La Reina
Epílogo
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Epílogo
En los últimos tiempos, Isabel se recluyó cada vez más en Windsor, el lugar donde pasó su infancia. Se instaló allí por precaución al desencadenarse la pandemia por COVID. Dada la avanzada edad de la monarca, se extremaron las medidas de confinamiento y muy pocas personas podían acercarse a sus aposentos.
Mientras estaba recluida, Isabel tuvo que hacer frente a numerosas crisis familiares. Los problemas legales de su hijo Andrés provocaron que tuviera que tomar la difícil decisión de expulsarlo oficialmente de la familia real, un movimiento que tuvo que dolerle sobremanera teniendo en cuenta que era su hijo favorito.
No obstante, seguramente el golpe más duro fue la pérdida de Felipe, su marido. El 9 de abril del 2021, a los noventa y nueve años, el duque de Edimburgo falleció. Isabel se quedaba sin su más leal compañero, el hombre que, a pesar de sus defectos, siempre estuvo a su lado. Aunque tenían personalidades opuestas, la reina y él eran perfectamente compatibles: la seriedad de ella le daba estabilidad a él; la rebeldía de él le aportaba libertad a ella. Él era uno de los pocos para los cuales ella no era Her Majesty, sino Lilibet. Cuando él explotaba de rabia —lo que sucedía bastante a menudo—, ella simplemente hacía oídos sordos o le espetaba: «Oh, shut up, Phillip», cállate, Felipe. Felipe podía ser impaciente y testarudo —incluso grosero en ocasiones—, pero también era un trabajador nato que se esforzó porque en Buckingham entrara aire fresco.
Es cierto que, para él, lealtad no significó necesariamente fidelidad marital, y los rumores de aventuras extramatrimoniales fueron frecuentes desde el principio. La prensa ha especulado con muchos nombres: de la actriz de musical Pat Kirkwood a la cabaretera Hélène Cordet, las actrices Merle Oberon y Anne Massey, y un largo etcétera. Con los años también se rumoreó una relación con Penny Romsey e incluso se llegó a decir que se lio con Susan Barrantes, la madre de Sarah Ferguson.1 Palacio siempre lo negó todo.
Más allá de estos presuntos escarceos, sin embargo, la verdad es que Felipe fue hasta el día de su muerte uno de los grandes activos de la monarquía. Su funeral, además, será recordado como el único de la familia real que se ha celebrado en pandemia, con una monarca en activo portando una mascarilla y todos sus familiares guardando una prudente distancia de seguridad.

Aquel día, a Isabel se la vio muy apesadumbrada: era la estampa de una mujer que se había quedado humanamente sola y que tenía que afrontar los últimos coletazos de su propio reinado. Al menos, así lo vio la corte.
Era un secreto a voces en Buckingham que el fallecimiento del príncipe Felipe marcaría un punto de inflexión: aunque la reina no pensaba abdicar, aquel sepelio era «el principio del fin» o, como se conocía en términos más eufemísticos en palacio, «The Transition», la transición hacia un nuevo reinado. A partir de entonces, Isabel comenzó a decir adiós al trono y Carlos pasó de heredero de la corona a king in training, una especie de semisoberano, el monarca de facto aunque sin título oficial.
Pero la transición no fue en absoluto sencilla y la reina era perfectamente consciente de los obstáculos: Carlos no acababa de gustar como futuro monarca, el 40 por ciento de los británicos preferiría a Guillermo como soberano —frente al 32 por ciento que se decantaba por su padre—, sus nietos seguían en guerra y la imagen de la Corona tras los escándalos del príncipe Andrés y la entrevista de Oprah Winfrey estaba de nuevo en entredicho.2
A pesar de sus ingentes esfuerzos, a Isabel no le quedaba más remedio que asumir una triste realidad: que aunque el país se declaraba profundamente monárquico, en realidad los británicos la admiraban a ella, pero no a la institución. La monarquía seguía viéndose como un dispendio no del todo justificable. ¿Aguantará después de que ella haya muerto? Esa es la pregunta que muchos se hacen.
El último reto de la vida de Isabel fue dejar la Corona lo mejor preparada posible para cuando ella ya no estuviera. Para ello, dio pasos que, hace unos pocos años, nadie hubiera creído posibles, como pedir que Camila tuviese el título de reina cuando Carlos acceda al trono. Desde hacía meses, además, Buckingham estaba inmerso en una campaña contrarreloj para reparar los daños de reputación. Carlos y Camila no pararon de protagonizar documentales para apuntalar su imagen. Como se sabía que entre él y su difunto padre no había simpatía ni contacto alguno, en los últimos tiempos la prensa se aseguraba de publicar que Carlos y Felipe «se habían acercado» y «habían limado sus diferencias».
