La Templanza
I. Ciudad de México » Capítulo 12
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La marcha de Mauro Larrea rumbo a lo incierto estuvo al nivel de su vida en los últimos años, como si su mundo no se hubiera abierto por la mitad como una gigantesca sandía. Partió en su propio carruaje con Andrade, Santos Huesos, y un par de baúles, protegidos por una recia escolta de doce hombres: doce chinacos armados hasta los dientes para hacer frente al inefable bandidaje. A caballo todos ellos, con las carabinas terciadas en las sillas y las pistolas al cinto; curtidos como guerrilleros en la Guerra de Reforma y pagados peso a peso por Ernesto Gorostiza.
—Qué menos, querido amigo —escribió su futuro consuegro en la misiva que le hizo llegar—, que ofrecerte como muestra de agradecimiento el que corra de mi cuenta tu protección hasta Veracruz. Las gavillas de bandoleros son el pan nuestro de cada día, y ni tú ni yo necesitamos correr más riesgos de los justos.
Todo fue una premura desde que volviera en medio de la madrugada del Palacio de Minería con el expediente de Las Tres Lunas resguardado en el pecho. ¡Ándale, Santos, nos vamos! Azuza a los muchachos, no podemos esperar. Los baúles, los capotes de viaje, agua y comida para las primeras etapas, todo estaba previsto. A partir de ahí, relinchos de bestias, susurros sonoros, pasos cruzados sobre las losas del patio y los ojos de la nutrida servidumbre entrecerrados por el sueño y el desconcierto al comprobar que, en efecto, el patrón se iba.
Estaba recordando al ama la orden de cerrar los pisos superiores a cal y canto cuando oyó su nombre a la espalda. Notó la sangre en las sienes, se tensó.
No necesitó volverse para saber quién le requería.
—¿Qué carajo haces tú aquí?
El hombre que ahora le miraba con ojos taciturnos llevaba jornada y media a la espera de ese momento: acurrucado contra cualquier paredón cercano, medio oculto bajo una manta costrosa, con el ala del sombrero cubriéndole el rostro. Calentado por una mísera fogata y alimentándose con comida callejera, como tantísimas almas sin techo ni dueño hacían a diario en aquella populosa ciudad.
Dimas Carrús, el hijo del prestamista, con el eterno aspecto de un perro apaleado por su padre y por la vida, dio un paso hacia el minero.
—Vine a la capital con un encargo.
Mauro Larrea le contempló con el ceño contraído, todos los músculos del cuerpo se le pusieron en guardia. Ahora fue él quien se acercó.
—¿Qué encargo, cabrón?
—Contar las varas que mide tu casa. Los huecos y las ventanas que tiene; los balcones y los indios que trabajan para ti.
—¿Y ya lo hiciste?
—Incluso lo ordené anotar a un escribiente, por si se me iba de la sesera.
—Pues entonces, lárgate.
—También traigo un recordatorio.
—¡Santos!
El criado ya estaba a su espalda, tenso y alerta.
—Que de los cuatro meses que tenías para hacer frente al primer plazo…
—¡Sácalo!
—… Ya consumiste…
—¡A patadas, si hace falta!
Aquel medio tísico que arrastraba un brazo de títere no tenía la ambición desbocada ni el carácter volcánico de su padre. Pero Mauro Larrea sabía que, bajo su cuerpo esmirriado, escondía un alma igual de miserable. El palo y la astilla. Y si Tadeo Carrús llegara a exhalar su último aliento sin haber recibido lo pactado, su hijo Dimas se encargaría, de una manera u otra, de hacérselo pagar.
Cuando el ruido de los cascos de las monturas empezó a resonar sobre los adoquines, agachó la cabeza desde el interior del coche y contempló su casa por última vez: el soberbio palacio que un siglo atrás hiciera levantar el conde de Regla, el minero más rico de la colonia. Los ojos recorrieron la fachada barroca de tezontle y cantera labrada con su grandioso portón todavía abierto de par en par. Quizá a simple vista tan solo se tratara de un pellizco de la grandeza del difunto virreinato; la residencia de un prohombre de la mejor sociedad. Para él y para su destino, sin embargo, tenía un significado mucho más profundo.
