La Templanza

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II. La Habana » Capítulo 19

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19

Cuando desde el fuerte de La Cabaña se oyó el cañonazo de las nueve, la banda militar dio inicio a la retreta. La Plaza de Armas estaba abarrotada, media Habana dispuesta a disfrutar de la música al aire libre y de la brisa fresca que subía del mar. Algunos permanecían sentados en los bancos, muchos paseaban parsimoniosos entre los parterres y las palmeras alrededor del pedestal sobre el que se encaramaba la estatua del malcarado Fernando VII. Un cordón de carruajes rodeaba el perímetro de los jardines; dentro de ellos, las señoritas más distinguidas recibían al estribo a una corte de galanes y admiradores.

Mauro Larrea se dejó caer a plomo contra una de las columnas del palacio del conde de Santovenia, con el gesto sombrío y los brazos cruzados. Mientras los músicos esparcían por el aire fragmentos de óperas y tonadillas de moda, él era consciente de que, en ese mismo momento, dos de los socios del banquero Calafat decían adiós a los suyos desde la cubierta de un vapor de la Mala Real Inglesa. Zarpaban con rumbo a Buenos Aires, llevaban con ellos un capital abundante y un proyecto financiero enormemente prometedor. Un proyecto en el que pudo haber estado él mismo. Y en el que ya nunca estaría.

La noche había caído con toda su contundencia y los balcones del palacio de los Capitanes Generales, abiertos de par en par, mostraban bajo la luz de docenas de bujías su interior esplendoroso. Él seguía contemplando la escena ausente, con Santos Huesos al lado. Estando sin estar, matando el tiempo y la desazón con la espalda apoyada contra la piedra de la pilastra. Un tuerto le ofreció papeletas para la rifa de un lechón. Un muchachuelo con costras en la cabeza le propuso limpiarle las botas; al rato, otro intentó venderle una cuchilla. Rechazó a todos sin miramientos; estaba empezando a hartarse de tanto mercachifle callejero cuando notó que una mano se le posaba en la manga derecha.

A punto de desasirse de un tirón, se contuvo al oír su nombre. Volvió el rostro y se topó con una joven mulata.

—¡Por fin doy con su merced, ño Mauro, gracias a Dios! —dijo jadeante—. Media Habana me recorrí hasta encontrarle.

La reconoció de inmediato: la misma muchacha que sacudía una alfombra cuando se colaron en la residencia de los Gorostiza.

—Me manda mi ama, tiene que verle —anunció esforzándose por recuperar el resuello—. Una volanta le espera detrás del Templete, en el callejón. Le llevará hasta ella.

Santos Huesos estiró el cuello, como diciendo estoy listo, patrón. Pero la chica captó el gesto y lo frenó en seco. Era delgada y garbosa, con la boca grande y unas larguísimas pestañas.

—Mi ama quiere que vaya sin compañía.

Tal vez aún estaba a tiempo. Una firma, eso era lo único que Calafat necesitaba de él. Un consentimiento, una aceptación en tinta. Quizá el barco aún no había levado anclas y la Gorostiza había entrado en razón.

—¿Dónde me espera?

Casi estaba seguro de que diría en el muelle de Caballería. Quizá junto al anciano banquero. Quizá ella se había convencido al fin.

—¿Cómo quiere que yo sepa, ño Mauro? El cochero será quien se encargue; yo solo conozco lo que ña Carola me quiere decir.

Los músicos arrancaban los primeros compases de La Paloma de Iradier cuando él, abriéndose paso con los hombros entre la multitud, se dirigió apresurado en busca del carruaje. Para su desconcierto, el sitio elegido resultó infinitamente distinto al de un muelle frente a un barco a punto de zarpar. En la iglesia del Cristo del Buen Viaje: en una estancia al costado de la sacristía donde las señoras de buena posición cosían y remendaban ropa blanca todos los martes para los menesterosos de la ciudad. Entre anaqueles y baúles repletos de yardas de lienzo. Allí le esperaba Carola Gorostiza a la luz de un pequeño quinqué de aceite.

