La Reina

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26 Megxit

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26 Megxit

Los recién casados pasaron su noche de bodas en la suite belga de Buckingham. Al día siguiente tomaron un helicóptero a un lugar desconocido, pero no pudieron estar lejos de Londres demasiado tiempo: la reina les pidió que pospusieran su viaje de novios para poder recibir en palacio al entonces presidente de los Estados Unidos Barack Obama y su esposa, Michelle.

No era la primera vez que la reina recibía a los Obama en palacio. La primera había sido en el 2009, cuando Gran Bretaña acogió una cumbre del G8 e Isabel organizó una recepción en Buckingham para los líderes invitados. El evento acabaría saliendo en todos los periódicos del mundo no por la trascendencia del momento, sino porque Michelle Obama, en un gesto de espontaneidad, abrazó a la reina —o más bien le puso el brazo encima del hombro y la achuchó— y la soberana respondió poniéndole la mano en la espalda a la primera dama, un gesto inaudito.1 La propia Michelle reconoció años más tarde que la reina y ella habían congeniado estupendamente bien y que ambas estaban teniendo una conversación «de chicas» —Michelle se quejó de que los pies le dolían después de llevar tacones todo el día y la reina le dijo que también le molestaban los tacones—.2 Sin embargo, la prensa estuvo días analizando si era una ruptura grave de la etiqueta. Palacio tuvo que dejar claro que no pasaba nada. La monarquía británica había cambiado mucho, insistieron, y ahora era frecuente pasarse el protocolo por el forro.

Además, la reina había dado órdenes de que se tuviera una especial atención hacia los Obama, no solo porque Barack acababa de ganar las elecciones estadounidenses por mayoría absoluta y se había convertido en un icono global, sino también porque Isabel tenía miedo de que, en el fondo, le guardase algo de rencor a los británicos. El abuelo paterno de Barack Obama había sido cocinero del ejército británico en Kenia y había sido encarcelado en 1949 por los ingleses por haber ayudado a un grupo de anticolonialistas. En 2008, una familiar dijo en una entrevista que el abuelo de Obama había sufrido humillantes y sangrientas torturas en prisión, entre ellas palizas a latigazos cada mañana y cada tarde, y retorcimiento de los testículos con hierros.3

No obstante, el matrimonio Obama pareció sentirse muy a gusto en Inglaterra y ambos fueron todo sonrisas con Isabel y el resto de la familia real. Años más tarde, el propio Barack hablaría maravillas de la reina.

Una vez saludados los Obama, Kate y Guillermo se fueron de viaje de novios, luego regresaron al pueblecito de Anglesey y en julio pusieron rumbo a Canadá y a Estados Unidos, su primer viaje oficial al extranjero. Kate demostró tener un aplomo sorprendente, no cometió ni un solo error, lució trajes espectaculares y una sonrisa perenne.

De nuevo en el Reino Unido, y para evitar repetir los errores del pasado, la reina les permitió disfrutar de dos años de libertad —es decir, sin excesivos actos oficiales más allá de alguna aparición esporádica y algún viaje— para que pudieran asentarse en su matrimonio y Kate aprendiera el oficio de princesa lejos de la presión de las cámaras. Isabel no quería más escándalos familiares y Buckingham que surgiera una nueva estrella rutilante que eclipsara al resto de la familia y así dispusieron que Kate aparecería con cuentagotas. Por ello, al principio no se implicó en demasiadas asociaciones benéficas. A pesar de que cada miembro de la familia real apoyaba centenares, ella solo se convirtió en patrona de nueve. En su primer año como royal, Kate solo acudió a treinta y cuatro actos (y la mayoría fueron en su viaje a Canadá).

A pesar de las buenas intenciones, el plan no salió como estaba previsto. La prensa había esperado demasiados años para tener una nueva referente que vendiera miles de revistas tan solo con su imagen en la portada y no tardaron ni un segundo en elevar a Kate a los altares para intentar crear a una «nueva Diana». Muchos entre el pueblo también deseaban que Kate cogiera el testigo de su malograda suegra: querían a una nueva princesa que aunase glamur con una actividad humanitaria incesante a favor de los más desfavorecidos. La conjunción de ambos factores hizo que el nivel de adulación fuese de vergüenza ajena, absurdamente hiperbólico: los titulares iban de «Catalina la Grande» a «la celebridad más glamurosa del planeta» y, por supuesto, «la nueva princesa del pueblo».

Pero tan pronto los periódicos la colocaron en los cielos también la lanzaron sin piedad a los infiernos. Pasado un tiempo prudencial, las críticas hacia Kate comenzaron a arreciar, primero veladamente, luego con un nivel vitriólico que llegó a ser tóxico. De «la princesa del pueblo» pasó a «Lazy Katie», algo así como Kate la gandula. Cada paso que daba era comparado con Diana: si Kate vestía de blanco era porque imitaba a Diana, si lo hacía de rojo era porque imitaba a Diana, si iba a hospitales y se agachaba para saludar a niños era porque imitaba a Diana. Y así sucesivamente.

Que ella también cometiera errores no ayudó: fue fotografiada tomando el sol en topless y su tendencia a llevar faldas anchas hizo que se le volaran en más de una ocasión, sobre todo al bajar de los aviones, por lo que su trasero protagonizó más de una portada.4 «Kate tiene otro momento Marilyn» llegó a ser un clásico en los tabloides. Como en las imágenes no se vio ropa interior, durante meses hubo un debate apasionado en Inglaterra sobre si la futura reina usaba tanga o prefería no llevar nada.

La reina le envió enseguida a su mano derecha, Angela Kelly, para que le enseñara a vestirse como una princesa. Isabel dio órdenes estrictas de que Kate llevase faldas de tubo estrechas, siempre por debajo de las rodillas. De paso también le dijo que no volviese a calzarse las alpargatas de cuñas de corcho que tanto le gustaban —se ve que la reina no podía ni verlas— y que se cortase el pelo —Kate tenía una melena muy densa y larga que acababa tapándole la cara en todos los eventos—.

