La Reina
25 Kate Middleton
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25 Kate Middleton
Después de la muerte de Diana, Buckingham llegó a un acuerdo con la prensa: mientras durasen sus años escolares, los príncipes Guillermo y Enrique posarían varias veces al año frente a las cámaras, pero el resto del tiempo los fotógrafos los dejarían tranquilos. La prensa cumplió su promesa y, en agradecimiento, en septiembre de 2000, Guillermo concedió su primera entrevista: apareció enfrente de unos cuantos reporteros en el jardín de Highgrove acompañado de su padre. Carlos iba con su clásico blazer cruzado de cuatro botones; Guillermo llevaba tejanos, zapatillas de deporte y un jersey beis. En poco tiempo se había convertido en un joven increíblemente atractivo y su parecido físico con Diana era asombroso: la misma nariz, los mismos ojos, la misma mirada triste.
Aquel día Guillermo apareció tímido y algo taciturno. Se notaba que estaba enfadado: hacía poco que Patrick Jephson, el antiguo secretario privado de Diana, había publicado un libro, titulado Shadows of a Princess, en donde describía a una princesa eficiente y muy implicada en causas humanitarias, pero también manipuladora, maquiavélica y bastante neurótica. Guillermo estaba tan indignado que aprovechó que estaba delante de las cámaras para hablar de «traición».
No sería la última vez que se sulfuraría por libros sobre su madre: pocos meses después de su muerte comenzaron a salir memorias, biografías y nuevas obras que desvelaban detalles sensacionalistas, algunos de muy mal gusto. Andrew Morton publicó las famosas cintas en donde se demostraba que Diana había estado detrás de su libro. En 2002, el antiguo escolta de la princesa, el inspector Ken Wharfe, sacó una obra en donde, entre otros detalles íntimos, desvelaba que Diana, cuando se iba de viaje, siempre llevaba en el bolso un vibrador al que apodaba «Le Gadget». También explicaba que la princesa se había enamorado de Oliver Hoare y que consideraba que Juan Carlos de Borbón, con el que había coincidido algunos veranos en Mallorca, era «un sobón». Paul Burrell, el antiguo mayordomo de Diana, también escribiría artículos sobre la relación de la princesa con Hasnat Khan. Por no decir que James Hewitt intentaría vender las cartas que la princesa le había enviado, algunas de las cuales tenían referencias sexuales explícitas.
Guillermo y Enrique estaban hartos de semejante circo y, siguiendo los consejos de su familia, intentaron seguir con sus vidas y no dejar que les afectara demasiado. Guillermo, sin embargo, creyó que necesitaba un tiempo prudencial, poner distancias y, en cuanto se graduó en Eton, decidió tomarse un año sabático. Primero pensó en irse a Argentina a jugar al polo —a estas alturas ya era un jugador experto—, pero Carlos se negó en redondo a que su hijo diera la imagen de pijo hedonista solo interesado en deportes de élite. Carlos y Guillermo tuvieron una importante pelea: a pesar de todas sus virtudes y de su carácter conciliador, Guillermo también era muy obstinado y cuando se le metía algo en la cabeza no había manera de hacerle cambiar de opinión.
Después de unos cuantos gritos y portazos, llegaron a un acuerdo: Guillermo se iría lejos y se dedicaría a ver mundo, pero sería con actividades solidarias e instructivas. Primero iría a Belize para entrenarse con los Welsh Guards, un anticipo de lo que sería su paso por la academia militar de Sandhurst. Luego estaría unos meses en la Patagonia chilena en un programa de voluntariado y más tarde iría a Botsuana y a Kenia. Para que la prensa no lo persiguiera, se llegó a un nuevo acuerdo por el cual un pequeño equipo de filmación lo acompañaría unos días en Chile y prepararía un documental. Tal como quería palacio, Guillermo apareció como un chico solidario y muy implicado con los más desfavorecidos: lo grabaron en un pueblo remoto, en medio de una barraca destartalada, dando clases a niños pequeños, limpiando váteres o cortando leña.1
La segunda parte del viaje, sin embargo, fue privada. Guillermo se había enamorado de África la primera vez que la pisó, en 1998, para ir de safari a la reserva de Lewa, en Kenia. Ahora pasaría cuatro meses colaborando con Tusk, una organización que protegía especies en peligro de extinción, sobre todo a elefantes y rinocerontes, de cazadores furtivos. Las condiciones eran muy rudimentarias: todos los trabajadores y voluntarios vivían en tiendas sin electricidad ni agua corriente y se tenían que duchar en barracones improvisados. Pero a Guillermo le encantó la experiencia.
También le encantó estar con Jessica Jecca Craig, la hija de Ian Craig, el propietario de la reserva natural de Lewa y uno de los mayores expertos en protección de rinocerontes del mundo. Se cree que Jecca, una mujer inteligente y sin duda fascinante, fue el primer amor de Guillermo. A día de hoy siguen siendo muy buenos amigos.

Mientras Guillermo estaba en su año sabático por medio mundo, Harry sobrevivía como podía en Eton, en donde había ingresado en septiembre de 1998 después de estar unos cuantos años en Ludgrove. El pequeño de los Gales nunca había sido un buen estudiante y se sabe que Diana había comenzado a mirar internados alternativos donde la exigencia académica no fuera tan alta, pero llegado el momento Isabel y Carlos decidieron que lo mejor era que los hermanos estuvieran juntos y Harry puso rumbo al prestigioso centro.
