La Reina

La Reina


24 Después de la tormenta

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24 Después de la tormenta

El día después del funeral de Diana, la familia real regresó a Balmoral. Poco después, el matrimonio Blair fue invitado a almorzar con la reina. Cherie creyó que en la conversación saldría el tema del entierro o de cómo la familia había vivido aquella semana trágica, pero no: la reina solo habló del precio de las ovejas en Escocia y ni una sola vez nombró a su exnuera.1 Cherie Blair pensó que aquello era surrealista, como si no hubiera ocurrido nada o, más bien, la soberana quisiera dejar atrás para siempre los desagradables días que acababa de sufrir.

Se equivocaba: Isabel era consciente de lo mucho que había cambiado todo en poco tiempo y se dio cuenta, seguramente mejor que muchos, de que se había abierto un nuevo episodio en su reinado, uno que iba a requerir de numerosos cambios si la institución pensaba sobrevivir en las turbulentas aguas de una sociedad en constante mutación.

Tras la muerte de Diana, Buckingham se obsesionó con tomarle constantemente «la temperatura al público» y se empezaron a encargar encuestas, grupos de opinión y estudios de tendencias. Destacados analistas fueron requeridos en palacio y se diseccionaron durante horas las opiniones de todos los grupos demográficos de Gran Bretaña. Por lo que descubrieron, los británicos seguían siendo mayoritariamente monárquicos (después del entierro de Diana el apoyo al republicanismo volvió a bajar al 19 por ciento), pero consideraban que la Corona resultaba muy cara y, sobre todo, que no estaba en consonancia con los problemas y las preocupaciones de los ciudadanos de a pie. Los jóvenes en especial veían a la institución como egoísta y solo preocupada por mantener su nivel de privilegios.

También descubrieron que se estaba gestando una imagen de la reina errónea en la prensa. Pasado el preceptivo tiempo de duelo, las malas artes mediáticas se reactivaron a pleno rendimiento y aparecieron rumores maliciosos sobre lo mal que se había portado la reina las horas después de conocer la muerte de Diana. Que si lo único que había hecho era preguntar si su exnuera llevaba alguna joya que perteneciera a la Corona, que si había hecho bromas de mal gusto sobre que Diana tendría que haber engrasado los frenos. Todo era mentira: a Isabel jamás se le hubiese pasado por la cabeza preguntar algo tan egoísta como lo de las joyas y en aquel momento estaba demasiado afectada como para hacer bromas de ninguna clase. Pero daba igual: la idea de una reina fría, distante, maquiavélica e impasible estaba calando entre la opinión pública.

Superar esta impresión de out of touch, como se le llamaba en Buckingham, de «desconexión», se convirtió en el principal objetivo de la monarquía. Todos los actos previstos de la reina fueron revisados, las agendas cuestionadas, las puestas en escena mejoradas para que la soberana demostrara «empatía». Se decidió abrir la monarquía a más grupos sociales y a personas que anteriormente nunca habrían sido invitadas a Buckingham y se insistió en que todos los actos fueran a partir de entonces mucho más informales (incluso se hizo público que hacer la reverencia a la reina era «totalmente opcional»).

Como resultado, cuando regresó de sus vacaciones en Balmoral, la reina empezó a ser enviada a barrios obreros. Se la vio tomando el té en el pequeño y humilde salón de una pensionista de Hackney, en el este de Londres, una zona con muchos problemas económicos. Visitó centros comerciales, muchos hospitales, residencias de la tercera edad e innumerables inmuebles de protección oficial.

El exceso de celo provocó de vez en cuando errores garrafales: después de visitar pisos de protección oficial, la reina se bajó del coche enfrente de un McDonald’s y comenzó a saludar a los atónitos transeúntes que se agolpaban a las puertas con bolsas repletas de hamburguesas y patatas fritas. Isabel se sintió ridícula y las imágenes resultaron patéticas. De regreso a palacio dio órdenes para que semejante cutrez no volviera a suceder.