Los enormes gastos personales de la pareja también fueron objeto de críticas. Siguiendo la tradición, la reina les dio un hogar en Londres —un «apartamento» en el palacio de Kensington de cuatro pisos, veintidós habitaciones y seis dormitorios donde había vivido la princesa Margarita— y una mansión campestre, Anmer Hall, una construcción de diez dormitorios dentro de la finca de Sandringham, en el condado de Norfolk. Según varios periódicos, tan solo arreglar el «apartamento» de Kensington costó entre uno y cuatro millones; acondicionar Anmer Hall se llevó unos cuantos más.5 El enfado de los británicos fue mayúsculo.

Además, en Buckingham comenzaron a darse cuenta de que Kate era calmada y, sin duda, resultaba la persona adecuada para gestionar a Guillermo y su compleja personalidad —seguía con ataques de furia cuando se enfadaba—, pero le faltaba carisma y resultaba sosa, muy aburrida. Sus apariciones eran monótonas y carentes de lustre, totalmente anodinas y demasiado insípidas.

También se dieron cuenta de que no habían sabido escoger bien sus primeras asociaciones benéficas: todo era demasiado calcado de Diana, como los hospitales infantiles y las organizaciones que luchaban contra las adicciones. Kate visitó disciplinadamente almacenes de la Cruz Roja y sitios de voluntariado, pero se la veía incómoda y sin saber qué hacer. Sus dotes de oratoria eran, además, bastante limitadas. Su primer discurso público, en marzo de 2012, en la inauguración de un nuevo hospicio del East Anglia Children’s Hospices, fue un desastre. Estaba tan nerviosa que balbuceaba y casi tartamudeaba, y parecía que en cualquier momento se iba a poner a llorar.

Su marido tampoco parecía tener rumbo fijo. Después de estar en el ejército parecía contento con su trabajo como piloto de helicópteros en el servicio de emergencias médicas, pero luego lo dejó. Quiso dedicarse en cuerpo y alma a la conservación de animales en peligro de extinción —su verdadera pasión desde sus tiempos de voluntario en Tusk—, pero el pueblo le echó en cara que no podía preocuparse tanto por los rinocerontes y tan poco por las familias británicas que estaban pasando por verdaderas dificultades económicas.

La prensa empezó a dedicar artículos demoledores a la pareja: que si eran unos pijos consentidos, que si ella no era inteligente, que si eran gandules épicos, incluso se rumoreó que él, supuestamente, le podría haber puesto los cuernos.

La reina se preocupó porque la nueva generación, como ella la llamaba, no estuviera a la altura o, más bien, en consonancia con los nuevos tiempos. Isabel era consciente de que, en el siglo XXI, el principal enemigo de la monarquía no era el republicanismo —que en el Reino Unido es residual—, sino la indiferencia del pueblo. La Corona tenía que ser relevante, ser vista, formar parte del día a día de los británicos.

A pesar de que ya había cumplido los ochenta y seis años, Isabel estaba obsesionada con que la familia real conectara con las capas más jóvenes de la sociedad y, de manera muy inteligente, estaba adaptando a la Corona a nuevas tendencias culturales. Hacía algunos años, en 2002, cuando celebró su Jubileo de Platino, dejó que el guitarrista Brian May, uno de los fundadores de la banda Queen, tocara el «God save the Queen» con una guitarra eléctrica desde el tejado de Buckingham. Ahora, en 2012, Isabel dio otro golpe de efecto: aprovechando la inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres, gravó un sketch con el actor Daniel Craig haciendo de James Bond. Incluso se dio la sensación de que la reina se había lanzado en paracaídas encima del estadio.

En esta nueva estrategia, la reina contó con un aliado muy poderoso: su nieto Harry. Aunque el público lo seguía viendo como un príncipe gamberro y simpático, sin duda su paso por el ejército había ayudado a mejorar su imagen pública. A diferencia de a su hermano, a Harry se le permitió entrar en combate y fue destinado una temporada a Afganistán en 2008. Un acuerdo de palacio con la prensa permitió que nadie en Fleet Street dijera nada de su paradero, pero en cuanto un rotativo alemán sacó la noticia, el príncipe, muy a su pesar, fue metido en el primer avión de vuelta a Londres.6 Las imágenes de Harry llegando con el resto de oficiales hicieron que muchos en su país lo aplaudieran.

Para que volviese a entrar en combate solo había una posibilidad: que Harry se hiciera piloto de aviones de guerra, un puesto donde era muy difícil que los talibanes lo capturaran. Harry empezó su formación y también comenzó a ejercer como príncipe en actos oficiales. Dada su mala reputación y fama de juerguista, muchos en Buckingham no querían que asumiese la representación de la Corona, pero Isabel insistió. En 2012, aprovechando el Jubileo de Diamante que conmemoraba los sesenta años de la soberana en el trono, Isabel envió a su nieto a un tour por el Caribe con paradas en Belice, las Bahamas y Jamaica. Para sorpresa de muchos, Harry no solo no metió la pata, sino que demostró un carisma descomunal. No había duda de que había heredado la buena relación de Diana con las cámaras: Harry abrazó a niños y a políticos, jugó, bailó, rio e incluso le ganó una carrera a Usain Bolt.7

Pero los escándalos no tardaron en aparecer de nuevo. Aparte de su entrenamiento como piloto en Inglaterra, Harry había pasado una temporada en California y San Diego. En un fin de semana en Las Vegas, fue fotografiado desnudo con una mujer desconocida mientras ambos supuestamente jugaban al strip billiards. En agosto de 2012, las imágenes salieron en una página web estadounidense y, en cuestión de horas, estaban en la portada de medio mundo. De nuevo, Isabel se mostró furiosa por los escarceos subidos de tono de su nieto.

