La Templanza
II. La Habana » Capítulo 16
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A lo largo de la mañana recorrió arriba y abajo y abajo y arriba la calle de la Obrapía. Acompañado por Santos Huesos, para que fuera de avanzadilla.
—Ándale, entra y dime qué ves —le ordenó. Era la cuarta vez que pasaban frente al almacén de loza.
—Con alguna razón habré de entrar, patrón, pienso yo —respondió el chichimeca con su pausada cautela de siempre.
—Compra cualquier cosa —dijo echándose la mano al bolsillo y entregándole un puñado de pesos—. Un azucarero, un aguamanil, lo que se te ocurra. Lo importante es que me digas qué hay dentro. Y, sobre todo, quién.
El criado deslizó su figura sigilosa a través de la puerta acristalada. Sobre esta, un cartel: Casa Novás, Locería Propia y de Importación. A su izquierda, una vidriera dividida en estantes mostraba diversos objetos de loza corriente. Pilas de platos, una gran sopera, jofainas de varios tamaños, la imagen de un Sagrado Corazón de Jesús. Nada de relevancia: cerámica corriente, de la que cualquier cristiano con casa propia sacaba a la mesa todos los días del año.
Santos Huesos tardó un rato en salir, en la mano llevaba un pequeño bulto envuelto en una hoja atrasada del Diario de La Marina. Él le esperaba en la esquina con la calle del Aguacate.
—¿Quihubo, muchacho? —preguntó con la vieja familiaridad de siempre mientras juntos echaban a andar: un don Quijote sin barba ni rocín y algo más joven que el original, y un flaco Sancho Panza de piel bronce, moviéndose ambos con cautela por un territorio del todo ajeno a los dos.
—Cuatro empleados y un señor que podría ser el dueño.
—¿Edad?
—Yo diría que de la de don Elías Andrade, más o menos.
—¿Los cincuenta y tantos?
—Algo así me pareció.
—¿Lo oíste hablar?
—No lo logré, patrón; nomás tenía la cabeza gacha sobre unos libros de cuentas. Para mí que no alzó la vista ni una sola vez en todo el tiempo que estuve dentro.
Seguían ambos caminando entre las docenas de cuerpos en movimiento que plagaban las calles, bajo los toldos coloridos que filtraban el sol.
—¿Y vestido, cómo iba vestido?
—Pues bien, como un señor.
—¿Como yo?
A primera hora de aquella misma mañana había recibido uno de los trajes del sastre italiano. Agradeciendo su ligereza y su frescura sobre la piel, se lo puso de inmediato. Antes de salir, doña Caridad le había lanzado otra de sus intensas miradas apreciativas. Bueno está, pues, pensó.
—Más bien sí, vestido así como usted, que ya va medio aviado como un pinche habanero. Lástima que no puedan verle la niña Mariana y el niño Nicolás.
No frenaron el paso mientras él se quitaba el sombrero y propinaba un golpe contundente pero inocuo sobre la cabeza del indio.
—Una sola palabra a la vuelta y te corto los huevos y luego me los sirvo rancheros en el desayuno. ¿Qué más?
—Los empleados llevaban una especie de gabán gris, todos iguales, abrochado de arriba abajo.
—¿Eran blancos o negros?
—Blanquitos tal que una pared.
—¿Y la clientela?
—No mucha, pero tardaban en despacharla porque solo uno de los dependientes se dedicaba a atenderla.
—¿Y el resto?
—Llenaban cajones y preparaban paquetes. Pedidos serían, digo yo, para entregarlos después de casa en casa.
—¿Y en los estantes? ¿Y en las vitrinas?
—Loza y más loza.
—¿De la buena, como la que teníamos en San Felipe Neri? ¿O de la corriente, como la de Real de Catorce, antes de marcharnos a la capital?
—Pues yo más bien diría que así como ninguna de las dos.
—Aclárate.
—Ni tan lujosa como la primera ni tan humilde como la segunda. Más bien como la que ahora se saca a la mesa en casa de doña Caridad.
Tal cual se mostraba en el escaparate, concluyó. Y volvió a quemarle la duda. ¿Qué tipo de negocio ventajoso podría salir de ese anodino establecimiento? ¿Pretendía la mexicana que se hermanase comercialmente con un vendedor de floreros y orinales; que se hiciera socio de un añoso tendero, por si pronto le dieran cajón y flores, y él pudiera heredarle? ¿Y a cuento de qué citarlo a las once de la noche, cuando en toda La Habana arrancaban las francachelas, se desenfundaban las barajas de naipes y los músicos afinaban sus instrumentos a punto de empezar los bailes y los saraos?