Su paso por las aulas sería un desastre: siempre era el último de la clase, suspendió prácticamente todas las asignaturas y solo destacó en gamberrismo. En el fondo, su comportamiento juerguista e irresponsable era pura rebeldía para camuflar su pena, rabia y frustración. También se debió de sentir muy solo: cuando regresaba a Highgrove algunos fines de semana, muchas veces no había nadie esperándole más que el servicio. Su padre normalmente estaba fuera en actos oficiales o con Camila. Harry se refugió en amistades no siempre recomendables y, más tarde, en el alcohol, el tabaco y las drogas. Su hermano y él transformaron una bodega que había en Highgrove en una sala de recreo con discoteca incluida —lo llamaban el Club H—. Por lo que se sabe, aparte de escuchar música a todo volumen, el alcohol corría a raudales. No era ningún secreto que ambos hermanos solían pillar sonadas borracheras, pero lo de Harry llegó a niveles enfermizos. En alguna ocasión los fotógrafos lo pillarían en pubs cercanos a la residencia de su padre completamente ebrio, incluso vomitando. También el servicio de Highgrove olió el inconfundible aroma de los porros de marihuana.

De vuelta a Inglaterra, Guillermo disfrutó de un último verano de libertad antes de empezar la universidad. Por lo que se sabe, lo pasó con una chica, Rose Farquhar, la hija del responsable de un exclusivo club de caza, el Beaufort Hunt, a donde solían acudir Carlos y Camila. Ambos se conocían desde pequeños, compartían amigos y pasión por los temas campestres y disfrutaron de lo lindo con pícnics al aire libre y paseos al atardecer.2 Sin embargo, la relación se enfrió cuando él partió a Escocia a empezar sus clases.
Guillermo había decidido saltarse la tradición de la familia real y, en vez de ir a Oxford o Cambridge, se matriculó en Historia del Arte en St. Andrews, la universidad más antigua de Escocia. Se dice que su abuela Isabel dio el visto bueno porque el nacionalismo escocés estaba muy al alza, ya empezaba a olerse un eventual referéndum de independencia y la Corona quería reforzar su presencia en la región. Sea como fuera, Guillermo llegó el 23 de septiembre de 2001 al campus acompañado de su padre y se instaló en San Salvador, una de las residencias estudiantiles. El príncipe iba a disponer de una sencilla habitación, pero debería compartir baño y zonas comunes.
De nuevo, palacio había establecido un acuerdo con la prensa para que, después del posado de rigor el primer día, los fotógrafos le dejaran en paz en sus años universitarios. Guillermo aún no había superado su odio a las cámaras —de hecho, cada vez iba a más— y exigió que los fotógrafos abandonasen incluso el pueblo donde estaba Saint Andrews. Pero su propio tío le iba a dar un disgusto: dos días después del posado oficial, un equipo de grabación de la productora televisiva de Eduardo seguía en la zona, supuestamente preparando un documental que se emitiría en Estados Unidos y que se titularía Realeza de la A a la Z.
Guillermo alertó a su padre y este llamó a su hermano. Mark Bolland, siempre pendiente de que Carlos apareciese en los medios como un padre entregado, no dudó en filtrar los detalles de la conversación: «You, fucking idiot», aseguró que le dijo a Eduardo, algo así como «Eres un jodido idiota».3
Isabel no estaba de acuerdo con el comportamiento de Eduardo, pero aún lo estaba menos con que la familia real no parara de aparecer en los medios peleándose. La reina estaba harta de que el excesivo celo profesional de Bolland ensalzara a Carlos a costa del resto de la familia, ella incluida.4 Isabel dijo basta y empezó a tomar cartas en el asunto: Michael Peat, una persona de su total confianza, el hombre que la había ayudado a mejorar la organización de los palacios y uno de los mayores responsables de que pagara impuestos, fue nombrado nuevo secretario privado del príncipe de Gales. Isabel le hizo un encargo muy específico: Peat debía poner orden en la oficina de su hijo y mejorar la imagen del heredero sin dinamitar al resto.

Mientras su padre se enfrentaba a cambios en su equipo, Guillermo seguía a lo suyo. Solucionado el tema de los cámaras de su tío, fue libre para hacer lo que quisiera, lo que implicó poder salir, divertirse y conocer a chicas.
Pronto, una llamaría su atención. Era una chica alta y morena, muy atlética y deportista que salía cada mañana a correr antes del desayuno. Su nombre era Catherine Kate Middleton y también era estudiante de Historia del Arte. Ambos empezaron a hablar un buen día y pronto se hicieron amigos. Al cabo de unos meses no era difícil verlos juntos nadando, yendo en bicicleta o corriendo horas antes de que empezaran las clases. También se les veía con un grupo de amigos en algún pub cercano tomando una pinta de sidra y jugando al billar. Sin embargo, al principio no hubo nada romántico entre ellos. Ella tenía novio y él empezó a salir con otras.
Kate Middleton no nació en la aristocracia, ni siquiera en la clase alta. Es cierto que algún antepasado lejano de su padre llegó a amasar una gran fortuna en su momento, pero cuando ella nació, la fortuna se había esfumado. Su abuelo paterno fue piloto en la Segunda Guerra Mundial —donde, casualmente, coincidió con el duque de Edimburgo y se llegaron a fotografiar juntos— y, acabada la contienda, se hizo instructor de vuelo. Su hijo, Michael Middleton, siguió los pasos de su padre y se matriculó en la escuela de aviación, pero al cabo de unos meses reconoció que aquello no era lo suyo y se hizo flight dispatcher, encargado de vuelo, un trabajo en el que tenía que coordinar aviones desde su llegada a su despegue, asegurarse de que llevaban el suficiente combustible y, sobre todo, que partiesen a la hora establecida. Aunque no era piloto, había de llevar un uniforme muy parecido y su salario era bastante destacable. Con su porte elegante y su rostro agradable, desde luego era un buen partido. Al menos, eso le pareció a una azafata llamada Carole Goldsmith.