—Alguien de la casa le contó a mi esposo que usted estuvo allá esta mañana —le espetó apenas asomó por la puerta—. Por eso le mandé una volanta de alquiler y por eso vine yo misma en otra. Ya no me fío ni de mi sombra.

Él contestó quitándose el sombrero. La decepción le atravesaba todos los huesos del cuerpo, pero sacó de donde pudo el último pellizco de orgullo que le quedaba y optó por no mostrar su sentimiento.

—De mí tampoco, supongo.

—Tampoco, naturalmente —replicó la mujer de Zayas—. Pero, a estas alturas, no me interesa desprenderme de usted. Ni a usted de mí.

Notó que sostenía algo en las manos; algo pequeño y oscuro que, con la escasa luz, no pudo distinguir.

—¿Ya partieron sus otros amigos, los del negocio del barco de hielo? —preguntó con su tono cortante.

—Barco congelador.

—Tanto da. Conteste, ¿partieron o no?

Tragó saliva.

—Supongo que sí.

La hermana de su consuegro esbozó una sonrisa sarcástica.

—Entonces, tan solo le queda una carta que jugar. La del otro buque con otro cargamento muy distinto.

Ni muelle, ni firma a la carrera, ni vapor a punto de zarpar hacia el Mar del Plata: nada de eso entraba en los planes de aquella mujer. El bergantín cargado de argollas y cadenas con rumbo a las costas africanas era la única baza que le restaba, efectivamente: el triste comercio de esclavos. En caso contrario, habría de empezar a trazar nuevos planes sin el capital de ella. Solo y seco como una raspa, una vez más.

Aun así, intentó resistirse.

—Sigo sin estar convencido.

Ella le interrumpió con tono de impaciencia, mientras realizaba movimientos cortos y nerviosos con los dedos de la mano derecha a la luz del quinqué. Como si pellizcara algo, lo soltara y lo volviera a pellizcar.

—Los interesados con los que se reunió en el almacén de loza dieron ya su conformidad en pleno; el único que falta es usted. Sin embargo, según me cuentan, las tornas cambiaron de ayer a hoy. Solo queda una participación disponible, la que usted no ratificó todavía, pero ha surgido un nuevo interesado en hacerse con ella. Agustín Vivancos se llama, por si duda de mi palabra: el dueño de la botica de la calle de la Merced. En caso de que usted no responda, él está dispuesto a ocupar su puesto.

Cundió el silencio, por la ventana cerrada se oyeron las ruedas de un carro al traquetear contra el empedrado. Ninguno habló hasta que el sonido se fue extinguiendo. Cada vez más tenue, más liviano. Hasta desaparecer.

—Permítame decirle, señora, que su actitud me desconcierta enormemente. —Dio un paso hacia ella, firme—. En un principio no tenía usted el menor interés en mover su capital y ahora, de pronto, parece corroerle la urgencia.

—Usted fue quien me propuso hacerlo, no lo olvide.

—Cierto. Pero satisfaga mi curiosidad, si no le importa. ¿Por qué se emperra en este asunto y por qué obra, de pronto, tan impulsivamente?

Ella hizo una mueca altiva y dio otro paso hacia él, desafiante. Mauro Larrea por fin distinguió el objeto que sostenía. Un alfiletero de los que las señoras utilizaban en aquel cuarto destinado a la costura caritativa. Un alfiletero en el que ella, machaconamente, clavaba y desclavaba una y otra vez el mismo alfiler.

—Por dos razones, señor Larrea. Dos razones harto importantes. La primera tiene que ver con el propio negocio en sí. O mejor dicho, con sus implicados. La hija mayor del dueño del almacén es una buena amiga, alguien de absoluta confianza. Y eso me tranquiliza, me da la seguridad de que mi plata estará en manos de alguien próximo que me irá reportando detalles sobre el avance de la operación en caso de que a usted le diera por desaparecer. Alguien…, alguien digamos como de la familia. En caso contrario, si me hubiera metido en la vaina esa del buque de hielo, me vería entre sesudos varones inmersos en asuntos financieros de los que yo apenas entiendo y jamás me tratarían como a una igual.