Dos grandes faroles de fierro colado flanqueaban la entrada; su luz se distorsionaba caprichosamente a través de la turbiedad del cristal del carruaje. Con todo, pudo verle. Apoyado en la pared, a la diestra, observando fijamente su partida, Dimas Carrús rascaba el hocico de un galgo sarnoso.
Hicieron una parada en la calle de las Capuchinas, Mariana y Alonso estaban avisados. Le esperaban en el zaguán, despeinados, ataviados con una mezcla de ropa de dormir y ropa de calle superpuesta. Pero eran jóvenes, y eran gentiles, y lo que en muchos habría resultado una disparatada amalgama de prendas, en ellos rezumaba gracia y naturalidad.
En el piso superior, la condesa roncaba estruendosa ajena a todo, satisfecha por haberse salido con la suya.
Mariana se le echó al cuello nada más verle, y a él le confundió una vez más el vientre firme que se interpuso entre ellos.
—Todo va a estar bien —le susurró al oído.
El minero asintió sin convencimiento, clavándole la mandíbula en el hombro.
—Te escribiré en cuanto me ubique.
Deshicieron el abrazo y trenzaron las últimas frases alumbrados por unas tenues bujías. Sobre Nico, sobre la casa y los cien pequeños asuntos pendientes de los que ella iba a encargarse. Hasta que Andrade, desde fuera, carraspeó. Hora de irse.
—Guarda esto a buen recaudo —le pidió sacándose del pecho el expediente de Las Tres Lunas. Qué mejor custodia que la de su propia hija.
Ella no precisó explicaciones: si su padre así lo quería, no había más que preguntar. Después agarró sus manos grandes y las posó sobre la redondez de su tripa. Rotunda y plena, alta todavía. Te esperamos, dijo. Él quiso sonreír, pero no pudo. Era la primera vez que rozaba con las puntas de los dedos aquella vida palpitante. Cerró los ojos unos momentos, sintiéndola. Un grumo de algo sin nombre le atravesó la garganta.
Ya tenía un pie en la calle cuando Mariana le volvió a abrazar y murmuró algo que solo él escuchó. Subió al carruaje apretando los labios; la sensación de la carne de su carne se le quedó pegada en el alma. En los oídos aún le retumbaban las últimas palabras de su hija. Muerde el capital de Úrsula si te hace falta. Sin pudor.
Las vías cuadriculadas del centro de la ciudad se tornaron poco a poco en callejones más sucios, más estrechos e innobles. Sus nombres cambiaron a la par: ya no eran Plateros, Don Juan Manuel, Donceles o Arzobispado, sino la Bizcochera, la Higuera, las Navajas o el Cebollón. Hasta que dejaron de verse nombres y luces, y por fin abandonaron la ciudad de los palacios para recorrer las ochenta y nueve leguas castellanas del viejo Camino Real que les separaban de su destino.
Tres jornadas enteras de caminos pedregosos llenas de zarandeos y sacudidas, ruedas atascadas en los socavones y a ratos un calor abrasador: eso era lo que les esperaba por delante. A su paso se fueron abriendo extensiones inmensas de terreno sin un alma, precipicios y barrancos que hacían resbalar a las monturas al trepar por los cerros rocosos llenos de zarzas enmarañadas. De tanto en tanto, una hacienda acá y otra allá, chozas y milpas aisladas, y numerosas muestras de devastación en pueblos e iglesias tras los varios decenios de guerra civil. Esporádicamente, alguna ciudad que dejaban a un lado, un ranchero a caballo, algún indio a quien comprar granaditas para refrescar la boca o un mísero jacal de adobe en el que una vieja con la mirada perdida acariciaba a una gallina sostenida en el regazo.
Apenas pararon lo imprescindible para el reposo de las caballerías, agotadas y sedientas, y para que los hombres que los protegían pudieran descansar. Por él, sin embargo, habrían seguido hasta el final del tirón. Podría también haberse alojado en la hacienda de algún terrateniente amigo: allí habrían puesto a su disposición colchones de lana y sábanas limpias, comida sabrosa, velas de cera blanca y agua fresca con la que arrancarse el polvo y la suciedad. Pero prefirió seguir adelante sin demora, comiendo puras tortillas con sal y chile allá donde hubiera un brasero y una india acurrucada dispuesta a vendérselas; hundiendo una calabaza en los arroyos para beber y durmiendo sobre petates tirados encima de la pura tierra.