En 2014, el año en que cumplió treinta años, Harry vivió una verdadera transformación. Su etiqueta de playboy y de juerguista quedó sepultada cuando puso en marcha en septiembre de ese año los Invictus Games, una especie de Juegos Paraolímpicos para veteranos de guerra. La idea estaba inspirada en los Warrior Games que se organizaban en Estados Unidos y tuvo un éxito descomunal en su primera edición en Londres. Harry se implicó tanto en la organización que incluso se le vio participar en algunas pruebas, como baloncesto en silla de ruedas o voleibol sentado en el suelo. Su popularidad llegó a cotas altísimas.

Su vida personal también pasaba por un buen momento. Harry había roto hacía años con Chelsy Davy, pero ahora llevaba tiempo saliendo con una actriz en ciernes llamada Cressida Bonas, una aristócrata que le había presentado una de sus primas, la princesa Eugenia, hija de Andrés. Guapa, inteligente, con un pedigrí impecable y una vena bohemia, en principio era la candidata perfecta para convertirse en su esposa —y se dice que Carlos e Isabel estaban encantados con ella—, pero Cressida tenía otros planes en mente: quería centrarse en su carrera y, sobre todo, le horrorizaba la presión y la persecución de la prensa. Acabaron rompiendo a finales de aquel 2014.

Su relación, sin embargo, fue muy importante para Harry. Según la periodista Tina Brown en su libro The Palace Papers, Cressida estaba preocupada seriamente por los brotes de furia de Harry. El príncipe acumulaba desde hacía décadas mucha tensión y rabia y unos niveles de frustración enormes, pero no había buscado ayuda profesional. Fue Cressida quien lo convenció para que fuera a un terapeuta y tomase conciencia de sus problemas de salud mental.8

Tina Brown también asegura que, por aquellos años, los hermanos empezaron a distanciarse y a tener peleas continuas, algunas muy sonadas. Harry tenía envidia de que Guillermo se quedase los mejores patronazgos, sobre todo lo relacionado con la conservación de animales en peligro de extinción, algo que también apasiona a Harry. Por su parte, Guillermo tenía envidia de la popularidad creciente de su hermano entre el público y de que fuera capaz de conectar con las masas con la facilidad con la que lo hacía su madre, Diana. Guillermo odiaba dar discursos y se aburría en muchos actos a los que acudía. Harry tenía un carisma descomunal y una capacidad de comunicación fuera de lo ordinario.

Que la prensa criticara a Guillermo y ensalzara a Harry no ayudó. Muchos analistas llenaron columnas enteras alegando que Harry sería mejor rey. La noticia no le debió sentar del todo bien a Guillermo.

Isabel, normalmente muy preocupada por la situación de sus nietos, esta vez no intervino. Tenía en mente otro tema más importante: el 18 de septiembre de 2014, Escocia iba a celebrar un referéndum de independencia y las encuestas que le pasaba el gobierno aseguraban que el sí y el no estaban peligrosamente ajustados.

En principio, ganase el bando que ganase a ella no le iba a afectar, porque se aceptaba que seguiría siendo reina de Escocia en el eventual caso de una independencia, pero no hay duda de que estaba inquieta y seguía con avidez todas las informaciones que llegaban de la campaña.

En Buckingham se creyó que la noticia del segundo embarazo de Kate ayudaría a mantener la unión con Inglaterra —los duques de Cambridge ya tenían un hijo, Jorge, y ahora estaban esperando a su segunda hija, Carlota—. Pero, por si acaso, Isabel también hizo un movimiento inusual en ella y, aprovechando la salida de la iglesia de Crathie, cercana a Balmoral, dejó que la escucharan diciendo: «Espero que los votantes piensen muy detenidamente sobre el futuro».9 Palacio se afanó a decir que la reina siempre había mantenido su imparcialidad constitucional y que se trataba de una conversación privada, pero a nadie se le escapaba el tono del comentario.

El entonces primer ministro David Cameron hizo comentarios desafortunados al respecto. Dijo que, después de que llamara a la reina por teléfono para anunciarle el resultado final —el no había ganado por los pelos—, ella se mostró más que satisfecha.10

Demostrando de qué fuste estaba hecha, Kate Middleton le fue dando la vuelta a la situación poco a poco. Puede que no tenga un carisma descomunal ni una belleza arrolladora —aunque es muy guapa—, pero su encanto reside, precisamente, en que ella no es una actriz de cine ni quiere serlo: es discreta, agradable y bastante tímida. Además, tiene tesón y mucha disciplina y, sobre todo, aprende muy rápido.

Primero, hizo cambios drásticos en su equipo. Su primera secretaria privada, Rebecca Deacon, una jovencísima experta en relaciones públicas que se incorporó al equipo de Kensington justo después de la boda real, consiguió proyectar una imagen impecable de la duquesa, pero sin demasiado contenido sustantivo, por lo que Kate acabó encasillada en el rol de influencer de moda.