Si Michael Middleton solo podía describirse como de clase media, Carole directamente provenía de la clase obrera. Sus antepasados habían sido mineros y su abuela había sido una humilde trabajadora de una fábrica que había tenido que sacar adelante ella sola a sus hijos después de la muerte de su marido. Carole, de hecho, nació en un piso de protección oficial y pasó su infancia con sus padres y su hermano, Gary, en un apartamento minúsculo. Cuando cumplió los once años sus padres se pudieron permitir comprar una casa algo más espaciosa en Knigsbridge Road, una calle a las afueras de Londres,5 pero seguía siendo una vivienda de tres habitaciones en un barrio de gente trabajadora.
Lo que carecían de dinero lo suplían con ambición. A pesar de que el salario de la familia no daba para muchas alegrías, Dorothy, la madre de Carole, siempre iba perfectamente bien vestida y peinada. Invitaba con frecuencia a tomar el té en su casa a las mujeres más prominentes del vecindario y se esforzaba por parecer de una clase superior a la que en realidad tenía. Según el biógrafo Christopher Andersen, Dorothy estaba obsesionada con las apariencias, quería destacar y triunfar en la sociedad.6 Su hija Carole heredó esas ganas de avanzar socialmente y, aunque sus padres no pudieron costearle estudios universitarios o matricularla en alguna escuela de señoritas, decidió apuntarse a un curso para ser azafata de vuelo en British Airways, entonces uno de los trabajos más glamurosos a los que podían optar las mujeres sin grados universitarios. Durante unos meses compaginó un trabajo anodino de secretaria con cursos por las noches para obtener el certificado académico equivalente al bachillerato y estudió con ahínco francés. El esfuerzo valió la pena y finalmente consiguió una plaza. La aviación era entonces un mundo muy selecto que solo podían usar personas con dinero y Carole tuvo su primera experiencia con la élite mientras les servía martinis o gin-tonics en ruta hacia destinos en el extranjero.
Sin embargo, lo más interesante del trabajo fue que le permitió conocer a su futuro marido, Michael. Comenzaron a salir y, al cabo de tres años, decidieron irse a vivir juntos a un minúsculo apartamento en Arborfield Close, una zona repleta de fábricas a ocho millas del aeropuerto de Heathrow.7 Como aquel no era el lugar adecuado para formar una familia se buscaron una casa algo más confortable y la encontraron en el pequeño pueblecito de Bradfield Southend. Era una construcción modesta de ladrillo con un comedor y un salón bastante pequeños, pero tenía un bonito patio trasero y, en conjunto, el sitio resultaba encantador. Ocho meses después de instalarse, el 21 de junio de 1980, Carole y Michael se casaron en la cercana parroquia de St. James the Less, una preciosa ermita medieval.
Según varios asistentes, la boda fue muy elegante. La novia, radiante con un traje de encaje, llegó a la iglesia en carruaje tirado por caballos. La recepción se celebró en una mansión campestre cercana. A Dorothy se la vio radiante por el buen partido que había conseguido su hija. Aquellos eran el tipo de parientes, educados y con algo de dinero, que siempre había deseado.
La primera hija del nuevo matrimonio, Catherine Elizabeth Middleton, nació en el Royal Berkshire Hospital en Reading el 9 de enero de 1982, cinco meses antes de que viniera al mundo su futuro marido, el príncipe Guillermo. En las fotos del bautizo se ve a Carole muy elegante con un vestido floral de Laura Ashley —por entonces la diseñadora por excelencia de las aristócratas— y a Michael con un traje oscuro de Hardy Amies. Con el tiempo la pareja también tendría a Pippa (nacida en 1983) y a James (1987).
La infancia de Kate y sus hermanos solo se puede describir como idílica. Había juegos, cocinaban pasteles y preparaban juntos las navidades y los cumpleaños. Después de pasar una temporada en Amán, Jordania, donde habían destinado a Michael, la familia volvió a Inglaterra y los pequeños reanudaron sus actividades en los scouts o en las pistas deportivas. Todos eran muy buenos nadadores, llegarían a ser excelentes tenistas y también practicarían hockey sobre hierba, baloncesto y voleibol.
Carole decidió dejar su trabajo en British Airways para dedicarse al cuidado de sus hijos, pero pronto encontró una ocupación que, con los años, haría a los Middleton millonarios. Un buen día, mientras buscaba platos y vasos de papel para una fiesta de cumpleaños de Kate, se dio cuenta de que había pocas opciones en el mercado y de que casi todo eran platos de payasos bastante toscos. Aquello le dio la idea de crear su propia línea de productos de calidad pero baratos para celebrar fiestas infantiles. Se encerró en el cobertizo que había en el patio trasero de su casa y comenzó a dar los primeros pasos de Party Pieces, su nueva empresa. Al cabo de unos meses creó un catálogo —sus propios hijos posaron para las fotografías—, lo distribuyó por la zona y empezó a recibir encargos. Cuando en 1995, Carole intuyó el poder que tendría un nuevo medio llamado internet y se decidió a crear su propia página web, el negocio pasó de generar unos miles de libras a millones en un año. Hoy Party Pieces está considerada la mayor tienda online de distribución de objetos y decoración para fiestas de toda Inglaterra.
El nuevo estatus de millonarios de los Middleton hizo que, en julio de 1995, se pudieran comprar una casa mucho más grande a las afueras de Bucklebury, uno de esos pueblecitos de postal con cottages y prados inmaculados. También les permitió enviar a sus hijos a estudiar a los mejores internados del país. Kate había ido a una guardería local, pero luego fue matriculada en una escuela preparatoria privada y, después de pasar un par de trimestres en Downe House —donde sufrió bullying—, sus padres la enviaron a Marlborough College, uno de los centros escogidos por la aristocracia para educar a sus hijos —las propias hijas del príncipe Andrés estudiaron allí—.