Una docena de horas hubo de esperar para hallar respuesta. Hasta que veinte minutos antes de las once volvió a abandonar el hospedaje, de nuevo vestido de oscuro con sus ropas de siempre. Las calles seguían agitadas a pesar de estar ya próxima la medianoche; hubo de echarse varias veces a los costados para impedir que lo atropellara alguna de aquellas extravagantes volantas descubiertas que cruzaban la noche antillana transportando rumbo al deleite a los señores más distinguidos y a hermosas habaneras de ojos oscuros y hombros al aire, con la risa despreocupada y la melena suelta llena de flores. Algunas le miraron con descaro, una le hizo un gesto con el abanico, otra le sonrió. Yanqui cabrón, farfulló retornando la memoria al origen de todo su descalabro. Al menos, mentando al muerto, tenía un agujero en el que volcar su incertidumbre.
Santos Huesos volvió a acompañarle, pero esta vez se quedó fuera. No te muevas de la entrada, ¿entendido?, le dijo por el camino. A la orden, patrón. Le aguardaré nomás. Hasta el alba si fuera menester.
Pasaban dos minutos de las once cuando empujó la puerta.
El comercio estaba oscuro y aparentemente vacío, aunque desde algún lugar muy al fondo llegaba un reflejo de luz y el sonido medio apagado de conversaciones.
—Sus naturales, mi amito.
Su primera reacción fue echar mano a la pistola que por pura precaución llevaba ensamblada al cinto. Pero el tono poco hostil de su interlocutor, probablemente un simple esclavo, lo tranquilizó.
—O dígame tan solo de parte de quién viene.
—De Samuel —recordó.
—Adelante entonces; está en su casa, su merced.
Antes de dar con el lugar del encuentro hubo de atravesar un ancho pasillo lleno de cajones de madera burda y de montones de paja arrumbados contra las paredes; intuyó que serían enseres de embalaje. Después llegó a un patio y, en su extremo, vio un par de portones entreabiertos.
—Buenas noches nos dé Dios, señores —saludó sobrio al cruzar el umbral.
—Buenas noches tenga usted —respondieron casi al unísono los presentes.
Con los cinco sentidos alerta, barrió la estancia.
La vista, en primer lugar, le sirvió para percibir que los estantes de aquella otra zona de la locería se hallaban repletos de lo que sin duda era el grueso verdadero del negocio, más allá de la fachada de palanganas, violeteros baratos y vulgares figuritas de santos milagreros. Apreciando de inmediato la calidad del género, vislumbró docenas de sofisticadas piezas de porcelana fina procedentes de medio mundo. Estatuillas de Derby y Staffordshire desviadas de su destino a la Jamaica inglesa, cervatillos y escenas pastoriles de porcelana de Meissen, muñecas de biscuit, bustos de emperadores romanos, piezas de mayólica; hasta tibores, biombos y figuras cantonesas traídas desde Oriente a través de Manila saltándose a la torera los férreos controles aduaneros establecidos por la Corona entre sus últimas colonias.
El olfato, a continuación, le dijo que aquello apestaba a contrabando.
El oído le indicó después que las voces de los convocados —todos con aspecto bien decente y respetable— habían cesado de forma abrupta, a la espera de que el recién llegado se presentase.
El tacto, por su parte, le sugirió acto seguido que más le valdría retirar los dedos de la culata de su revólver, conseguido por cierto años antes a través de un traficante de armas del Mississippi por medios no mucho más limpios que los que allí parecían traerse entre manos.
Y el gusto le ordenó por último que se tragara de inmediato aquella bola de cautela con sabor a suspicacia que llevaba todo el día masticando.
Contrabando de piezas decorativas de lujo: ese es el negocio en el que la señora de Zayas me quiere meter, resolvió. No atenta en demasía contra mis escrúpulos, ciertamente, ni parece algo turbio o vergonzante en exceso. Con tantos socios de por medio, no obstante, dudo de que el beneficio acabe generando un gran caudal. En todo esto iba pensando mientras tendía la mano y saludaba uno a uno a los siete hombres presentes. Mauro Larrea, a sus órdenes; Mauro Larrea, a su disposición. Ningún sentido tenía esconder su nombre: a cualquiera de ellos le habría sido harto sencillo indagar a la mañana siguiente sobre él.
Tampoco ellos ocultaron sus credenciales: un coronel de milicias, el dueño del renombrado restaurante francés Le Grand, un hacendado tabaquero, dos funcionarios españoles de alto ringorrango. Para su sorpresa, también estaba allí Porcio, el locuaz sastre italiano que le había hecho el traje de dril que había llevado puesto durante gran parte del día. Y, como anfitrión, Lorenzo Novás, el propietario.