—Peor era bregar en el turno de noche en Real de Catorce, compadre, ¿o es que ya no te acuerdas?
Daba la espalda a Andrade; sobre su cuerpo grande, una frazada pequeña. Bajo la cabeza, un bolsón de cuero con los encargos de la condesa y de Gorostiza. Las botas puestas, la pistola al cinto y el cuchillo a mano. Por lo que pudiera pasar. Clavadas a su alrededor, un puñado de hachas de brea encendidas para alejar a los coyotes.
—Tendríamos que habernos quedado en la hacienda San Gabriel, estamos a tan solo unas leguas —gruñó el apoderado, incapaz de encontrar acomodo.
—Te me estás volviendo muy comodón, Elías. No está mal recordar de vez en cuando de dónde venimos.
Por qué nunca dejará de asombrarme este cabrón, pensó Andrade antes de que el agotamiento le cerrara los ojos. Y en su pensamiento no había más que verdad. A pesar de lo mucho que lo conocía, él mismo seguía desconcertado ante la manera en la que Mauro Larrea había encajado su descomunal revés. En el mundo siempre cambiante en el que ambos llevaban moviéndose desde hacía décadas, los dos habían sido testigos de numerosos descalabros a su alrededor: hombres encumbrados que en su caída perdían el juicio y cometían todos los desatinos imaginables; seres cuya entereza se mecía como un junco apenas se sentían despojados de su riqueza.
A muy pocos había visto portarse como él cuando la suerte les mordía la yugular de una manera tan atroz como imprevista. En los caprichosos y demoledores altibajos de las empresas mineras, jamás había visto a nadie perder tanto y perderlo tan bien como al hombre que en ese momento dormía a su lado en el suelo, desprovisto de cualquier comodidad. Como los arrieros, como las bestias, como los propios chinacos que le escoltaban, aquellos campesinos metidos a espontáneos guerrilleros. Tan bravos como indisciplinados; tan fieros como leales.
Apenas se adentraron en Veracruz, comprobaron los estragos del vómito negro, el azote de aquellas costas. Un hedor nauseabundo flotaba en el aire, había cadáveres de mulos y caballos a medio pudrir y los sempiternos zopilotes —negros, grandes, feos— aparecían posados en los postes y los aleros, prestos siempre a lanzarse sobre los restos de los animales.
Como si huyeran del mismo diablo, el cochero les llevó sin detenerse al hotel de Diligencias.
—Qué bochorno, Virgen santa —fueron las palabras del apoderado tan pronto pisó el suelo polvoriento.
Mauro Larrea se quitó el pañuelo que le cubría la mitad inferior del rostro y se limpió la frente con él mientras estudiaba atento la calle a derecha e izquierda y se aseguraba sin demasiado disimulo de que seguía llevando el revólver en su sitio. Y luego, con el bolsón de cuero de los capitales bien aferrado, fue tendiendo uno a uno la mano a los chinacos, a modo de despedida.
Andrade y Santos Huesos comenzaron a encargarse del equipaje y del traslado de las monturas mientras él, tras intentar acomodarse la ropa arrugada y pasarse los dedos por el pelo en un deseo infructuoso por mostrarse presentable, se adentró en el hospedaje.
Una hora más tarde esperaba a su apoderado entre clientes anónimos bajo los magníficos portales de la entrada. Sentado en un sillón de caña, bebía agua de una gran jarra sin llegar a saciarse. Un bidón entero le había caído sobre el cuerpo poco antes, mientras se frotaba con furia para librarse de las huellas de los tres días de abrupto viaje. Se había puesto después una camisa de batista blanca y el más ligero de sus trajes para combatir los últimos zarpazos del calor. Con el cabello aún húmedo domado al fin, y aquella ropa que le restaba formalidad, ya no parecía un forajido ni un extravagante hombre de gran ciudad fuera de su sitio.
