La Templanza
II. La Habana » Capítulo 17
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Aguardó al banquero lanzando miradas ansiosas tras el portón abierto de par en par. En los despachos de la planta baja tan solo habían entrado hasta entonces un par de escribanos y tres jóvenes esclavas armadas con trapos y escobas.
Había pasado media noche en vela y, para mitigar los efectos del insomnio, en lo que iba de mañana llevaba tomadas tres tazas de café en La Dominica, el elegante establecimiento de la esquina de O’Reilly con los Mercaderes, apenas a unas cuadras del domicilio de Calafat.
Ya estaba empezando a mentar madres por la escasa afición de los habaneros ricos a levantarse temprano cuando, minutos después de las nueve y media, la estampa inconfundible del anciano por fin asomó al zaguán.
—¿Señor Calafat? —le llamó con voz potente mientras cruzaba la calle en tres zancadas.
No pareció sorprenderle su presencia.
—Gusto de verle de nuevo, amigo mío. Si viene a darme una respuesta afirmativa a mi proposición, no sabe lo que me alegro. Esta tarde zarpa el correo que lleva nuestros hombres a la Argentina y…
Cerró los puños, apretándolos. Se le iba. Se le iba ese negocio de las manos. Pero quizá otro se abría. O quizá no. O tal vez sí.
—De momento estoy aquí para una consulta rápida —dijo sin comprometerse.
—Todo suyo soy.
—No es nada complejo ni gravoso; tan solo necesito información acerca de otro asunto. Como supongo que usted ya anticipará, son varias las opciones que estoy barajando.
Entraron al despacho, se sentaron otra vez en flancos opuestos de la gran mesa de caoba, en la fresca semipenumbra de las persianas medio cerradas.
—Dispare. Independientemente de que acabe o no asociándose con nosotros en el proyecto del barco congelador, de momento sigo siendo el curador de sus bienes y estoy, como le ofrecí, a su entera disposición.
No se anduvo por las ramas.
—¿Qué puede decirme de la trata?
Tampoco el banquero se enredó en sutilezas.
—Que es una actividad turbia.
El adjetivo quedó flotando en el aire. Turbia. Una actividad turbia, con todo lo que tal calificativo pudiera significar.
—Siga, por favor.
—No está proscrita por las leyes españolas que se aplican en las Antillas, aunque su abolición en teoría sí quedó convenida con los británicos, los primeros en suprimirla. Por esa razón, los buques ingleses vigilan con celo el cumplimiento de su ley en el Atlántico y el Caribe.
—Aun así, desde Cuba se sigue llevando a cabo.
—En magnitudes menores que antes, pero sí, tengo entendido que se mantiene. Sus días de gloria, si me permite la frase macabra, tuvieron lugar a principios de siglo. Pero todo el mundo sabe que a día de hoy la carrera africana se mantiene activa y que aún se sigue desembarcando a miles de infelices en estas costas.
—Cargamentos de ébano los llaman, ¿no?
—O de carbón.
—Y dígame, ¿quién la patrocina, normalmente?
—Gente como la que, por sus preguntas, Larrea, deduzco que usted ya ha conocido. Cualquiera con capacidad para armar un barco y financiar total o parcialmente una expedición. Comerciantes o dueños de negocios variopintos por lo general. A veces incluso algún oportunista que pretende jugarse la suerte en esa ruleta. En solitario o en compañía, de todo hay.
—¿Y los hacendados ricos del azúcar? ¿Los cafeteros, los tabaqueros? ¿No se meten en este negocio, cuando son ellos los principales beneficiados de la mano de obra africana?
—Los oligarcas azucareros, lo mismo que los otros, son cada vez más contrarios a la trata, por extraño que le suene. Pero no se deje engañar: no les mueve la compasión, sino el miedo. Tal como ya le comenté, el crecimiento de la población africana en la isla es extraordinario y, si siguen llegando barcos repletos, el riesgo de subversión aumentará proporcionalmente. Y esa es su peor amenaza, créame. Así que han adoptado la postura más conveniente para ellos, que es mantenerse opuestos a la importación de brazo negro, pero sin querer ni oír hablar de la abolición de la esclavitud.
Con las cejas contraídas, se tomó unos segundos para digerir la información.
—Cualquiera puede dedicarse a ello, don Mauro. Usted o yo mismo podríamos convertirnos en armadores negreros con suma facilidad, si quisiéramos.
—Pero no queremos.
—Yo, desde luego, no tengo la más remota intención. Usted, no lo sé.
