La Templanza
II. La Habana » Capítulo 24
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A todos excepto a Calafat les sorprendió el anuncio del nuevo enfrentamiento. Pierda, descolóquelo y luego propóngale un desquite, le había aconsejado el banquero esa misma tarde en su despacho. Y llegado el momento, él pensó por qué no.
—Vete por doña Chucha, chica —pidió a una fulana de rostro aniñado y hechuras carnosas.
En un amén tenían a la meretriz de vuelta.
—El señor Zayas y yo hemos convenido jugar una segunda partida —anunció con tono imperturbable. Como si, después de las cinco horas de lid que llevaban en sus cuerpos, aquello fuera lo más natural.
—Cómo no, mis señores, cómo no.
El colmillo de oro brilló tal que el faro del Morro mientras disparaba órdenes entre sus pupilas. Bebidas para los invitados, agua y pedazos de hielo, botellones de licor. Barran este piso, limpien el tapete, rellenen el talco, suban toallas blancas. Recolóquenme esta sala desastrosa, por la santísima Oshún.
—Y si desean los señores refrescarse un poquitico antes del arranque, hagan el favor de seguirme.
A él le correspondió un cuarto de aseo con una gran tina de baño en el centro y un batiburrillo de escenas licenciosas pintadas al fresco en la pared. Alegres pastoras de faldas alzadas y cazadores insólitamente bien equipados; mirones de calzón bajado atisbando tras los arbustos, mozas ensartadas por muchachos portentosos y otras tantas imágenes de corte semejante plasmadas por la mano de algún pintor tan mediocre en el manejo del pincel como calenturiento en su imaginación.
—Sangre de Cristo, qué barbaridad… —murmuró sarcástico mientras se lavaba en una jofaina desnudo de cintura para arriba. El jabón olía a putiferio mezclado con violetas: con él se frotó manos, axilas, cara, cuello y el mentón, azulado a aquellas horas, añorante de una buena navaja barbera. Se enjuagó después la boca y escupió con fuerza. Finalmente se pasó los dedos empapados por la cabeza en un intento de aplacar la subversión de su pelo en rebeldía.
Le vino bien el agua: le arrancó de la piel la mezcla mugrienta de sudor con talco, tabaco y tiza. Lo despejó. Se pasaba una toalla por el pecho cuando unos nudillos golpearon la puerta. ¿Se le antoja un alivio al señor?, preguntó dulzona una hermosa mulata clavándole la vista en el torso. La respuesta fue no.
Junto a la ventana abierta sacudió varias veces la camisa que horas antes luciera blanca impoluta y crujiente de almidón, y que ahora semejaba un fuelle plagado de rodales. Estaba poniéndosela cuando volvieron a llamar. Dio la venia, se abrió la puerta. Tras ella no apareció otra fulana de la casa a ofrecerle los encantos de sus carnes, ni el negro Horacio preguntando si todo iba bien.
—Necesito hablarle.
Era Zayas, de nuevo atildado, con tono seco de voz y sin concesión alguna a la cordialidad. Él, en respuesta, tan solo señaló la estancia con la palma de la mano.
—Deseo apostar con usted.
Introdujo el brazo derecho por la manga de la camisa antes de contestar. Tranquilo, compadre, se dijo. Esto era lo previsto, ¿no? Pues vamos a ver cómo respira.
—En eso confiaba —respondió.
—Quiero aclararle, no obstante, que en estos momentos me encuentro sumido en un problema de liquidez.
Acabáramos, pensó. ¿Y cómo te crees que ando yo?
—Cancelemos la partida entonces —propuso enfundando el otro brazo en la manga suelta—. Sin pegas por mi parte; vuélvase a su casa y estamos en paz.
—No es esa mi intención: pienso hacer todo lo humanamente posible por ganarle.
Había sobriedad en su tono, pero no fanfarronería. O eso creyó percibir mientras se remetía los faldones de la camisa por la cintura del pantalón.
—Eso tendremos que verlo —musitó seco, con la atención aparentemente concentrada en su quehacer.
—Aunque, como acabo de decirle, antes quiero advertirle de mi situación.
—Adelante, pues.
—No estoy en disposición de apostar una suma en metálico, pero sí puedo proponerle algo distinto.
De la garganta de Mauro Larrea brotó una risotada cínica.
