La Templanza

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I. Ciudad de México » Capítulo 6

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Andrade lo aguardaba con su cráneo brillante y los anteojos sobre el puente de la nariz, frente a una pila de documentos.

—Pinche oportunista —farfulló el minero tras aislarse del exterior con un portazo.

El apoderado apenas levantó la vista de las cuentas que repasaba.

—Confío en que no te refieras a mí.

—Hablo de Mariano Asencio.

—¿El gigante?

—El gigante filibustero.

—Nada nuevo bajo el sol.

—Está en tratos con unos ingleses. Una compañía de aventureros listos para plantar sus voluntades allá donde les aconsejen. Traen medios solventes y dinero fresco, y no van a perder el tiempo arriesgándose con minas vírgenes. Van a fiarse de lo que él les diga, y ese demonio va a remover cielo y tierra para ofrecerles algo apetitoso y llevarse después su buena tajada.

—No te quepa duda.

—Ya me anunció que el primer sitio en el que meterá su gran nariz será el archivo de la Junta de Minería, donde va a encontrar proyectos a mansalva.

—Menores, casi todos, para las ambiciones de esa gente. Excepto…

—Excepto el nuestro.

—Lo cual significa…

—Que en cuanto Asencio vea que no arrancamos con Las Tres Lunas, les abrirá camino a través del rastro que dejemos.

—Y que donde sepan que tú has olfateado posibilidades de bonanza, ellos se plantarán en tres días.

El silencio se hizo tenso como una catapulta lista para disparar. Fue Andrade quien lo rompió.

—Lo peor será que actuarán con todas las de la ley, porque hemos sobrepasado los plazos —adelantó con voz negra.

—Largamente.

—Y eso implica que Las Tres Lunas puede declararse…

Dos palabras siniestras retumbaron al unísono.

—Desierta y desamparada.

En la jerga del negocio minero, tales adjetivos dispuestos en ese preciso orden solo anticipan algo funesto: que si a partir de la fecha estipulada se faltaba al cumplimiento, si no arrancaban las labores o si estas se suspendían prolongadamente sin causa que lo justificara, cualquiera podría solicitar un nuevo amparo, privar al anterior emprendedor del dominio del yacimiento y tomar posesión de él.

—Como cuando había que pedir permiso al rey de España para poner malacate en las propiedades de la Corona, maldita sea —masculló.

Mauro Larrea cerró los ojos unos instantes y se presionó los párpados con las yemas de los dedos. Entre las momentáneas tinieblas, a su retina volvieron los once pliegos de papel timbrado que depositó con su rúbrica en las dependencias del archivo de la Junta de Minería. Cumplidor con la normativa, en ellos solicitaba amparo oficial para laborar la mina abandonada y exponía concienzudamente sus aspiraciones. La extensión que pretendía explorar y su orientación, la profundidad, los diversos tiros por los que adentrarse.

Como si Andrade le leyera el pensamiento, sus labios pronunciaron quedamente:

—Dios nos agarre confesados…

Unos extranjeros se habían quedado con su maquinaria arrastrándolo a la ruina más absoluta. Y si no lo remediaban a tiempo, otros estaban a punto de arrebatarle también sus ideas y conocimientos, el único agarre que le quedaba por si algún día las tornas volvían a cambiar.

Los dos hombres se miraron y asintieron mudos: en ambas mentes flotaba la misma decisión. Había que sacar el expediente de los archivos como fuera, para que nunca llegara ni a Asencio ni a los ingleses. Y a fin de no levantar curiosidad ni suspicacias, toda cautela era poca.

La conversación continuó por la noche, cuando Andrade regresó tras haber hecho unas cuantas averiguaciones. Sobre ellas le puso al tanto, frente a la mesa de billar en la que Mauro Larrea llevaba otro par de horas batiéndose de nuevo consigo mismo: la única manera de mantener a los demonios amordazados mientras iba tomando decisiones.

—Calleja lleva fuera varias semanas, en su visita anual a las diputaciones.

No necesitó aclarar que Ovidio Calleja era el superintendente del archivo de la Junta de Minería: un viejo conocido del ramo con el que años atrás no les había faltado más de un desencuentro. Por unas lindes entre pozos, en una ocasión. Por unas remesas de azogue en otra, y alguna más hubo. En ninguna de ellas logró Calleja salir airoso y casi siempre se acabaron llevando Larrea y Andrade la parte del león. Así las cosas, ambos sabían que, a pesar de los años transcurridos, el resquemor aún le escocía a su otrora contrincante. Nada generoso podrían por ello esperar de él. Si acaso, lo contrario.