A pesar del incuestionable valor de las piezas que les rodeaban, el lugar no era más que un almacén de paredes cenicientas. El mobiliario, en consonancia con esa realidad, consistía en una burda mesa de tablones de madera con dos bancos corridos enfrentados. El único avituallamiento lo componían un botellón de ron y unos cuantos vasos a medio llenar. Más un mazo de tabacos atados por una cinta de algodón rojo y un par de mecheros de yesca: cortesía de la casa, supuso.
—Bien, señores…
Novás, ceremonioso, golpeó la mesa con los nudillos en busca de atención. Las voces se aplacaron, todos estaban ya sentados.
—Antes de nada, quiero agradecerles que hayan confiado en mí para escuchar lo que tengo que ofrecerles en esta prometedora aventura. Dicho lo cual, permítanme que no perdamos más tiempo y comencemos por las cuestiones verdaderamente relevantes que todos los presentes estarán interesados en conocer. En primer lugar, quisiera anunciarles que ya está fondeado en el muelle de Regla el que será nuestro buque: un bergantín hecho en Baltimore, veloz y bien armado como casi todos los que salían de ese puerto antes de que los yanquis entraran en guerra. De los que navegan como los cisnes si soplan galenos favorables y se defienden corajudos si les vienen adversos, nada de una simple balandra de cabotaje o una vieja goleta de cuando el sitio de Pensacola: un excelente navío, se lo garantizo. Con cuatro cañones modernos y las bodegas rehechas en distintos sollados a fin de optimizar la estibación de la mercancía.
La audiencia asintió con sonidos quedos.
—Me complace comunicarles también —prosiguió— que ya tenemos capitán: un malagueño experimentado en este negocio, con contactos interesantes entre los agentes y factores de la zona. De total confianza, créanme; de los que empiezan a escasear en estos tiempos. Anda contratando ya a los oficiales y los técnicos: ya saben, los pilotos, un condestable, el cirujano. Y en breve se lanzará gallardete y el contramaestre irá haciéndose con gente para la marinería. Para este negocio, como bien conocerán los presentes, se suele contar con tripulaciones mixtas…
—Mucha canalla —soltó alguno entre dientes.
—Gente brava y veterana, de plena valía para lo que nos ocupa —zanjó el locero—. Para pretendientes de mis hijas no los quisiera yo tener cerca, pero para lo que ahora nos concierne, les sobra capacidad.
En tres o cuatro de los rostros se dibujaron algunas medias sonrisas sardónicas; el sastre italiano lanzó una pequeña carcajada que nadie imitó. El minero, entretanto, atendía con las muelas apretadas.
—Cuarenta hombres bragados, en cualquier caso —continuó Novás—, a los que se les pagarán ochenta pesos al mes más una gratificación de siete duros por pieza que llegue a puerto en condiciones satisfactorias, como es común. Y, por si las moscas, he encargado insistentemente al capitán que pongan especial celo en elegir al cocinero; teniéndolos bien alimentados, reducimos el riesgo de insubordinaciones.
—Quizá alguien les pueda ceder alguna de las exquisitas recetas del Le Grand —apostilló con supuesto buen humor el italiano otra vez.
Ninguno le rio la gracia, menos aún el dueño del negocio aludido. El locero, haciendo caso omiso, retomó la palabra:
—Se han encargado a un tonelero doscientas pipas para el agua; el resto del avituallamiento se irá comprando estos días: bocoyes de melaza y licores, barriles de tocino, sacos de papas, frijoles y arroz. La santabárbara irá cargada de pólvora hasta los topes, y un herrero está preparando todo lo necesario para… —Hizo una breve pausa, luego vino un carraspeo—. Para sostener el cargamento adecuadamente sujeto, ustedes me entienden.
Asintieron casi todos por tercera vez, con gestos y sonidos roncos.
—¿Para cuándo calcula que estén listos los preparativos? —se interesó el hostelero.
—Confiamos en que en tres semanas a más tardar. A fin también de evitar cualquier tipo de sospecha, el buque llevará habilitación para Puerto Rico, aunque después pondrán proa hacia el destino que todos conocemos. Al regreso, no obstante, la intención es no tocar fondo en La Habana: el desembarco se hará en una bahía despoblada próxima a algún ingenio donde ya hayamos pactado la acogida.
—No quiero precipitar acontecimientos, pero ¿ya está previsto el desembarco? —Ahora era uno de los españoles quien solicitaba más detalles.
—Por supuesto; se hará en canoas y los accionistas llegaremos por tierra en carruajes para proceder al reparto de lotes tan pronto tengamos noticia. Después, en función del estado en que quede el barco, decidiremos si le damos barreno y lo hacemos arder, o si lo recomponemos e intentamos revenderlo para otra operación.