Cuando Kate llegó el primer día estaba aún lejos de convertirse en la mujer atractiva y sofisticada en la que luego se transformaría. En realidad, sus compañeros la describieron como excesivamente tímida, de apariencia algo dejada y con poca confianza en sí misma. Por entonces algunos chicos del internado tenían el pésimo hábito de puntuar a las chicas nuevas y exponer sus notas en servilletas. A Kate solo le pusieron unos y doses.8
Pronto, no obstante, Kate iba a dejarlos con la boca abierta. A pesar de que los primeros días lo pasó bastante mal —echaba de menos a su familia y no acababa de adaptarse a un ambiente tan de clase alta—, enseguida se incorporó a los equipos deportivos y llegó a ser capitana del equipo de hockey. Muchos alumnos recuerdan que, en sus últimos años en Marlborough, Kate vivió una transformación asombrosa: se fue de vacaciones con un aspecto poco cuidado y regresó con el pelo perfecto, maquillaje, ropas modernas y una nueva actitud, mucho más segura de sí misma. Era como si el patito feo se hubiese tornado en cisne aprovechando la estancia fuera del internado.
Su nueva estética, eso sí, no se transformó en rebeldía. Kate siempre fue una chica tranquila, sensata y muy responsable a la que no le gustaba meterse en líos. Nunca se la vio borracha, o fumando porros, o intentando meter botellas de alcohol a escondidas. Cuando algunos compañeros le propusieron salir del campus e ir a un pub cercano, ella dijo que no.
Algunos biógrafos aseguran que Kate y Guillermo ya coincidieron por entonces en alguna ocasión. Podría ser: Kate se hizo muy amiga de Jessica Hay, la cual salía con Nicholas Knatchbull, un buen amigo de Guillermo en Eton. Otra amiga de Kate, Emilia d’Erlanger, nieta del vizconde de Exmouth, también conocía al príncipe.9 Con toda la información que le iban pasando, Kate se fue enamorando platónicamente de él y, según admitieron algunos compañeros, no paraba de hablar de Guillermo. «Estoy segura de que es encantador...», decía. «Solo hace falta mirarlo para darse cuenta».
Después de sacar buenas notas en sus exámenes finales, Kate fue aceptada en la universidad de Edimburgo, una de las mejores del país. Sin embargo, decidió tomarse un año sabático antes de volver a las aulas. Algunos periodistas asegurarían años más tarde que fue porque Guillermo iba a hacer lo mismo y quería coincidir con él en la universidad, pero es una especulación. Sea como fuera, Kate puso rumbo en septiembre de 2000 a Florencia a estudiar arte y hacer un curso intensivo de italiano de tres meses en el Instituto Británico. A la vuelta, decidió cambiar de facultad —se matriculó en St. Andrews, casualmente la misma facultad donde se había anunciado que iría el príncipe— e hizo las maletas rumbo a Escocia.
Kate no tardó mucho en empezar a salir con un chico en la universidad, pero no era Guillermo. Según desveló la periodista Katie Nichols, él empezó a verse con Carley Massy-Birch, una estudiante de Filología Inglesa y Escritura Creativa que, como él, era una apasionada del campo y de la vida casera. Después de unos meses juntos, la relación se enfrió y Guillermo empezó a verse con Arabella Musgrave, hija del director de un club de polo, a quien conocía de toda la vida. Luego salió con Isabella Anstruther-Gough-Calthorpe, una chica de la alta aristocracia.10
Mientras Guillermo se divertía con otras, Kate y él seguían coincidiendo con frecuencia en clases o en los pasillos de San Salvador. Al cabo de pocos meses de empezar las clases, ella se dio cuenta de que Guillermo estaba agobiado con las asignaturas y que no estaba a gusto en el lugar. St. Andrews le empezó a parecer claustrofóbica y echaba de menos a sus amigos de toda la vida, la mayoría de los cuales estaba en Londres. En Navidades, Guillermo le planteó abiertamente a su padre que quería dejarlo y cambiarse de universidad. Carlos lo escuchó pacientemente y le pidió que recapacitara. Guillermo no quería dar su brazo a torcer, pero al parecer fue Kate quien sugirió la solución perfecta: lo único que necesitaba era cambiarse de carrera, nada más. Geografía se adaptaba mejor a sus gustos. Dicho y hecho: el príncipe solicitó transferirse a otra facultad y, al cabo de unas pocas semanas, se le comenzó a ver mucho más a gusto.

Superada la crisis de Guillermo, Carlos se tuvo que enfrentar a una aún peor: el 13 de enero de 2002, el diario News of the World aparecía con el titular «Harry’s Drug Shame», La vergüenza de Harry con las drogas. El príncipe había sido pillado borracho y fumando marihuana en un pub. No solo no tenía aún edad legal para beber, sino que encima se habría dedicado presuntamente a insultar al propietario del local.
El equipo de Carlos supo de la publicación días antes e intentaron desesperadamente disuadir a los editores de que la sacaran o, al menos, convercerlos de que rebajaran el tono. A Mark Bolland le preocupaba especialmente que en la redacción inicial Carlos aparecía como un padre irresponsable: padre e hijo, sugería el texto, apenas se veían y Carlos había pasado el verano anterior lejos de Highgrove, de vacaciones con Camila. Después de unas cuantas llamadas, sin embargo, los periodistas aceptaron incluir que Carlos iba a llevar a su hijo a un centro de rehabilitación para que viese los estragos que causaban las drogas. En realidad, Harry ya había estado en el centro, aunque acompañado de un asesor. Sin embargo, que la cronología no cuadrara era lo de menos: Carlos emergió de la noticia como un padre moderno y responsable que tenía que enfrentarse a un adolescente muy díscolo.11
Harry estaba avergonzado por lo ocurrido, pero también indignado con que la prensa se cebara con él mientras a su hermano, que también se emborrachaba de lo lindo —y había sido quien le había descubierto el pub en cuestión—, lo trataban con gran respeto. Muchos periodistas se habían abonado a la historia de que Guillermo era un dechado de virtudes —responsable, sereno, brillante estudiante— y Harry, una mera bala perdida. En palacio sabían que la realidad era muy distinta —ni Guillermo era tan bueno ni Harry tan malo—, pero tenían que proteger al futuro rey de Inglaterra a toda costa. Lo que significaba que el pequeño tenía que ser el cabeza de turco para la prensa.