En cuanto Deacon dejó su puesto —aprovechó que se casaba para comenzar un nuevo capítulo tanto personal como profesional—, se colocó a una nueva jefa de gabinete extraordinariamente eficiente que se encargó de estructurarle una imagen mucho más sólida. Su nombre era Catherine Quinn y tenía amplia experiencia ejecutiva de alto nivel en la escuela de negocios Saïd, una de las más prestigiosas del mundo, y en la Wellcome Trust, una de las instituciones caritativas más potentes de Inglaterra. Quinn fue quien la animó para dejar atrás su papel como «sucesora de Diana» y se centrara en liderar proyectos ambiciosos en temas que para Kate eran importantes. Además, en vez de con estrellas de Hollywood, cantantes o diseñadores de moda, la duquesa tenía que empezar a dejarse ver en reuniones ejecutivas con profesionales de la salud pública. Sus reuniones tenían que empezar a tener objetivos claros y, sobre todo, ejecutivos.11

Con su ayuda, Kate empezó a centrarse plenamente en la defensa de la salud mental y consiguió que su marido y su cuñado trabajasen juntos con ella, una iniciativa que hizo que los hermanos dejaran momentáneamente sus diferencias de lado. Kate empezó a visitar organizaciones de salud mental, a apoyar iniciativas y, gracias a la ayuda de Harry, grabó unos cuantos vídeos divertidos que dejaban atrás su casposa estrategia de comunicación y apostaban por un estilo mucho más fresco, moderno y dinámico.

En 2016, los tres, Kate, Guillermo y Harry, lanzaron Heads Together, una muy ambiciosa iniciativa para que los británicos empezaran a hablar sin miedo de su salud mental y recibieran el apoyo necesario de profesionales para tratar sus problemas. Era la primera vez desde los tiempos de Diana que miembros de la familia real emprendían una cruzada semejante para luchar contra un estigma tan enraizado, pero pronto comenzaron a verse resultados: el tema de la salud mental está ahora en todas las agendas políticas y muchas personas hablan abiertamente sobre ella.

Ese 2016 Isabel se enfrentó a uno de los momentos políticos más difíciles de su mandato: el referéndum sobre el Brexit, la pertenencia del Reino Unido a la Unión Europea. La campaña alcanzó un punto muy tenso y ambas posturas llegaron a estar muy enfrentadas. En medio de la tensión, el tabloide The Sun lanzó en marzo un sorprendente titular: «La reina apoya el Brexit».

Al parecer, el tema se habría originado cuando en medio de un almuerzo privado con políticos en Windsor la reina le dijo a Nick Clegg, entonces viceprimer ministro, algo así como «no entiendo por qué no podemos irnos. ¿Cuál es el problema?».12 Clegg dijo que no se acordaba de semejante conversación y Buckingham se quejó de inmediato, pero la controversia estaba servida. Para muchos, la reina se había saltado la neutralidad de la Corona.

En abril, la monarquía parecía que daba otro paso en el referéndum, pero en el sentido contrario. El matrimonio Obama fue a Londres para apoyar sin reservas los esfuerzos anti Brexit: en sus discursos, el presidente Obama diría que «la relación especial entre ambos países estaría en peligro» y aseguró que Estados Unidos tendría que poner al Reino Unido a la cola.

En Downing Street se sabía que los jóvenes tendrían un peso decisivo para decantar la balanza a favor del no, pero los estudios de opinión demostraban que los jóvenes no se estaban movilizando en la campaña y que no tenían demasiadas ganas de acudir a las urnas. Casualmente, se decidió que los Obama cenarían en el palacio de Kensington con Kate, Guillermo y Harry, algo inaudito.

Pero sirvió de poco: tras una carrera contrarreloj y por un margen increíblemente ajustado, los partidarios del Brexit ganaron. No se sabe qué reacción exacta tuvo la reina, pero sí que enseguida palacio movilizó todo su arsenal para asegurar que la Corona haría todo lo posible para que las relaciones con Europa siguieran siendo constructivas. Monarcas europeos fueron invitados rápidamente a Londres y se programaron viajes de estado de los duques de Cambridge y el príncipe Harry por varios países europeos.

Lo que sí se sabe es que a la reina le sorprendió, y seguramente le molestó, la mala imagen que dieron los políticos justo después del referéndum. Era como si en Downing Street reinase el caos. No solo hubo una sucesión de primeros ministros y de elecciones precipitadas, sino que se dio la impresión de que nadie sabía exactamente cómo salir realmente de Europa. A Isabel le acabaría indignando aquel espectáculo y en más de una ocasión preguntó a sus primeros ministros por qué no se avanzaba más rápido en las negociaciones con Bruselas.

Lejos del torbellino político, Harry iba a vivir en aquel 2016 su particular terremoto personal: en julio, conoció a la mujer que le cambiaría la vida, una actriz estadounidense llamada Meghan Markle.

Markle, de treinta y cuatro años por entonces, no era famosa —el propio príncipe reconocería que nunca había oído hablar de ella—, pero trabajaba en una serie de televisión, Suits, que estaba consiguiendo buenas cifras de audiencia. Tampoco se podía decir que su palmarés fuera muy esmerado: a pesar de que había comenzado a trabajar muy joven, no había conseguido ningún rol de gran impacto y, más allá de su papel de Rachel Zane, una ambiciosa mujer que quiere llegar a ser abogada, tan solo había salido en algún capítulo aislado de CSI y de Fringe, y en alguna película de bajo presupuesto.

Pero lo que le faltaba en currículum lo suplía en ambición. No había duda de que era disciplinada, tenaz y que tenía una fuerza de voluntad hercúlea. Tampoco había ninguna duda de que quería triunfar —y no hay nada de malo en ello—. Además de su carrera como actriz, había probado suerte como bloguera: había impulsado un blog llamado The Tig donde promocionaba moda, cosméticos, vida sana y muchos viajes al extranjero. De nuevo, aunque le iba bien y atrajo bastantes lectores, no la catapultó. Tampoco su trabajo humanitario la hizo conocida: Meghan se había implicado con ONG, había viajado a Ruanda y había dado un par de discursos potentes sobre los derechos de las mujeres —uno de ellos, en la ONU—, pero no acababa de saltar al estrellato.