—¿Sabe, Zayas? No estoy acostumbrado a retarme con hombres tan complicados como usted. En el mundo del que yo vengo, cada uno pone encima de la mesa lo que buenamente tiene. Y si no cuenta con nada en su poder, se retira con honor, y aquí paz y después gloria. Así que haga el favor de no enredarme más.
—Lo que puedo permitirme arriesgar son unas propiedades.
Se volvió hacia el espejo a fin de ajustarse el cuello. Sí que eres de los duros, cabrón.
—En el sur de España —prosiguió—. Una casa, una bodega y una viña es lo que yo apuesto, y un monto de treinta mil duros lo que le propongo que aventure usted. Ni que decir tiene que el valor conjunto de mis inmuebles es muy superior.
Mauro Larrea medio rio con un punto de amargura. Estaba proponiéndole jugarse la herencia de su primo, esa de la que con tanto orgullo se pavoneaba su esposa. Serás un pinche peninsular, pensó, pero los aires del trópico te hicieron perder la chaveta, amigo.
—Una apuesta de alto riesgo, ¿no le parece?
—Extremo. Pero no me queda otra —repuso con frialdad.
Se giró entonces, amañándose todavía el collarín de la camisa.
—Insisto: vamos a dejarlo. Ya jugamos una gran partida; teóricamente ganó usted y, a nuestros efectos, gané yo. Cancelemos si quiere la siguiente, hagamos como si nunca le hubiera propuesto una revancha. A partir de ahora, que cada cual emprenda su camino. No hay ninguna necesidad de forzar las cosas.
—Mi oferta es firme.
Dio un paso para acercarse. Los gallos ya cantaban en los corrales del Manglar.
—¿Sabe que nunca tuve ningún interés en hacer mía a su mujer?
—Su actitud al empecinarse en no ganar acaba de confirmármelo.
—¿Sabe que ella sí tiene ese capital que usted parece necesitar tan desesperadamente? Corresponde a la herencia de su familia materna, yo mismo se lo traje desde México. Soy amigo personal de su hermano. Esa es toda la relación existente entre ella y yo.
Si en algo le sorprendió aquel testimonio a Gustavo Zayas, no lo demostró.
—Lo intuía también. En cualquier caso, digamos que mi esposa queda fuera de mis planes inmediatos. Y, junto a ella, sus finanzas personales.
Las palabras y el tono confirmaron las sospechas del banquero. Efectivamente, lo que aquel tipo parecía ansiar era largarse lejos y solo; decir adiós a Cuba, a su mujer y a su ayer. Y para ello estaba dispuesto a jugárselo a todo o nada. Si ganaba, mantenía sus inmuebles y conseguía la liquidez necesaria para ponerse en marcha. Si perdía, se quedaba amarrado a su vida de siempre y a una hembra a la que a todas luces no quería. Rememoró entonces lo que le contara sobre él la dueña del hospedaje. Las turbiedades de su pasado. Los asuntos de familia que el primo vino a arreglar. La existencia de otra mujer que al cabo nunca fue suya.
—Usted sabrá lo que hace…
La camisa estaba por fin en su sitio; algo arrugada y sucia, pero medianamente digna. El siguiente paso fue subirse los tirantes.
—Treinta mil duros por su parte y tres propiedades por la mía. Nos lo jugamos a cien carambolas y que gane el mejor.
Con los tirantes sobre los hombros se asentó entonces las manos en las caderas, repitiendo un gesto que durante un tiempo de su vida fue habitual en él. Cuando negociaba a brazo partido el precio de su plata, cuando peleaba a cara de perro por un yacimiento o un filón. A tal gesto recurrió sin ser consciente ahora: retador, desafiante.
En los ojos del andaluz contempló pasar un triste barco negrero, y vio los desplantes de Carola Gorostiza, y las noches que durmió en el suelo rodeado por coyotes y chinacos camino de Veracruz, y el limpio negocio de Calafat en el que ya nunca entraría, y su deambular sin rumbo por las calles habaneras masticando desazón.
Y pensó que ya iba siendo hora de poner su suerte boca arriba de una puñetera vez.
—¿Cómo me garantiza la veracidad de su propuesta?