El momento álgido de esta nueva narrativa visual más inclusiva tuvo lugar pocos meses después de la muerte de Diana, en noviembre de 1997, cuando Isabel y Felipe celebraron sus bodas de oro con actos que querían mostrar cercanía y espontaneidad. En su discurso televisado tras el fallecimiento de su nuera, la reina había prometido «aprender las lecciones» de la vida y extraordinaria reacción a la muerte de la princesa, y ahora iba a demostrar que sabía ser más informal. Se organizó un servicio religioso en la abadía de Westminster en donde parejas que se habían casado el mismo año que la reina fueron invitadas y, después, la soberana acudió al llamado «banquete del pueblo», en donde fue sentada al lado de un mecánico, un policía, un obrero de mantenimiento y la líder de las Girl Guides.2

Si Isabel estaba haciendo lo imposible por sobrevivir, su hijo Carlos no le iba a la zaga. Tras el funeral de Diana, se refugió en Balmoral y, a través de múltiples conversaciones telefónicas con Mark Bolland, estudió milimétricamente cómo debía actuar a partir de entonces. Si para su madre el nuevo concepto estratégico era «proximidad», para él iba a ser «empatía»: tenía que proyectarse al público como hombre sensible que había sufrido mucho tras la muerte de Diana y, sobre todo, como padre entregado cuya única preocupación eran sus hijos.

Durante días, Bolland filtró a algunos periodistas informaciones sobre lo mucho que estaba llorando Carlos y la rabia que sentía por lo mal que había salido todo con su exesposa. También, y para consternación de Buckingham, sugirió que había sido Carlos quien había defendido hacer un funeral público a Diana y quien había exigido que se la tratase como un miembro de la realeza mientras su madre se obstinaba en un arcaico y absurdo protocolo.

El truco funcionó: cuando, a las dos semanas del funeral, Carlos reapareció en público, en Manchester, para visitar un centro comunitario y participar en un acto de recogida de fondos para un hospital oncológico, causas muy relacionadas con Diana, los lugareños no solo salieron masivamente a darle la bienvenida, sino que lo acogieron con sorprendente cariño. En sus discursos habló de su exmujer con una ternura y admiración que pocas veces le había demostrado antes y a algunos ciudadanos les reconoció que se emocionaba a menudo pensando en ella. Irónicamente, Carlos estaba haciendo lo que Diana habría hecho en su lugar: mostrarse vulnerable, demostrar dolor, compartir sentimientos.

Aparte de intentar hacer a la monarquía más próxima, Isabel se centró en cuidar a sus nietos y, sobre todo, al pequeño Enrique, o Harry como lo llama su familia, que era un chico muy sensible e inseguro. Unas semanas después de la muerte de Diana, Harry cumplió años y su padre le organizó una fiesta a la que se invitó a toda la familia, los Spencer incluidos. Según el periodista Christopher Andersen, Sara, la hermana de Diana, le entregó el regalo que esta tenía previsto darle a su hijo: una PlayStation.3 Todo el mundo intentó contener las lágrimas cuando vio el paquete.

En la fiesta se pudo comprobar lo unidos que estaban los hermanos y lo protector que se mostraba Guillermo con Enrique. En septiembre ambos tenían que regresar a las aulas —uno a Eton, otro a Ludgrove— y Guillermo no creía que su hermano pudiera soportar el hecho de estar solo y alejado de su familia, por lo que propuso que dejaría de ir a Eton para estar a su lado. Pero su niñera, Tiggy, le aseguró que Harry estaría bien atendido y que era importante que ambos siguieran adelante con sus vidas.4

Cuando Guillermo regresó al internado, Isabel se aseguró de ir a Windsor cada fin de semana para que pudieran verse los domingos para tomar el té. A Guillermo le encantaban aquellas conversaciones con granny, como él la llamaba. Wills, como lo conocían en privado, le explicaba cómo le iba en clase y sus éxitos en el equipo de rugby y de natación.

También Isabel fue la encargada de imponer disciplina sin perder el cariño. Después de la muerte de Diana, Carlos se volvió muy indulgente con sus hijos —quizás demasiado— y les dejaba hacer lo que quisieran. A ambos jóvenes les encantaba la caza, la velocidad y tenían en ocasiones comportamientos irresponsables. Carlos lo pasó por alto; la reina, en cambio, insistió en que necesitaban normas y límites y fue ella quien dispensó las broncas necesarias cuando alguno de sus nietos no se portó como era debido.