Meghan no desaprovechaba ninguna oportunidad para conseguir seguidores y en el verano de 2016 se fue a Inglaterra para ver jugar a su amiga la tenista Serena Williams y establecer contactos con varios periodistas destacados. Una amiga suya —no se sabe quién, pero se cree que pudo haber sido la jefa de relaciones públicas de Ralph Lauren, Violet von Westenholz— conocía a Harry y les propuso una cita a ciegas en el Townhouse de Dean Street. Harry reconocería que se quedó sin palabras al verla por primera vez: no solo era increíblemente atractiva, sino que, como él, tenía una marcada vena humanitaria.

Ambos hablaron de sus viajes a países africanos y de cómo cambiar el mundo. Al día siguiente, se volvieron a ver. Harry le dijo que debían pasar unas vacaciones juntos en África. Al cabo de un par de semanas estaban rumbo a Botsuana.

Harry explicó que fue en aquellos cinco días en África donde se dio cuenta de que era la mujer de su vida. De regreso a Londres, le comentó a su hermano que había conocido a la persona con la que quería casarse. Guillermo, lejos de estar feliz por su hermano, reaccionó con lógica cautela. Harry y ella apenas se conocían, nadie sabía quién era Meghan exactamente, por no decir que Harry tenía tendencia a enamorarse demasiado rápido de la primera mujer que pasaba por delante.

Pero Harry esta vez tenía razón: Meghan era realmente diferente a las demás. Al menos, en el sentido de que consiguió tocarle una fibra sensible. El príncipe era tan carismático como inseguro y no tenía un objetivo claro en la vida —había dejado el ejército y, más allá de los Invictus Games, no sabía a qué dedicarse—. La mayoría del tiempo se aburría y se sentía solo y marginado por la Corona. Meghan le empezó a hablar de convertirse en un humanitario global, recoger realmente el testigo que había dejado su madre y salvar la vida de millones de personas en el mundo. De aprovechar su fama para convertirse en el hombre más solidario del planeta. Demasiado tentador como para decir que no: Harry vio de repente el cielo abierto, las estrellas y los astros alienados.

De ahí que la pareja consolidara su relación a pasos agigantados. Pasaron días en el Soho Farmhouse de Oxforshire y en el palacio de Kensington. Él voló unas cuantas veces a Toronto, donde ella rodaba la serie. Según ellos mismos desvelaron, nunca pasaron más de dos semanas sin verse. Ambos quisieron ver en aquella unión la culminación de sus más íntimos deseos: él por fin iba a rendir el sentido homenaje a su madre que siempre había deseado; ella iba a interpretar el papel de su vida, una mezcla entre Angelina Jolie y Grace Kelly, la perfecta humanitaria con tiara de diamantes.

Desde fuera, desde luego, la estampa no era tan idílica: muchos en palacio creían que Meghan era una trepa obsesionada por triunfar a cualquier precio; algunos amigos de Harry la vieron excesivamente ambiciosa y controladora. Guillermo llegó a estar tan aterrado que se enfrentó a su hermano. La relación entre ambos ya no era buena y aquello no hizo más que apartarlos. Por lo que se ha explicado en varios libros, entre ellos el de Tina Brown anteriormente citado y Battle of Brothers, de Robert Lacey, Guillermo y Harry acabaron a chillido limpio.13

Carlos intentó mediar y también Isabel. Irónicamente, ambos aprobaron a Meghan desde el principio. Creían que a Harry le iría bien una esposa que lo apoyase y Meghan parecía dispuesta a aceptar el precio de entrar en la casa real —la persecución de la prensa, la intromisión de los tabloides—. A la reina, además, le gustaba que fuera birracial —su padre es blanco y su madre, negra— porque haría que la monarquía parecería más inclusiva.14

Las cosas se precipitaron cuando la prensa descubrió la relación y publicó fotos de Meghan en portada con un escueto atuendo a finales de octubre de 2016. La corta biografía hablaba de su divorcio —había estado casada con el productor Trevor Engelson de 2011 a 2013—, de su familia rota —sus padres se habían divorciado cuando ella era pequeña— y de su activismo político —era una ferviente seguidora de Hillary Clinton—. Hubo reacciones para todos los gustos: para algunos, era un verdadero soplo de aire fresco, pero también hubo muchos comentarios clasistas y racistas. Desafiando a su padre y a su hermano, que le pidieron prudencia, Harry hizo público un comunicado pidiendo que dejaran en paz «a su novia».

Por si Isabel no hubiera tenido suficiente en 2016, el 4 de noviembre de ese año se estrenó una serie de televisión que iba a cambiar a la monarquía para siempre: se llamaba The Crown. Peter Morgan, que había escrito años antes la película The Queen con Helen Mirren, volvía a la carga con la monarquía con una serie para Netflix que prometía hacer historia.

Y lo hizo. A pesar de que no es del todo fiel a la realidad histórica —a decir verdad, se inventa muchos episodios o, cuando menos, los exagera—, la reina sale increíblemente bien representada, sobre todo en las dos primeras temporadas, cuando Isabel era interpretada por la actriz Claire Foy, quien le dio el equilibrio perfecto entre muchachita tímida e insegura y jefa de Estado en ciernes.

Como le había pasado con The Queen, la reina al principio se negó a verla, pero dándose cuenta de la repercusión positiva que estaba teniendo, decidió echarle un ojo. Se sabe que, al menos, ha visto la primera temporada entera —y probablemente el resto— y que le gustó, aunque consideró que algunas partes «se habían dramatizado en exceso».15 En la segunda temporada, no obstante, consideró que Felipe salía injustamente mal parado y no le gustó la escena en que chillaba a Carlos porque le hacía parecer un padre tóxico e insensible.

En general, sin embargo, la reina entendió que aquella serie la humanizaba y que ayudaba a llevar a la monarquía a un amplio público que nunca había sentido el más mínimo interés por ella. En realidad, aunque palacio no ha tenido nada que ver con ella, The Crown ha sido el mejor y mayor ejercicio de propaganda monárquica en décadas. E Isabel es plenamente consciente de ello.

