La Reina

La Reina


25 Kate Middleton

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El 2 de septiembre de 2006, en el Festival de Venecia se visionó por primera vez la película The Queen, La reina, protagonizada por Helen Mirren y dirigida por Stephen Frears. La cinta se centraba en los días posteriores a la muerte de Diana, cuando Isabel se enfrentó a una de las peores crisis de su reinado y el pueblo se volvió en su contra.

A Isabel, sin embargo, al principio no le hizo ninguna gracia que la llevaran a la gran pantalla —y menos con un tema tan sensible como la muerte de la princesa—, y en Buckingham se temió que Helen Mirren, una actriz con claras simpatías republicanas, acabase haciendo una parodia demoledora de la soberana. Pero resultó todo lo contrario: la interpretación de Mirren no solo fue magistral —acabó ganando un Oscar—, sino que por primera vez consiguió explicar las verdaderas motivaciones y tensiones de la reina, una mujer atrapada entre la tradición, el cariño a su familia y las expectativas de una sociedad que había cambiado vertiginosamente.

Isabel exigió a todos a su alrededor que no viesen la película, incluso al primer ministro, pero obviamente todos lo hicieron. Y seguramente ella también debió acabar haciéndolo, porque no hay duda de que aquella película consiguió lo que no habían logrado años de estrategias y de ejercicios de relaciones públicas: humanizarla, hacerla cercana pero sin perder la dignidad. Isabel pasó de ser una figura respetada pero distante a una mujer con la que muchos podían empatizar. El cariño hacia ella se disparó tras el éxito de la película y hoy en día Buckingham reconoce que Helen Mirren ha sido una de las personas que más ha hecho por ayudar a la reina y salvar la Corona.

Guillermo y Kate estaban distanciándose. Cuando Guillermo iba a Londres de permiso, en vez de quedar con Kate se iba de juerga con sus amigos a los clubs de moda. Otra vez a Kate le llegaron comentarios de que se había visto a Guillermo flirteando con otras y en los periódicos aparecieron portadas no excesivamente halagadoras del príncipe bebiendo y ligando con mujeres. Finalmente, a principios de abril de 2007, la llamó por teléfono mientras ella estaba trabajando y le dijo abiertamente que quería romper. Kate se hundió entre lágrimas; él se fue de fiesta.

A Kate, no obstante, las lágrimas le duraron poco. Demostrando que a pesar de su exterior tímido y apocado, por dentro estaba hecha de hierro, tomó cartas en el asunto y le dio la vuelta a la situación con sorprendente agilidad. En cuestión de días era ella la que estaba bailando y ligando descaradamente en discotecas vestida con trajes entallados y bastante cortos. Fotos de ella muy sonriente y con vestidos muy sexis comenzaron a aparecer continuamente en las revistas. Eso por la noche: durante el día dejó el trabajo en Jigsaw y se unió a un grupo de amigas que estaban organizando una regata para recaudar fondos para beneficencia.

Pronto Guillermo se dio cuenta de que la echaba de menos y empezó a llamarla al cabo de pocas semanas. En julio, Kate fue vista en el concierto multitudinario que Guillermo y Harry organizaron en memoria de su madre con motivo del décimo aniversario de su muerte. En enero de 2007, los tabloides ya daban por hecho que eran de nuevo una pareja. Un día en que tomaba el té con su abuela, Guillermo le confirmó que habían vuelto. «Oh, es una noticia maravillosa», dijo Isabel. «Parece una chica muy agradable».

Isabel había estudiado cuidadosamente a Kate cuando la pareja rompió y le gustó que ni ella ni su familia hablasen a la prensa. También le gustó que no se derrumbase, aunque al parecer algunos modelos de Kate le parecieron excesivos y poco apropiados para una futura princesa. Lo más importante, sin embargo, era que Guillermo iba a sentar cabeza: a Isabel le estaba molestando la pésima imagen que estaba dando su nieto con tantas salidas, borracheras y ligues con chicas de dudoso gusto. Kate le pareció la perfecta antítesis a tanto desenfreno.

Isabel pidió conocer a la novia de su nieto y se decidió que ambas coincidirían en la boda de Peter Philips y Autumn Kelly. De todos los nietos de la soberana, Peter Philips, hijo mayor de la princesa Ana, un tipo simpático, humilde, gran deportista y con madera de líder, es sin duda su favorito y también el de Felipe. Por expreso deseo de su madre, ni Peter ni su hermana, la ecuestre olímpica Zara, tienen títulos reales ni equipos de protección. Sus vida son normales, sin lujos excesivos y bastante alejadas de las cámaras. Quizás por ello, escogieron a sus parejas entre personas totalmente alejadas de la aristocracia. Zara acabaría casándose con un jugador de rugby y Peter, con la guapa canadiense Autumn, una chica de clase media que conoció a Peter en el Gran Premio de automovilismo de Canadá.

Tanto Kate como Chelsy fueron invitadas a la boda e Isabel aprovechó para saludarlas. Kate explicaría años más tarde que la soberana le pareció muy simpática.

