La Templanza
II. La Habana » Capítulo 23
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Las bolas se deslizaban vertiginosas: giraban sobre su propio eje, colisionaban contra las bandas y chocaban entre ellas a veces con un clic suave y a veces con un crac sonoro. El juego tardó poco en convertirse en una especie de tenso combate sin ceder cada quién ni una pizca: sin errores ni aberturas ni concesiones. Una partida hechizante que confrontaba a dos hombres de estilos y esencias claramente dispares.
Era bueno Gustavo Zayas, muy bueno, reconoció Mauro Larrea. Algo altivo en su postura, pero eficaz y rutilante en las tiradas, con toques diestros y jugadas magníficamente elaboradas por esa mente hermética que no dejaba entrever nada de lo que bullía dentro. El minero, a su vez, afinaba los tiros con garra en un arriesgado equilibro entre la solidez y la soltura, a caballo entre lo que anticipaba como certezas y el empuje demoledor de su intuición. Un estilo exquisito frente a un juego mestizo, bastardo, demostrando inequívocamente las escuelas de las que salieron ambos: salones de ciudad frente a cantinas infames levantadas al socaire de los pozos y los socavones. Ortodoxia y cerebro frío frente a pasión arrebatada y promiscuidad.
Tan distintos como sus formas de jugar lo eran a la par sus cuerpos y temperamentos. Estilizado Zayas, afilado casi. Gélido, impecable su cabello claro repeinado hacia atrás a partir de las amplias entradas; impredecible tras los ojos transparentes y los movimientos calculados. Mauro Larrea, por su parte, rezumaba su apabullante humanidad por todos los poros. La espalda sobrevolaba la mesa con desenvoltura hasta dejar el mentón alineado con el taco, rozándole casi con la barbilla. El cabello espeso se le tornaba cada vez más indómito, flexionaba las piernas con elasticidad y los brazos desplegaban toda su envergadura al agarrar, al impulsar, al disparar.
Los tantos fueron ascendiendo sin tregua a medida que se adentraban en la madrugada, con un permanente toma y daca en pos del objetivo que determinaban las reglas: el que primero anotara ciento cincuenta carambolas sería el ganador.
Se seguían los pasos como dos lobos hambrientos; en las escasas ocasiones en que se distanciaron por más de cuatro o cinco puntos, tardaron poco en volverse a encontrar. Veintiséis frente a veintinueve, mano contra madera, vueltas infinitas alrededor de la mesa, más tiza. Setenta y dos frente a setenta y tres, más talco en las manos, cuero contra marfil. Uno remontaba, otro se estancaba; uno se rezagaba, el otro comenzaba a repuntar. Ciento cinco frente a ciento ocho. El margen se mantuvo en todo momento estrechísimo, hasta llegar a la recta final.
Quizá, de no haber sido prevenido de antemano por Calafat, él habría seguido imparable hasta la victoria. Pero como estaba alerta, lo notó de inmediato: escondida tras el juego apasionado, su mente se mantenía en guardia para comprobar si las sospechas del banquero se acabarían tornando realidad. Puede que Zayas pretenda dejarse ganar, le había dicho esa tarde en su despacho. Y tuvo razón el viejo porque, al entrar en la carambola ciento cuarenta, cuando ya había demostrado ante Dios y ante los hombres su virtuosismo, el juego del marido de la Gorostiza, de manera apenas apreciable, empezó a decaer. Nada ostensible, ninguna pifia llamativa: tan solo un diminuto error de precisión en el momento justo, un tiro demasiado arriesgado que no acabó de cuajar, una bola que esquivó su objetivo por milímetros.
Mauro Larrea se puso entonces por delante con contundencia, a cuatro tantos. Hasta que, al alcanzar la carambola que hacía su número ciento cuarenta y cinco, inesperadamente, comenzó a errar con la misma sutileza que su contrincante. Un nimio desliz en un contraataque, un recorrido que se quedó corto por un suspiro, un efecto que no culminó por una levísima falta de intensidad.
Por primera vez en la noche, al igualarse a ciento cuarenta y seis tantos y al percibir el freno de su oponente, Gustavo Zayas empezó a sudar. Copiosamente, por las sienes, por la frente, por el pecho. Se le cayó la tiza al suelo y masculló entre dientes un exabrupto, en sus ojos afloraron los nervios. Tal como había intuido el anciano banquero, el comportamiento intempestivo del minero lo estaba descuadrando. Acababa de ser consciente de que su contrincante no tenía la menor intención de acoplarse a sus planes y dejarle perder a su antojo.