Dentro de la cabeza le tronaron de golpe un tumulto de voces que hasta entonces andaban agazapadas, conteniendo la respiración a la espera de su siguiente movimiento. Andrade, Úrsula, Mariana. Pero ¿cómo vas a jugarte con este suicida cincuenta mil escudos cuando tus propios recursos no llegan ni a la mitad?, ladró el apoderado. ¿No estarás pensando, tronado del demonio, en sacar una rebanada de mis caudales para semejante desatino?, bramó su anciana consuegra dando un golpe sobre el piso de madera con el bastón. Por Dios, padre, acuérdate de Nico. De lo que fuiste. De mi criatura a punto de nacer.
¿Y si gano?, les retó. ¿Para qué carajo quieres tú esas propiedades en España por mucho que valgan?, le acosaron al unísono los tres. Para venderlas y, con la plata que consiga, regresar a México. A mi casa, a mi vida. Regresar a ustedes. Para qué si no.
—Si no le sirve mi palabra, sugiera un testigo.
—Quiero que actúe como intermediario don Julián Calafat. Que certifique su apuesta en firme y sea el único presente.
Habló con una contundencia cortante, con esa osadía que le fue natural en otros tiempos, cuando se habría carcajeado hasta dolerle el vientre si alguien le hubiera aventurado que iba a acabar jugándose el futuro en un burdel habanero.
Zayas salió a parlamentar con el anciano, él volvió a quedarse solo en mitad de la sala de aseo, parado y firme, mientras los burdos personajillos pintados en las paredes le observaban enredados en sus quehaceres carnales. A partir de aquel momento supo que ya no podía retroceder.
Iba a anudarse sobre la camisa el plastrón de seda gris cuando dudó. Qué coño…, masculló entre dientes. En honor a los viejos tiempos de las minas, a aquellas partidas eternas en cuchitriles donde aprendió todo lo que sabía de billar, se deshizo del cuello y retornó al salón turquesa.
Calafat departía con Gustavo Zayas en voz baja junto a un balcón. Los amigos de este se solazaban con las fulanas que aún quedaban despiertas; la Chucha y Horacio andaban enderezando por las paredes los últimos cuadros torcidos tras el paso de la patulea.
—Espero que no les incomode la incorrección de mi atuendo.
Todas las miradas se volvieron hacia él. Pero entiendan que son casi las seis de la mañana y estamos en un lupanar. Y que vamos a ir a muerte, le faltó decir.
Los dos contrincantes se acercaron a la mesa y el banquero se sacó el eterno habano de debajo del bigotón.
—Señores míos, señoritas; por deseo expreso de los jugadores, esta va a ser una partida privada. Como testigos solo estaremos la dueña de la casa, Horacio como utilero y un servidor, si los implicados lo tienen a bien.
Los dos aceptaron inclinando la cabeza mientras los amigos de Zayas mostraban abiertamente su fastidio. Con todo, acompañados de las chicas, tardaron poco en marcharse. Santos Huesos salió tras ellos, no sin antes cruzar una mirada cómplice con su patrón.
Las regias puertas de sabicú quedaron cerradas y la Chucha rellenó las copas de aguardiente.
—¿Vuelve a tratarse de un desquite entre caballeros o tienen sus mercedes intención de hacer apuestas? —preguntó con su voz todavía sugerente a pesar de la edad. Las ganancias de la noche con las niñas habían sido escasas, por lo que aún esperaba sacar alguna tajada adicional de aquella imprevista secuela.
—Yo me encargo de los gastos, negra. Tú tan solo echa la moneda al aire cuando yo te diga.
El anciano recitó entonces los términos de la apuesta con la más adusta formalidad. Treinta mil duros contantes por parte de don Mauro Larrea de las Fuentes, frente a un lote compuesto por una propiedad urbana, una bodega y una viña en el muy ilustre municipio español de Jerez de la Frontera por la parte contraria, de las cuales responde don Gustavo Zayas Montalvo. ¿Están de acuerdo los dos interesados en jugarse lo descrito a cien carambolas y así lo atestigua doña María de Jesús Salazar?
Los dos hombres farfullaron su aceptación mientras que la vieja Chucha se llevó una mano oscura y huesuda al corazón, pronunciando un contundente sí, señor. Después se persignó. A saber cuántos disparates semejantes no habría presenciado a lo largo de los años en aquel negocio suyo.
Por los balcones entraban las primeras claridades cuando la reina de España volvió a saltar al aire. Esta vez correspondió a Zayas salir, y así arrancó la partida que trastocaría para siempre el porvenir de los dos.