Alejado hacía tiempo de los campamentos mineros tras la irregular suerte de sus inversiones, Calleja había logrado finalmente aquel puesto burocrático que no le reportaba abiertamente grandes beneficios, pero sí le confería algunas prebendas adicionales gracias a su moral no del todo escrupulosa.

—Quizá esa ausencia juegue a nuestro favor —fue la reflexión del apoderado—. Si estuviera acá, en cuanto supiera que tenemos interés en retirar el proyecto, se interesaría por él. Y se demoraría en devolvérnoslo con cualquier excusa, y aprovecharía para que un escribano le hiciera una copia o él mismo anotaría los detalles y se los guardaría para sí.

—O para compartirlos con cualquiera que mostrara interés.

—Ni lo dudes —replicó el apoderado llevándose a los labios el vaso de brandy que su amigo había dejado a medio beber sobre uno de los bordes de la mesa. No le pidió permiso, no hacía falta.

Las dos mentes maquinaban al unísono. A la desesperada.

—Podríamos aprovechar su ausencia para morder a alguno de los subalternos. Al flaco de la barba rala. O al de las lentes ahumadas. Sugerirles que distraigan discretamente el expediente del archivo, proponerles a cambio algo suculento; quizá tentarles con algo de valor antes de que nos acabemos desprendiendo hasta de las pestañas. Una buena pintura, un juego de candelabros de plata maciza, un par de yeguas…

Andrade pareció concentrar toda su atención en devolver cuidadosamente el vaso tallado al sitio exacto que ocupaba unos momentos antes: el que marcaba un rodal húmedo sobre la caoba.

—Calleja cuenta tan solo con esos dos subalternos a quienes bien conoces, y los tiene adiestrados como a macacos de feria. Jamás hacen nada a su espalda, no osan traicionar la mano que les da de comer. A no ser que les pusieras enfrente el tesoro de Moctezuma, cosa que veo harto compleja, siempre sacarán mejores beneficios si mantienen la lealtad a su superior.

No necesitó preguntar cómo se había enterado: en la tupida red de la burocracia capitalina, todo se podía saber con tan solo unas cuantas preguntas lanzadas con buen tino.

—Esperemos a mañana, en cualquier caso —concluyó—. Entretanto, hay algo más que Mariano Asencio me comentó y que me gustaría que supieras.

Le repitió entonces el último consejo que salió de la boca del titán entre vahídos de comida grasienta. Y le dijo que estaba pensando que quizá aquella no fuera la peor de las opciones. Y Andrade, como siempre que tenía constancia de que su amigo andaba entre las sombras al borde de un precipicio, se sacó el pañuelo del bolsillo y se lo llevó a la frente. Había empezado a sudar.

Aparecieron por el Palacio de Minería a eso de las once y media de la mañana, para no dejar traslucir su ansiedad. Como si pasaran accidentalmente por el imponente edificio que albergaba el archivo. O como si hubieran encontrado un hueco fortuito entre sus múltiples obligaciones. Armados con los sempiternos rollos de papel propios de su oficio y con una carpeta de piel repleta de supuestos documentos. Seguros de sí mismos, elegantemente ataviados con sus levitas de alpaca inglesa y sus corbatas recién planchadas y los sombreros de media copa que se quitaron al entrar. Como cuando la fortuna aún les cortejaba y les guiñaba un ojo con simpatía.

Apenas había actividad en las dependencias; al fin y al cabo, no eran demasiados los proyectos mineros que se registraban aquellos días. Tan solo encontraron por eso a los dos empleados previstos, cada uno sumergido en sus quehaceres, protegidos de tinta y polvo por manguitos de percalina. Alrededor, multitud de vitrinas con puertas de cristal extendidas de techo a suelo. Y bien cerradas con llave, según certificaron con apenas un vistazo. Dentro, apretados entre sí y amarillentos en su mayoría, miles de legajos, cédulas y actas de posesión capaces de ofrecer a quien tuviera la paciencia de leerlos un paseo pormenorizado por la ancha trayectoria de la minería mexicana desde la colonia hasta el presente.

