La Templanza

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I. Ciudad de México » Capítulo 10

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10

Abandonó la mansión de Capuchinas con un regusto amargo en la boca. Por haber rechazado la iniciativa de Mariana. Por disgustar a la matriarca de la familia a la que ella ahora pertenecía.

—¡Santos!

La orden fue taxativa:

—Empieza a empacar. Nos vamos.

Todo estaba decidido y debidamente propagado. Tan solo le quedaba por solucionar el problema del archivo, pero ya casi tenía a Fausta subyugada con sus cretinas artes de casanova. Mucho tendrían que torcerse las cosas para que aquella noche no lograra su objetivo.

Entretanto, mejor no demorarse. Por eso se encerró con Andrade en su despacho, dispuestos a rematar los últimos asuntos importantes. En brega intensa estaban desde que regresara de casa de la condesa: actas notariales, carpetones, libros de cuentas abiertos, tazas medio vacías de café.

—Aún quedan unos cuantos pagos pendientes —dijo el apoderado mientras pasaba la pluma al vuelo sobre un documento lleno de cifras—. Así que todos los muebles y enseres que sacamos de la hacienda de Tacubaya irán a parar a casas de compraventa y de empeño a fin de obtener liquidez para hacer esos pagos. Acá en San Felipe Neri dejaremos lo mínimo para que el palacio no pierda su empaque aparente, pero nos desharemos de lo más valioso: las mejores pinturas, la cristalería de Bohemia, las tallas, los marfiles. Lo mismo se hará con los enseres personales y la ropa que no vaya en tu equipaje; más caudal para tapar agujeros. A partir de ahora, Mauro, tus únicas posesiones serán las que viajen contigo.

—Actúa con discreción, Elías, por favor.

Andrade alzó la vista por encima de los anteojos.

—Pierde cuidado, compadre. Depositaré todo en gente de confianza, en prestamistas y en el montepío de ciudades pequeñas. Haré particiones para que quede disperso y siempre será por persona interpuesta; nadie sospechará su procedencia. Eliminaremos tus iniciales cuando vayan grabadas o bordadas, intentaré no dejar el menor rastro.

Sonó un puño sobre la puerta que mantenían firmemente cerrada. Antes de dar permiso, asomó una cabeza.

—Acaba de llegar don Ernesto Gorostiza, patrón —anunció Santos Huesos.

El cruce de miradas entre los amigos fue un fogonazo. Pinche malaventura, el que faltaba.

—Que suba, por supuesto. Acompáñale.

El apoderado comenzó a guardar a puñados los documentos más comprometidos en los cajones mientras él se recomponía la corbata y salía a recibir al recién llegado a la galería.

—Mis disculpas antes de nada, Ernesto, por el lamentable estado de mi casa —dijo tendiéndole una mano—. No sé si sabes que estoy a punto de salir de viaje, precisamente tenía entre mis planes más inmediatos hacerles una visita a fin de despedirme de ti, de Clementina y de nuestra querida Teresita.

Su sinceridad era absoluta: sería incapaz de abandonar la capital sin antes haberse visto con sus futuros consuegros y con la niña que penaba por el botarate de su hijo Nicolás. Solo que habría preferido otro momento.

—Todo México lo sabe a estas alturas, amigo mío. Tu consuegra se encargó de difundirlo en la puerta de La Profesa a primera hora de la mañana, apenas don Cristóbal pronunció el Ite missa est.

Nada bueno trae, masculló para sí. El apoderado, a la espalda del recién llegado, simuló pegarse un tiro en la sien con el índice. ¿Le habían alcanzado los ecos de su insolvencia? ¿Venía dispuesto a anunciarle la ruptura del compromiso entre sus hijos? Las más siniestras previsiones cruzaron su mente como canes rabiosos: Nico sometido a vejación pública al verse rechazado por la familia de su prometida; Nico llamando a puertas que nadie le abría; Nico andrajoso y sin futuro, convertido en uno de aquellos petimetres a los que cada noche echaban a patadas de los cafés.

Su actitud exterior, con todo, apenas dejó entrever aquella angustia. Bien al contrario: cordial como siempre en apariencia, Mauro Larrea ofreció a su invitado un asiento que aceptó y una taza de café que rechazó. ¿Un jugo de papaya? ¿Un anisete francés? Gracias infinitas, amigo, pero me marcharé enseguida; estás ocupado y no quiero entretenerte.

