La Templanza

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II. La Habana » Capítulo 22

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Al salir del restaurante en el paseo del Prado cayeron las primeras gotas y, para cuando llegaron al Manglar, llovía a mantas. Las callejas cenagosas eran a esa hora puro barro, las rachas de viento arrastraban con furia todo aquello que no tuviera una sujeción firme. La cólera del mar de los trópicos había decidido triunfar esa noche haciendo aullar a los perros, obligando a amarrar los navíos en los muelles y despojando las calles de quitrines, volantas y cualquier asomo de vida humana.

Las únicas luces que los recibieron al adentrarse en semejante lodazal fueron las de un puñado escaso de faroles amarillentos desperdigados sin ton ni son, como si la mano de un demente los hubiera lanzado al azar. De haber realizado esa visita a la misma hora cualquier otro día, habrían sido testigos de un hervidero de gente cruzándose bajo la luna por vías de casas bajas: mulatas de risa incitante luciendo al aire sus carnes, marineros barbudos recién desembarcados, buscavidas, bravucones, alcahuetas y tahúres, señoritos de buen tono, negros curros de andar chulesco con la navaja guardada en la manga, niños medio desnudos a la caza de un gato o un cigarrito, y matronas pechugonas friendo chicharrones en los portales. Ese era el catálogo de seres que poblaba el Manglar todos los días y todas las noches desde el amanecer hasta la madrugada. En el momento en el que el carruaje del banquero paró frente al portón de la Chucha, sin embargo, ni un alma vagaba por allí.

En el interior, no obstante, les estaban esperando. Un negrazo embozado en un capotón de hule salió a recibirles al estribo con un gran paraguas en la mano. Sobre el fango habían dispuesto un recio tablón, para que no se hundieran hasta el tobillo. Cinco pasos después estaban dentro.

Toda la vida que el vendaval y la lluvia habían barrido esa noche de las calles habaneras parecía haberse concentrado en el local. Y Santos Huesos, a quien habían mandado por delante con anticipación, no podía haber estado más atinado esa misma mañana en su escueta descripción del negocio. Aquello era un tugurio a medio caballo entre una gran taberna rebosante hasta los topes y un burdel de mediana estofa, a juzgar por el aspecto de las mujeres que bebían y reían a carcajadas con los parroquianos, ajenas a palabras como pudor, decoro o recato.

A él, con todo, bien poco le interesaban en ese momento ni la parroquia ni las fulanas. Tan solo le preocupaba el asunto que le había llevado hasta allá.

—Vaya noche de perros, amo Julianico —escuchó decir al corpulento criado con una carcajada grandiosa mientras cerraba el paraguas empapado.

Tras la carcajada percibió una boca llena de inmensos dientes. Y, tras la boca, a un hombre entrado en años, más alto y grande incluso que él mismo a pesar de la chepa que mostraba una vez desprovisto del capotón.

—De perros y dragones, Horacio, de perros y dragones —masculló el banquero. A la vez que hablaba, se quitó el sombrero de copa y extendió el brazo para sacudirlo, a fin de que los chorreones de agua cobijados en el ala cayeran más allá de sus pies.

Así que el viejo es cliente de la casa, rumió para sí mismo el minero mientras repetía el gesto de Calafat. ¿Y si todo es una jugarreta, una emboscada, una celada amañada entre Zayas y mi supuesto protector?, malpensó. Quieta, no te distraigas, céntrate, ordenó a su mente. En ese preciso instante, como una sombra, notó deslizarse hasta su costado una presencia familiar.

—¿Todo en orden, muchacho? —preguntó sin apenas despegar los labios.

—Arriba lo tiene, recién llegado.

El tal Horacio se dirigió en ese momento a él con una aparatosa reverencia que no hizo sino acentuar la giba de su espalda.

—Gusto de acogerle en nuestra humilde casa, señor Larrea. Doña Chucha ya les está aguardando en el saloncico turquesa, vamos para allá.

—¿Alguien más vino con Zayas? —preguntó al criado entre dientes mientras el gigantón les abría paso a empujones a través de la algarabía.

—Pues yo diría que seis o siete señores nomás trajo consigo.

Pinche cabrón, estuvo a punto de decir. Pero más le valía callar, no fuera alguno de los presentes a sentirse erróneamente aludido en su honor. En lugares como ese, donde los puños y las cuchilladas eran tan comunes como el licor que corría de los barriles a las gargantas, mejor era contenerse.

