La Templanza
II. La Habana » Capítulo 21
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Mandó a Santos Huesos a hacer averiguaciones apenas despuntó el día.
—Un barrio orillero de la bahía lleno de mala gente, patrón —proclamó este a su vuelta—. Eso es el Manglar. Y la Chucha, una negra con un colmillo de oro y más años que mi mula, que regenta allá un negocio a medias entre burdel y taberna al que acuden desde los negros curros más pendencieros de las cercanías hasta los blancos con los apellidos más ilustres de la ciudad. A beber ron, cerveza lager y whisky de maíz de contrabando; a danzar si se tercia, a acostarse con fulanas de todos los colores o a jugarse las pestañas hasta el alba. Eso es lo que averigüé nomás acerca de lo que usted me pidió.
Al tocar la medianoche en el Manglar, le había citado Zayas en la madrugada previa. Usted y yo. En casa de la Chucha. Una partida de billar. Si gano, no volverá a ver a mi esposa, la dejará para siempre en paz.
—¿Y si pierde? —preguntó el minero con un punto de osadía.
El marido de la Gorostiza no despegó de él sus ojos verdosos.
—Me iré. Me asentaré definitivamente en España y ella permanecerá en La Habana para lo que entre ustedes convengan. Les dejaré el terreno libre. Podrá hacerla su amante a ojos del mundo o proceder tal como les salga del alma. Jamás les importunaré.
Santa Madre de Dios.
De no haber pisado tantas veces los miserables antros plantados junto a las minas, seguramente aquella propuesta habría sonado en los oídos de Mauro Larrea como la fanfarronería de un desequilibrado reconcomido por celos imaginarios, o como el desvarío de un pobre diablo cargado de una demencial estupidez. Pero entre jugadores dados a envidar fuerte, en México, en Cuba o en las mismas calderas del infierno, por estrambóticas que sonaran las palabras del hombre que tenía enfrente, nadie habría dudado de su veracidad. Cosas más raras había visto apostar sobre un tapete, en una febril partida de naipes o en una valla de gallos. Patrimonios familiares, ricos pozos de plata en activo, la renta de un año puesta íntegra a una carta… Hasta la virtud de una hija adolescente, entregada por un padre desquiciado a un tahúr sin pizca de piedad. De todo ello había sido testigo en abundantes madrugadas de farra. Por eso el desafío de Zayas, aun disparatado como era, no le pasmó.
Lo que sí le maravilló, en cambio, fue la pericia de Carola Gorostiza para engañar a su marido sin despeinar ni un bucle de su cuidada melena negra. La hermana de su consuegro demostraba ser, a partes iguales, lista, embustera, maquinadora y perversa. Tu esposa te convenció de que yo la requiebro, habría querido decirle al marido la noche anterior. De que me estorbas en el camino, cuando a quien en verdad pretende engañar ella es a ti, mi amigo. Y por esa mentira que tú no pareces sospechar siquiera, Gustavo Zayas, me propones que nos midamos en un lance de billar. Y yo voy a aceptarlo. Voy a decirte que sí. Tal vez me tumbes o tal vez no; lo que nunca sabrás antes de que nos enfanguemos en este reto que me estás lanzando es que yo jamás tuve, ni tendría en cien años que viviera, nada que ver con esa alimaña que es tu mujer.
Pues si no tienes nada con ella ni pretendes tenerlo, qué carajo haces recogiendo el guante que te lanza este insensato sumido en un monumental ataque de furia por cornudo, habría bramado Andrade. Pero él, en previsión, había amordazado anticipadamente al apoderado en su conciencia para que no lo breara de nuevo con sus recelos. Por razones que ni él mismo era capaz de explicarse, había decidido entrar en aquel retorcido juego y ya no tenía intención de echarse atrás.
Y por eso mismo, lo primero que hizo a la mañana siguiente, antes incluso de bajar a desayunar, fue mandar a Santos Huesos en busca de información. Salte a la calle, a ver qué averiguas sobre el Manglar y la Chucha, le ordenó. Tres horas más tarde obtuvo la respuesta. Una zona cenagosa y marginal llena de gentuza más allá del barrio de Jesús María, a la que también acudían por las noches los señores de la mejor sociedad en busca de diversión cuando los saraos con gente de su propia clase comenzaban a aburrirles: eso era el Manglar. Y la Chucha, una vieja meretriz propietaria de un tugurio legendario. Aquello fue lo que el chichimeca averiguó, lo que le trajo de vuelta ya cercano el mediodía. Y con tales apuntes, a su cabeza llegó también un soplo de incertidumbre que se mantuvo flotando en el aire como una bruma espesa.