Aunque la respuesta tenía su poso de sensatez, él supuso que mentía. En cualquier caso, prefirió no plantearse si creerla o no.

—¿Y la segunda razón?

—La segunda, amigo mío, es mucho más personal.

Enmudeció y, por unos instantes, él pensó que no iba a decir nada más. Se equivocaba.

—¿Está usted casado, señor Larrea?

—Lo estuve.

Pasó otro carruaje con su repiqueteo sobre las piedras, más rápido y fugaz.

—Convendrá entonces conmigo en que el matrimonio es una alianza compleja. Te da alegrías, te da amarguras… Y a veces, también, se torna en un juego de poderes. Su propuesta me hizo pensar. Y llegué a la conclusión de que, con más plata en mis manos, quizá dentro de mi propio matrimonio logre más poder.

Más poder, ¿para qué?, estuvo a un verbo de preguntarle. Pero antes de hacerlo rememoró lo que aquella misma tarde le había contado doña Caridad: su entregada dedicación al primo de su marido llegado desde España, el extraño triángulo que formaron entre los tres, la mujer en la que Gustavo Zayas puso su corazón al otro lado del charco y que acabó por marcharse con otro, mil conflictos del ayer. Prefirió contenerse a pesar de la curiosidad. Sonsacarle exigiría una contraprestación, y él no estaba dispuesto a soltar prenda acerca de sí mismo. Ella, entretanto, siguió acercándose, hasta alcanzar el límite de lo impudoroso.

Los volantes de la falda se enredaron entre las piernas del minero. Notó su busto prácticamente pegado al pecho. Sintió su respiración.

—Usted me puso este dulce en la boca —dijo con voz cadenciosa—. Multiplicar mi herencia sin tocarla siquiera. No me gustan los hombres que dejan a medias a las mujeres.

Ni a mí las mujeres que atenazan como usted, pensó. Pero se guardó de decírselo y en su lugar, sin romper la íntima cercanía, le hizo una pregunta. En voz baja, sombría.

—¿De verdad, Carola, que la esencia de este negocio rastrero no le genera ningún reparo?

Ella ladeó parsimoniosa la cabeza y acercó los labios a su oído. Su cabello oscuro le rozó el rostro mientras volcaba en él un susurro.

—El día que tenga remordimientos, querido mío, lo solventaré con mi confesor.

Retrocedió un par de pasos, despegándose del cuerpo femenino.

—Deje los reparos para los meapilas y los masones, por Dios bendito —prosiguió la Gorostiza retomando su brío de siempre—. Los escrúpulos no van a llenarle las alforjas, y usted anda también a la desesperada. Vuelva donde el locero mañana por la mañana, a las once en punto; entre como si fuera a comprar cualquier cosa. Retire antes la plata de casa del banquero, la mía y la suya, hasta que entre los dos juntemos el montante de la inversión. He decidido que Novás sepa de mi presencia, le esperaremos.

Acto seguido lanzó el alfiletero sobre la mesa y apagó el quinqué. Después, sin una palabra más, se echó sobre la cabeza un mantón que hasta entonces descansaba en la espalda de una silla y se marchó.

Él quedó con las tinieblas aferradas a los ojos, entre estantes repletos de sábanas y retales. Dejó transcurrir unos minutos, hasta calcular que sus caminos no se juntarían. Al salir sigiloso por la espalda de la iglesia, comprobó que no lo aguardaba ninguna volanta y arrancó a caminar por la calle de la Amargura en dirección a su hospedaje, con el desasosiego metido en el cuerpo.

Encontró la casa sumida en un silencio de camposanto, a oscuras. Todos dormían y, contrariamente a lo habitual, su criado no le esperaba ni en el zaguán ni en el patio. Atravesó la galería en penumbra rumbo a su cuarto; estaba a punto de llegar a él cuando se dio la vuelta. Moviéndose cauteloso para no hacer ruido, entró en el comedor y sorteó con tino los muebles, hasta dar con lo que buscaba. Hasta rozar el cristal. Agarró entonces la damajuana de aguardiente por el cuello y se la llevó.