Mientras el mundo seguía las temporadas de The Crown, Harry y Meghan estaban a punto de dar un salto decisivo. Casi un año después de conocerse, mientras estaban friendo un pollo en el cottage donde vivía Harry dentro del recinto de Kensington, él hincó una rodilla en el suelo y le pidió matrimonio. Ella no lo dejó ni acabar: «¿Puedo decir que sí? ¿Puedo decir que sí?», preguntó entre lágrimas. A los pocos días se hacía público el compromiso oficial y la pareja posó en los jardines de Kensington, él visiblemente nervioso, ella controlando milimétricamente la situación. En una entrevista posterior que concedieron a la BBC, ella llevó la batuta. Ambos aseguraron que querían dedicarse a salvar a la humanidad —dijeron, literalmente, «a cambiar el mundo»—. Era tan presuntuoso como irreal, todo un presagio de lo que estaba por venir.

A estas alturas, Guillermo estaba furioso por la precipitación. Carlos intentó otra vez calmar las aguas e hizo que Harry y Meghan fueran invitados a Sandringham a pasar las Navidades con el resto de la familia real. Fue un gesto bienintencionado pero fútil: el lenguaje corporal no dejaba lugar a dudas de que entre Guillermo y su hermano, no digamos su futura cuñada, había un abismo. Todos parecieron incómodos y sus interacciones resultaron acartonadas y frías.

Pero lo peor estaba por llegar: los días previos a la boda fueron, por decirlo suavemente, surrealistas. El padre de Meghan, Thomas Markle, protagonizó inexplicables exclusivas fotográficas que se convirtieron en la comidilla de toda Inglaterra. Harta de la polémica, Meghan hizo público un comunicado oficial anunciando que su padre no iba a estar presente en su boda por motivos de salud —problemas de corazón graves, aparentemente—. Una de sus hermanastras aparecía constantemente en televisión insultando a Meghan, con lo que tampoco recibió una invitación al enlace.

Qué tiara portaría Meghan fue objeto de broncas airadas dentro de Buckingham. Según una versión, ella hubiese querido llevar la tiara conocida como Greville Emerald Kokoshnik, pero la princesa Eugenia de York, hija de Andrés, que se iba a casar en pocos meses, ya la había elegido para su propio enlace. Otros afirmaron que Meghan se había fijado en una tiara que la familia real había adquirido después de la Revolución rusa en condiciones no del todo éticas y que la reina prefería que no se usase en público. Un tercer grupo daba fe de que Harry tuvo una gran discusión con Angela Kelly, la mano derecha de la soberana, porque esta no quería dejarle a Meghan la tiara que finalmente había escogido —un bandeau de diamantes de estilo art déco fabricado en 1932 y que había pertenecido a la reina María— para hacerse pruebas de peinado. Muchos tabloides llevaron durante semanas artículos sobre cómo Harry habría montado en cólera porque los deseos de su amada no eran inmediatamente cumplidos y de cómo Isabel tuvo que acabar diciendo basta.

Otro gran capítulo fue la supuesta discusión entre Meghan y Kate: para unos, Meghan había hecho llorar a Kate; Meghan aseguró que había sido al revés. Unos creyeron que fue a raíz del traje que llevaría la princesa Carlota, hija de Kate y Guillermo; otros aseguran que no tenía nada que ver.

Sea como fuera, el día de antes de la boda, la reina quiso zanjar cualquier escándalo añadido y, demostrando que estaba encantada con la llegada de personas de raza negra a la familia, invitó a Meghan y a su madre, Doria Ragland, a tomar el té al castillo de Windsor. Luego, Meghan y Doria pusieron rumbo a Cliveden House, un suntuoso hotel con espectaculares jardines situado a media hora en coche de Windsor. A muchos estadounidenses que seguían las imágenes, aquel elegante edificio les recordaba a Downton Abbey, pero para los británicos aquello fue un mal presagio porque Cliveden House había sido el escenario de muchos escándalos, entre ellos el famoso Profumo Affair, donde las aventuras amorosas del entonces secretario de Estado John Profumo y su amante estuvieron a punto de hacer caer un gobierno entero. Pero Meghan no debió de prestarle demasiada atención a tan mal augurio y se centró en lo importante: al día siguiente, todo el mundo iba a fijar su mirada en ella.

La mañana amaneció radiante. La diseñadora de Givenchy, la británica Clare Waight Keller, se aseguró a primera hora de que el vestido de novia —un sencillo y elegante traje recto de seda y organza con escote redondo y mangas francesas— estuviera perfecto. También el velo: era de cinco metros y estaba bordado con flores que representaban a todos los países de la Commonwealth.

Cuando Meghan llegó en coche a las puertas de la capilla de San Jorge, en Windsor, alrededor de las doce de la mañana, ya estaban todos los invitados dentro. No había políticos, ni diplomáticos pero sí numerosas personalidades de Hollywood y referentes de Estados Unidos, como Oprah Winfrey y el matrimonio formado por Amal y George Clooney. Aquello era, en el fondo, lo que Meghan quería: ella no deseaba coronarse como miembro de la realeza, sino como reina del celuloide.