Almorzó frugalmente en el hospedaje de doña Caridad; por suerte, ella no se sentó aquel día a la mesa. Seguiría en Regla con su sobrina la parturienta, pensó. O a saber. En cualquier caso, él agradeció la ausencia: no estaba su humor para comadreos ni intrusiones. Tras el café se encerró en el cuarto, abstraído, dando vueltas a lo que le esperaba en las horas siguientes. ¿Cómo sería el juego de Gustavo Zayas? ¿Qué le habría contado en realidad su esposa, qué pasaría si ganaba, qué pasaría si perdía?
Cuando percibió que La Habana se desperezaba y volvía a bullir tras la modorra de la siesta, salió.
—Gusto de verle de nuevo, señor Larrea —saludó Calafat—. Aunque sospecho que, a estas alturas, ya no viene a decirme cuánto lamenta no haberse unido a nuestra empresa.
—Hoy me traen otras cuitas, don Julián.
—¿Prometedoras?
—Aún no lo sé.
Y entonces, sentándose frente al soberbio escritorio de caoba que cada vez le resultaba más familiar, le planteó la situación sin tapujos.
—Necesito retirar una suma de dinero. Don Gustavo Zayas me retó a una partida de billar. En principio no hay apuestas monetarias de por medio, pero prefiero ir preparado, por si acaso.
Como anticipo a la contestación, el anciano banquero le tendió un habano. Como siempre. Los desperillaron a la vez y los encendieron en silencio. Como siempre, también.
—Ya estoy al tanto —anunció el anciano tras la primera chupada.
—Me lo imaginaba.
—Todo se sabe más temprano que tarde en la indiscreta Perla de las Antillas, mi querido amigo —añadió Calafat con un punto de agria ironía—. En condiciones normales, me habría enterado al tomar mi cafetico en La Dominica a media mañana, o alguien se habría encargado de referirlo durante la partida de dominó. Pero esta vez las noticias volaron más rápido: a primera hora vinieron a preguntarme por usted. Desde entonces estoy esperando su visita.
Su réplica fue otra potente calada al tabaco. Chinga tu madre, Zayas, esto va más en serio de lo que yo esperaba.
—Según entendí —añadió el banquero—, se trata de un desagravio por cuestiones sentimentales.
—Eso es lo que piensa él, aunque la realidad es muy distinta. Pero antes de desmigársela, acláreme algo, haga el favor. ¿Quién y qué le preguntó acerca de mí?
—La respuesta a quién es tres amigos del señor Zayas. La respuesta al qué es un poco de todo, incluida la salud de sus finanzas.
—Y ¿qué les dijo?
—Que eso es algo del todo privado entre usted y yo.
—Se lo agradezco.
—No lo haga: es mi obligación. Confidencialidad a rajatabla respecto a los asuntos de nuestros clientes: esa ha sido la clave de esta casa desde que mi abuelo dejara atrás su Mallorca natal para fundarla a principio de siglo, aunque a veces me pregunto si no habría sido mejor para todos que se hubiera quedado de contable en el pacífico puerto de Palma en vez de aventurarse en estos extravagantes trópicos. En fin, retornemos al presente, amigo mío; disculpe mis seniles reflexiones. Entonces, si no se trata de un asunto de amoríos, ilumíneme, Larrea, ¿qué demonios hay detrás de este insospechado lance?
Sopesó las posibles respuestas. Podría mentirle descaradamente. Podría también disfrazar un poco la verdad, retocarla a su manera. O podría ser franco con el banquero y referirle su realidad desnuda sin tapujos. Tras unos breves segundos, se decantó por la última opción. Y así, sintetizando los datos pero sin ocultar ninguno, expuso ante Calafat su sinuoso tránsito entre el próspero propietario minero que hasta hacía poco había sido y el supuesto amante de Carola Gorostiza que ahora le atribuían ser. Por su boca pasaron el gringo Sachs, la mina Las Tres Lunas, Tadeo Carrús y el mastuerzo de su hijo, los dineros de la condesa, Nico y su incierto paradero, Ernesto Gorostiza con aquel encargo envenenado, la maldita hermana de este y, finalmente, Zayas y su desafío.