Saludaron con una cierta familiaridad; hartos estaban al fin y al cabo los cuatro hombres de verse las caras al menos un par de veces al año. Solo que, en otras ocasiones, los empleados no intervenían en nada y era el propio Ovidio Calleja quien les atendía con unos formalismos exagerados que revelaban su categórica antipatía.

Los subalternos se levantaron ceremoniosos.

—El superintendente no se encuentra.

Ellos manifestaron una fingida contrariedad.

—Pero si en algo podemos nosotros ayudar a los señores…

—Supongo que sí: ustedes son de la absoluta confianza de don Ovidio y conocen esta casa tan a fondo como él mismo. O mejor, incluso.

El apoderado fue quien lanzó esa primera piedra, con la coba por delante. La segunda la tiró él.

—Necesitamos consultar un expediente de denuncio. A mi nombre, Mauro Larrea. Conmigo traigo el comprobante del depósito, para que encuentren la referencia con facilidad.

El más alto de los empleados, el de las lentes emplomadas, carraspeó. El otro, el delgado y poca cosa, se puso las manos a la espalda y bajó la mirada.

Transcurrieron unos incómodos segundos en los que solo se escuchó el péndulo de un reloj de pared situado sobre el gran escritorio vacío del superior ausente.

El hombre volvió a carraspear antes de soltar lo que ya esperaban.

—Lamentándolo mucho, señores, creo que no va a sernos posible.

Ambos fingieron una exquisita sorpresa. Andrade alzó una ceja extrañado, el minero frunció levemente el entrecejo.

—¿Y eso, cómo es, don Mónico?

El empleado alzó los hombros en señal de impotencia.

—Órdenes del superintendente.

—Increíble se me antoja —replicó Andrade con elaborada retórica.

El flaco intervino entonces, en refuerzo de su compañero:

—Son órdenes que hemos de acatar, señores. Ni siquiera tenemos las llaves a nuestra disposición.

Ni un plumín se movía de aquel archivo sin la autorización expresa de Ovidio Calleja; de esa férrea inflexibilidad no iban a descabalgarlos ni a tiros.

Y ahora por dónde salimos, compadre, se dijeron sin voz uno a otro. No tenían nada previsto, no les quedaba más alternativa que una humillante desbandada con las manos vacías. Por Dios que a veces las cosas se complicaban como si un perverso emisario de Satanás las estuviera manipulando a su capricho.

Todavía se debatían entre seguir insistiendo o resignarse ante el revés, cuando al fondo de la estancia oyeron el crujido de una puerta lateral. Los cuatro pares de ojos se dirigieron a ella como atraídos por un imán, aliviados por la ruptura momentánea de la tensión. Apenas comenzó a abrirse, tres gatos ágiles como soplos de viento se escurrieron dentro de las dependencias. Luego asomó el ruedo de una falda del color de la mostaza. Y finalmente, cuando la puerta quedó del todo abierta, entró una mujer de edad indefinida. Ni joven ni vieja, ni guapa ni fea. Ni lo contrario.

Andrade se adelantó un paso, imprimiendo en su cara una sonrisa zorruna. Tras ella escondía su inmenso desahogo por haber encontrado una imprevista excusa para prolongar su presencia en el archivo.

—Gusto de verla, señorita Calleja.

Mauro Larrea, por su parte, contuvo las ganas de decirle irónico a su amigo bien hiciste tus pesquisas, cabrón. No solo averiguaste el nombre de los subalternos, sino que también te enteraste de que existe una hija.

Al rostro de la recién llegada asomó un gesto de desconcierto, como si no esperara encontrar a nadie en el archivo a aquella hora. Probablemente se había acercado tan solo un minuto desde la vivienda que el superintendente y su familia ocupaban en el mismo inmueble del Palacio de Minería. Sin arreglarse, vestida casi de andar por casa.

Con todo, no tuvo más remedio que mantenerse a la altura y, con un punto de apocamiento, les dio los buenos días.

El apoderado avanzó dos pasos más.

—Don Mónico y don Severino nos estaban notificando en este preciso momento la ausencia de su señor padre.

Rostro redondo, cabello tirante recogido en la nuca, la treintena ampliamente superada, el cuerpo sin demasiada gracia enfundado en un anodino vestido de mañana con recatado cuello de color marfil. Una mujer como cientos de mujeres, de las que no dejan poso en la retina cuando un hombre se las cruza por la calle; una fémina de las que tampoco resultan nunca ingratas o desagradables. Así era Fausta Calleja vista desde la distancia que les separaba: una mujer del montón.