Con la objetividad propia de su oficio, sin tremendismo pero alejada de cualquier tono de falsa delicadeza compasiva, el viejo banquero añadió:
—Puede ser una empresa lucrativa, ciertamente. Pero también sucia. E inmoral.
¿Dónde carajo estás ahora, Andrade, dónde están tus reproches? Estoy andando descalzo sobre el borde de un asunto tan siniestro como un cuchillo recién afilado, y no oigo ni una palabra de ti. ¿No tienes nada que decirme, hermano? ¿No tienes ninguna queja, ninguna recriminación? Su conciencia interpelaba a su apoderado mientras Calafat le acompañaba a la puerta.
—Usted sabrá en qué invierte sus capitales, estimado amigo, pero recuerde en cualquier caso que mi oferta sigue en pie.
Alzó la mirada hacia el reloj que colgaba de una de las paredes.
—Aunque ya tan solo por unas horas —añadió—. Como le dije, esta noche zarparán dos de los socios rumbo al Mar del Plata y, a partir de ahí, ya no habrá manera humana de cambiar las tornas de la empresa.
Mauro Larrea volvió a acariciarse la cicatriz de la mano.
—Tan solo una firma sería suficiente —concluyó Calafat—. Su dinero ya lo tengo a buen recaudo; para que sea uno de nosotros, nada más necesito su rúbrica sobre un papel.
Una única idea lo machacaba cuando salió de casa del banquero. Convencer a Carola Gorostiza, esa era su única opción. Convencerla de que aquella inversión valía la pena, de que ambos podrían sacar una buena tajada sin necesidad de rozar siquiera el inmundo negocio de la venta de esclavos.
Sobre cómo aproximarse a ella fue pensando mientras, acompañado de Santos Huesos, deambulaba por el trazado callejero casi sin ser consciente de por dónde pisaba. Sus ojos, sin embargo, parecían ya mirar de otra manera alrededor.
En las cercanías de la Plaza de Armas se cruzaron con docenas de amas negras que llevaban en los brazos a pequeños niños criollos encomendados a su cuidado: les mimaban, les amamantaban, les hacían carantoñas y cucamonas. En los muelles observaron multitud de cuerpos oscuros sin más ropa que un calzón; cuerpos que movían su musculatura sudorosa entre cargas y barquichuelas al compás de cantos retumbantes. En la cuadrícula de calles comerciales, bajo los toldos multicolores que tamizaban la luz, contemplaron a mulatas veinteañeras de bocas carnosas caminando con andares sensuales y bromeando desprejuiciadas con todos aquellos —muchos y de todos los colores— que a su paso les lanzaban un requiebro.
Por acá y por allá, bajo los portales de la Plaza Vieja, en el mercado del Cristo y en la Cortina de Valdés, frente a las puertas de los cafés y de las iglesias, como todos los días y como a todas las horas, vieron en definitiva africanos a montones: al fin y al cabo, según le habían dicho, rozaban ya en número la mitad de la población. Las mondongueras apoyadas contra las fachadas compartiendo entre ellas chanzas y chocarrerías. Los caleseros voceando entre el estrépito de cascos con su látigo en la mano, compitiendo orgullosos por el lujo de sus vestimentas y el brío de sus corceles. Los mulatos carretilleros con calzón arremangado y sombreros de yarey; los vendedores de torso desnudo entonando con cadencia dulzona esos pregones que lo mismo les servían para ofrecerse a afilar tijeras que para vender maní. Y tras los muros y las rejas de las casas importantes y medianas, intuyó a los negros domésticos: veinte almas, treinta, cuarenta, hasta sesenta o setenta en las residencias más pudientes, según le habían contado. Bien comidos y vestidos, con poco quehacer y mucho espacio para extender esteras de guano por las soleras, y allí charlar y dormitar en las horas de calor, y peinarse ellas unas a otras entre risas, y bromear entre ellos o sentarse remolones a la espera de su amito. Mi mulatica, mi negrilla, eran entre sus amos palabras cariñosas de uso común. Hasta deferencia en el trato existía: ño Domingo por acá, ña Matilde por allá.
No parecen llevar mala vida estos esclavos, masculló en un intento de endulzar con esas mansas estampas la atrocidad del sombrío negocio en el que le habían invitado a participar. Inmensamente más duro es el quehacer de los mineros mexicanos, a pesar de no pertenecer a un propietario y de tener estipulado un jornal, siguió pensando. En esos desvaríos andaba cuando, en mitad de la calle del Teniente Rey, le vio salir.