Excesivas cautelas, pensó Mauro Larrea tras haber escuchado con atención extrema. Pero así era sin duda como se hacían las cosas en aquella isla. Muy distintas a México, desde luego, donde el control en ese tipo de asuntos clandestinos era infinitamente menos riguroso. Supuso que los largos tentáculos de la burocracia peninsular, amenazadores y siempre omnipresentes, requerían tales procedimientos.
—Respecto a la implicación de los socios —prosiguió Novás—, les recuerdo que el montante total de la empresa estará dividido en diez participaciones…
El cerebro de Mauro Larrea fue por delante cuadrando números. Por sí mismo, no llegaba. Le faltaba un pico. Un pico considerable.
—… De las cuales yo, como armador, tengo previsto quedarme con tres.
Los presentes asintieron a las palabras del locero con sordos gruñidos de aceptación, mientras él continuaba con sus conjeturas. Le faltaba un pico, cierto. Pero si Carola Gorostiza accediera…
—¿De qué plazos estamos hablando entre el principio y el fin de la expedición? —preguntó entonces el coronel.
—Entre tres y cuatro meses, aproximadamente.
Notó el pálpito del corazón. Un plazo similar al del congelador. Si Carola Gorostiza aceptara, tal vez podría conseguirlo. Era arriesgado, los ruines márgenes de Tadeo Carrús apretaban como fierros. Pero aun así. Con todo. Quizá.
—Dependerá de las condiciones de navegación, lógicamente —prosiguió Novás mientras el minero se obligaba a dejar de hacer castillos en el aire para escucharle—. Lo común es que cada trayecto no lleve más de cincuenta días, pero la duración definitiva estará sobre todo condicionada a si finalmente el aprovisionamiento se realiza en tierra firme o en plataformas flotantes cercanas a las costas. Todo depende de la existencia de mercancía en el momento; a veces hay suerte y se consiguen excelentes compras sin tocar siquiera tierra.
—¿A cómo?
—Dependerá de la oferta. Antes se lograban transacciones más rentables a cambio de unas cuantas pipas de aguardiente de caña, unas yardas de tejidos de colores o media docena de barriles de pólvora; incluso por un saco lleno de espejos y abalorios se podía conseguir algo interesante. Pero ahora ya no: los factores llevan con mano dura su negocio como intermediarios y no hay manera humana de comerciar sin ellos de por medio.
—¿Y cuántas…, cuántas piezas de mercancía se estima que arriben a puerto en un estado aceptable? —quiso saber el otro funcionario con su recio acento de la metrópoli.
—Presuponiendo la pérdida de un diez por ciento durante el viaje, calculamos que cerca de seiscientas cincuenta.
Para todo parecía tener el locero una respuesta contundente: no era ningún novato, sin duda, en aquellos cargamentos clandestinos.
—¿Y el rédito una vez aquí? —preguntó alguien más.
—Unos quinientos pesos de promedio por cada una de ellas.
Hubo un murmullo general, y no precisamente satisfactorio. Malditos usureros, pensó, ¿qué carajo querrán? Para él, sin duda, aquella era una cantidad nada desestimable. Los engranajes de la cabeza comenzaron de nuevo a hacer operaciones matemáticas a toda velocidad.
El armador volvió a interrumpir sus pensamientos.
—En algunos casos se logrará más ganancia, claro está; el precio es variable como saben, en función de los años, la altura, el estado general. Por las que traen cría puede llegarse incluso a duplicar el precio.
Se le perdían algunos detalles, pero prefirió seguir atento y no intervenir hasta llegar al final.
—Y en otros casos, la ganancia será menor, normalmente por cuestiones de deterioro. Aunque hablamos siempre de piezas enteras, se sobreentiende.
Lógicamente. Nadie querría una ponchera desportillada o un angelote manco.
—Vivas, quiero decir.
Todos asintieron, él frunció el entrecejo. ¿Qué?
Piezas vivas, que necesitaban toneles de agua, que valían más o valían menos en función de su estado general, que corrían el riesgo de perecer durante la travesía, que podían llevar una criatura en las entrañas. Aquello no acababa de ajustarse a las existencias que desbordaban las estanterías de ese almacén.
A no ser… A no ser que no fueran exactamente caprichos de porcelana lo que la empresa que estaba armándose en aquel almacén tendría por objetivo y lo que el bergantín de Baltimore transportaría en su bodega.
Y entonces comprendió, y de la boca estuvo a punto de escapársele un aterrado Madre de Dios.
Aquellos hombres no hablaban de comerciar con figuras de pastores y angelitos. Se referían a cuerpos, a alientos.
Trata negrera en su más siniestra desnudez.