La Templanza
I. Ciudad de México » Capítulo 11
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Recorrió a zancadas el callejón de los Betlemitas y subió los escalones de dos en dos. Ya no había tiempo para cautelas ni remordimientos: o conseguía su propósito esa noche, o tendría que marcharse dejando un agujero negro a su espalda. Sería entonces tan solo cuestión de días que el superintendente Calleja permitiera a Asencio y a los ingleses colarse por esa brecha. El machetazo de gracia al gran proyecto de su vida tardaría poco en llegar.
—¿Consiguió las llaves?
Incluso la pregunta la lanzó con brusquedad, acuciado por la urgencia.
—¿Acaso dudaba de mi palabra, don Mauro?
Fausta, iluminada esta vez por un farol de aceite, había vuelto a tratarle de usted, pero él no se molestó en corregirla. Como si quería llamarle su excelencia; lo único que le importaba en ese momento era entrar cuanto antes en el maldito archivo.
—Más vale no perder tiempo.
Ella lo guio por una maraña de pasillos secundarios, desviándose de las galerías centrales y de los amplios corredores. Con andares sigilosos, deslizándose pegados a los muros y sin apenas cruzar palabra, llegaron finalmente al otro costado del edificio. De entre los pliegues de la falda, la hija del superintendente sacó entonces un aro de hierro con dos llaves de idéntico tamaño. A Mauro Larrea le entraron unas ganas feroces de arrancárselas de las manos, pero se contuvo. Ella se las puso frente a los ojos y las hizo tintinear.
—¿Ve?
—Muy diestra; confío en que doña Hilaria no las extrañe. Ni a las llaves, ni a usted.
Sonrió entre las sombras, con una picardía algo torpe. Quizá llevara toda la tarde ensayando frente al espejo.
—No creo. Le puse unas gotitas en la tisana.
El minero prefirió no preguntar de qué.
—¿Quiere que abra yo?
Mientras la mujer rechazaba la propuesta moviendo la cabeza de un lado a otro, la primera llave fue a parar a la más alta de las cerraduras. Él, entretanto, sostenía la lámpara. Pero la llave no encajó.
—Pruebe con la otra —ordenó.
No lo pretendía, pero sonó áspero. Cuidado, cabrón. A ver si ahora que estamos en la mera antesala, lo vas a fastidiar. El segundo intento sonó limpio y él creyó oír un coro de ángeles. Una cerradura lista, vamos con la segunda.
Cuando Fausta estaba a punto de insertarla algo la previno, deteniéndola.
—¿Qué ocurre? —preguntó él en voz baja.
En la oquedad de los pasillos se oyó a alguien silbar en la distancia. Alguien que se acercaba, entonando sin gracia la melodía cansina de un viejo baile popular.
—Salustiano —musitó ella—. El guardia de noche.
—Abra, rápido.
Pero Fausta, ante la inesperada presencia, había perdido el temple y no logró insertar la llave en la cerradura correspondiente.
—Por Dios, dese prisa.
Los silbidos sonaban cada vez más próximos.
—Déjeme a mí.
—No, espere…
—No, déjeme…
—Un momento, ya casi…
En mitad de la disputa, el aro con las llaves cayó al suelo rebotando sobre las losas. El sonido del metal contra la piedra los paralizó. El silbido dejó de oírse.
Conteniendo la respiración, Mauro Larrea bajó el farol con sigilo hasta casi rozar el suelo. Fausta, angustiada, amagó con agacharse a buscarlas.
—¡No se mueva! —susurró aferrándole el brazo.
Pasó la luz a su alrededor, como si barriera el piso. La llama alumbró sus propias botas, el ruedo del vestido de ella, las juntas entre las losas. Las llaves, en cambio, seguían sin verse.
El silbido, siniestro como un presagio sombrío, arrancó de nuevo.
—Súbase la falda —musitó.
—Por Dios, don Mauro.
—Álcese la falda, Fausta, por lo que más quiera.
Las manos femeninas comenzaron a temblar bajo la luz floja del farol. Mauro Larrea, con una súbita ráfaga de lucidez, supo que ella estaba a punto de gritar.
Solo necesitó tres movimientos rápidos. Con uno le tapó la boca, con otro dejó el farol en el suelo. Con el tercero agarró la tela de la falda y se la subió hasta la rodilla sin miramientos. Ella, aterrorizada, cerró los ojos.
Allí estaban las llaves, entre los escarpines de satén.