Gustavo Zayas abandonaba en ese momento el zaguán de la que él supuso que era su residencia, sosteniendo un bastón bajo el brazo y poniéndose el sombrero, vestido de elegante dril del color del café con leche. Tenía la mandíbula apretada y las facciones tensas, sombrías, como casi siempre. Nunca le había visto sonreír.
El enjambre cotidiano de las calles de La Habana, por fortuna, impidió que el cuñado de su consuegro se percatara de su presencia en el flanco de enfrente de su misma calle. Y, por si acaso, para doblar la protección, Mauro Larrea tiró del brazo de Santos Huesos y junto a él, piel con piel, se encajonó en la entrada de una farmacia.
—¿Acá es donde vive la hermana de don Ernesto?
No necesitó que su criado se lo confirmara.
Volviendo la cabeza con disimulo, siguió la espalda alta y distinguida de Gustavo Zayas mientras este se abría paso entre el gentío, comprobando cómo desaparecía por la esquina. Después le concedió un par de minutos, hasta que calculó que ya estaba lo suficientemente lejos como para no regresar de inmediato en busca de cualquier olvido.
—Ándale, muchacho. Allá vamos.
Cruzaron la calle, entraron al patio por el portón abierto. Y una vez dentro, preguntó por ella a una mulata flaca y joven que sacudía una alfombra.
—¿Se volvió loco, o qué? —le gritó Carola Gorostiza apenas cerró la puerta a su espalda.
Lejos de invitarle a sentarse en los aposentos de la familia del piso superior, le había arrastrado a un cuarto de la planta baja, una especie de pequeño almacén en el que se amontonaban unos cuantos sacos de café y un montón de trastos inútiles. Llevaba la melena negra suelta hasta media espalda y una bata de gasa añil anudada con desmaño a la cintura. Aún no se había puesto joyas ni afeites, y esa descarga de excesos le quitaba unos cuantos años de encima. Probablemente se había levantado hacía poco; la mulata le había dicho que su amita estaba desayunando cuando él la mandó llamar.
—Necesito hablar con usted.
—Pero ¿cómo se le ocurre aparecer por esta casa, insensato?
Tras la puerta se oyeron los ladridos chillones de una perra pequeña, suplicando entrar.
—Acabo de ver salir a su marido, descuide.
—Pero, pero… Pero ¿es que perdió usted la cabeza, por el amor de Dios?
Un puño golpeó la madera al otro lado, se oyó la voz de un hombre, un esclavo doméstico seguramente. Preguntaba a su ama si todo estaba en orden. La perra ladró otra vez.
—Cíteme dentro de un rato donde más le convenga si no quiere escucharme ahora, pero tengo que reunirme con usted inmediatamente.
Ella respiró ansiosa un par de veces, intentando serenarse mientras el busto apenas cubierto por la muselina subía y bajaba acompasado.
—En la Alameda de Paula. A las doce. Y ahora, desaparezca, haga el favor.
Había poca gente en aquel hermoso paseo abierto a la bahía, la elección había sido sabia. Por la tarde, cuando descendiera el sol y el calor diera una tregua, se llenaría de almas: parejas y familias, soldadesca y oficiales, jóvenes españoles recién llegados a la isla en busca de fortuna y lindas criollas en edad de merecer. De momento, en cambio, solo un puñado de figuras solitarias salpicaba la explanada.
La esperó acodado sobre el forjado caprichoso que separaba la tierra firme del agua, con el batir de las pequeñas olas a los pies. Ella llegó más de media hora tarde subida en un quitrín, con su estampa de dama de empaque recuperada: el rostro blanqueado, el cabello recogido, y la falda amplia y espesa del vestido amarillo canario extendida a ambos lados del asiento del carruaje, hasta quedar suspendidos los últimos encajes de las enaguas apenas a medio palmo del suelo. Sobre el regazo, con una lazada de raso entre las orejas, traía a la perrilla que ladraba endemoniada tras la puerta en los escasos minutos que permanecieron encerrados juntos.
Como buena habanera adoptiva, y como a menudo ocurría con sus propias compatriotas mexicanas, bajarse del carruaje en plena vía pública y permitir que sus escarpines de seda pisaran el suelo terroso era para Carola Gorostiza algo casi tan irreverente como quedarse en cueros vivos frente al altar mayor de la catedral. Por eso, tras su llegada, despidió al calesero con un gesto y permaneció sentada en su quitrín.
Él, por su parte, se mantuvo en pie. Erguido, en guardia.
—Hágame el favor de no volver a aparecer por mi casa, señor mío. Jamás.
Ese fue su saludo.
Tampoco el minero se anduvo por las ramas.
—¿Consideró lo que le planteé en el teatro?
