas y comadreos sociales si tenían algún legítimo interés.
Apenas entró se hizo cargo de la situación con un rápido barrido visual. Casi todos eran clientes fijos, casi todos conocidos. A primera vista no le pareció que estuviera por allí Ernesto Gorostiza, su futuro consuegro, y se tranquilizó. Mejor así, de momento. Tampoco vio a Eliseo Samper, y esto, sin embargo, le contrarió. Nadie como ellos sabía de las políticas del Gobierno relativas a finanzas y empréstitos, por lo que sondearle podría ser una buena opción. Ni a Aurelio Palencia, otro reseñable nombre que conocía a fondo los entresijos de la banca y sus tentáculos. Sí, en cambio, vislumbró la presencia formidable de Mariano Asencio. Empecemos por ahí, decidió.
Se acercó a la mesa aparentando naturalidad: distribuyendo saludos, parándose de vez en cuando a cruzar unas palabras, pidiendo su café al reclamo de un mozo. Hasta que alcanzó su objetivo.
—¡Hombre, Larrea! —saludó Asencio sin sacarse el cigarro de la boca, con su vozarrón y su desenvoltura habitual—. ¡Mucho llevas sin dejarte ver!
Antiguo embajador de México en Washington, el gigante Asencio andaba metido desde su regreso en los negocios más variopintos con los vecinos del norte y con todo el que se le cruzaba en el camino. Estaba además casado con una yanqui a la que doblaba en tamaño, y conocía como pocos los aconteceres del país vecino. Sobre su guerra entre hermanos, precisamente, giraba por entonces la conversación.
—Y el hecho de que el Sur pelee en su propio territorio es una enorme ventaja —apuntó alguien desde un extremo de la mesa cuando la tertulia se reanudó—. Dicen que sus soldados luchan con gran arrojo y mantienen una moral excelente.
—Pero también son mucho menos numerosos —rebatió alguien más.
—Cierto, como se comenta también que la Unión, el Norte, está en disposición de triplicar sus hombres en un corto plazo.
El número de soldados y la moral de las tropas importaban a Mauro Larrea bastante poco, aunque escuchó simulando interés. Hasta que, como quien no quiere la cosa, metió una cuña con su pregunta.
—¿Y cuánto calculas tú, Mariano, que les queda de guerra?
Todo apuntaba a que el conflicto sería largo y sangriento, y él lo sabía de sobra. Pero a la desesperada persistía en agarrarse inútilmente a la ilusión de un rápido desenlace. Tal vez, si todo concluyera relativamente pronto, él podría intentar recuperar su maquinaria. O, al menos, parte. Podría embarcarse para investigar el paradero de sus propiedades, contratar a un abogado gringo, reclamar compensaciones…
—Mucho me temo que va para largo, amigo mío. Para un buen puñado de años seguramente.
Se oyeron murmullos de asentimiento, como si todos los presentes sostuvieran la misma seguridad.
—Se trata de una contienda bastante más compleja de lo que desde aquí logramos entender —añadió el gigantón—. El trasfondo es una lucha entre dos mundos diferentes con dos filosofías de vida y dos economías radicalmente distintas. Pelean por algo más profundo que la esclavitud. Lo que el Sur persigue es su mera independencia, de eso no hay duda. Ahora sí que les podemos llamar a esos pendejos los Estados Desunidos de América.
La risa fue general: las heridas de la invasión sufrida unos años antes aún estaban frescas y nada complacía más a los mexicanos que todo lo que atacara frontalmente a sus vecinos. Pero tampoco aquello preocupaba al minero; lo único que sacó en claro de esa charla fue que reconfirmaba lo que él ya sabía que era un combate perdido. Ni en sus mejores sueños iba a existir la menor oportunidad de recuperar una sola tuerca de su maquinaria, ni un simple peso de sus inversiones.
La mayoría del grupo estaba ya a punto de abandonar el café cuando Mariano Asencio, por sorpresa, le agarró el codo con su manaza de oso y le retuvo.
—Llevo días intentando verte, Larrea. Pero de una manera u otra no logramos coincidir.
—Cierto, llevo un tiempo bastante ocupado, ya sabes.
Palabras vacuas, qué otra cosa podía decirle. Por fortuna, Asencio no les prestó mayor atención.
—Tengo interés en hacerte una consulta.
Dejaron que los demás tertulianos abandonaran el café y se dispersaran con rumbos distintos; solo entonces salieron. A él le esperaba Laureano en su berlina, pero a Asencio no parecía aguardarle carruaje alguno. De inmediato supo por qué.