—A mi espalda te quiero toda la noche. Vendrás bien provisto, espero.

—Pues no iría usted a dudarlo a estas alturas, digo yo, patrón.

El banquero y él subieron por la escalera de tablones siguiendo el espinazo contrahecho del criado Horacio; tras ellos, Santos Huesos cubriéndoles la retaguardia, con un cuchillo y una pistola cobijados bajo el sarape. No percibieron, sin embargo, la menor sospecha de amenaza alrededor. Los clientes seguían a lo suyo. Los menos, trasegando en solitario con sus demonios y sus nostalgias empapadas en ron; otros compartiendo jarras de lager y plática a gritos, otros tantos frente a mesas en las que corrían los naipes, los duros españoles y las onzas de oro, y un buen montón cortejando a las furcias con soez galantería, o metiéndoles las manos bajo las faldas y entre los pechos mientras ellas se persignaban acobardadas cada vez que oían un trueno. Al fondo del salón, sobre una tarima alzada del suelo, se preparaba un quinteto de músicos mulatos. Nadie, en definitiva, les prestó atención aunque el chichimeca, por si acaso, ocupó su puesto en la rezaga con precisión militar.

En el piso de arriba les recibieron un par de grandes puertas de sabicú. Talladas, espléndidas e incongruentes con el lugar: un anticipo de lo que encontrarían en el salón entelado en seda azul que la mayoría de los días permanecía cerrado a cal y canto, inaccesible para la caterva de morralla que frecuentaba la planta baja.

Ocho varones esperaban dentro, en compañía de la anfitriona y de unas cuantas de las mejores señoritas de la casa procazmente ataviadas. Todos, al igual que él mismo, llevaban pantalón rayado y levita en diversos tonos de gris, camisa blanca de cuello almidonado y plastrón de seda al cuello: como dictaban las buenas maneras en aquella y en cualquier otra capital.

—Sean bienvenidos a mi humilde morada —saludó la Chucha con voz de terciopelo espeso, un tanto ajado pero envolvente todavía.

Y su colmillo refulgió. Sesenta y cinco, setenta, setenta y cinco. Imposible calcularle los años de vida acumulados en su rostro rematado por un tirante moño gris. Durante décadas fue la puta más cotizada de la isla: por sus ojos rasgados del color de la melaza, por su cuerpo asilvestrado de gacela, según le contó Calafat mientras cenaban. A él no le cupo duda al comprobar la exquisitez que aún mantenía en la osamenta y aquellos ojos raros que le seguían brillando entre las patas de gallo a la luz de las bujías.

Cuando los años le robaron esplendor a su porte de reina africana, la antigua esclava y posterior amante de caballeros de campanillas demostró ser también astuta y previsora. Con sus propios ahorros levantó ese local. Y de algunos señores rendidos a sus encantos, en prenda de sus deudores o como herencia de algún apopléjico fenecido entre sus piernas —que más de uno hubo—, se hizo con los muebles y enseres que decoraban aquella estancia suntuosa y abigarrada. Candelabros de bronce, jarrones cantoneses, baúles filipinos, retratos de antepasados de otras estirpes más blancas, más rancias y más feas que la suya, butacones y espejos enmarcados en pan de oro, todo revuelto sin la menor concesión al buen gusto o al equilibrio estético. Todo desbordante y excesivo, un tributo a la más desquiciada ostentación.

La Chucha solo abre su salón en ocasiones muy particulares, le había contado el anciano. Cuando los ricos hacendados azucareros acababan la zafra y llegaban a La Habana con los bolsillos repletos, por ejemplo. Cuando atracaba en el puerto algún buque de guerra de Su Majestad, cuando quería presentar en sociedad a alguna nueva remesa de jóvenes prostitutas recién desembarcadas desde Nueva Orleans. O cuando algún cliente se lo solicitaba como territorio neutral para algún evento como el de aquella noche.

—Gusto de verle otra vez, don Julián. Muy olvidadica tenía usted a esta negra —saludó la meretriz tendiendo su oscura mano al banquero con un aristocrático gesto—. Y gusto también de conocer a nuestro invitado —añadió tasándolo con ojo experto. Discreta, no obstante, se guardó los comentarios y continuó—: Bien, señores, creo que ya estamos los justos.

Los hombres asintieron sin palabras.