De la boca de la esposa de Zayas no salió ni un sí ni un no. En su lugar, con ese tono brioso que volvió a recordarle a su consuegra, le lanzó otra pregunta directa:
—¿Cómo a usted le fue donde el locero Novás?
—Se trató de una reunión meramente informativa.
—Eso quiere decir que se lo está pensando.
Era lista y fría Carola Gorostiza, pero él tenía que arreglárselas para ser más gélido aún. Por eso cambió de tercio inmediatamente, retrocediendo a la cuestión de su interés.
—¿Consideró mi oferta del barco congelador? —repitió.
Se tomó unos instantes antes de responder, metiendo los dedos entre el pelo tupido de la minúscula perra. Mientras le rascaba la cabeza, le observaba con esos ojos suyos tan inescrutables y tan negros, que ni eran hermosos ni dejaban de serlo, pero que transmitían siempre una firme carga de determinación.
—Sí y no.
—¿Le importaría ser más precisa?
—Tal como me propuso, estoy dispuesta a asociarme con usted, señor Larrea. Accedo a que unamos nuestros capitales en beneficio mutuo.
—¿Pero?
—Pero no en el negocio que me sugiere.
—Un negocio del todo solvente, se lo aseguro —la interrumpió.
—Puede. Pero yo prefiero el otro. El de… —Echó una mirada de soslayo a su calesero, un esbelto mulato vestido con casaca encarnada y sombrero de copa que daba las últimas chupetadas a un tabaco sentado en un banco de piedra un poco más allá—. El negocio de los morenos. Ahí es donde yo quiero entrar. Solo en ese caso estoy dispuesta a asociarme con usted.
—Déjeme antes que le explique, señora.
La réplica sonó con la misma fuerza que un cañonazo lanzado desde El Morro.
—No.
Hijos de su pinche madre los Gorostiza, maldita sea su herencia y maldita sea la perra que parió al locero. Mientras por su mente pasaban barbaridades más propias del bronco lenguaje de los mineros que de su presente posición social; mientras las olas mansas golpeaban contra la piedra y él mantenía la boca firmemente cerrada en un rictus adusto, su cabeza comenzó una lenta oscilación de izquierda a derecha, de derecha a izquierda y vuelta a empezar. Me niego, decía sin sonidos.
—¿Por qué? —preguntó ella con un punto de arrogante extrañeza—. ¿Por qué no quiere que entremos juntos en esa empresa? Mis capitales valen lo mismo para un negocio que para otro.
—Porque no me gusta. Porque no…
Una agria carcajada salió del cuello enjoyado. Aguamarinas, llevaba esa mañana.
—No me irá a decir, Larrea, que es usted también uno de esos ridículos liberales abolicionistas. Le creía un hombre con menos prejuicios, amigo mío, con tanta prestancia como se gasta y tanta aparente seguridad. Ya veo que las fachadas engañan.
Prefirió ignorar el comentario y volcar toda su capacidad de persuasión en lo que de verdad le interesaba.
—Déjeme que le exponga los detalles del otro negocio que le propongo; apenas queda tiempo, están a punto de zarpar.
Ella suspiró, disgustada a todas luces. Después chasqueó la lengua, enfatizando su descontento. La perra, como si la entendiera, ladró con furia chillona mientras el busto turgente de su dueña volvió a subir y bajar al ritmo de su respiración.
—Creía que en México y en Cuba hablábamos todos el mismo español. ¿De verdad no entiende lo que quiero decir cuando digo no?
Él se llenó los pulmones con una bocanada de aire marino, ansiando que la sal le metiera en el cuerpo la paciencia que le estaba empezando a faltar.
—Tan solo le pido que recapacite —insistió impostando un tono neutro para no dejar entrever su desesperación.
La cabeza femenina se giró con gesto altanero hacia la bahía, negándose a escucharle.
—Por si acaso recapacita, pasaré toda la tarde en mi hospedaje, a la espera de su respuesta definitiva.
—Dudo mucho que la tenga —escupió ella sin mirarle.
—Ya sabe dónde encontrarme, por si acaso.
Se llevó los dedos al ala del sombrero y dio así por concluida la conversación. Mientras la Gorostiza, encaramada en su quitrín, contraía el gesto y mantenía la vista obcecadamente fija en los mástiles de los bergantines y los trapos desplegados de las goletas, él se alejó por la Alameda.
De la decisión de ella, colgando de un hilo tan fino como el que teje una araña, dependía para Mauro Larrea el poder buscar ganancias con un mínimo de dignidad o el seguir asomado al abismo.