Durante semanas, los dos hermanos no se hablaron. Fue la primera vez que se pelearon por culpa de la intromisión de la prensa. Pero no sería la única.

Más allá de maniobras en la prensa para resguardar su imagen, Carlos entendió que su hijo pequeño necesitaba estar más protegido y rodeado de personas que lo cuidaran.
Además de intentar pasar más tiempo juntos, decidió que cuando él no estuviera en Highgrove, Harry no se instalaría allí, sino en casa de amigos de Carlos y, sobre todo, en la casa de los padres de Tiggy, su antigua niñera, en Gales. Estar con personas que lo querían y lo mantenían ocupado ayudó a que Harry se calmara y durante un tiempo dejó de meterse en líos. Hubo otra gran ayuda: Harry se apuntó a los cadetes militares en Eton. El entrenamiento militar, la disciplina, el rigor y la camaradería dieron un nuevo sentido a su vida.
Desde la distancia, Isabel también tomó medidas. Desde luego estaba furiosa con el comportamiento irresponsable de Harry —y se lo hizo saber—, pero ya no podía más con las maniobras de Bolland. Este entendió que era mejor irse antes de que las cosas fueran a mayores y pocas semanas después del escándalo se anunció que Bolland dejaba el equipo del príncipe para fundar su propia empresa de relaciones públicas.12 Carlos y Camila, se dejó claro, iban a seguir siendo clientes suyos (y durante un tiempo lo fueron).
La reina también ordenó que se mejorara la imagen de su nieto, a quien la prensa y el público ya estaban poniendo apodos despectivos. Así, en septiembre de 2002, el día de su dieciocho cumpleaños, el príncipe puso rumbo al hospital infantil Great Ormond Street en Londres, una de las instituciones que su madre más había apoyado.13 Demostrando que había heredado el carisma de Diana, Harry se mostró cercano, hizo reír a los niños e incluso bromeó con los fotógrafos. Ante los periodistas, pidió perdón por su afición al alcohol: «Fue un error y he aprendido la lección». No sería la última vez que tuvo que entonar el mea culpa.

En la universidad de St. Andrews, la amistad entre Kate y Guillermo iba a tomar otro cariz. Guillermo la seguía viendo como a una buena amiga, pero esta impresión cambió repentinamente cuando, en marzo de 2002, ella participó en un desfile de modas para recaudar fondos para una causa benéfica. Kate seguía siendo la chica tímida y bastante insegura de su adolescencia, y no se creía especialmente guapa o atractiva, pero esa noche se demostró a sí misma y a los demás lo equivocada que estaba. Apareció en la pasarela con ropa interior negra sobre la que llevaba una corta capa transparente. A Guillermo se le cayó la baba y no pudo dejar de comentar: «Wow, Kate está buenísima». Tras el desfile, intentó besarla; ella lo rechazó. Kate seguía saliendo con otro y no quería dar la imagen de ser fácil.
Pero Guillermo no se rindió y siguió cortejándola. Al cabo de unos mees, cuando ella rompió con su novio, el príncipe aprovechó para volver a besarla. Esta vez, ella le dejó. Al cabo de unos meses, ya vivían juntos con unos amigos en una casa de dos pisos que alquilaron fuera del campus. Eran cuatro en total: Kate, Guillermo, Fergus Boyd —un amigo de Guillermo de Eton— y Olivia Bleasdale. Por primera vez en su vida, el príncipe tuvo que ir regularmente al supermercado y se hizo cargo de la limpieza algunos días. Kate y Guillermo nunca salían juntos de casa y nunca se les veía cogidos de la mano, pero no había duda de que su relación avanzaba a pasos agigantados. Tanto, que en 2003, Guillermo fue invitado a pasar unos días en la casa de los padres de ella en Bucklebury. Acostumbrado como estaba a un ambiente familiar tenso y repleto de formalismos, los Middleton le parecieron una bendición. Sin duda, era un hogar de postal, con los hermanos llevándose bien, los padres encantadores y todos comiendo y cenando juntos sin ninguna clase de protocolo. Guillermo se llevó muy bien enseguida con Carole, pero sobre todo congenió con Michael, a quien con los años acabaría queriendo como a un padre.
A Kate se la veía enamorada y feliz, pero el romance pronto pasaría por fuertes baches. Uno de los peores tuvo lugar en 2003, en la fiesta en Windsor por el veintiún cumpleaños de Guillermo. El príncipe había optado por una fiesta de disfraces con el tema Memorias de África, la película de Meryl Streep. La prensa no se fijó en Kate, pero sí en Jecca Craig, que también estaba en la lista de invitadas y fue sentada al lado de Guillermo. Algunos tabloides no tardaron en publicar que ambos habían retomado su romance, cosa que no era cierta —ella tenía novio y él estaba con Kate—. Kate montó en cólera y, en un gesto sin precedentes, Guillermo ordenó a palacio que se hiciera público un comunicado negando la relación.
En cuestión de meses, el amor entre Kate y Guillermo volvió a consolidarse y ambos decidieron mudarse a otra casa, esta vez ellos dos solos. Escogieron un cottage rodeado de un gran jardín y rodeado de una pared de piedra que garantizaba su intimidad. En invierno, se fueron juntos a esquiar a los Alpes suizos. Guillermo, creyendo que no los estaba viendo nadie, la abrazó tiernamente mientras esperaban un telesilla. Pero un fotógrafo estaba al acecho y las imágenes salieron pronto en The Sun. Toda Inglaterra se enteró de que el príncipe tenía novia. A partir de ese momento, ya nada sería lo mismo para Kate: los fotógrafos no pararon de perseguirla, cada movimiento fue registrado, cada gesto analizado. Se escudriñó su vida y la de sus padres y abuelos hasta la saciedad. Sin embargo, a pesar de la presión, Kate mantuvo la cabeza fría y ni se dio aires de princesa ni se escondió en su casa.