La tensión flotaba en el aire con el espesor de una cortina de cañamazo, apenas se oía nada en la sala más allá de algún áspero carraspeo aislado, el sonido de la lluvia contra los charcos a través de los balcones, y los ruidos que emanaban de la mesa y de los cuerpos de los jugadores al moverse. A las tres y veinte de la mañana, nivelados en unas desquiciantes ciento cuarenta y nueve carambolas, y tan solo a una del final, llegó el turno a Mauro Larrea.
Asió la culata, dobló el tronco. El taco penetró con firmeza en la curva conformada por sus dedos, a la vista quedaron una vez más las secuelas que en la mano izquierda le dejó la explosión de Las Tres Lunas. Calibró, preparó el tiro, apuntó. Y cuando estaba a punto de lanzar el golpe, paró. El silencio podía cortarse con el filo de una navaja mientras él volvía a enderezar el torso con lentitud inquietante. Se tomó unos segundos, miró concentrado a lo largo del taco, luego alzó la vista. Calafat se retorcía las guías del bigote; la Chucha, a su lado, le observaba con sus extraños ojos de melaza mientras apretaba los dedos sobre el brazo del jorobado. Un cuarteto de furcias formaba una piña mordiéndose las uñas, algunos de los amigos de Zayas mostraban en sus caras una sombría preocupación. Tras todos ellos descubrió entonces un número incontable de rostros agolpados entre las paredes, algunos incluso encaramados a los muebles para tener una mejor visión: hombres barbudos y desgreñados, negros con aros en las orejas, putas de poco lustre.
Fue entonces consciente de que ya no llegaban los ruidos de la taberna, de que ya no había música ni pateo sobre las tablas. Ni fandangos, ni rumbas, ni tangos congos: en el tugurio no quedaba un alma. Los últimos habían subido las escaleras y traspasado sin impedimento las puertas de madera noble que marcaban la frontera entre el abajo y el arriba; entre el lugar correspondiente a la plebe ordinaria y la ostentosa sala de entretenimiento destinada a los tocados por la vara de la fortuna. Y ahora, arracimados, contemplaban absortos el juego bravío entre aquellos dos señores, ansiosos por conocer el desenlace.
Agarró de nuevo el taco, volvió a inclinarse, enfiló, golpeó al fin. La bola blanca que podría dar por terminada la partida brindándole el triunfo trazó veloz su recorrido, impactó las tres veces de rigor contra las bandas y se acercó con determinación hacia las otras dos. Pasó entonces junto a la roja a una distancia más estrecha que el canto de un escudo, pero no la rozó.
Por la sala corrió un murmullo bronco. Turno de Zayas.
Volvió a espolvorearse talco en las manos: no paraba de sudar. Después calculó sin prisa su estrategia concentrando la vista sobre el tapiz; quizá incluso le sobraron algunos instantes para prever la trascendencia de aquellas tacadas finales. Ni por lo más remoto había pronosticado que Mauro Larrea se resistiera conscientemente a ganar, que rechazara quedarse con Carola y descartara que su fama de triunfador se extendiera por La Habana como la bruma mañanera. A pesar de su desconcierto, el tiro fue limpio y eficaz. El efecto hizo a la bola chocar contra las tres bandas elegidas; después partió camino del supuesto encuentro con las otras dos esferas. La velocidad, sin embargo, comenzó entonces a disminuir. Poco a poco, con lentitud perturbadora. Hasta que dejó de deslizarse cuando apenas le restaba una caricia para alcanzar su destino.
El público contuvo a duras penas un rugido entre la admiración y el desencanto. Se fruncieron los rostros, la tensión arreció. El montante de puntos se mantenía sin cambios. Turno de Larrea.
Frente a esa mesa podría llegarle el día de San Lázaro, la pascua de Navidad o el mismo Viernes Santo, no tenía intención de rendirse. O lo que era lo mismo: se negaba a ganar. Y para ello, una vez más, evaluó los ángulos y tasó las opciones, previó reacciones, acomodó las manos al taco, giró la pelvis, se dobló. La tacada fue tan efectiva como había anticipado. En vez de dibujar un triángulo, la bola impactó contra dos bandas tan solo. Cuando tendría que haber colisionado contra la tercera, se refugió a su sombra y se resistió a seguir rodando.