Mark Bolland trabajaba a destajo y empezó a diseñar actos donde enfatizaba lo buen padre que era el príncipe. Una foto con Guillermo y Enrique ahora tenía un valor inmenso y Bolland no dudó en ofrecérsela a los periodistas. En noviembre, Carlos fue de viaje oficial a Sudáfrica acompañado de Enrique. Además de participar en actos institucionales, el pequeño pudo conocer a las Spice Girls, entonces el grupo de moda, que iban a dar un concierto en Johannesburgo. En enero, después de pasar las navidades en Sandringham, Carlos, Guillermo y Enrique se fueron a esquiar a Klosters y, unos meses más tarde, fueron de viaje oficial a Canadá, donde Guillermo fue recibido por miles de jovencitas chillando al verlo pasar como si fuera una estrella de cine o un cantante de moda.

Camila fue mantenida prácticamente encerrada en su casa durante los cuatro meses posteriores a la muerte de Diana. Bolland consideraba que se había convertido en la mujer más odiada de Inglaterra y cualquier imagen de la pareja junta o tan solo la fotografía del coche de ella aparcado en Highgrove podía ser criptonita, por lo que se evitó a toda costa cualquier acercamiento. Actos de relevancia, como una gala en la Sociedad de Osteoporosis, fueron cancelados.

Isabel y Felipe estaban de acuerdo en que Camila debía ser marginada. Sin embargo, para ellos no era una cuestión de que ella y Carlos dejaran de verse por un tiempo: Felipe llegó a escribir a su hijo diciéndole que lo mejor sería que dejaran de verse para siempre. Romper de una vez por todas, empezar un nuevo capítulo sin ataduras del pasado. Felipe consideraba que era la única manera de superar realmente la crisis que había abierto la muerte de Diana.

Pero Carlos no le hizo caso y, a principios de 1998, la pareja comenzó poco a poco a filtrar información sobre sus actividades en común. En marzo se organizó una fiesta en Sandringham en donde ella ya ejerció de anfitriona y en junio acompañó a Carlos a una recepción privada con dignatarios griegos.5 Progresivamente, Camila fue instalándose en Highgrove o, al menos, dejando su ropa.

Con tanto ir y venir era solo una cuestión de tiempo que coincidiera con Guillermo y Enrique. Carlos no quiso forjar el encuentro: sabía que Diana les había hablado del papel de Camila en la ruptura de su matrimonio y estaba seguro de que sus hijos la odiaban y no querían tenerla cerca. Que cambiaran de opinión requirió tacto y mucha diplomacia.

Camila y Guillermo se vieron por primera vez en junio de 1998. Carlos los había convocado para tomar el té en York House y los tres charlaron amablemente de cosas banales durante media hora, probablemente de caballos y cacerías. Camila, que según ella misma reconocería estaba tan nerviosa que temblaba, necesitó tomarse un gin-tonic justo después del encuentro. Coincidieron un par de veces más aquel mes y, a finales de junio, Camila también conoció a Enrique.

A principios de julio, The Sun explicó con todo lujo de detalles el primer encuentro entre Camila y Guillermo —el té, el gin-tonic posterior—. Era obvio que la oficina del príncipe, y muy probablemente Bolland en persona, había filtrado todos los detalles como un escalón más de la agresiva campaña de relaciones públicas para mejorar la imagen de Carlos.6 A Guillermo le pareció intrusivo y se sintió como un peón usado a conveniencia de su padre. Por aquel entonces, el joven príncipe había desarrollado un odio visceral hacia la prensa y los fotógrafos —a los que hacía responsables de la muerte de su madre— y no quería tener que verse inmerso en historias truculentas. Guillermo estaba obsesionado con conservar su privacidad a niveles enfermizos, una manía que todavía arrastra.

El desagradable episodio también creó una barrera entre padre e hijo que aún a día de hoy no han logrado solventar del todo. Guillermo empezó por entonces a desconfiar del equipo que rodeaba a su padre y, poco después, comenzaría discretamente a distanciarse de él.

Isabel también empezaba a estar harta de las malas artes de Bolland y, seguramente para contrarrestar sus subterfugios, por primera vez palacio decidió contratar a un auténtico profesional de las relaciones públicas: Simon Lewis, un joven de treinta y nueve años que venía de trabajar en el National Westminster Bank y en la compañía británica del gas y que, con los años, se convertiría en el director de comunicación de Downing Street en tiempos del premier Gordon Brown.7

El primer día que Simon Lewis fue a palacio para reunirse con la reina y el duque de Edimburgo, temió encontrarse con dos ancianos sin conocimiento alguno de internet y solo preocupados por dar de comer a los corgies. Para su total sorpresa, se equivocaba: la reina demostró ser una profesional muy eficiente que entendía la importancia de adoptar un enfoque estratégico de la comunicación; Felipe estaba obsesionado con usar más las páginas webs y los correos electrónicos para hablar directamente al público. Ambos hicieron preguntas inteligentes y tomaron decisiones ejecutivas con agilidad.

