La Templanza

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II. La Habana » Capítulo 20

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Por ninguna razón concreta, aquella noche volvió al Café de El Louvre. Para dejar de machacarse el pensamiento, a lo mejor. O para amortiguar su soledad entre el gentío.

Esquivó las mesas bajo los portales, llenas de jóvenes y figurones, y accedió al interior. Entre palmas frondosas y enormes espejos que multiplicaban engañosos las presencias, tampoco en el comedor faltaba vitalidad. Le sirvieron pargo a la brasa y otra vez vino francés, rechazó el postre y acabó con un café al gusto cubano, bien cargado, con poca agua y raspadura para limar el amargor. Había mentido sin reparo a la propietaria de su hospedaje cuando el día anterior le dijo que tanto café empezaba a sentarle mal: todo lo contrario. Aquel café tan denso, tan oscuro, era prácticamente lo único que le estimulaba desde que llegó.

A medida que daba cuenta del pescado, vio que eran unos cuantos los recién llegados que se encaminaban hacia la amplia escalera del fondo.

—¿Hay mesas arriba? —preguntó al mesero mientras pagaba la cuenta.

—Todas las que guste su merced.

El tresillo y el monte eran los juegos de moda, y la sala del piso superior de El Louvre no era excepción. A pesar de ser relativamente temprano, ya habían arrancado un par de partidas. En una mesa de esquina, un jugador solitario colocaba con chasquidos las fichas de dominó; en otra se oía el ruido de los dados entrechocando. Pero los ojos de Mauro Larrea se desviaron hacia el fondo, al espacio iluminado por unas grandes bombas de cristal colgadas del techo.

Bajo estas tres mesas de billar. Dos en calma, una ocupada. En ella lanzaban tiros sin entusiasmo un par de españoles cuyo origen distinguió con los ojos y los oídos: trajes de paño, maneras más formales y un tono al hablar infinitamente más duro, más áspero y cortante que el de los naturales del Nuevo Mundo.

Se acercó a una de las mesas vacías, deslizó despacio la mano por la madera encerada de las bandas. Agarró luego una bola y apretó la frialdad del marfil. La sopesó, la hizo rodar. Sin prisa, demorando cada segundo, sacó después un taco de su estante y de pronto, sin preverlo, como una caricia tierna después de una pesadilla, como un sorbo de agua fresca tras una larga caminata bajo el sol, sintió un consuelo difícil de describir. Quizá, desde que desembarcó en ese puerto, aquello fuera lo único que logró infundirle una pizca de serenidad.

Palpó la puntera del taco, cerró y abrió la mano varias veces sobre el mango apreciando su volumen y su textura; después desplazó los ojos por el océano de fieltro verde. Por fin tenía ante sí algo que le era conocido, cercano, controlable. Algo sobre lo que ejercer sus capacidades y su voluntad. Sus recuerdos volaron por unos instantes años atrás, hacia rincones perdidos entre los dobleces de la memoria: a las noches turbias y violentas de los campamentos, a tantas tardes en locales inmundos llenos de vociferantes mineros de uñas negras ávidos por dar con la veta madre, con un golpe de suerte en forma de filón que los sacara de la miseria y les descerrajara la puerta de acceso a un futuro carente de penurias. Decenas, centenares, miles de partidas en oscuros tugurios hasta la alborada: con amigos que fue dejando por el camino, contra adversarios que acabaron convirtiéndose en hermanos, frente a hombres que un mal día fueron tragados por el fondo de la tierra o por una malaventura que no fueron capaces de remontar. Tiempos tremendos, broncos, devastadores. Con todo, cuantísimo los añoraba ahora. Al menos por entonces tenía un objetivo nítido y certero por el que luchar al levantarse cada mañana.

Colocó las bolas en sus posiciones, volvió a agarrar el taco con mano firme. Flexionó el brazo derecho, se dobló sobre la mesa y expandió sobre ella el izquierdo en toda su longitud. Y lejos de su mundo y de los suyos, solo, frustrado y confuso como jamás imaginó que llegaría a estarlo en su vida, por unos instantes Mauro Larrea se reencontró con el hombre que un día fue.