Lo que en la madrugada fue tensión, en el amanecer se tornó fiereza. El paño verde se convirtió en un campo de batalla y el juego en un combate brutal. Volvió a haber tacadas magistrales e impactos de vértigo, trayectorias fascinantes, ángulos imposibles que fueron vencidos con solvencia y un derroche de furia capaz de cortar la respiración.
A lo largo de una primera parte, el equilibrio fue la tónica. Él jugaba con la camisa arremangada por encima del codo, dejando a la vista sus cicatrices y los músculos que ya no partían piedra ni arrancaban plata, pero seguían marcándose tensos al apuntar. Gustavo Zayas, a pesar de su habitual compostura, no tardó en imitarle y se quitó también la librea. La tenue luz de la alborada había dado paso a los primeros rayos fuertes de sol: sudaban ambos, y hasta ahí llegaba todo lo que tenían en común. Las diferencias, por lo demás, eran abismales. Mauro Larrea impulsivo, casi animal destilando nervio y garra. Zayas, de nuevo certero pero ya sin florituras ni filigranas premeditadas. Al límite los dos.
Seguían lanzando tacadas enfebrecidos frente a la mirada exhausta y expectante de Calafat. Horacio había cerrado las persianas y abanicaba a la Chucha medio dormida sobre un butacón. Hasta que, pasado el ecuador de la partida, dos horas después de haber empezado la demencial revancha, el equilibrio se empezó a agrietar. Tras superar la barrera de las cincuenta carambolas, Mauro Larrea comenzó a distanciarse; la fisura fue pequeña en principio y se extendió un poco más después, como el fino vidrio de una copa que se resquebraja. Cincuenta y una frente a cincuenta y tres, cincuenta y dos frente a cincuenta y seis. Para cuando superó las sesenta, Zayas estaba siete tantos por detrás.
Tal vez el andaluz podría haber remontado. Quizá después de haber dormido unas horas, de haber comido algo sólido o haber tomado un par de tazas de café. O si no le hubieran escocido tanto los ojos o no tuviera calambres en los brazos ni le acosaran las náuseas. Pero, por una cosa o por otra, el hecho fue que no logró manejar la situación. Y al verse descolocado por un pequeño puñado de tantos, por segunda vez le afloraron los nervios. Comenzó a disparar peor. Con excesiva rapidez y la boca fruncida. Con gesto contrariado. Un error intrascendente dio paso a un fallo desazonador. Aumentó la distancia.
—Sírveme otra copa, Horacio.
Como si en el aguardiente esperara encontrar el estímulo que necesitaba para acelerar su cuenteo.
—¿Otra para su merced, don Mauro? —preguntó el criado. Había dejado de abanicar a la Chucha tan pronto la dio por dormida, con sus largos brazos negros caídos a ambos lados del cuerpo y la cabeza recostada sobre un cojín de terciopelo.
Él la rechazó, sin separar la vista de la punta del taco. Zayas, por el contrario, señaló otra vez la suya. El jorobado la volvió a llenar.
Tal vez le faltó resistencia mental, tal vez fue el mero agotamiento físico. Tal vez por todo ello, o por alguna otra razón que él nunca conocería, Gustavo Zayas empezó a beber de más. Jamás sabría si lo hizo para impulsarse a ganar, o para culpar a esos últimos tragos del hecho cada vez más evidente de que iba a perder. Tres cuartos de hora más tarde, arrojó su taco al suelo con furia. Después apoyó las manos abiertas sobre la pared, dobló el torso, hundió la cabeza entre los hombros y vomitó sobre una de las escupideras de bronce.
No hubo esta vez ni gritos ni aclamaciones para certificar el triunfo de Mauro Larrea; ya no estaban allí la patulea, ni las fulanas, ni los amigos de su contrincante. Tampoco él mismo sintió ganas de mostrar alegría: sentía rígidas todas las articulaciones del cuerpo y le zumbaban los oídos; tenía la mandíbula áspera, los dedos entumecidos y la mente aturdida, envuelta en una densa calima como la que por las mañanas subía desde el mar.
El viejo Calafat le devolvió a la realidad con una sentida palmada sobre el hombro; él estuvo a punto de aullar de dolor.
—Enhorabuena, muchacho.
Empezaba a salir de su sepultura.
Un futuro le esperaba al otro lado del mar.