Isabel, en concreto, quería ir más allá de la estrategia de visitar centros asistenciales y dejarse caer por pubs. Quería «vender» la monarquía británica al pueblo, usar las últimas técnicas de comunicación para explicar mejor el valor y la importancia de la institución. Lewis le explicó que los atributos de marca que Buckingham siempre había defendido —que la Corona era esencial para la promoción de Gran Bretaña en el extranjero, que era respetada internacionalmente y que la familia real apoyaba a muchas organizaciones de caridad— ya no eran suficientes. Además del nuevo interés por la «proximidad», tenían que demostrar que estaban «en sintonía con los nuevos tiempos» y, sobre todo, que el dinero del contribuyente estaba bien invertido en ellos.

En otras palabras, además de hacer que la reina apareciera en taxis o en comedores sociales, Buckingham necesitaba una política más agresiva de transparencia financiera. Se decidió que palacio publicaría cada año un informe detallado con todos los gastos de la familia real y que se organizaría una rueda de prensa para explicarlo a la prensa. Por primera vez, los británicos tuvieron una idea certera de lo que les costaba la monarquía (la familia real y, sobre todo, la manutención de todos los palacios): unos ochenta y seis millones de libras esterlinas. O, como Buckingham se afanó a puntualizar, 1,29 libras esterlinas por persona en el Reino Unido.

También se tenía que dejar ver el trabajo entre bambalinas de la monarquía, explicar el día a día: cómo se organizaba un banquete de estado, cómo se negociaba un viaje de estado, qué pasaba minutos antes de que la reina diera un discurso y cuestiones por el estilo. Nuevos documentales y artículos comenzaron a aparecer regularmente donde el énfasis ya no estaba en los actos oficiales en sí, sino en su preparación. Más que la reina, el protagonismo lo empezaron a tener chefs, secretarios, jardineros y hasta el cuidador de los corgies. La idea era vender trabajo duro y profesionalidad a raudales. Que la gente se sintiera orgullosa de lo bien que se hacían las cosas en Inglaterra.

En tercer lugar, los discursos tradicionales se debían reducir a los banquetes de gala y otros momentos formales. En el día a día se tenía que escuchar hablar a la reina con personas manteniendo conversaciones normales e informales. Los micrófonos, que hasta ese momento habían mantenido una prudencial distancia de seguridad con la soberana, ahora la seguían a todas partes y estaban lo suficientemente cerca como para escuchar lo que decía.

La nueva línea estratégica comunicativa permitió ganar puntos en la opinión pública, pero en pocos meses, nuevas controversias amenazaron con echar por tierra todos los esfuerzos.

Mark Bolland había decidido usar el cincuenta aniversario de Carlos, en noviembre de 1998, para dar un paso gigantesco en su promoción. Semanas antes, el príncipe se embarcó en una ofensiva mediática que incluyó dar entrevistas al Sunday Times y al corresponsal en Londres del New York Times. La BBC estaba ultimando un nuevo documental —Charles at 50: a Life in Waiting, Carlos a los 50: una vida a la espera— y Bolland se estaba encargando de montarle eventos para que la prensa hablase de ellos durante días, incluyendo un gran concierto en Londres en su honor en donde una de las Spice Girls le cantaría el cumpleaños feliz como si fuera Marilyn Monroe.

También estaban en marcha varias biografías de Carlos. En concreto, Penny Junor, una autora que siempre se había mostrado muy proclive a Carlos y lo había defendido en sus artículos, iba a sacar Carlos: ¿víctima o villano? Pero el libro no obtendría el resultado que Bolland esperaba. A pesar de que es una obra muy detallada y bastante ecuánime, al público le molestó que Diana surgiera retratada poco menos que como una psicópata. En concreto, se aseguraba que había hecho llamadas por teléfono a Camila con amenazas. «He enviado a alguien para matarte», se supone que habría dicho la princesa. «Están afuera en el jardín. Mira fuera por la ventana. ¿Los ves?».8