Los hijos de Carlos fueron otra historia. En el funeral de su abuelo se pudo ver de nuevo juntos a Guillermo y a Harry. Después de las escandalosas declaraciones a Oprah Winfrey, los hermanos solo se comunicaban esporádicamente a través de algún frío correo electrónico y la tensión entre ellos aquel día se podía cortar con un cuchillo. Incluso se dijo que el duque de Cambridge estaba tan furioso que exigió que su primo, Peter Philips, primogénito de la princesa Ana, anduviese a su lado en el cortejo fúnebre y sirviese de barrera con Harry. Tras la ceremonia religiosa pareció que ambos hermanos hablaban entre ellos, pero a Guillermo se le vio incómodo en todo momento.
A Isabel le disgustaba profundamente que sus nietos no arreglasen sus diferencias e intentó hasta el último momento tender puentes entre ellos. En la celebración de su Jubileo de Platino, hizo que los Sussex estuvieran presentes en algunos eventos. En el fondo, lo que más le hubiese gustado era que las cosas entre Guillermo y Harry se hubiesen zanjado para siempre y que su nieto pequeño hubiese regresado a ejercer de duque en la familia real. Pero nunca llegó a ver cumplido su deseo.

Muchos daban por hecho que Isabel llegaría a los ciento un años, como su madre, la reina Elizabeth. Desgraciadamente, no pudo ser. En los últimos meses, la reina apareció cada vez más consumida en los actos públicos, no podía andar sin ayuda de un bastón e iba menguando a ojos vista. Buckingham dejó de anunciar si la reina asistiría o no a los actos porque, hasta el último momento, no se podía saber si estaba en condiciones de acudir a ningún sitio. Sus problemas de movilidad llegaron a ser tan acuciantes que se le compró una especie de carrito de golf para desplazarla por los pasillos de Windsor.
En junio, en la celebración del Jubileo de Platino se la vio por última vez en el balcón de Buckingham saludando a la multitud. Fue una especie de despedida. En verano puso rumbo a Balmoral, como cada año desde que era pequeña. Cumplió con su deber hasta el final: siguió allí la dimisión del primer ministro Boris Johnson y llegó a tomar juramento a la nueva primera ministra, la conservadora Liz Truss. Aquella fue la última imagen pública que se tiene de ella: tenía muy buen aspecto de cara, pero en la mano presentaba una gran mancha negra. Muchos especularon con que podría haber sido el resultado de haberle puesto una vía; otros incluso llegaron a conjeturar con una presunta transfusión. Probablemente, nunca se sabrá.
En el momento de cierre de este libro, tampoco se sabe aún la causa exacta ni tampoco la hora precisa de la muerte. Lo único que se presume es que debió de ser algo repentino, porque sus hijos no estaban en Balmoral con ella. Carlos y Ana fueron avisados a toda prisa, pusieron rumbo inmediatamente al castillo escocés y, según las primeras informaciones, habrían llegado a tiempo a darle un último adiós. Ni Andrés ni Eduardo tuvieron esa suerte. Tampoco los nietos de la soberana.
El mediodía del 8 de septiembre, la Casa Real británica anunciaba que los médicos estaban seriamente preocupados por la salud de la monarca. Por el tono del comunicado, se intuía que el final podía estar cerca y que se quería avisar a los medios de comunicación para que estuvieran preparados. Que la primera ministra y altos dignatarios empezaran a redactar tuits diciendo que se estaba rezando por Isabel II confirmó las sospechas.
En el momento en que la reina exhaló su último aliento, Carlos se convirtió inmediatamente en rey de Inglaterra. Alguien debió de pronunciar la frase mítica de «The Queen is dead! Long live the King!», La reina ha muerto, larga vida al rey. Seguramente, todos a su alrededor le debieron de hacer una reverencia o dedicarle una solemne inclinación de cabeza.
El comunicado oficial del fallecimiento llegó a las siete y media. Segundos más tarde, el presentador de los informativos de la BBC, Huw Edwards, ataviado con chaqueta y corbata negras, daba la noticia en directo. Inmediatamente, el mundo entero se sumió en un luto respetuoso.
Era la despedida —y el agradecimiento— de millones de personas hacia una mujer que ejerció su deber hasta el último segundo. Una mujer que entregó su vida a su país y a la Commonwealth.
Aunque, seguramente, a ella lo que más le hubiese gustado era ser una persona normal.