—El matasanos de Van Kampen, ese médico alemán del demonio cuyas monsergas mi mujer me obliga a obedecer, se ha empeñado en que tengo que moverme. Así que ella misma se ha encargado de dar órdenes a mi cochero de que no me espere en ningún sitio.
—Yo puedo llevarte a donde quieras…
Rechazó la propuesta con un aspaviento al aire.
—Olvídalo, ya me pescó la otra noche llegando a casa en el landó de Teófilo Vallejo y no te imaginas la que me armó. Quién me mandaría a mí matrimoniarme con una güera episcopaliana de New Hampshire… —protestó con cierta sorna—. Pero sí te agradecería infinito, amigo mío, que me acompañaras caminando, si no tienes prisa. Vivo en la calle de la Canoa, no nos demorará mucho.
Despachó a Laureano tras darle la nueva dirección; su coche arrancó vacío y él se dispuso a escuchar a aquel hombre que siempre le había generado sensaciones contrapuestas.
Las calles, como todos los días, estaban atestadas de transeúntes con mil tonos de piel que se cruzaban en un bullicioso ir y venir. Mujeres indígenas con enormes ramos de flores entre los brazos y sus criaturas cargadas en rebozos; hombres de color bruñido que llevaban a la cabeza fuentes de barro llenas de dulces o manteca amontonada; limosneros, gente honrada, soldadesca y charlatanes que deambulaban sin reposo de la mañana a la noche en una rueda sin fin.
Entre todos ellos se abría paso Asencio con el empuje de un galeón, apartando a bastonazos a pedigüeños y léperos andrajosos que, entre lamentos y gimoteos, les pedían una limosna por la purísima sangre de Cristo Nuestro Señor.
—Se ha puesto en contacto conmigo un grupo de inversores británicos. Tenían todo organizado para arrancar una prometedora campaña minera en los Apalaches. Pero la guerra, lógicamente, les paró los pies. Están pensando en trasladar sus intereses a México y me piden información.
Una broma. Una asquerosa broma del destino. Eso fue lo primero que Mauro Larrea pensó al escuchar la noticia. Él se había hundido en la miseria por culpa de aquella contienda que ni le iba ni le venía, y Asencio, precisamente en ese momento, le decía que los viejos hermanos ingleses de los gringos que ahora andaban matándose entre sí pretendían instalarse en los dominios que él dejaba libres a causa de su caída.
Ignorante de la zozobra que mordía al minero como una sabandija agarrada a sus tripas, Asencio, todo a la vez, continuaba hablando, caminando como un paquidermo y quitándose de encima sin la menor misericordia y a golpes de bastón a unos cuantos ciegos con las cuencas vacías y a docenas de tullidos que enseñaban con obscena ostentosidad sus taras y muñones.
—Yo les insistí en que no es un buen momento para invertir ni una guinea en México —añadió rebufando—. Y eso a pesar de que los Gobiernos llevan ya años dándoles todas las bendiciones a fin de atraer capitales extranjeros.
—Ya lo intentaron sus compatriotas de la Compañía de Aventureros en Real del Monte y Pachuca. Y fracasaron —aclaró en un esfuerzo por sonar natural a pesar de la angustia que lo fustigaba—. No lograron hacerse con las formas de trabajar de los mexicanos, se negaron a dar partido…
—Lo saben, lo saben —atajó Asencio—. Pero parece que ahora están más preparados. Y tienen la maquinaria lista para ser embarcada desde Southampton. Y a mí me viene de perlas que la traigan hasta acá porque así uso yo el mismo buque para mandar mis mercancías hasta Inglaterra. Lo único que necesitan es un buen caladero, si me permites la expresión; disculpa mi ignorancia en este negocio de ustedes. Una buena mina que no haya sido explotada en los últimos tiempos, dicen, pero que tenga garantía de potencial.
Se contuvo para no soltar una carcajada malsana, cargada de amargura. Las Tres Lunas. El perfil de Las Tres Lunas, su gran sueño, era exactamente lo que aquellos ingleses andaban buscando sin saberlo. Puta madre que los parió.
—Les prometí hacer algunas averiguaciones —prosiguió el gigantón—. Y pensé en preguntarte. Sin entrar en conflicto con tus intereses, claro está.
Y lo más irónico de todo, lo más terrible a la vez, siguió pensando, era que Las Tres Lunas, sometida a las normas habituales de los sitios mineros, no era siquiera de su propiedad. De haber sido así, tal vez incluso habría podido vendérsela a los ingleses, o arrendársela y sacarle alguna tajada. O se habría postulado ante Asencio como socio en esa hipotética futura empresa. Pero no tenía ningún título de propiedad sobre la mina porque se lo impedían las viejas ordenanzas de tiempos del virreinato que aún se mantenían vigentes. Un permiso de amparo: un expediente que lo autorizaba a tomar posesión y laborarla, eso era todo lo que obraba en su poder. Algo que podría declararse nulo con todas las de la ley si no se empezaba en breve, dejando así el camino abierto para quien pudiera llegar detrás.