—Solo quería encontrarlas y ya las tenemos, ¿ve? —le bisbiseó apresurado al oído con la mano aún tapándole la boca—. Y ahora, por favor, no haga ningún ruido; vamos a entrar. ¿De acuerdo?
Ella asintió con un tembloroso movimiento de cabeza. El silbido, entretanto, se agrandaba por segundos. Igual de desentonado, pero más brioso. Más próximo.
Metió una de las llaves al azar en la segunda cerradura sin resultado, soltó una brutalidad. La melodía desafinada se acercaba temerariamente, la segunda llave funcionó por fin. Una vuelta, otra vuelta, listo. Empujó a Fausta hacia el interior y, con el cuerpo prácticamente pegado a su espalda, entró detrás de ella. Los silbidos y los pasos del guardia estaban a punto de aparecer por la esquina cuando cerró la puerta. A oscuras, apoyado contra la recia madera y con la hija del superintendente temblando a su lado, contuvo el aliento.
La oscuridad era cavernosa, por las ventanas no se colaba ni un flaco rayo de luna. Transcurrieron unos momentos llenos de angustia, el guardia y su torva melodía rozaron la puerta por el exterior y siguieron su paso, hasta dejar de oírse.
—Lamento enormemente haberla violentado —fue lo primero que dijo.
Seguían hombro con hombro, con las espaldas descargadas contra la puerta. Ella aún no había dejado de temblar.
—Su interés no es sincero, ¿cierto?
Estaba a punto de conseguirlo, solo necesitaba recuperar la confianza de la hija. Que volviera a creerle, devolverle su ilusa fantasía. El viudo apuesto y próspero rendido ante la solterona en el momento en el que cualquier promesa de matrimonio era ya una quimera: con tres caricias y un par de mentiras más, quizá volviera a tenerla comiendo de su mano. Pero algo le traicionó.
—Mi objetivo era llegar hasta aquí.
Ante aquel imprudente arranque de sinceridad, su propia conciencia le acribilló de inmediato a preguntas. ¿Y ahora qué piensas hacer, pedazo de insensato? ¿Atarla a una silla mientras buscas lo que quieres? ¿Amordazarla, reducirla? ¿O montaste todo este número demencial para convertirte a la postre en un pinche buen samaritano?
—Primero me ilusioné tontamente, lo confieso —dijo la muchacha—. Pero después, con la cabeza fría, fui consciente de que no era posible. De que los hombres como usted nunca cortejan a mujeres como yo.
No despegó los labios, pero la saliva le supo amarga.
—Yo también tuve pretendientes, ¿sabe, don Mauro?
La voz sonaba queda, un poco alterada todavía.
—Un joven sastre a los diecisiete con el que tan solo intercambié esquelitas —prosiguió—. Años después, un capitán de milicias primo hermano de una amiga de la infancia. Y, finalmente, cuando estaba a punto de cumplir los treinta y ya me daban por moza vieja, un delineante. Pero ninguno les pareció suficiente a mis papás.
Mientras hablaba, se despegó de la puerta sobre la que aún permanecía apoyada y empezó a moverse entre los muebles. Los ojos de ambos se habían acostumbrado a la oscuridad, al menos eran capaces de distinguir los contornos.
—Salarios parcos, familias sin lustre… Siempre había una causa que no les convencía. El último, el delineante, residía incluso en este mismo palacio y nos veíamos a escondidas en sus dependencias. Hasta que un mal día osó pedirle a mi padre permiso para sacarme a pasear por la Alameda. Una semana después, lo destinaron a Tamaulipas.
Había llegado junto al escritorio del superintendente. El minero, entretanto, permanecía inmóvil, escuchándola mientras se esforzaba por descifrar sus reacciones.
Fausta rebuscó entre los cajones y las gavetas; instantes después la llama de un fósforo rasgó las tinieblas y con ella encendió el candil que reposaba en un ángulo de la gran mesa.
—Así que usted no ha sido el primero, pero sí el más conveniente; para mi mamá, al menos. A mi padre seguramente no le agradaría, pero ya se encargaría ella de convencerle.
El archivo se había llenado de una luz tenue que creaba ilusiones con las sombras.
—Lamento mi comportamiento.
—Déjese de pendejadas, don Mauro —le interrumpió agria—. No lo lamenta en absoluto: ya consiguió llegar donde quería. Dígame ahora, ¿qué es lo que le interesa de este archivo, exactamente?
—Un expediente —reconoció. Para qué seguir mintiendo.
—¿Sabe dónde se encuentra?
—Más o menos.
—¿En uno de estos armarios, quizá?