El año 2003, Harry acabó con gran dificultad sus estudios en Eton. Si bien su padre hizo un comunicado donde decía que «estaba muy orgulloso», la verdad era que sus notas finales no eran lo suficientemente buenas para pensar en la universidad. Pero el joven no tenía ninguna intención de seguir en los pupitres: tenía la vista puesta en la academia militar de Sandhurst.
No obstante, no podía entrar hasta que no tuviera veinte años, por lo que él también decidió tomarse un año sabático. Como su hermano años antes, probó a convencer a su padre de que le dejara ir a Argentina a jugar al polo, pero nuevamente Carlos se negó. Otra vez, el príncipe de Gales tuvo que diseñar las actividades formativas: Harry primero iría a Australia a trabajar en una granja de caballos y luego pondría rumbo a Lesoto, el país con mayor tasa de sida de África.
Antes de partir, Harry disfrutó de unas cuantas fiestas con amigos donde el alcohol volvió a fluir de lo lindo. La prensa no tardó en escribir nuevos artículos críticos y Carlos montó a su hijo en un avión rumbo a Sídney. Pero en cuanto aterrizó en Australia las cosas fueron de mal en peor. Los australianos se quejaron del enorme coste del viaje, el movimiento republicano aprovechó para criticar a la Corona y los fotógrafos no lo dejaron en paz. Afortunadamente, en Lesoto fue diferente. De hecho, aquel pequeño y remoto país africano cambiaría su vida para siempre.
No era para menos. Harry fue voluntario en un precario orfanato y supo que había miles de niños huérfanos en el país por culpa del sida. Un caso en concreto lo impactó sobremanera: en el país existía la creencia absurda de que si se penetraba a una bebé el sida se curaba y Harry conoció a una niña de tan solo diez meses que había sido violada por su padrastro. Testimonios como aquel y otros tantos hicieron que quisiera ayudar. Rodó un documental y, en cuanto regresó a Londres, convenció a su padre para que le dejara crear una asociación para ayudar a aquellos niños. El resultado sería Sentebale, una palabra que significa «no me olvides».
La prensa, obviamente, dio buena cuenta de lo mucho que había cambiado Harry. Un equipo de filmación fue hasta Lesoto para grabar al príncipe jugando con los niños del orfanato y las tiernas imágenes ayudaron a rebajar la idea de bala perdida que se tenía en Gran Bretaña.
África fue muy importante para Harry por otro motivo: después de estar unos meses en Lesoto puso rumbo a Sudáfrica, donde conoció a una chica rubia, guapa, inteligente y muy especial. Su nombre era Chelsy Davy. Chelsy, educada en Inglaterra en el exclusivo internado de Stowe, era hija de un hombre de negocios que poseía una de las mayores extensiones de terreno de Zimbabue y organizaba safaris. Harry se enamoró de ella al instante: era divertida, aventurera, muy atractiva y le encantaba África. Ambos se empezaron a ver con frecuencia —lo que implicó largos viajes en avión— y, al cabo de unos meses, la prensa dio la noticia en portada.

El hecho de que sus hijos tuvieran oficialmente novias hizo que la prensa presionara más a Carlos sobre su relación con Camila. En el año 2004, el príncipe dio un paso decisivo y en su informe anual de gastos reconoció que pagaba dos secretarias a Camila.14 Sin embargo, se dejó claro que no había boda en el horizonte y la verdad era que Carlos estaba bien como estaba.
Pero Camila no siempre se sentía cómoda siendo simplemente la «acompañante» del príncipe. En muchos actos era colocada en la última fila y, cuando acudían a celebraciones familiares de amigos, como bodas o entierros, en vez de sentarla al lado de Carlos, la enviaban al fondo. Carlos se daba cuenta de que Camila se lo tomaba como un desprecio y en un intento por solucionar la situación, acabó cediendo y habló abiertamente con sus asesores sobre una eventual boda.
Aunque era impensable una celebración de alto copete, Carlos quería no obstante una ceremonia religiosa en una iglesia y la verdad es que lo hubiese podido hacer porque la Iglesia de Inglaterra reconoce que los divorciados pueden volver a pasar por el altar. Pero a Buckingham la mera posibilidad le puso los pelos de punta: muchas personas creyentes no lo verían con buenos ojos y otros tantos se podrían sentir ofendidos. Se optó pues por una ceremonia civil y un posterior servicio de «rezo y dedicación», una especie de acto de bendición.
Carlos tuvo que pedirle permiso a su madre. Según la ley de matrimonio de la realeza de 1772, nadie de la familia real puede casarse sin el consentimiento expreso de la soberana. Carlos aprovechó las Navidades en Sandringham para sacar el tema. A Isabel no le quedó más remedio que aceptarlo: a pesar de que le hubiera gustado que no se hubiese producido semejante unión, ella también entendía que era mejor clarificar la situación. En los últimos años había permitido que Camila apareciese, aunque muy discretamente, en algún acto de la monarquía —como los conciertos que se organizaron por el Jubileo de Oro— y sabía bien que las encuestas demostraban un apoyo mayoritario del pueblo británico a la boda.
Con el beneplácito de su madre, Carlos le pidió a Camila en la nochevieja que se casara con él. Fue en Birkhall, el lugar donde tantas veces se habían refugiado. Siguiendo la tradición, él se puso de rodillas y le regaló una preciosa sortija de estilo art déco que había pertenecido a la reina madre.