La escritora lady Colin Campbell aseguró que la reina se quedó estupefacta cuando vio el vestido. A nadie de la realeza o de la aristocracia se le hubiese ocurrido vestirse de blanco estando divorciada —lo más claro que se hubiera aceptado hubiese sido un color crema—, pero a Meghan le daban igual ciertas normas de protocolo. Ella quería parecer una princesa de cuento y ello implicaba ir de blanco.16

En el momento del sí quiero, Meghan y Harry se convirtieron en duques de Sussex, condes de Dumbarton y barones de Kilkeel. Ambos creyeron que aquello era el inicio de una carrera meteórica, el arranque de un estrellato mundial, pero pronto se dieron de bruces con la realidad. Aunque el trabajo de princesa parezca realmente sacado de una película de Disney, la verdad es mucho más prosaica. Meghan no vivía en Londres en un gran palacio rodeado de lujos exóticos, sino en un discreto y algo decrépito cottage dentro del recinto de Kensington sin apenas muebles. Tampoco es que dispusiera de fondos descomunales de dinero a su disposición: la reina y Carlos son fabulosamente ricos, pero sus hijos viven de las asignaciones de la Corona y de lo que les pasa su padre. Aunque el príncipe de Gales es generoso, hay un límite a lo que está dispuesto a gastarse. Si Meghan pensó que su nueva vida sería un dechado de opulencia y trajes de diseñador de alta costura, pronto descubrió lo equivocada que estaba.

Isabel intentó ayudarlos al principio, sobre todo a la nueva duquesa de Sussex. A las pocas semanas de la boda, hizo que la acompañara a un acto, un gesto inaudito por lo rápido —Kate tardó casi un año en protagonizar un evento con la reina—. En todo momento se las vio compenetradas y sonrientes, incluso haciéndose bromas. Carlos también hizo todo lo posible para que se sintiera a gusto. Y hay que reconocer que, al principio, Meghan parecía en su salsa y se la vio dispuesta a trabajar duro y a aprender rápido.

Pero las buenas intenciones se esfumaron rápido. Palacio no estaba dispuesto a tener a una nueva Diana que eclipsara al resto y comenzó a rebajar el tono de las apariciones de Meghan. Los actos a donde la enviaban eran soporíferos y anodinos: visitar a antiguos actores de teatro jubilados en residencias, y cosas por el estilo. Meghan se hartó pronto y empezó a buscarse proyectos por su cuenta, saltándose toda la jerarquía de Buckingham. La verdad es que tuvo algunas ideas excelentes. Después del terrorífico incendio en la Torre Grenfell en Londres, muchas mujeres de la zona improvisaron una cocina comunitaria para dar de comer a los vecinos. Meghan se puso en contacto con ellas y les propuso hacer un libro de recetas para recaudar fondos. El volumen, magníficamente bien editado, estuvo en la lista de más vendidos de Amazon durante meses.

Meghan también se puso en contacto con los editores del Vogue británico para hacerse cargo del número de septiembre. Bajo su batuta, se diseñó una portada destacando a políticas y activistas, de la primera ministra neozelandesa Jacinda Ardern a la activista medioambiental Greta Thunberg, que estaban haciendo contribuciones positivas en áreas distintas.

La duquesa estaba haciendo lo que Isabel deseaba: poner en contacto a la Corona con una nueva generación, mucho más diversa étnica, racial y religiosamente, implicada en causas sociales y dispuestas a romper todos los estigmas y estereotipos. Sin embargo, en la Inglaterra post Brexit había un amplio sector conservador de la población al que todo este mensaje le parecía peligrosamente comunista y revolucionario. Muchos analistas la criticaron sin piedad: consideraron que estaba haciendo una apología política de las causas de la izquierda cuando la monarquía ha de ser neutral.

Meghan no supo capear las controversias políticas y, lo que era peor, cometió sonados errores. Mientras hablaba sin parar de la necesidad de ayudar a los más desfavorecidos, dilapidaba dinero a espuertas y se calcula que, tan solo en su primer año como duquesa, se pudo haber gastado centenares de miles de libras solo en ropa. A lo que habría que sumar la friolera de 2,4 millones de libras que se dejaron en la reforma de la casa de fin de semana en Windsor que les había dejado la reina.17 Cuando se quedó embarazada de su primer hijo, Archie, Meghan puso rumbo a Nueva York para celebrar el baby shower: se hospedó en uno de los hoteles más lujosos de la ciudad y todo el tinglado pudo haber acabado costando medio millón de dólares.18

También estaba el tema de los viajes en jet privado de la pareja. Si bien se dedicaban constantemente a dar discursos sobre la necesidad de proteger el clima, ellos no parecían tener demasiados reparos en usar aviones privados, un medio de transporte elitista y altamente contaminante. Por no decir que su obsesión con la privacidad resultó en ocasiones obsesiva: rompiendo todas las tradiciones, no se hizo público el hospital donde nació Archie ni tampoco se hizo público el nombre de sus padrinos de bautizo.

Fueron estos excesos los principales detonantes de que la prensa empezara a cebarse con ellos. Aunque también hay que puntualizar que un sector de la prensa parecía que estuviera deseando aprovecharse de los errores de los Sussex para vender y exageraron en muchos puntos. Meghan Markle fue acusada de ser una vanidosa tan solo porque se tocaba constantemente la barriga mientras estaba embarazada.19 También le afearon comer aguacates, una fruta que, según algunos tabloides, podía provocar sequías y hambrunas.20 Llevar altos tacones durante el embarazo hizo que muchos la reconvinieran por estar poniendo la vida de su hijo en riesgo.

Poco a poco fue calando entre la opinión pública la imagen de que Meghan era una mujer ávida de poder, desesperada por el dinero y corroída por la ambición. Si bien Harry había sido el miembro más popular de la monarquía, de la noche a la mañana pasó a ser un vil calzonazos, histérico, pueril y dispuesto a cargarse a la monarquía para cumplir cualquier deseo de su mujer. No es de extrañar que Meghan se sintiera marginada y que, como ella misma explicó en la famosa entrevista televisiva con Oprah Winfrey, sufriera una depresión y que incluso llegara a pensar en el suicidio. Según desveló, llegó a estar tan mal que pidió a su marido ir a algún lugar tranquilo para descansar. Harry la montó enseguida en un avión rumbo a Canadá.