Con semejante espaldarazo de la soberana, parecía que ya no había marcha atrás en la relación entre Kate y Guillermo. Lo que significaba que la prensa comenzó a husmear en su pasado y a atosigarla, no solo a ella, sino también a sus padres y a sus hermanos. Carole Middleton tuvo que aguantar que la tildaran de vulgar por mascar chicle con la boca abierta y por decir toilet en vez de loo, un pecado al parecer imperdonable entre las clases altas británicas. También la acusaron de explotar la relación de su hija para ganar dinero —Party Pieces tenía platos y utensilios para fiestas infantiles con fotos de príncipes y princesas, lo que a muchos les pareció egoísta—. Fotos de James, el hermano de Kate, en una fiesta de la facultad completamente borracho ocuparon la primera plana de los tabloides. También el tío Gary Goldsmith, hermano de Carole, tuvo su dosis mediática: la prensa destapó presuntos problemas legales y supuestos consumos de cocaína.16

La pareja, sin embargo, superó todos los envites de la prensa y, esta vez, Isabel les apoyó en vez de pedir una prudencial distancia, como seguramente hubiese hecho en el pasado. Incluso permitió que vivieran juntos en Anglesey, el pueblecito de Gales a donde habían destinado a Guillermo, ahora piloto de helicópteros de la Real Fuerza Aérea.

Tres años después de haber roto, en medio de un viaje por África, Guillermo le pidió a Kate que se casara con él. Se arrodilló y le enseñó el anillo de compromiso de diamantes y zafiro que había pertenecido a su madre.

A estas alturas, Guillermo desconfiaba tanto de las personas que rodeaban a su padre que no les dijo que iba a anunciar su compromiso hasta un par de horas antes de salir delante de las cámaras. Guillermo estaba harto de las maniobras mediáticas de algunos colaboradores de Carlos y sospechaba que había en marcha una campaña para eliminar la memoria de su madre. También creía que muchas de las informaciones en contra de Kate y de su familia podrían haber salido del entorno de Carlos, incluso desconfió de la propia Camila.

Algunos periodistas, como Christopher Andersen, creen que hay algo de razón en las sospechas. Al fin y al cabo, a Camila le estaba costando horrores encontrar su sitio dentro de la familia real y no querría que nadie le hiciera sombra, mucho menos una chica joven y guapa que representaba mejor el futuro de la monarquía. Camila ahora salía al balcón de palacio en las celebraciones anuales del Trooping the Colour y se implicó en organizaciones de caridad, pero todas sus apariciones eran de perfil bajo y sus actos públicos, sumamente discretos. Este periodista también aseguró que, aunque a Carlos le caía bien y la veía como una influencia positiva en Guillermo, Camila consideraba a Kate «mona pero sosa», aunque esta frase no se ha podido corroborar.17 Ni se podrá corroborar nunca.

Sea como fuere, la boda de Kate y Guillermo marcó un antes y un después: todo fue diseñado para volver a relanzar a la familia real por la puerta grande o, en su caso, por la abadía de Westminster. Las últimas bodas de la familia habían sido casi íntimas para los parámetros de la monarquía, pero en esta ocasión Buckingham quería una gran puesta en escena para decir alto y claro que la familia real inauguraba una nueva etapa. Y lo consiguieron: con más de mil periodistas acreditados y más de tres mil millones de telespectadores en todo el mundo, la boda atrajo la mayor audiencia desde el funeral de Diana. Los Windsor volvían a estar de moda.

La mañana del 29 de abril de 2011, Isabel y Felipe salieron de Buckingham visiblemente felices. La reina vestía un vestido con abrigo a juego diseñado y cosido por Angela Kelly en crepé de lana en un color que en inglés se conoce como primrose y que en castellano se traduce como amarillo claro, aunque sería más acertado decir amarillo de primavera, porque se asocia al nacimiento de un nuevo día. De hecho, Buckingham explicó que los pliegues de la parte superior del vestido querían significar los rayos del sol. Es decir: era un mensaje subliminal para indicar que comenzaba una nueva era donde el sol brillaría.

La novia no pasó la noche de antes de su boda en un palacio, sino en un hotel, el lujoso Goring. Tampoco fue a la abadía de Westminster en carruaje, como era tradición, sino en el Rolls-Royce Phantom VI de la Casa Real. Al bajar del coche, se desveló el secreto mejor guardado: el traje, diseñado por Sarah Burton para la firma británica Alexander McQueen. Era un vestido de satén de seda con una amplia falda, un corpiño ajustado de encaje y una cola de tres metros que tendría que haber sido, mínimo, un metro más larga —no llegaría a cubrir los escalones del altar y no quedaría bien en las fotografías del gran día—. Kate llevaba un velo corto y una tiara que le había dejado la reina: la Cartier Halo, una creación que la reina madre le había regalado a Isabel por su dieciocho cumpleaños. Como ramo optó por un discretísimo bouquet compuesto por lirios del valle (la flor favorita de Isabel), mirto (tradicional en todas las novias reales desde los tiempos de la reina Victoria) y jacintos blancos (que simbolizan cariño).

Kate entró en la abadía acompañada de su padre y seguida de su hermana, Pippa, quien se llevó muchas miradas porque llevaba un traje ajustado que dio mucho que hablar en los días siguientes. La novia recorrió el pasillo central con la música «I Was Glad», de sir Hubert Parry, un himno compuesto en 1902 para la coronación de Eduardo VII. Rodeando el pasillo había grandes árboles y más de treinta mil flores.

En el altar la esperaba Guillermo, vestido con uniforme oficial de la Guardia Irlandesa —él hubiese preferido el de la Real Fuerza Aérea, pero su abuela se negó—. A su lado estaba un muy sonriente Harry con el uniforme de los Blues and Royals. En el momento de casarse, además de en marido y mujer, la pareja se convirtió en duques de Cambridge, condes de Stratheam y lord y lady Carrickfergus. En algún momento se les vio nerviosos, pero en general actuaron con gran aplomo y dignidad.

La monarquía tenía nueva pareja de oro. La reina estaba eufórica. En la recepción posterior dijo que todo le había parecido «maravilloso».

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