Esta vez no hubo contención. El aullido del respetable se oyó por medio Manglar. Blancos, negros, ricos, pobres, comerciantes, marineros, borrachuzos, mujerzuelas, hacendados, delincuentes, gente de bien o de mal, igual dio. Para entonces, todos intuían que el objetivo por el que aquellos hombres peleaban a brazo partido no era otro que el de perder. Bien poco les importaban las razones ocultas tras aquella estrambótica actitud, vive Dios. Lo que ansiaban era presenciar con sus propios ojos cuál de los dos lograba imponer su voluntad.
Sonaron las cuatro y media de la mañana cuando Zayas se hizo a la idea de que en nada le convenía seguir manteniendo aquel delirante pulso. Efectivamente, había maquinado dejarse derrotar en busca de su propio beneficio, pero no contaba con que las cosas se salieran así de madre. Ese maldito mexicano, o maldito compatriota español, o lo que fuera, le estaba desquiciando. Con las venas del cuello marcadas como cuerdas, la ropa a punto de reventarle por los hombros, el cabello despeinado por el mismo Satanás y el juego temerario de alguien acostumbrado a bordear precipicios a oscuras, el tal Mauro Larrea parecía dispuesto a combatir hasta el último aliento y anticipaba transformar al otrora rey del billar en el hazmerreír de la isla. Entonces supo que su única salida medianamente digna era ganarle.
Veinte minutos y unas cuantas filigranas más tarde, un aplauso estrepitoso señaló el fin de la partida. Llovieron las felicitaciones a ambos mientras la Chucha y su fiel Horacio, que hasta entonces habían permanecido abducidos en primera fila, echaban a empujones del salón turquesa a toda la turba que se les había colado dentro. Los amigos de Zayas brindaron parabienes al minero a pesar de haber perdido; las fulanas lo colmaron de arrumacos. Lanzó un guiño a Santos Huesos en la retaguardia, y a Calafat una mirada de complicidad. Buen trabajo, muchacho, intuyó que le decía de vuelta el viejo por debajo del bigotón. Él se llevó la mano derecha al pecho e inclinó solemne la cabeza en señal de gratitud.
Se acercó después a uno de los balcones y aspiró con ansia el último aire de la madrugada. Ya no llovía, el temporal se había marchado con rumbo a la Florida o a los cayos de las Bahamas, dejando un preludio de amanecer purificado. El cañonazo del Ave María tardaría poco en sonar desde el apostadero; se abrirían entonces las puertas de la muralla y por las poternas entrarían desde extramuros las gentes prestas para emprender sus oficios y los carros rumbo a los mercados. En el puerto bulliría el trasiego, arrancaría la actividad en los comercios, rodarían las volantas y los quitrines. Un nuevo día arrancaría en La Habana y él volvería a tener el abismo a sus pies.
Desde el balcón contempló a los últimos clientes del burdel perderse entre sombras por las callejas embarradas. Pensó que debería imitarles: volver a su hospedaje en el carruaje de Calafat, retirarse a descansar. O tal vez podría quedarse y acabar en la cama templando con alguna de las putas de la casa: liberado ya de la tensión, se había dado cuenta de que varias eran sumamente tentadoras, con sus escotes voluptuosos y sus cinturas de junco fajadas por angostos corsés.
Cualquiera de esas habría sido, con toda seguridad, la manera más sensata de dar por finalizada aquella febril noche: durmiendo solo en su habitación de la calle de los Mercaderes o amarrado al cuerpo cálido de una mujer. Pero, contra pronóstico, ninguna de las dos opciones se acabó materializando.
Al dejar de mirar la calle y volver los ojos al interior, percibió a Zayas todavía con el taco entre los brazos mientras sus amigos mantenían la charla y las risotadas en torno a él. Se le veía partícipe en apariencia: respondía a los parabienes, se unió al coro en alguna carcajada y contestó cuando algo le preguntaron. Pero Mauro Larrea sabía que aún no había digerido aquella derrota disfrazada de victoria; sabía que aquel hombre llevaba una estaca clavada en el alma. Y también sabía cómo se la podía sacar.
Se acercó, le tendió una mano.
—Mis felicitaciones y mis respetos. Ha demostrado ser un excelente contrincante y un gran jugador.
El cuñado de su consuegro murmuró unas someras palabras de agradecimiento.
—Entiendo que nuestro asunto queda saldado —añadió bajando la voz—. Presente por favor a su señora mis respetos.
Notó la silenciosa furia de Zayas en el gesto adusto de su boca.
—A menos que…
Antes de terminar la frase, supo que iba a escuchar un sí.
—A menos que quiera usted desquitarse y jugar de verdad.