Por lo que se sabe, la familia real no vivió bien aquella huida. La reina era perfectamente consciente de las dificultades de la pareja —aunque seguramente nunca tuvo todos los detalles— e intentó que Meghan se sintiera integrada. Pero en una ocasión, cuando los invitó a Balmoral, ellos no acudieron. En cambio, se vio a Meghan en Nueva York al cabo de unas semanas apoyando a su amiga Serena Williams.21 A Guillermo todo aquello le pareció un insulto y se mostró furioso.

Los Sussex pasaron las Navidades en Canadá, pero pusieron la televisión el día 24 para ver el discurso de la reina. Isabel apareció sentada en una mesa donde había varias fotografías: de Camila y Carlos, de Guillermo, Kate y sus hijos, del duque de Edimburgo y del rey Jorge VI. Pero no había ninguna de los Sussex con su hijo Archie. Harry se lo tomó como un desprecio, como un símbolo humillante de que su familia no contaba con él.22 Según Robert Lacey, aquello fue la gota que colmó el vaso.

A partir de ese momento, los acontecimientos se precipitaron. Por muchas virtudes que haya heredado de Diana, Harry también ha adquirido algunos de sus peores defectos: el comportamiento errático cuando están bajo presión, la impaciencia y la impetuosidad. A esto hay que añadirle que el príncipe aún cree lo que Meghan le hizo soñar: que él es una celebridad mundial destinada a grandes éxitos, no el sexto en la línea de sucesión y condenado al ostracismo. Harry quería triunfar y brillar, librar a la humanidad de algunos de sus peores males, no por una cuestión de egoísmo personal, sino porque es supuestamente su sino. O, al menos, él lo cree así.

Harry y Meghan llegaron a la conclusión de que había una estrategia orquestada para menospreciarlos. Buckingham querría dejarles sin fondos y sin apariciones públicas para que fueran marchitándose. Por eso decidieron reaccionar, aunque no calibraron bien lo que estaban haciendo.

El 8 de enero de 2020, sin que nadie en Buckingham supiera nada y ni tan solo se lo olieran, Harry y Meghan anunciaron que dejaban la familia real para ser financieramente independientes. Su idea era seguir representando a la Corona y atendiendo funciones oficiales, pero que también pudieran firmar contratos comerciales para poder mantenerse económicamente sin necesidad de costar ni una libra a los británicos. Pero aquel plan era inviable: de haber sido aceptado, hubiese significado que los Sussex hubiesen explotado descaradamente su estatus como miembros de la familia real para conseguir dinero, algo impensable.

Dicen que Guillermo estaba rojo de la furia y que Isabel también se sentía muy dolida, sobre todo porque se había enterado tan solo diez minutos antes de hacerse público el comunicado, sin margen para intentar encontrar una solución. Pero el ultimátum de los Sussex significaba que ahora no podía mostrarse magnánima. La reina convocó una reunión de emergencia el día 13 en Sandringham con Harry, Guillermo, Carlos y unos cuantos asesores.

Pasada la «cumbre de Sandringham», como la bautizó la prensa, Isabel dejó claro que no estaba dispuesta a hablar más del tema porque era demasiado doloroso para ella. Tan solo quería que se ejecutara el acuerdo al que habían llegado cuanto antes para que cada uno pudiera seguir su camino.

Si Isabel pensaba que con el Megxit, como lo bautizó la prensa, se habían acabado sus problemas, se equivocaba. En 2019, su hijo Andrés tuvo que dejar la vida pública por su relación con Jeffrey Epstein, el magnate estadounidense que se suicidó en prisión tras ser acusado de abuso de menores y abusos sexuales a multitud de mujeres. Y el domingo 7 de marzo de 2021, a las ocho de la noche, hora de la costa este estadounidense —una de la madrugada en Londres—, la cadena CBS emitió una entrevista de dos horas que Oprah Winfrey había hecho a los duques de Sussex.

Como habían deseado, Harry y Meghan habían abandonado el Reino Unido con un acuerdo que, en principio, les era económicamente beneficioso. Se mudaron de Canadá al barrio de Montecito, en Santa Bárbara, situado a dos horas de Los Ángeles, y compraron una espectacular mansión que algunos medios cifraron en más de doce millones de euros, aunque la cifra no ha podido ser corroborada. Sus vecinos eran ahora Gwyneth Paltrow o Ellen DeGeneres. Además, copiando lo que habían hecho los Obama una vez dejaron la Casa Blanca, la pareja firmó un millonario acuerdo con Netflix y otro con Spotify y crearon su propia productora, Archewell Productions.

Pero la prensa británica seguía hablando mal de ellos y la pareja estaba desesperada por mejorar su imagen. Unos cuantos libros que salieron casualmente por entonces, sobre todo Finding Freedom, de Omid Scobie y Carolyn Durand, ofrecían una versión mucho más benevolente de los Sussex de la que el mundo conocía. Pero ni aun así conseguían darle la vuelta a la narrativa imperante. Así que Harry y Meghan decidieron dar un paso arriesgado: dar una entrevista en televisión en horario de máxima audiencia.

Horas antes de emitirse, Buckingham temió lo que acabaría pasando: que Meghan Markle los iba a acusar abiertamente de racistas. Entre otras muchas confesiones incendiarias, Meghan desveló que algún miembro de la familia real le había hecho comentarios hirientes sobre el color de la piel de su hijo. También explicó que nadie la había ayudado, que muchos en palacio la habían criticado sin piedad y que ella acabó con graves problemas de salud mental.

Al día siguiente, la prensa le preguntó a Guillermo si consideraba que su familia era racista. «Absolutamente no», contestó tajante con cara de enfado.

Aquello dinamitó cualquier posibilidad de entendimiento y reconciliación entre los hermanos. Según Guillermo, Harry se había pasado de la raya completamente. A día de hoy, su relación sigue siendo increíblemente tensa.

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