Andrade, por su parte, anunció con una vaga excusa que debía ausentarse; salió discretamente y cerró sin ruido. Una vez solos, Ernesto Gorostiza arrancó a hablar.

—Verás, se trata de una cuestión en la que confluye lo material con lo personal.

Vestía intachable y se tomaba su tiempo al desgranar las palabras, uniendo las yemas de los dedos a la vez que encadenaba las frases. Unos dedos muy distintos a los suyos: estilizados, sin apariencia de haber manejado en la vida ninguna herramienta más allá del abrecartas o el tenedor.

—No sé si sabes que tengo una hermana en Cuba —continuó—. Mi hermana Carola, la menor. Casó muy joven con un español recién llegado por entonces de la Península y marcharon juntos a las Antillas. Desde entonces sabemos de ellos nomás lo justo y tan solo esporádicamente; nunca los volvimos a ver. Pero ahora…

Estuvo tentado a abrazarle, con un pellizco de emoción agarrado a las vísceras. No viniste a hundir a mi hijo; no vas a triturar a mi pequeño tarambana, todavía le crees digno. Gracias, Ernesto; gracias, amigo; gracias desde lo más profundo de mi corazón.

—… Ahora, Mauro, necesito un favor.

El descomunal alivio que sintió al saber que las primeras preocupaciones de Gorostiza ni siquiera rozaban a Nico se mezcló con una reacción de alerta al escuchar la palabra «favor». Híjole, ahora viene la factura.

—Hace apenas unas semanas que vendimos la hacienda de mi familia materna en El Bajío; recordarás que mi madre murió hace unos meses.

Cómo no recordar aquel sepelio de alcurnia. El lujoso catafalco, el coche fúnebre tirado por cuatro corceles con penachos negros, lo más granado de la ciudad dando el último adiós a la matriarca del ilustre clan.

—Y en estos días, con todo ya liquidado, me veo en la obligación de hacer llegar a Carola la cantidad que le corresponde por la venta: una quinta parte como la quinta hermana que es.

Empezó a intuir por dónde iban los tiros, pero no le interrumpió.

—Sabes tan bien como yo que no corren vientos favorables para las buenas transacciones pero, aun así, no se trata de un montante en absoluto desestimable. Tenía pensado enviárselo por medio de un intermediario; sin embargo, al saber de tus intenciones pensé que si tú, que eres de plena confianza y ya casi parte de la familia, pudieras encargarte, yo me quedaría infinitamente más tranquilo.

—Dalo por hecho.

La serena seguridad que pretendía transmitir con sus palabras no coincidía, lógicamente, con lo que sentía en su interior. Grandísima faena. Más compromisos. Más ataduras. Menos margen de libertad para moverse. Pero si con ese favor reforzaba el encaje de Nico entre los Gorostiza, alabado fuera Dios.

—No tenemos demasiada relación con ella desde hace años, se casó jovencita con un español, ¿te lo dije ya?

Asintió con un discreto movimiento de barbilla; no quería incomodarle al reconocer que estaba siendo un tanto reiterativo.

—Él era un muchacho de buena planta que llegaba a América respaldado por un digno capital. Reservado aunque extremadamente correcto; procedía de una distinguida familia andaluza pero, por alguna razón que no llegamos a conocer, había cortado relación con ellos. Y, por desgracia, tampoco mostró demasiado interés en acoplarse a la nuestra; una lástima, porque le habríamos acogido con los brazos abiertos, lo mismo que haremos con tu hijo en cuanto matrimonie con Teresita.

Volvió a asentir, esta vez con un gesto que indicaba gratitud, aunque por dentro se le revolvieron las asaduras. Dios te oiga, hermano. Dios te oiga y te ilumine para que nunca te arrepientas de lo que acabas de decir.

—A pesar de que les ofrecíamos dependencias en nuestro palacio de la calle de la Moneda, él prefirió cortar amarras y trasladarse a Cuba. Y Carola, lógicamente, se fue con él. Por ponerte en antecedentes, en confianza he de confesarte que fue un matrimonio un tanto precipitado y no exento de un potencial escándalo; ella quedó en estado antes de los esponsales, así que todo se precipitó. Y aunque ese embarazo nunca llegó a término, a los tres meses de conocerse ya estaban casados. Una semana más tarde los despedimos rumbo al Caribe. Después supimos que él compró un cafetal, que se instalaron en una buena casa y se integraron en la vida social de La Habana. Y hasta hoy.