Dormía boca abajo, desnudo, atravesado en la cama con las piernas y los brazos abiertos como aspas; el izquierdo desbordaba el margen del colchón, los dedos casi rozaban las baldosas. Notó una presión en el tobillo, alguien se lo apretaba.

Se despertó con un brinco y, al incorporarse alarmado, sintió la cabeza pesada como una barra de plomo. Bajo el mosquitero alzado, sin más luz que la que entraba por el balcón abierto, vislumbró un rostro familiar.

—¿Qué pasó, muchacho, ocurrió algo?

—Nada.

—¿Cómo que nada, Santos? —masculló—. Me despiertas…, me despiertas a las…, ¿qué hora es?

—Las cinco de la mañana, a punto está de rayar el alba.

—¿Me despiertas a las cinco de la mañana, pendejo, y me dices que no pasa nada?

—No se meta, patrón.

Tardó en procesar lo que estaba oyendo.

—No se meta —escuchó otra vez.

Se pasó los dedos entre el pelo, confuso.

—Tú también bebiste más de la cuenta, ¿o qué?

—Son humanos. Como usted. Como yo. Sudan, comen, piensan, fornican. Les duelen las muelas, lloran a sus muertos.

Retorciéndose con un esfuerzo titánico la memoria entumecida, logró rememorar la última vez que le vio. En la Plaza de Armas, mientras el público comenzaba a entonar los primeros versos de La Paloma al compás de los acordes de la banda militar: «Cuando salí de La Habana, válgame Dios…». Junto a la mulata flaca de sonrisa grande le había dejado, hombro con hombro.

—¿Te mareó la esclava de doña Carola? ¿Te anduvo con cuentos cuando yo me marché en busca de su dueña? ¿Te…? ¿Te…?

—La esclava tiene nombre. Se llama Trinidad. Todos lo tienen, patrón.

Hablaba con su voz de siempre. Sosegada y melodiosa. Pero firme.

—¿Se acuerda cuando bajábamos a los pozos? Usted hacía trabajar a su gente hasta que nos dolía el alma, pero jamás nos trató como a animales. Aunque apretó cuando hubo que apretar, siempre fue justo. Quien se quiso quedar a su lado, se quedó. Y quien quiso buscar otro camino, nunca tuvo ataduras.

Mauro Larrea, sin levantarse, se tapó el rostro con las manos intentando recobrar una brizna de lucidez. La voz le surgió por eso cavernosa.

—Estamos en la pinche Habana, pedazo de orate, y no en las minas de Real de Catorce. Esos tiempos pasaron, ahora tenemos otros problemas.

—Ni sus hombres ni sus hijos querrían que hiciera lo que pretende hacer.

La silueta de Santos Huesos salió del dormitorio filtrada por el tamiz del mosquitero. En cuanto cerró la puerta sin ruido, él se dejó caer como un peso muerto sobre la cama. Siguió tumbado hasta bien entrada la amanecida, pero no logró dormirse. Confuso, embotado por el aguardiente que le escamoteó a la patrona del hospedaje para ahogar su desazón; sin saber si la aparición del chichimeca había sido tan solo un sueño grotesco o una tristísima realidad. Así permaneció unas horas que se le antojaron eternas, con un sabor vomitivo pegado en el paladar y un pellizco de angustia tarascándole las vísceras.

No lo pienses, cabrón, no lo pienses, no lo pienses. Eso se iba repitiendo mentalmente mientras se aseaba, mientras se vestía, mientras intentaba apaciguar la infernal resaca a golpe de café neto, mientras salía del hospedaje sin que la sombra de Santos Huesos apareciera de nuevo. La voz de su amigo Andrade tampoco acudió.

No eran aún las diez cuando echó andar entre el tumulto mañanero de todos los días remolcando un descomunal dolor de cabeza. La operación sería sencilla: retirar el dinero, rubricar el consecuente recibo y listo. Un asunto fácil. Rápido. Inocuo. No lo pienses más, hermano, no lo pienses.