—Por la Virgen del Cobre, amigo; al final va a resultar que tiene usted la misma sangre caliente que toda esta cuadrilla de caribeños descerebrados que nos rodea.
Buenas migas habrían hecho tú y tus cautelas con mi compadre Andrade, viejo del demonio, pensó mientras acogía sus palabras con una amarga carcajada que a él mismo le sorprendió. Malditas las ganas que tenía de reír.
—Para que se fíe usted de sus clientes, don Julián.
El banquero soltó entonces un chasquido.
—El juego es algo serio en Cuba, ¿sabe?
—Como en todas partes.
—Y, a ojos de esta irreflexiva isla, lo que Zayas le ha propuesto es una especie de duelo. Un duelo por un asunto de honor, sin espadas ni pistolas, sino con tacos de billar.
—Eso me temo.
—Hay detalles, no obstante, que me desconciertan.
Tamborileó con los dedos sobre el escritorio mientras ambos reflexionaban en silencio.
—Por muy deslumbrante jugador que él sea —prosiguió el anciano—, resultaría demasiado arriesgado, demasiado osado e imprudente por su parte, el estar de antemano convencido de su victoria ante usted.
—Desconozco hasta dónde llega su talento, ciertamente. Pero tiene razón, en una buena partida siempre existe el riesgo. El billar es…
Se tomó entonces unos segundos para reflexionar, intentando encontrar las palabras más certeras. A pesar de los montones de partidas que llevaba a las espaldas, jamás se le había ocurrido teorizar.
—El billar es un juego de precisión y destreza, de cerebro y método, pero no es matemática pura. Hay otros muchos factores que influyen: tu propio cuerpo, tu temperamento, el entorno. Y, sobre todo, tu contrincante.
—En cualquier caso, para conocer el alcance exacto de la pericia de Zayas, me temo que tendremos que esperar a esta noche. Lo que a mí me perturba, sin embargo, es qué puede haber detrás de este reto.
—Acabo de decírselo: su mujer le convenció de que yo…
Calafat negó contundente con la cabeza.
—No, no, no. No. Quiero decir, sí y no. Puede que la señora de Zayas pretenda castigarle a usted a la vez que encela a su marido, y puede que él haya acabado convencido de que hay algo entre ustedes dos, eso no lo descarto. Pero lo que a mí me intriga es otra cosa que va más allá de un mero ataque de cuernos, si me permite la expresión. Algo favorable para él que ella le haya puesto delante de los ojos sin sospecharlo siquiera.
—Discúlpeme, pero sigo sin entender hacia dónde van sus tiros.
—Verá, Larrea. Hasta donde yo sé, Gustavo Zayas no es ningún blando cordero de los que se arrugan en cuanto huelen a lobo. Es un tipo listo y sólido al que no siempre le fueron bien los negocios; alguien con aspecto algo torturado tal vez por su pasado, o tal vez por esa mujer con la que comparte la vida, o vaya usted a saber el porqué. Pero en ningún modo se trata de un pelele o un fanfarrón.
—Apenas lo conozco, pero tal es su aspecto, efectivamente.
—Pues si no tiene consigo todas las de ganar esta noche, ¿no le parece que está allanándoles el camino con una facilidad un tanto preocupante a usted, a su propia mujer, y a la hipotética relación que mantienen o pretenden mantener? Si él gana, nada cambia. Pero si pierde, lo cual es algo que puede provocar él mismo con un esfuerzo mínimo, promete apartarse y cederles elegantemente el paso hacia un futuro cargado de felicidad. ¿No le suena todo eso un tanto extraño?
Grandísimo hijo de la chingada, Zayas, pensó. Puede que el viejo tenga razón.