—Entiendo —musitó. No se le ocurrió otra cosa que decir.

—Zayas.

—¿Perdón?

—Gustavo Zayas Montalvo, así se llama el esposo. Con el metálico que te entregue irá también la dirección.

Gorostiza dio entonces una lánguida palmada y se frotó las manos, concluyendo el asunto.

—Listo, pues; no sabes la tranquilidad que me queda en el cuerpo.

Mientras bajaban la escalinata, concretaron que de los detalles y la entrega de los bienes se encargarían sus respectivos apoderados. En el patio intercambiaron los últimos comentarios sobre la estancia de Nico en Europa. Volverá convertido en un hombre de provecho, será un matrimonio magnífico, Teresita se pasa el día rezando para que todo salga bien. A él se le volvieron a retorcer las entrañas.

Se dieron el último adiós en el zaguán con un abrazo sonoro.

—Eternamente agradecido quedo, amigo mío.

—Por vosotros, lo que haga falta —respondió el minero palmeándole el hombro.

Tan pronto comprobó que el carruaje echaba a rodar, regresó al patio y lanzó a Santos Huesos un grito que hizo temblar los cristales.

Había que acabar cuanto antes con los preparativos. Necesitaba irse ya, distanciarse de todos para impedir que le siguieran llegando peticiones y reclamos que entorpecieran su camino.

Pero el hombre propone y Dios dispone, y esta vez el proverbio se materializó en un imprevisible reencuentro con la vieja condesa tras el almuerzo. Fiel cumplidora de sus costumbres, llegó sin aviso previo, cuando todo seguía siendo un caos. La reacción de Mauro Larrea al enterarse de que la anciana ya estaba subiendo la escalera fue un bufido. Aún estaba sepultado entre enseres y papeles, con el pelo bravío y la camisa a medio abotonar. Vieja del demonio, qué carajo querrás ahora.

—Supongo que imaginabas que insistiría.

Venía cargada con las dos voluminosas bolsas de piel llenas de onzas de oro que él había rechazado unas horas antes. Lo primero que hizo fue dejarlas sobre el escritorio con sendos golpes contundentes, haciendo notar el peso del contenido y el tintineo del metal. Después, sin esperar a que el dueño de la casa la invitara a sentarse, apartó unos cuantos documentos de una butaca cercana, ahuecó su falda y se acomodó.

Él contempló los movimientos sin ocultar su fastidio, en pie, con los brazos cruzados y un rictus adusto.

—Te recuerdo, condesa, que di por zanjado el asunto esta mañana.

—Exactamente, querido. Tú lo diste por zanjado. Pero yo no.

Soltó otro rebufo. A esas alturas, con la casa patas arriba y su aspecto de adán desharrapado, bien poco le importaba la etiqueta.

—Por lo que más quieras, Úrsula, haz el favor de dejarme en paz.

—Tienes que ayudarme.

La voz de la imperiosa dama sonó por una vez desprovista de altanería. Humilde casi. Y él, armándose de paciencia, se obligó a posponer su enojo y optó por dejar que se explicara.

—Voy a serte sincera como no lo soy ni con mi propio hijo, Mauro. Tengo miedo. Mucho miedo. Un miedo profundo, visceral.

La contempló con sarcasmo. ¿Miedo, la brava y altiva aristócrata acostumbrada a tener el mundo a sus pies? Cualquiera lo diría.

—Mi familia fue siempre leal a la Corona, crecí soñando con cruzar el Atlántico, conocer Madrid y el Palacio Real, el Toledo imperial, El Escorial… Hasta que todo se derrumbó cuando dejamos de ser parte de España. Pero nos adaptamos, no tuvimos de otra. Y ahora… Ahora me empieza a dar pavor este país: sus Gobiernos alocados, los desmanes de los próceres.

—Y el sacrílego de Juárez, y sus afrentas contra la Iglesia. Ya me conozco esa cantaleta, querida.

—No me fío de nadie, consuegro; no sé cómo va a acabar esta sinrazón.

Bajó la mirada y se retorció los dedos, largos y huesudos como sarmientos. Durante unos momentos tirantes nadie pronunció una sílaba.

—Te convenció Mariana, ¿cierto?