Carlos comenzó de la mejor de las maneras el año 2005, pero pronto se le borraría la sonrisa del rostro. A principios de enero un gran amigo de sus hijos organizó una fiesta de disfraces para celebrar su cumpleaños. Saltándose toda noción de corrección política, el tema que propuso fue «colonos y nativos». Los hermanos Windsor se fueron juntos a comprar los trajes: Guillermo optó por un disfraz de leopardo y Harry se decantó por una copia del uniforme que había llevado el general nazi Rommel en su campaña del norte de África. Incomprensiblemente, ni ellos, ni sus asesores pensaron que aquello era una pésima idea, sumamente ofensiva.
Alguien tomó una foto y la vendió al periódico The Sun. La portada con Harry portando una esvástica en el brazo dio la vuelta al mundo. Esta vez su padre se quedó sin palabras y la reina se mostró, una vez más, furiosa. Palacio hizo público inmediatamente un comunicado donde el joven príncipe pedía perdón y reconocía que su elección no había sido la más atinada. Pero no fue suficiente: seis días después de la publicación se cumplieron sesenta años de la liberación de Auschwitz y muchas asociaciones judías y otras tantas de memoria histórica exigieron un castigo severo.
La reina no solo sometió a su nieto a una épica reprimenda, sino que lo obligó a no dar más escándalos en los meses venideros. Se habían acabado las fiestas, las discotecas y el alcohol. El príncipe se pondría a trabajar en una granja de cerdos hasta que empezara su entrenamiento en Sandhurst.

La familia real pensó que la controversia se calmaría una vez Carlos y Camila anunciaran su compromiso. De manera muy romántica, la pareja pensó en hacerlo público el día de San Valentín, pero un descuido de Downing Street precipitó los acontecimientos. La reina tuvo que llamar al primer ministro para informarle de antemano y alguien se debió ir de la lengua, porque cuatro días antes de la fecha señalada, los periódicos ya lo llevaban en portada. A Carlos y Camila no les quedó más remedio que adelantar el anuncio. Ambos estaban en Windsor en un evento de gala con expertos en medioambiente cuando aprovecharon para aparecer delante de los fotógrafos.
A partir de ese momento, la maquinaria de palacio se puso en marcha. No, se explicó, Camila no usaría el título de princesa de Gales (al que tenía derecho), sino que sería conocida como duquesa de Cornualles. No, cuando Carlos se convirtiese en rey, ella no sería reina (aunque legalmente le correspondiera) y usaría el título de princesa consorte. Sí, ambos seguirían viviendo en Clarence House, la residencia donde Carlos se había instalado tras la muerte de su abuela.
La pareja se hubiese querido casar en un salón de Windsor, pero una consulta a varios expertos desveló que semejante posibilidad hubiese forzado al palacio a acoger bodas de cualquier ciudadano que lo requiriese durante tres años. Descartado un salón noble, se optó por una ceremonia en la pequeña alcaldía de Windsor, un edificio sin ningún interés. La reina, obviamente, como jefa de la Iglesia anglicana, no podía participar en una ceremonia semejante. Por no decir que seguramente no le gustó la idea de un enlace civil en una desangelada sala de un ayuntamiento pequeño, como si Carlos no fuera el heredero al trono de Inglaterra, sino un ciudadano cualquiera.
Carlos tuvo mala suerte hasta el final. La ceremonia estaba prevista para el 8 de abril, pero el día 2 murió el papa Juan Pablo II y el Vaticano anunció que el día 8 sería el gran funeral en la basílica de San Pedro. A regañadientes, Carlos tuvo que posponer su boda y asistir al entierro. De prisa y corriendo se tuvo que mover todo veinticuatro horas, lo que significaba que Isabel no podría ver una de sus carreras de caballos favoritas, el Grand National.
Finalmente, el gran día llegó. A las doce y media, la pareja llegó al ayuntamiento de Windsor en el Rolls Royce Phantom VI de la Corona. Él llevaba chaqué; ella, un precioso vestido y abrigo blanco diseñado por Anna Valentine con un sombrero de Philip Treacy a juego. Tan solo veintiocho familiares, entre ellos los hijos de Carlos y de Camila, estaban esperándolos en una sala conocida como la Ascot room. Después de una ceremonia de veinte minutos, ambos salieron cogidos del brazo.
Por la tarde hubo un gran servicio religioso en la capilla de San Jorge en Windsor con ochocientos invitados, incluida la familia real al completo y Andrew Parker Bowles, el exmarido de Camila. Curiosamente, Isabel apareció vestida de blanco, un privilegio que tendría que haber reservado a la novia —la cual, para la ceremonia religiosa optó por un vestido de crepé azul sobre el cual llevaba un abrigo de shantung—. La elección del color generó ríos de tinta y Buckingham se afanó en explicar que: primero, la novia no iba de blanco, sino de azul, con lo que la reina podía llevar un discreto color crema y, segundo, que la reina quiso un color discreto para no eclipsar. A nadie le acabó de convencer: la reina parecía que enviaba el mensaje de que aquello le parecía una pantomima que no se tomaba en serio. La verdad, sin embargo, no se sabrá nunca.

Isabel tuvo el consuelo de que, al menos, todo parecía encarrilado. Carlos había dejado atrás su vida de escándalos maritales, Harry iba a entrar en Sandhurst pronto y Guillermo estaba a punto de graduarse en St. Andrews.
Guillermo, además, seguía en su relación con Kate Middleton, a quien comenzó a introducir en su mundo. La invitó a Highgrove y también a cacerías en Sandringham. Su abuela estuvo por supuesto al corriente de todo lo que pasaba y, para no repetir errores del pasado, esta vez se aseguró personalmente de que la pareja pudiera disfrutar de privacidad. Mandó reformar un cottage que había en la finca de Balmoral y le dio a su nieto las llaves cuando estuvo listo.