Asencio volvió a agarrarle del brazo, esta vez para proponerle una parada en una esquina, frente a una vieja chimolera instalada tras un brasero que rezumaba mugre. Sobre él calentaba las tortillas que antes había amasado con unas manos de larguísimas uñas negras. Ni aposta, entre los mil vendedores de comida que surcaban las calles, podría haberse decidido por un puesto más innoble.
—Ese pánfilo de Van Kampen también le dijo a mi mujer que tengo que comer menos y entre los dos me están matando de hambre. —Rebuscó entonces en el bolsillo del chaleco en busca de unos pesos—. Más me valdría haberme casado con una buena doña mexicana de las que te esperan siempre con la mesa bien repleta. ¿Te hace un taquito de puerco, compadre? ¿Una gorda de manteca?
Prosiguieron el camino mientras Asencio, todo a una, engullía la comida recién comprada, hablaba sin tregua y despachaba pordioseros con una agilidad admirable. Y, de paso, se condecoraba la pechera con los restos pringosos que le caían de la boca.
—Supongo que a ti también te estará afectando negativamente esta guerra —tanteó entonces Mauro Larrea—. Con los puertos de los confederados del Sur bloqueados por la Unión.
—En absoluto, mi querido amigo —replicó masticando a dos carrillos—. A causa del bloqueo, los sudistas están empezando a comerciar desde el puerto de Matamoros, donde tengo algunos intereses. Y como el Norte ya no le compra algodón al Sur, que era el principal comercio entre ellos, yo también he empezado a suministrárselo a los yanquis; poseo por ahí unas cuantas haciendas que adquirí a precio de saldo antes de que estallara el conflicto.
Dio entonces cuenta del último bocado de su tercer taco y, sin mayor miramiento, se limpió la boca con la manga de la levita. Soltó luego un sonoro eructo. Perdón, dijo. Por decir.
—Entonces, volviendo a nuestro asunto, ¿qué me aconsejas que les diga a los súbditos de su Graciosa Majestad? Esperan una respuesta en breve, andan impacientados. Ya seguiré yo haciendo mis averiguaciones por ahí, a ver qué me cuenta Ovidio Calleja, el del archivo de la Junta de Minería, que me debe unas cuantas. A ese pendejo tampoco se le escapa ni una, y más si hay algún beneficio de por medio para él. Pero me gustaría saber tu opinión, porque la plata, en confianza, sigue siendo un buen negocio, ¿cierto?
—No creas —improvisó compulsivo—. Los problemas crecen sin freno, y a menudo los gastos no compensan los rendimientos. El azogue y la pólvora, que se precisan por toneladas, cambian de precio según el día. El bandidaje se ha convertido en una pesadilla y hay que pagar escoltas militares para las conductas del metal; cada vez queda menos mena de buena ley, los trabajadores se están volviendo combativos como demonios…
No mentía. Pero sí exageraba. Todos aquellos problemas existían como lo habían hecho siempre desde que entró en aquel mundo, no se trataba de ninguna novedad. Y él mismo les había plantado cara a lo largo de los años.
—De hecho —añadió elaborando una mentira sobre la marcha—, yo mismo estoy pensando en diversificar mis negocios fuera del país.
—Para dirigirlos ¿hacia dónde? —preguntó Asencio con curiosidad descarada. Además de su conocimiento acerca de los asuntos del norte, de su verbo impetuoso y de la extravagante disparidad de sus negocios, el gigantón tenía también fama de cazar las oportunidades ajenas con enorme rapidez.
Jamás había sido Mauro Larrea un hombre embustero, siempre había ido de frente. Pero, ante el acoso, no tuvo más remedio que soltar una sarta de mentiras elaboradas precipitadamente a partir de lo escuchado en conversaciones sueltas por acá y por allá.
—No lo tengo del todo claro, estoy estudiando varias ofertas. Me gustaría tal vez abrirme hacia el sur, invertir en fincas de añil en Guatemala. Tengo también un antiguo socio que me ha propuesto algo relacionado con el cacao de Caracas. Hay, además…
La manaza de Asencio le cayó entonces sobre el brazo como un plomo, obligándole a detenerse en medio de la calle.
—Si este que te habla tuviera tu liquidez, Mauro, ¿tú sabes lo que haría?
Y sin esperar respuesta le acercó al oído su aliento aún cargado de cebolla, chile y puerco y, entre olores y letras, le lanzó una descarga que le hizo pensar.