La controversia estaba servida y la opinión pública se enfadó sobremanera. Por primera vez, Carlos y Camila lanzaron un comunicado de prensa conjunto en donde dejaban claro que ni habían encargado la publicación del libro, ni mucho menos habían autorizado su contenido. Lo que, técnicamente hablando, era verdad, aunque años más tarde la propia Penny Junor en un documental televisivo se encargó de asegurar que recibió ayuda del entorno del príncipe.9

La maquinaria de manipulación iba a toda máquina: la idea parecía ser ir soltando poco a poco piezas que dejasen mal a Diana para que a Camila se la viera con mejores ojos, como una mujer de campo, sencilla y agradable que —ella sí— sabía hacer feliz al príncipe. Pero el público no estaba aún dispuesto a comprar semejante cuento de hadas. Tampoco Isabel: en la fiesta que montó a su hijo por su cumpleaños, Camila no fue invitada. A pesar de que los Parker Bowles habían sido invitados con frecuencia a Sandringham y a Windsor y de que la reina y Camila se habían llevado bien el pasado, la prensa explicó que la soberana no estaba dispuesta a tolerar ahora la presencia de Camila a su alrededor.

Bolland contraatacó: en una gran fiesta de cumpleaños en Highgrove, Camila llegó en un coche oficial del príncipe, magníficamente bien peinada y maquillada, vestida con un elegante traje verde y luciendo un sensacional collar de aguamarinas. En cuanto el automóvil pasó por delante de los fotógrafos, redujo la velocidad para que pudieran tomar retratos de una Camila sonriente. El mensaje estaba claro: no solo había llegado para quedarse, sino que ya actuaba —o, al menos, se vestía— como un futuro miembro de la realeza.

Unos meses más tarde, el jueves 28 de enero de 1999, la pareja dio otro paso de gigante. La «operación Ritz», como la llamaba Bolland, consistía en que Carlos y Camila se dejaran ver por primera vez juntos en público aprovechando la fiesta de cumpleaños de la hermana de ella, Annabel Elliot, en el Ritz. Un par de días antes, se filtró a la prensa y en cuestión de minutos ya había decenas de fotógrafos apostados a las puertas del hotel. Cuando el día en cuestión llegó, el jueves 28 de enero de 1999, había centenares.

Camila y Carlos llegaron por separado y, tras una hora en el interior del Ritz, ambos aparecieron juntos en la puerta. Fueron solo unos segundos: salieron, bajaron los escalones y se metieron en un coche.

A partir de ese momento, ya no habría vuelta atrás.

La familia real siguió manteniendo las distancias y Camila no fue invitada al gran evento monárquico del año: la boda en junio del príncipe Eduardo con Sophie Rhys-Jones, una mujer del condado de Kent de familia trabajadora (su padre era un vendedor de piezas de coches).

La pareja se había conocido en 1993, en un campeonato benéfico de tenis, y habían congeniado enseguida. Ambos compartían pasión por la televisión: él, después del fiasco de It’s a Royal Knockout, se había centrado en hacer documentales sobre la realeza (llegó a hacer uno del duque de Windsor); ella tenía una firma de relaciones públicas.

A diferencia de las de sus hermanos, la boda de Eduardo fue de perfil bajo: en la capilla de San Jorge en Windsor —que ya había sido restaurado— y sin presencia de políticos o diplomáticos —ni siquiera Tony Blair fue invitado—. Rompiendo con toda la tradición, y en un ejemplo más de que la realeza se quería acercar al pueblo, pidieron a las invitadas que no llevaran sombrero. Isabel, incapaz de romper tantas normas, apareció con un tocado. La reina madre fue la única que llevó una enorme pamela de plumas.

En la boda del príncipe Eduardo se pudo ver a la princesa Margarita, hermana de la reina, en silla de ruedas. Margarita arrastraba desde hacía años varios problemas de salud y no hay ninguna duda de que sufría una importante depresión.

Desde que se divorció en 1978, no había encontrado su sitio y, más allá de su fatídico romance con Rody, no había rehecho su vida sentimental. Tampoco es que tuviera ningún papel relevante en la familia real aparte de acudir a algunas funciones del Royal Ballet. Margarita se sentía marginada y subestimada.