Desde luego, aquello parecía una vida idílica —y en muchos aspectos lo era—, pero era demasiado intenso y progresaba demasiado rápido. Guillermo comenzó a agobiarse y empezó a salir con más frecuencia con sus amigos. Incluso se fue de crucero por Grecia sin su novia. Pronto le llegaron a Kate rumores de posibles infidelidades. La relación entre ellos se enfrió y en las semanas siguientes apenas coincidieron. Pero de nuevo, al cabo de unos meses volvieron a estar juntos y Kate fue invitada a la fiesta de cumpleaños de Carlos en Highgrove.

El jueves 7 de julio de 2005, cerca de las nueve de la mañana, en plena hora punta, tres bombas explotaron en el metro de Londres. Casi una hora más tarde, otra bomba explotó en un autobús en la plaza Tavistock. Cincuenta y seis personas murieron y setecientas resultaron heridas. Eran las explosiones que más muertes habían causado en Londres desde la Segunda Guerra Mundial.
Isabel ordenó que se pusiera la bandera de Gran Bretaña a media asta en Buckingham y que se preparara su visita a hospitales. Al día siguiente de los atentados, el día 8, la reina fue al hospital Royal London, donde se la vio hablar con los pacientes y agradecer el trabajo a los servicios de emergencia. Contrariamente a lo que se hubiese hecho años antes, se dejó que los micrófonos grabaran lo que decía la soberana a los médicos y a las enfermeras. En una sala del centro sanitario, Isabel dio un sentido discurso donde, en vez del típico lenguaje diplomático y superficial, habló con una contundencia inusitada: «Aquellos que perpetran actos brutales contra población inocente deben saber que no cambiarán nuestro estilo de vida».
Isabel había demostrado que había aprendido la lección y que, ante una tragedia, ahora Buckingham sabía responder de manera rápida y eficiente.

Después de graduarse, a Guillermo le esperaban unos meses de formación como príncipe y luego el ejército. Pasó varias semanas en la City de Londres conociendo instituciones financieras, hizo de voluntario varios días en Centrepoint, la asociación en defensa de los jóvenes sin hogar que tanto había apoyado Diana, fue a visitar hospitales infantiles y trabajó un mes en una granja.
El 8 de enero de 2006 comenzó su entrenamiento en la academia de Sandhurst. Kate, mientras tanto, se divertía disfrutando de una increíble vida social: tras licenciarse en St. Andrews con una tesis sobre la fotografía de Lewis Carroll, se esperaba que se dedicase al mundo de la fotografía —se rumoreó que sería becaria con Mario Testino— o que comenzase a trabajar en una galería de arte contemporáneo. Ofertas, desde luego, debió recibir bastantes. Pero ella prefirió dedicarse a estar disponible para viajar a lugares remotos o a ir de fiesta. Entre semana vivía en Londres en un piso que le compraron sus padres, acudía a las principales fiestas de sociedad y se la veía en las mejores bodas de la aristocracia. Algunos la recibieron con los brazos abiertos; otros, bastante snobs, la insultaron sin piedad por sus orígenes de clase media. Algunos amigos de Guillermo, en cuanto la veían aparecer, comenzaban a chillar: «Doors to manual», una burla a la profesión de azafata de su madre. Kate ponía buena cara, pero aquellas bromas de pésimo gusto le dolían.
Tuvo que aguantar desplantes y también las continuas intromisiones de la prensa, que no la dejaba libre ni un segundo. La apodaron «Waitie Katie», algo así como «Kate la que solo está esperando», en referencia a que solo parecía tener como objetivo en la vida que Guillermo se le declarase.
Buckingham, consciente de que esta vez no podía repetir los errores que cometió con Diana, comenzó a tomar cartas en el asunto. No la dejaron sola, la asesoraron sobre cómo comportarse frente a las cámaras y recibió protección policial en algunos eventos a los que asistió. Según la periodista Katie Nicholls, incluso le pusieron vídeos sobre cómo la prensa había atosigado a Diana en su noviazgo y le indicaron lo que debía hacer y lo que no.15
La reina Isabel observaba desde la distancia cómo Kate se desenvolvía y, a pesar de que reconocía que aquella joven asumía la persecución de los fotógrafos con aplomo, también empezó a preocuparse porque solo se la veía en fiestas. «¿En qué trabaja?», preguntaba constantemente, sin que nadie supiera qué contestar. A la soberana le inquietaba que, después de todos los esfuerzos que ella había tenido que hacer para que la monarquía pareciese útil y relevante, ahora las nuevas generaciones fueran a dar al traste con todo el trabajo hecho por sus ganas de divertirse. Quería que Kate encontrase un trabajo a tiempo completo y que comenzara a ayudar en alguna ONG, pero no con temas que la pudieran relacionar con Diana. Isabel prefería que se la viera defendiendo los derechos de los animales o con temas deportivos.
Kate, consciente de los comentarios de la soberana, se buscó enseguida una ocupación: empezó a trabajar a tiempo parcial en Jigsaw, una cadena de ropa, en el departamento de joyas y complementos. Básicamente se encargaba de comprar accesorios para las colecciones. No era un puesto de alto nivel intelectual, pero le permitía ocupar su tiempo.
Isabel también empezó a preguntar discretamente a sus asesores sobre las posibilidades de que aquella relación desembocara en algo más. La prensa no paraba de especular sobre una fecha de boda y había cábalas sobre cuándo se haría público el compromiso oficial. Tanta presión mediática acabó por afectar a Guillermo y en un encuentro con su abuela le reconoció que no estaba seguro de si todo aquello era lo que realmente quería. Era demasiado joven, le explicó, y no tenía previsto casarse aún. De hecho, estaba teniendo otra de sus crisis de agobios y sentía que se ahogaba en su relación con Kate. Su abuela lo escuchó pacientemente y le recomendó que se tomara el tiempo que necesitara. Esta vez, palacio no pensaba presionar a nadie para acabar en el altar.