El hecho de haber dejado el bolsón oculto bajo su cama y a Santos Huesos vigilante en la puerta con su pistola al cinto, le hacía sentirse más liviano en todos los sentidos. Y, bien pensado, quizá también contribuyera a apaciguar su ánimo el hecho de haber abandonado al fin la ciudad de México. Las presiones. Los acosos. Las mentiras.
Habían acordado dedicar el tiempo que les restaba antes de la partida a hacer diversas gestiones cobijados bajo el anonimato. Querían vender las yeguas y el carruaje, algunos enseres. Querían además indagar más a fondo sobre la situación en Cuba, con la que desde Veracruz existía un intenso contacto, y acerca de los avances en la guerra de los americanos del norte, por si hubiera nuevas noticias. Incluso tal vez despedirse con una francachela grandiosa, en memoria de los viejos tiempos y en emplazamiento de unos aires favorables para el más que incierto porvenir.
La espera que les quedaba por delante, sin embargo, se acabó perfilando más breve de lo previsto.
—Zarpas mañana, vengo del muelle.
Andrade llegaba con el paso decidido de siempre, aún sin asearse. Con todo, a pesar de la suciedad, las arrugas de la ropa y el cansancio, no dejaba de destilar una cierta elegancia en sus maneras.
Se dejó caer en un sillón parejo, se pasó un pañuelo no muy limpio por el cráneo calvo y brillante, y agarró el vaso de su amigo. Sin permiso, como siempre, se lo llevó a la boca hasta dejarlo vacío.
—Estuve también haciendo indagaciones para ver si tenemos algo de correo; todas las sacas de Europa pasan por acá. A cambio de un puñado de pesos, mañana me dirán qué hay.
El minero asintió mientras lanzaba una seña al mozo para que les atendiera. Y después esperaron en silencio, cada uno absorto en sus propios pensamientos. Quizá, conociéndose como se conocían, estos fueran los mismos.
¿Dónde estaban los días en que fueron un atractivo empresario de la plata y su enérgico apoderado, cómo era posible que toda su gloria se les hubiera escapado como el agua entre los dedos? Ahora, frente a frente sin palabras en aquel puerto de entrada al Nuevo Mundo, tan solo eran dos almas desgastadas sacudiéndose el polvo tras la caída y tanteando a ciegas la manera de labrarse un futuro desde abajo. Y como quizá lo único que ambos mantenían medianamente intacto era la lucidez, optaron por tragarse las ganas de lanzar maldiciones rabiosas al aire, guardaron la compostura y aceptaron el par de vasos de whisky de maíz que en ese momento les puso delante un mesero. Del condado de Bourbon, lo mejor de la casa para los finos huéspedes recién llegados de la capital, apostilló el muchacho sin pizca de sorna. Después les trajo la cena y se retiraron temprano, a trajinar cada quien con sus demonios entre las sábanas.
Durmió mal, como casi todas las noches en los últimos meses. Desayunó solo, a la espera de que su apoderado se decidiera a bajar del cuarto. Pero cuando este hizo acto de presencia finalmente, no fue descendiendo la escalera que comunicaba con las recámaras, sino entrando por la puerta principal del hotel.
—Por fin conseguí el correo —anunció sin sentarse.
—¿Y?
—Noticias del otro lado del mar.
—¿Malas?
—Infames.
Despegó la espalda de la butaca, un escalofrío le erizó la piel.
—¿Nico?
El apoderado confirmó con un sombrío gesto. Después se sentó a su lado.
—Abandonó el domicilio de Christophe Rousset en Lens. Dejó simplemente una nota diciendo que le asfixiaba esa pequeña ciudad, que no le interesaban en absoluto las minas de carbón, y que ya se encargaría él de discutir contigo en su momento lo que a partir de entonces hiciera.
Mauro Larrea no supo si soltar la carcajada más amarga y bestial de su vida o blasfemar como un condenado a muerte frente al paredón; si volcar la mesa con sus tazas y sus platos, o tumbar de un puñetazo a cualquiera de los inocentes huéspedes que a aquella hora temprana sorbían, aún somnolientos, su primer chocolate.
Ante la duda, se esforzó por mantener la serenidad.
—¿Adónde fue?