Tan ensimismado iba, tan obsesivamente dispuesto a enfocar su atención en una dirección única, que al entrar en el zaguán estuvo a punto de tropezar. Al contacto de su pie contra algo inesperado, soltó una ruda blasfemia. Lo inesperado resultó ser una joven negra que, de manera instintiva, lanzó un chillido punzante.

Estaba sentada en el suelo; tenía la espalda apoyada contra el pilar del que colgaba el portón abierto y un seno fuera de la camisa blanca. Antes de que la punta de la bota del minero se le clavara en el muslo, amamantaba serena a su criatura envuelta en un trapo de algodón. Él recuperó el equilibrio apoyándose en la pared. Y a la vez que lo hacía, a la vez que aplastaba la palma y los dedos contra la cal en busca del equilibrio, bajó la vista.

Un pecho pleno y colmado llenó sus ojos. Aferrada a él, una boca diminuta chupaba el pezón. Y de pronto, ante la simple imagen de una joven madre de piel oscura amamantando a su hijo, todo aquello que se había esforzado por mantener fuera de su cerebro lo embistió como una tromba de agua que escapara del caudal. Sus manos sacando a Nicolás de las entrañas ensangrentadas de Elvira; sus manos puestas sobre el vientre de Mariana en la noche de su despedida en México, palpando al nuevo ser aún no nacido. La esclava flaquita abusada por un amo viejo mientras cortaba la caña; la niña que trajo al mundo con tan solo trece años y que después le arrancaron como quien quita la piel a un mísero plátano. Vida a chorros, vida henchida. Cuerpos, sangre, alientos, almas. Vidas que llegaban entre gritos estremecedores y se iban con un hilo precario de fragilidad; vidas que llegaban trayendo consuelo frente al desamparo, que recomponían las grietas ante el abismo y se encajaban en el mundo como certezas que no se podían comprar y no se podían vender. Vida humana, vida entera. Vida.

—Buen día, Larrea.

La voz del banquero, saludándole en la distancia desde el interior del patio, lo retrotrajo a la realidad. Acababa de bajar tras el desayuno, seguramente. E iría camino de su escritorio cuando le vio.

Por respuesta él tan solo enderezó la postura y alzó un brazo por encima de la cabeza. Nada, vino a decir. No quiero nada. Calafat le miró frunciendo el bigote.

—¿Seguro?

Asintió con la mandíbula, sin despegar los labios. Seguro. Después se dio la vuelta y se perdió entre la muchedumbre callejera.

Encontró el cuarto tal cual lo dejó, aún no habían entrado las muchachas a arreglarlo. La cama seguía deshecha, las sábanas arrastrando por el suelo, su ropa sucia amontonada, un cenicero repleto y la damajuana de aguardiente, prácticamente vacía, tumbada bajo la mesa de noche. Se quitó la chaqueta de dril, se aflojó la corbata y cerró las persianas de madera. Después, dejando el resto intacto, se sentó a esperar.

Oyó sonar las diez y media en el reloj de la Aduana. Las once en punto, las once y media. La luz del exterior se proyectaba contra la penumbra cada vez con más fuerza, dibujando finas rayas horizontales sobre la pared. Se acercaba el mediodía cuando por fin oyó pasos y gritos, ladridos y un escándalo que se iba aproximando. Golpes, chirridos, portazos, como si una turba estuviera poniendo la casa entera patas arriba. Hasta que su puerta, sin que nadie se molestara en llamar antes, se abrió de par en par.

—¡Es usted un traidor y un hijo de mala madre! ¡Un cobarde, un desgraciado!

—Puede recoger su dinero cuando guste en la casa bancaria Calafat —dijo sin inmutarse.

Llevaba un largo rato esperándola, previendo su reacción.

—¡Le estuve esperando, di mi palabra a Novás de que vendría!

Doña Caridad entró unos instantes después, arrastrando su cojera y una catarata de disculpas. Tras ella, cuatro o cinco esclavos se agolparon bajo el dintel. La bichón, contagiada por la ira de su propietaria, ladraba como poseída por el can de Belcebú.

Delante de todos ellos, Carola Gorostiza se llenó los pulmones de aire y le vomitó su última advertencia:

—No le quepa duda, Mauro Larrea, de que volverá a saber de mí.

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