—En efecto, se encuentra fuera de la ciudad —replicó—. Aunque creemos que tiene previsto el regreso en breve. A preguntar venía, de hecho; a saber si ya se recibió la correspondencia que lo confirme.

—Todavía no tenemos constancia, señorita Fausta —respondió el de las lentes opacas—. Nada llegó aún.

Con excepción de los pasos que había avanzado el apoderado para acercarse a la hija del superintendente, todos permanecían inmóviles, como clavados sobre los tablones mientras los gatos se movían a sus anchas entre las patas de los muebles y las piernas de los empleados. Uno, rojizo como una llama, saltó a una de las mesas y se paseó con descaro pisando folios y pliegos.

Andrade, de nuevo, fue quien retomó el amago de conversación.

—Y su señora madre, señorita, ¿qué tal se encuentra estos días?

De no tener por delante una realidad tan tremebunda, Mauro Larrea habría estallado en una bronca risotada. ¿De dónde sacaste, viejo demonio, semejante interés por la familia de un tipo que estaría dispuesto a dejarse rebanar una oreja antes de echarnos una mano?

La hija, como era de esperar, no percibió la hipocresía de la pregunta.

—Prácticamente recuperada, muchas gracias, señor…

—Andrade, Elías Andrade, un devoto amigo de su señor padre, a su entera disposición. Y este otro señor, idénticamente afecto a la amistad de su papá, es don Mauro Larrea, un próspero minero viudo a quien tengo el honor de representar y por cuya honradez, bonhomía y calidad moral soy capaz de apostar mi alma.

¿Te volviste loco, hermano? ¿Adónde quieres llegar con ese lenguaje de novelón para damiselas? ¿Qué pretendes de esta pobre mujer mintiéndole sobre la relación que nos une con su padre, destripando mis intimidades y cubriéndome de ridículas alabanzas?

De inmediato supo, sin embargo, que no necesitaba respuestas: al recibir la mirada de Fausta Calleja entendió con instantánea lucidez lo que su amigo perseguía. Todo estaba en sus ojos, en la intensidad con que ella observó su cuerpo, sus ropas, su rostro y su empaque. Híjole, cabrón. Así que te enteraste de que la hija es soltera y de pronto se te ocurrió presentarme en bandeja como un potencial pretendiente, por si tal vez por ahí pudiéramos avanzar a la desesperada.

—Nos alegramos enormemente, señorita, de que su mamá haya recobrado la salud. ¿Y qué malestar la aquejó, si no es indiscreción?

Con la misma oratoria recargada, el apoderado había retomado su absurda conversación en el mismo lugar en que la había dejado. Ella, como pillada en un renuncio, desprendió veloz la mirada de él.

—Un fuerte catarro, por suerte superado.

—Dios quiera que no se repita.

—Eso esperamos, señor.

—Y… y… ¿se encuentra ya en disposición de recibir visitas?

—Precisamente esta misma mañana vinieron a verla unas amigas.

—Y… y… ¿cree usted que podría aceptar también la visita de un servidor? Acompañado del señor Larrea, naturalmente.

Esta vez fue él quien tomó la iniciativa. Ni modo, resolvió consigo mismo. Hay mucho en juego como para andarnos con remilgos. Y de los malditos cuatro meses que tenía para enderezarse, ya había malgastado dos días.

Sin el menor recato y con todo el aplomo que fue capaz de reunir, clavó en la mujer una mirada prolongada e impetuosa que la atravesó.

Ella bajó el rostro al suelo, azorada. El gato color fuego se le restregó mimoso entre los pliegues de la falda; se agachó a recogerlo, lo acunó entre los brazos y le hizo una monería en el hocico, susurrándole algo que no llegaron a oír.

A la espera de una respuesta, los dos amigos guardaron la más hidalga compostura. Sus cerebros, mientras tanto, no paraban de trajinar. Si los empleados no daban su brazo a torcer para sacarles el expediente del archivo, tal vez la esposa y la hija pudieran hacer algo por ellos. En el interior de sus cabezas, por eso, martilleaban sus propias voces. Vamos, vamos, vamos. Ándale, muchacha, di que sí.

Por fin se agachó para dejar al gato libre. Al levantarse, con las mejillas levemente enrojecidas, les dejó oír lo que ansiaban.

—En nuestro humilde hogar serán cordialmente recibidos cuando los señores consideren oportuno.

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