—Permítame que sea malpensado —prosiguió Calafat—, pero llevo el día entero dándole vueltas y he llegado a la conclusión de que no sería extraño que lo que Gustavo Zayas en realidad pretenda es simplemente librarse de su despampanante esposa y quitarse de en medio. Tan pronto como sus amigos se fueron de mi despacho esta mañana, lancé a la calle mis redes y me han contado que los dos llevan un tiempo hablando por ahí de unas propiedades familiares que poseen en España.
—Algo escuché acerca de la herencia de un primo hermano, sí señor.
—Un primo muerto en el cafetal de la pareja al poco de llegar de España, que les dejó en su testamento algo interesante en Andalucía.
—Propiedades inmuebles. Casas, viñas o algo así.
—Si usted ganara esta noche la partida, la esposa infiel quedaría a su supuesto recaudo de aguerrido amante mexicano. Y él, agraviado pero fiel cumplidor de su palabra, se lavaría las manos y tendría el camino libre para volar. A la madre patria o a donde le salga del alma. Sin lastres, ni responsabilidades, ni demandantes que le pidan cuentas. Y sin su mujer.
Demasiado complejo. Demasiado precipitado todo, demasiado enmarañado. Pero quizá, pensó. Quizá, entre todo ese barullo de despropósitos, hubiera algo de verdad.
—Y de caudales, ¿cómo anda?
—Borrascoso, me temo. Lo mismo que su relación conyugal.
—¿Arrastrando deudas con usted?
—Alguna —fue la discreta respuesta del banquero—. Los altibajos financieros parecen ser la tónica habitual en la pareja, lo mismo que las riñas, las trifulcas y los reencuentros. Él parece esforzarse, pero nunca acaban de cuadrarle las cuentas, ni con el cafetal ni con su mujer. Y ella gasta como si el dinero creciera como los plátanos, no hay más que ver su estampa.
—Entiendo.
—Así que, de momento —añadió Calafat—, esta misma madrugada y en caso de que él pierda la partida, se aseguraría un digno adiós a Cuba. Recuerde: solo tendría que dejarse ganar para desentenderse de su esposa, endilgársela a usted y encontrar una vía libre por la que quitarse de en medio.
Por enrevesado que sonara, aquel planteamiento no dejaba de encerrar una cierta lógica.
—Menuda pareja… —musitó entonces el anciano. Esta vez fue él mismo quien acompañó sus palabras con una risotada seca—. En fin, no quiero ponerle las tripas más negras de lo necesario, Larrea; puede que todas estas suspicacias no sean más que los desvaríos de un viejo fantasioso, y puede que tras esta lid no haya más nada que el orgullo herido de un hombre manipulado por su esposa o de una mujer que pide a su marido a gritos un poco de atención.
Iba a decir Dios le oiga, sin demasiado convencimiento, pero tampoco esta vez se lo permitió la verborrea de Calafat.
—Lo único que tenemos claro es que el tiempo corre en su contra, amigo mío, así que mi propuesta es que nos concentremos en ir por delante. Dígame, ahora…
—Dígame antes algo usted a mí.
El anciano alzó las manos al aire en gesto de prodigalidad. Lo que guste, ofreció.
—Perdone mi franqueza, don Julián, pero ¿por qué parece estar tan interesado en este feo asunto mío, que a usted ni le va ni le viene?
—Por una razón de mero procedimiento, lógicamente. Hemos quedado en que Zayas plantea esto como una especie de duelo, ¿verdad? En ese caso y como ocurre en cualquier desafío que se precie, creo que usted necesitará un padrino. Y estando como está más solo que la una en esta isla, y siendo yo el curador de sus bienes como soy, me siento en la obligación moral de acompañarle.
Su carcajada fue auténtica esta vez. Híjole, cabrón, lo que quieres es cuidarme. A mis años.
—Se lo agradezco en el alma, mi estimado amigo, pero yo no necesito a nadie para vérmelas con un indeseable frente a una mesa de billar.
Bajo el bigotazo mongol no asomó ninguna sonrisa, sino un rictus serio.
—Vamos a ver si me hago entender, señor mío. Gustavo Zayas es Gustavo Zayas. El Manglar es el Manglar, y la casa de la Chucha es la casa de la Chucha. Y yo soy un reputado banquero cubano, y usted es un gachupín arruinado que llegó a este puerto traído por los vientos del azar. Creo que me explico.