En febrero de 1998, a los setenta y siete años y mientras estaba en Mustique, sufrió un ataque al corazón. Fue trasladada inmediatamente a un hospital de Barbados y, pocos días después, voló de vuelta a Londres. Del aeropuerto fue conducida directamente al hospital Eduardo VII. El médico de la reina, el doctor Richard Thompson, dijo que se había tratado de un infarto suave y que se esperaba una pronta recuperación.10 Pero no fue tan rápida como todos esperaban. Estaba muy cansada y, a veces, confusa. En marzo de 1999, sufrió su accidente casero en Mustique. El termostato del agua falló y, al ir a darse un baño, se quemó las plantas de los pies. De nuevo tuvo que ser trasladada a Gran Bretaña y los médicos le dijeron que, a partir de ese momento, tendría que usar una silla de ruedas.

Isabel vio los problemas de salud de su hermana como una muestra de su propia mortalidad: ya era mayor y, aunque seguía con una salud de hierro, no podía obviar el paso del tiempo. Muchos a su alrededor ya padecían enfermedades graves y algunos amigos había muerto. Aquel diciembre de 1999, uno de sus más próximos colaboradores, Martin Charteris, falleció de cáncer de hígado a los ochenta y seis años.

Isabel entró en el siglo xxi cantando el «Auld Lang Syne». El matrimonio Blair la había invitado a la inauguración del Millenium Dome, una gran cúpula de nueva construcción en Greenwich, en el sureste de Londres, que iba a albergar una gran exposición sobre el nuevo milenio que comenzaba. Cuando llegaron las doce, todos los asistentes se pusieron de pie, se dieron las manos y comenzaron a cantar.

A la reina se la vio un poco incómoda y descolocada, pero tenía que seguir en su cruzada de parecer próxima e informal.

El nuevo milenio iba a traer un cambio sustancial: Isabel iba a reconocer finalmente a Camila como pareja de su hijo. La agresiva campaña de Bolland había dado tan buenos frutos que las encuestas que manejaba Buckingham indicaban que cada vez un mayor número de británicos aceptaba que la pareja estuviera junta, incluso que se casaran si así lo deseaban. A Isabel no le quedó más remedio que reconocer lo obvio y, aprovechando una pequeña fiesta que montó Carlos en Highgrove para el rey Constantino de Grecia, la reina aceptó ir y saludar a Camila.

Buckingham, sin embargo, dejó claro que aquello no daba pie a ninguna aprobación ni visto bueno por parte de la monarca. Isabel tan solo «reconocía» la situación, ese fue el verbo empleado, no daba su conformidad. Es decir, se resignaba. La verdad es que a la reina seguía sin gustarle la situación y hubiese preferido que Carlos y Camila hubiesen roto o hubiesen llevado su relación discretamente. Pero ya no se escondían: Camila tenía un perfil público cada vez mayor, acudía a fiestas, participaba en actos benéficos e incluso había ido a Nueva York en un viaje perfectamente coreografiado por Bolland para codearse con las mayores celebrities de Manhatttan. La prensa ya se refería a ella, con toda la naturalidad, como la «compañera» de Carlos.11

El encuentro entre Isabel y Camila fue corto, protocolario y frío. Isabel sonrió, Camila hizo una perfecta reverencia, ambas hablaron unos segundos y la reina se excusó. Con cualquier persona que se hubiese encontrado por la calle en un acto oficial la reina hubiese hablado más rato. Pero lo importante no era la profundidad y el tema de conversación, sino el hecho en sí, que se saludaran y charlaran. Bolland no tardó ni un segundo en informar a la prensa de todos los detalles.

Isabel creyó que con aquel gesto ya había suficiente y ordenó que Camila no fuera invitada a ningún acto de la realeza. Lo que significaba que no podría participar en los eventos previstos para celebrar los cien años de la reina madre. Años atrás, semejante aniversario hubiese implicado desfiles de carrozas y soldados a caballo por las calles de Londres y probablemente un gran servicio religioso en Westminster o en la catedral de San Pablo, pero ahora se intentó dar un perfil bajo y, más allá de salir a la puerta de su residencia en Clarence House a recibir ramos de flores de algunos incondicionales y aparecer en carruaje en el Horse Guards Parade acompañada de su nieto Carlos, la reina madre no hizo mucho más.