Ante el mutismo de la anciana, él se agachó hasta ponerse a su altura. Extraña pareja la que formaban la ilustre anciana envuelta en su luto perenne y el minero a medio vestir con las piernas flexionadas a fin de ganar intimidad entre los dos.

—Dime la verdad, Úrsula.

Hizo un chasquido con la lengua, como diciendo maldita sea, me descubrió.

—Esa niña tuya tiene la cabeza muy pero que muy requetebién amueblada, mijo. Lleva insistiendo desde que te fuiste y consiguió convencerme para que viniera.

Mauro Larrea soltó una carcajada sarcástica y, apoyándose en las rodillas, se puso de nuevo en pie. Mariana, tan habilidosa y determinada siempre. Por un momento estuvo a punto de caer en la trampa: de creer que la condesa en verdad se estaba volviendo una anciana timorata. Y era su hija, sin embargo, la que movía los hilos.

—Al fin y al cabo —continuó ella—, todo lo mío acabará siendo de Alonso y, consiguientemente, suyo también el día en que yo cierre el ojo. Suyo, y de la criatura que esperan, puritita mezcla de nuestras sangres.

Flotó una pausa en el aire, mientras cada uno pensaba en la joven Mariana a su manera. Ella tasaba con perspicacia de negociante, empezando a descubrir que la esposa de su hijo podría también convertirse en una admirable colaboradora para los intereses de la familia. Él, por su parte, lo hacía con la mente del padre que la acompañó en todos los trayectos de la vida, desde que acurrucara su cuerpito recién nacido envuelto en una burda toalla para darle calor hasta que la llevó del brazo al altar de los Reyes a los sones del órgano de la catedral.

No arrincones a tu propia hija, cabrón, se dijo. Es intuitiva y sagaz, y, sobre todo, vela por ti. Y tú te estás bloqueando en medio de todo este aluvión de desastres que se te vino encima y te empeñas en dejarla de lado. Hazlo por ella. Fíate.

—De acuerdo. Intentaré no defraudaros.

Total, ya llevaba el lastre del encargo de Gorostiza. Qué tal si fueran dos.

La condesa se levantó con cierto esfuerzo. Malditas reumas, farfulló. Y para su desconcierto y su embarazo, dio un par de pasos hacia él y le abrazó, clavándole en el cuerpo sus huesos artríticos afilados como puñales. Olía a lavanda y a algo más que no fue capaz de identificar. Quizá, simplemente, a vejez.

—El buen Dios te lo pagará, querido mío.

Después, recompuesto ya el talante de siempre, prosiguió:

—Son varias las amistades que pretendían que te encargaras también de sus capitales, ¿sabes? Pero quédate tranquilo porque a todos les paré los pies en firme.

—No sabes cuánto te agradezco la consideración —replicó con una mal disimulada ironía.

—Hora de irme; entiendo que te estoy estorbando.

Él se dispuso a abrirle la puerta.

—No hace falta que me acompañes, tengo a mi india Manuelita esperándome en el patio y al cochero en el zaguán.

—Cómo no, consuegra.

Una circunspecta caída de ojos le hizo desistir. La falsa condesa había retornado a su piel; cómo se le pudo a él pasar siquiera por la cabeza que se había convertido en una abuela temerosa y vulnerable.

Ya estaba saliendo a la galería cuando frenó en seco, como si de pronto recordara algo.

Le repasó con la mirada de la cabeza a los pies, luego apuntó una media sonrisa.

—Siempre me pregunté por qué nunca volviste a casarte, Mauro.

Podría haberle respondido a aquella descarada pregunta con varias razones: porque vivía a gusto solo, porque los brutales campos mineros no eran sitio para una esposa decente, porque no había espacio para una presencia ajena en el triángulo que formaba con Mariana y Nicolás. O porque, a pesar de que fueron unas cuantas las mujeres que pasaron por su vida después de Elvira, jamás encontró a ninguna que le provocara dar ese paso. Como una sombra negra, la estampa de Fausta Calleja voló de un lado a otro de la habitación.

Pero no pudo decirle nada porque, antes de que lograra abrir la boca, la aristocrática, tiránica y nostálgica excondesa de Colima, erguida como una escoba dentro de su soberbio traje negro de encaje, empuñó el marfil de su bastón y lo alzó al aire como quien blande un florete.

—Si a mí me llegas a agarrar con treinta años menos, vive Dios que no te habría dejado escapar.

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