En medio de tanto cruce de saludos, de tantos rostros desconocidos y tanta profusión de muebles y ornamentos desmadrados, la mirada del minero y la de Zayas no se habían encontrado aún. Lo hicieron entonces, en el momento en el que la Chucha los reclamó.

—Don Gustavo, señor Larrea, tengan la bondad.

El resto de los presentes, conscientes de su papel secundario en la escena, dieron un paso atrás. Por fin se vieron la cara sin subterfugios, como los contrincantes que iban a ser. Las voces se acallaron tal que cortadas por un tajo de cuchillo; por los balcones abiertos a la noche se oyó la lluvia densa chocar contra el terrizo encharcado de la calle.

Los ojos claros de Zayas se mantenían tan impenetrables como la noche anterior en El Louvre. Claros y acuosos, estáticos, sin permitir descifrar qué había tras ellos. Su porte desprendía seguridad. Alto, digno, atildado en su vestimenta, con su fino cabello impecablemente peinado y sangre de buena familia corriéndole sin duda por las venas. Desprovisto de joyas y aditamentos: ni anillos, ni prendedores de corbata, ni cadena visible de reloj. Como él.

—Buenas noches, señor Zayas —dijo tendiéndole la mano.

El marido de la Gorostiza le devolvió el saludo con la precisión justa. Estás bien templado, cabrón, pensó.

—He traído mis propios tacos, confío en que no le moleste.

Mauro Larrea dio su consentimiento con un gesto escueto.

—Puedo cederle alguno si lo estima conveniente.

Otro breve gesto marcó su negativa.

—Usaré uno de la casa, si doña Chucha lo tiene a bien.

Ella asintió con un discreto movimiento afirmativo y después les abrió paso hasta la mesa al fondo del salón. Insólitamente buena para un antro de semejante calaña, calculó él al primer golpe de vista. Grande, sin buchacas, bien nivelada. Sobre ella, una formidable lámpara de bronce con tres luces colgada del cielo raso por gruesas cadenas. Alrededor, escupideras de latón y una sillería tallada que se alineaba en perfecto orden contra la pared. En una esquina, bajo un óleo colmado de ninfas en cueros vivos, se encontraba el mueble de los tacos: a él se dirigió.

Zayas, entretanto, abrió una funda de piel y de ella sacó un magnífico taco de madera pulida, con flecha de cuero y su apellido grabado en el puño. Él probó los que la casa ofrecía, buscando el de grosor y textura precisos. Cada uno tomó luego un trozo de tiza y frotó con ella la punta; se espolvorearon a continuación cantidades generosas de talco en las manos para absorber la humedad. Sin volverse a dar la cara, concentrado cada quien en lo suyo. Como una pareja de duelistas preparando sus armas.

Apenas fue necesario pactar las condiciones del desafío más allá de cuatro detalles: los dos tenían claras las normas esenciales del juego. Billar francés, carambolas a tres bandas, acordaron. Lo que apostaban estaba ya firmemente blindado entre ambos desde la noche previa.

Por su cabeza ya no volvió a pasar ni una sola duda sobre lo desatinado de aquel enfrentamiento. Sus preocupaciones parecieron desintegrarse en el aire, como barridas por la tormenta que seguía cayendo sobre las tinieblas del Manglar. La manipuladora esposa de su contrincante se difuminó entre brumas, y lo mismo hicieron su pasado remoto e inmediato, su origen, su infortunio, sus esperanzas y su inquietante porvenir. Todo se desvaneció de su cerebro como humo: a partir de ahora solo sería brazos y dedos, ojos agudos, tendones firmes, cálculos, precisión.

Cuando indicaron que estaban listos, los acompañantes y las fulanas silenciaron otra vez sus voces y se dispusieron a una prudente distancia de la mesa. En la sala cundió un silencio de altar mayor mientras del piso de abajo ascendía el ritmo de una contradanza mezclado con el estruendo de voces de la clientela y el patear furioso de los danzantes sobre los tablones del suelo.

La Chucha, con sus ojos de miel y su colmillo enjoyado, asumió entonces la seriedad de un juez de primera instancia. Tal si se encontraran en una dependencia oficial del palacio de los Capitanes Generales, y no en aquel híbrido entre prostíbulo y taberna portuaria en el arrabal más indigno de La Habana colonial.

Al aire saltó un doblón de oro para determinar la suerte de salida. El regio perfil de la muy españolaza Isabel II, al caerle sobre la mano, marcó el arranque.

—Don Mauro Larrea, le corresponde sacar.

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