Moviéndose con el candil a la altura del pecho, Fausta se había aproximado a la larga fila de estantes resguardados por puertas de madera y cristal. De la mesa más cercana, la del subalterno de las lentes ahumadas, agarró con la mano libre algo que él no pudo distinguir. Después lo estampó de un golpe contra el vidrio, sobre el suelo cayó una catarata de cristales.
—¡Fausta, por Dios!
No le dio tiempo a llegar.
—¿O tal vez lo que busca se halla en este otro armario?
Otro golpe, otra riada de cristales sobre las losas. Un pisapapeles de jaspe era lo que estaba usando. La cabeza de un gallo, recordó. O de un zorro. Qué más daba, si ya estaba empuñándolo otra vez.
En un par de pasos se puso a su lado, intentó detenerla pero se le escapó.
—¡Deténgase, mujer!
El tercer golpe tuvo el mismo efecto.
—¡Va a oírla el guardia, va a oírla todo el mundo!
Por fin frenó aquella acometida irracional y se volvió hacia él.
—Busque lo que quiera, querido. Sírvase.
Por todos los demonios, pero qué carajo estaba pasando.
—Solo por ver la cara de mi papá, valdrá la pena el estropicio. —La carcajada sonó ácida como un mango verde—. ¿Y la de mi mamá? ¿Se imagina la cara de mi mamá cuando se entere de que pasé en el archivo la noche con usted?
Sereno, amigo. Sereno.
—No creo que haya necesidad de que lo sepan.
—Para usted, quizá no. Pero para mí, sí.
Se llenó los pulmones de aire.
—¿Está segura?
—Absolutamente. Será mi pequeña venganza. Por no permitirme tener una vida como cualquier otra muchacha, por rechazar a aquellos hombres que de verdad mostraron interés por mí.
—Y yo… ¿Cómo voy yo a cuadrar en esa historia? ¿Cómo va a explicarles a sus padres mi presencia?
Ella alzó el candil a la altura de los ojos y le contempló con gesto cínico. Por fin había una pizca de brillo en su mirada.
—No tengo la menor idea, don Mauro. Ya lo pensaré. De momento, tan solo agarre lo que necesite y lárguese antes de que me arrepienta.
No perdió un segundo; tomó la caja de fósforos que ella había dejado sobre el escritorio y se lanzó como un poseso a buscar.
Tenía una idea somera de por dónde podrían andar sus intereses, pero no a ciencia cierta. Al fondo, seguramente, por donde estaban los más recientes. Moviéndose de izquierda a derecha, encendiendo fósforo a fósforo e iluminándose con ellos hasta quemarse las yemas de los dedos, fue barriendo raudo estantes y anaqueles con la vista. Muchos documentos aparecían empaquetados conjuntamente; en la ancha faja que los envolvía podía leerse el asunto o la fecha que los aunaba.
Las pupilas y el cerebro se afanaban enfebrecidos. Marzo, fue marzo. ¿O abril? Abril, abril del año anterior, seguro. Por fin, alumbrado por la tenue luz de un cerillo casi consumido, encontró la balda que contenía los asuntos de ese mes. La puerta, sin embargo, estaba cerrada. Quizá debería pedirle a Fausta su herramienta. O no, mejor no incitarla, ahora que por fin parecía haberse sosegado.
De un golpe con el codo, rompió el cristal sin miramientos. Ella rio a su espalda.
—No quiero ni imaginar el susto de mi papá.
Sacó un paquetón de una tacada, lo dejó sobre la mesa del subalterno joven. Con manos ansiosas, empezó a buscar su documentación. Esto no, esto tampoco, esto tampoco. Hasta que estuvo a punto de soltar un aullido. Ahí estaba, con su nombre y su firma.
La seguía notando a su espalda, respiraba con fuerza.
—¿Satisfecho?
Se volvió. Del moño tirante que solía llevar se le habían separado unos cuantos mechones.
—Verá, Fausta, no sé cómo…
—Hay una trampilla que baja hasta el sótano, desde ahí podrá salir al callejón, frente al hospital. No creo que tarde en llegar alguien; seguro que el guardia ya despertó a medio edificio.
—Dios se lo pague, mujer.
—¿Sabe qué, don Mauro? No lamento haber sido una ingenua. Al menos me creó una ilusión.
Él hizo un cilindro con los pliegos de papel, se lo guardó apresurado bajo la levita.
Después, con las manos ya libres y aún pisando cristales, le sostuvo las mejillas y, como si fuera el amor más grande de su vida, la besó.