Los años 2001 y 2002 fueron muy dolorosos para Isabel. Como si de un mal presagio se tratara, a principios de 2001, su nuera Sophie fue grabada en una conversación que desvelaba comentarios desafortunados sobre algunos políticos. La reina había permitido a Sophie y a Eduardo seguir trabajando en sus respectivas profesiones a pesar de formar parte de la familia real, y Sophie —ahora formalmente la condesa de Wessex— fue víctima de las malas artes de un periodista del News of the World que se hizo pasar por un jeque árabe interesado en contratar los servicios de relaciones públicas de su empresa. En la conversación que mantuvieron, Sophie desveló que la familia llamaba a Blair «presidente Blair» por sus aires de grandeza y su gusto por la publicidad. John Major le parecía «completamente acartonado».12

La reina se llevó las manos a la cabeza por tener que volver a gestionar escándalos mediáticos, pero perdonó a Sophie enseguida. En realidad, hizo más: Sophie se convirtió en su nuera favorita, la única que cuenta con toda su aprobación y cariño. Hasta hace poco, Isabel solía ir a menudo los domingos desde Windsor hasta Bagshot Park, donde viven los Wessex, para tomar el té y charlar un rato.

El 11 de septiembre la reina estaba en Balmoral. A mediodía le informaron de que un avión se había estrellado en una de las torres gemelas de Nueva York y enseguida puso la televisión para ver las imágenes. A partir de ese momento, el teléfono de sus asesores no paró de sonar: Buckingham puso en marcha todo el dispositivo creado después de la muerte de Diana para responder a actos de gran impacto mundial. En cuestión de minutos, todos los palacios, incluido el de Buckingham, tenían sus banderas a media asta. Al día siguiente, en el cambio de guardia, los soldados tocaron el himno británico y también el estadounidense. Isabel voló inmediatamente a Londres para atender un servicio religioso en la catedral de San Pablo. Esta vez, palacio reaccionó con rapidez y eficacia.

Ese mismo día 11, Isabel recibió otra llamada fatídica: su mejor amigo, Henry Porchester, con quien tanto había compartido y quien tanto la había ayudado con sus caballos, murió de repente de un ataque al corazón. Aparentemente, Henry gozaba de buena salud y nada hacía presagiar semejante desenlace. Isabel se quedó absolutamente consternada cuando lo supo y se metió unos minutos en su habitación para que nadie la molestara.13

La muerte de Henry fue el preludio de las dos muertes más duras en la vida de Isabel. A principios de 2001, Margarita sufrió un ataque al corazón y, pocas semanas después, padeció otro. Quedó prácticamente paralizada y completamente ciega, y tan solo era capaz de balbucear con dificultad algunas palabras. Su madre, la reina Elizabeth, también tenía una salud muy delicada: después de cumplir los ciento un años desarrolló una infección respiratoria que la mantuvo postrada en la cama durante semanas.

En febrero de 2002, Margarita parecía haber recuperado algo de fuerzas y nada hacía presagiar que su final estaba cerca. Pero el viernes 8 de febrero sufrió un nuevo infarto y fue conducida rápidamente al hospital. La ingresaron hacia la medianoche. A las seis y media de la mañana murió. La enterraron en Windsor: había dejado por escrito que, rompiendo la tradición, quería que la incinerasen y que depositaran las cenizas al lado de la tumba de su padre.

En el interior de la iglesia, Isabel lloró y muchos testigos recuerdan lo terriblemente triste que se la veía. Pero después de descansar un par de días, puso rumbo a un largo viaje oficial de varias semanas por Jamaica, Nueva Zelanda y Australia.

Pocas semanas más tarde, ya de nuevo en Inglaterra, fue a pasar la Semana Santa a Windsor como de costumbre. La mañana del 30 de marzo salió muy temprano a dar un paseo a caballo. No había ni dado unos cuantos galopes cuando divisó un coche que se le acercaba a toda prisa: era un oficial para pedirle que regresara inmediatamente a palacio. Los médicos de la reina madre habían advertido que se estaba muriendo. Isabel fue corriendo a ver a su madre. La encontró sentada en una silla enfrente de la chimenea. Ambas pudieron decirse unas cuantas palabras antes de que la anciana cerrara los ojos y quedara inconsciente. Murió al cabo de unas horas, a las tres y cuarto de la tarde. Al lado de su madre, Isabel lloró desconsolada.

Nueve días después, se celebró el funeral oficial. Al principio parecía que poca gente se iba a acercar a prestar sus respetos al féretro, pero finalmente miles de personas se agolparon por las calles de Londres para dar el último adiós a la reina que les ayudó a mantener la moral alta durante la guerra.

Isabel estaba muy triste el día del funeral. Para ella, toda una era había acabado.

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