El minero reaccionó con lucidez: Calafat tenía razón. Él se movía por un terreno pantanoso y tal vez adverso, y el banquero le estaba proponiendo algo tan simple como sagaz.
—Sea, pues. Y le quedo agradecido.
—Sobra decirle que una gran partida de billar es una empresa mucho más honesta que el nefando negocio de comerciar con pobres infelices africanos.
Pero la sombra siniestra del locero Novás y su barco de Baltimore cargado de argollas, cadenas y lágrimas ya se habían desviado momentáneamente del horizonte de Mauro Larrea. En su cabeza se entrechocaban ahora las preocupaciones y las conjeturas; por la sangre empezaba a bullirle la excitación.
El anciano se levantó y se acercó a la ventana, abrió las persianas. La tarde se había vuelto gris. Gris y densa como el plomo, sin una brizna de aire. El calor del día había sido sofocante, la atmósfera se había ido cargando de humedad a medida que pasaban las horas. Aún no soplaba brisa alguna ni caía una sola gota, pero el cielo amenazaba con abrirse enfurecido.
—Temporal a la vista —murmuró.
Después volvió a sumirse en un pensativo silencio mientras desde la calle entraba a borbotones el sonido de las ruedas de los carruajes sobre los adoquines, los gritos escandalosos de los caleseros y otras tantas docenas de ruidos y melodías.
—Pierda.
—¿Cómo dice?
—Pierda, déjese ganar —propuso Calafat con la vista aparentemente concentrada en el exterior.
Sin moverse de su sitio, contemplando la frágil espalda del viejo contra la ventana, le dejó continuar sin interrumpirle.
—Descoloque a Zayas, que vea cómo sus planes saltan por los aires. Desconciértelo. Luego, propóngale un desquite. Una segunda partida. Y vaya a muerte a por él.
Acogió la iniciativa como quien recibe un rayo de luz. De pleno, cegador.
—Ni por lo más remoto tiene previsto que usted no pelee hasta con los dientes —agregó el banquero volviéndose—. Aparte de ese supuesto amorío con su propia esposa, él sabe lo mucho que le ayudaría a usted una victoria contundente para reafirmar su presencia en La Habana; en esta tierra ardiente nos encantan los héroes, aunque la gloria les dure un día.
El minero rememoró entonces las sensaciones de la noche anterior. Algo meloso y electrizante como la mano de una mujer desnuda bajo las sábanas le había recorrido la espalda al saberse de nuevo visible y estimado a ojos de los demás. A su alma había retornado una especie de energía, de coraje. Dejar de ser un fantasma y retornar a la piel del hombre que solía ser, aunque fuera ganando al billar, sonaba tan seductor como un canto de sirena. Quizá, solo por eso, valiera la pena todo aquel diabólico desatino.
—Lo cierto, muchacho, es que ha tenido usted un buen par de cojones resistiendo el envite de Zayas en este fregado —proclamó el banquero apartándose de la ventana y regresando hacia él.
Hacía mucho tiempo que nadie le llamaba así: muchacho. Patrón, amo, señor, esos eran los tratamientos más comunes. Padre le decían Mariana y Nicolás, a la recia manera española; jamás usaron ese «papá» más tierno, tan cotidiano en aquel Nuevo Mundo que los acogió a los tres. Pero nadie se había dirigido a él como muchacho en mucho tiempo. Y, pese a su ruina y su desconcierto y sus cuarenta y siete años de vida intensa, aquella palabra no le desagradó.
Miró el sobrio reloj de pared sobre la cabeza encanecida del anciano, junto al óleo de los muelles de aquella bahía mallorquina de la que llegaron hasta el loco Caribe los cautelosos antepasados de Calafat. Las ocho menos veinte, hora de irse preparando. Dio entonces un golpe con la palma de la mano sobre el reposabrazos de su butaca, se levantó y agarró el sombrero.
—Puesto que voy a ser su protegido —dijo llevándoselo a la cabeza—, ¿qué tal si me recoge y me invita a cenar antes de la batalla?
Sin esperar respuesta, se dirigió a la puerta.
—Mauro —oyó cuando ya había empuñado el picaporte.
Se volvió.
—Cuentan por ahí que su juego en El Louvre fue deslumbrante. Prepárese para estar a la altura otra vez.