La carambola resultó tan limpia, tan luminosa, que los peninsulares de la mesa vecina plantaron sus tacos en el suelo y dejaron de inmediato de hablar entre sí. Con ellos arrancó su primera partida, sin saber sus nombres ni sus quehaceres y sin presentarse a sí mismo. Otros hombres los fueron sustituyendo en el transcurso de la noche: jugadores más o menos avezados empeñados en medirse con él. Espontáneos, optimistas, confianzudos, retadores. A todos les fue ganando partida tras partida a la vez que el piso superior de El Louvre se iba abarrotando y en las mesas apenas quedaba un sitio libre, y el humo y las voces se elevaban hasta las vigas del techo y salían por las altas ventanas abiertas al Parque Central.

Apuntaba ahora de cerca a una bola blanca con gesto concentrado, calculando el movimiento preciso para lanzarla de lleno contra la roja que esperaba incauta al fondo de la mesa. Algo le distrajo entonces la atención, no pudo precisar qué fue. Un movimiento brusco, una palabra desconcertante. O quizá la desnuda intuición de que algo no encajaba en el orden de las cosas. Alzó brevemente la mirada sin cambiar de posición, ampliando su horizonte un poco más allá de la banda. Fue entonces cuando lo vio.

De inmediato supo que, a diferencia del resto de los presentes, Gustavo Zayas no solo estaba contemplando su juego como un mero pasatiempo sino que, con su mirada de ojos claros, aquel hombre también le estaba traspasando la piel.

Deslizó el taco con aparente parsimonia entre el anillo que formaban sus dedos hasta que remató la jugada mediante un golpe seco. Se enderezó entonces, comprobó la hora y calculó que llevaba más de tres horas sobre el tapiz. Ante el murmullo de contrariedad de algunos de los espectadores, depositó el taco en su bastidor dispuesto a dar término a la noche.

—Permítame que le convide a un trago —escuchó a su espalda.

Cómo no. Con un simple gesto, aceptó ante la imprevista invitación del marido de la Gorostiza. Qué carajo quieres de mí, pensó mientras ambos se abrían paso por la sala saturada; con qué historias te fue tu mujer. Pero no preguntó.

Aceptó una copa de brandy y pidió una jarra de agua que bebió íntegra en tres vasos seguidos; solo entonces fue consciente de la sed que acumulaba, del nudo de su corbata medio deshecho y de su ropa empapada de sudor. Tenía también el pelo revuelto y los ojos brillantes, pero eso tan solo lo apreciaban los demás. Zayas, por su parte, lucía impecable. Bien peinado como siempre; bien vestido y exquisito en sus maneras. Impenetrable más allá.

—Nos conocimos en el baile de Casilda Barrón, ¿recuerda?

Se habían sentado en sendas butacas junto a un gran balcón abierto a la noche antillana. Lo contempló unos instantes antes de contestarle: el rostro tenso de siempre, un rictus de algo que recordaba a la amargura pegado a la piel. Qué te turba, hombre de Dios, le habría preguntado. Qué te araña el alma, qué te corroe.

—Lo recuerdo perfectamente —fue en cambio lo que dijo.

El inicio de la conversación se vio interrumpido por unos cuantos señores que se acercaron a saludar. Le felicitaron por su buen juego; alguno recordaba haberlo visto en la mansión de El Cerro, otro en el teatro. Le preguntaron por su nombre, por su procedencia —español, ¿no?, sí, no, bueno, no, sí—. Le ofrecieron sus tabacos, sus salones y sus mesas, y en esos términos básicamente insustanciales transcurrió la charla espontánea mientras en él crecía la sensación de que por fin, a ojos del mundo, volvía a existir.

El cuñado de Gorostiza permaneció prácticamente callado. Pero no ausente, ni distante. Atento, ojo avizor con las piernas cruzadas, dejándoles hacer.

—Y fue un elegante gesto por parte del señor Zayas cederle todo el protagonismo esta noche —intervino uno de los presentes; un agente portuario, si no recordaba mal.

Él alzó su copa. ¿Perdón?

—Manejar el taco con brillantez debe de ser algo que corre por las venas de los peninsulares y que nosotros, los criollos, sabe Dios por qué razón, no hemos logrado todavía igualar.