—Creen que partió desde Lille en tren hacia París. Un empleado de Rousset le vio en la estación de ferrocarril.
Vámonos, mi hermano, quiso decirle a su amigo. Vámonos por ahí tú y yo aunque no sean más que las ocho de la mañana. A tomar por las cantinas hasta perder el sentido; seguro que alguna queda abierta desde anoche todavía. A jugar nuestra última partida de billar, a revolcarnos con malas mujeres en los burdeles del puerto, a dejarnos en las riñas de gallos lo poco que tenemos. A olvidarnos de que existe el mundo y, dentro de él, todos los problemas que me están ahogando.
A duras penas logró hacer acopio de la escasa sangre fría que le quedaba en las venas; con ella bombeándole las sienes como un tambor enloquecido, reenfocó la situación.
—¿Cuándo le mandamos dinero por última vez?
—Seis mil pesos con Pancho Prats cuando este llevó a su mujer a tomar las aguas a Vichy. Supongo que le llegarían hace unas cuantas semanas.
Apretó los puños y se clavó las uñas en la carne hasta dejarlas blancas.
—Y en cuanto los agarró, el muy canalla salió por pies.
Andrade asintió. Seguramente.
—Por si le diera por volver a México cuando se quede sin blanca, apenas leí la carta pacté con el recaudador del puerto. Controla todos los cargamentos y pasajes que llegan desde Europa; va a costarnos un chingo pero, a cambio, me asegura que estará ojo avizor.
—¿Y si da con él?
—Lo retendrá y me mandará aviso.
Gorostiza y su hija casadera rezando al Altísimo por el orate de su hijo, su casa medio cerrada, Tadeo Carrús. Todos volvieron a su mente como fantasmas salidos de una negra pesadilla.
—No dejes que llegue hasta allá en mi ausencia, por lo que más quieras, hermano. Que nadie le vea, que no hable con nadie, que no se meta en ningún lío, que no se intrigue porque me fui. Avisa a Mariana nomás regreses; que esté alerta por si le alcanza algún comadreo de boca de alguien que venga de Francia.
Y Andrade, que sentía al muchacho como si también fuera su propio hijo, simplemente asintió.
A mediodía, la densa masa de nubes de color pizarra que cubría el puerto impedía ver dónde acababa el cielo y dónde empezaba la mar.
Todo se veía teñido de un triste color gris. Los rostros y las manos que le brindaban ayuda, las velas de los buques anclados, los bultos y las redes, su ánimo. Hasta los gritos de los estibadores, el golpear del agua contra los maderos y el chirriar de los remos en los botes parecían tener algo de grisáceo. Los tablones del malecón se elevaban y descendían bajo sus pies mientras la distancia lo iba separando de su apoderado del alma y lo acercaba a la falúa que habría de trasladarle al Flor de Llanes, el bergantín con bandera de esa España cuyos asuntos tan ajenos le eran ya.
Desde la cubierta contempló por última vez Veracruz, con sus zopilotes y sus arenales: puerta atlántica de gentes y riquezas durante el virreinato, testigo mudo de los anhelos de aquellos que a lo largo de los siglos llegaron de allende el océano en pos de una ambición desbocada, un futuro más digno o una simple quimera.
En las cercanías, la fortaleza legendaria y semiabandonada de San Juan de Ulúa, el último baluarte de la metrópoli del que —enfermos, hambrientos, harapientos y desolados— partieron años después de la declaración de independencia mexicana los últimos soldados españoles que lucharon ilusamente por mantener el viejo virreinato amarrado a perpetuidad a la Corona.
Las finales palabras de Elías Andrade todavía le acompañaban en la falúa.
—Cuídate, compadre; de los problemas que dejas atrás, ahora me encargo yo. Tú, tan solo, intenta repetir tu propia historia. Con apenas treinta años reventaste minas con las que nadie se atrevió y te ganaste el respeto de tus propios hombres y de mineros de raza. Fuiste honrado cuando hubo que serlo y le echaste huevos cuando hizo falta. Te convertiste en una leyenda, Mauro Larrea, que no se te olvide. Ahora, sin embargo, no hace falta que levantes ningún emporio; tan solo tienes que empezar otra vez.