Hubo una carcajada unánime y Mauro Larrea se unió a medias, sin ganas. Acto seguido, alguien aclaró:

—Desde que llegó a La Habana hace ya unos buenos años, nuestro amigo aquí presente no ha tenido rival en una mesa de billar.

Todos los ojos se volvieron hacia Zayas. Así que era el mejor jugador de aquel puerto. Así que le había concedido a él, un advenedizo, la pleitesía de dejar que se luciera en su propio feudo.

Cautela, hermano. Cautela. La voz de su apoderado surgió como un proyectil directo a su cerebro, intentando reencauzar sus pensamientos. ¿Dónde carajo te metiste cuando te pedí consejo a gritos por el asunto del negrero asqueroso?, estuvo a punto de bramarle de vuelta. Contente, Mauro, no te lances, insistió Andrade sobre su conciencia. Sin habértelo propuesto, acabas de lograr un formidable golpe de efecto en un sitio crucial. Te has dado a conocer por ti mismo en una capital de vida licenciosa y derrochadora en la que el juego mueve querencias, designios y fortunas. Esta noche empiezas a tener un nombre, se te han abierto contactos, tras ellos vendrán las oportunidades. Ten un poco de paciencia, compadre, solo un poco.

Con todo lo que tuvieran de sensatas, las palabras de su amigo llegaron demasiado tarde: por su sangre corría ya una nueva euforia. Las mansas victorias contra los desconocidos con los que jugó un rato antes le habían devuelto una brizna de seguridad en sí mismo, algo muy de agradecer en sus lamentables circunstancias. Le había complacido saber que admiraban su juego; por unas horas había dejado de ser un alma transparente y confundida. Aunque fuera fugazmente, se había vuelto a sentir un hombre estimado, apreciado. Había recuperado una parte de su pundonor.

Pero algo le faltaba. Algo impreciso, algo intangible.

La fiebre en los ojos, el pálpito indómito bulléndole en las sienes: eso no había estado allí. La tensión no le había agarrado la boca del estómago con la furia de un coyote hambriento, ni le habría hecho descargar un puñetazo sobre la pared en caso de haber perdido, ni lo hizo aullar como un salvaje tras ganar.

Sin embargo, en cuanto supo que el esposo de la mujer que había rechazado tenderle una mano era el mejor jugador de La Habana, por las entrañas comenzó a serpentearle aquella vieja quemazón. La misma de los tiempos en que tentaba la suerte a ciegas: la que le hacía lanzar envites sin cartas a negocios temerarios y a tipos curtidos que le doblaban la edad y superaban por cien veces su capital y experiencia.

Como traída por la brisa que a través del balcón abierto subía desde el mar, el alma del joven minero que fue años atrás —intuitivo, indomable, audaz— se le metió de nuevo en los huesos.

No me invitaste a este trago para alabar mi juego, cabrón; sé que hay algo detrás, quiso decirle. Algo te contaron sobre mí, algo que no te complace aunque quizá no se ajuste del todo a la verdad.

Fue el español quien dio el paso siguiente.

—¿Nos disculpan, señores?

Por fin quedaron solos. Un mozo les rellenó las copas, él volvió el rostro hacia el balcón en busca de un soplo de aire y se pasó los dedos por el cabello rebelde.

—Suéltelo de una vez.

—Deje en paz a mi mujer.

Estuvo a punto de atragantarse con una carcajada. Pinche Carola Gorostiza, con qué patrañas habría malmetido a su marido, con qué trápalas y embustes.

—Mire, amigo, yo no sé con qué cuentos le habrán ido…

—O arriesgue por ella —añadió Zayas sin perder la calma.

Ni se te ocurra, oyó gritar a Andrade dentro de su cabeza. Aclárale todo, cuéntale la verdad, quítate de en medio. Tienes que parar, pedazo de chiflado, antes de que sea demasiado tarde. Pero el apoderado seguía lejos de su conciencia mientras su cuerpo, en cambio, empezaba a rebosar adrenalina.

Hasta que dio una última calada a su tabaco y, con una parábola, lanzó la punta por el balcón.

Después despegó la espalda de la butaca y acercó el rostro con lentitud al del marido supuestamente ultrajado.

—A cambio ¿de qué?

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