La Reina
1 Una mujer nada común
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Después de cenar, a la reina le gustaba ver la televisión. Le encantaban las series históricas tipo Downton Abbey.29 A no ser que tuviera un evento fuera, raras veces abandonaba palacio por las noches. A Isabel no le gustaban la ópera ni el teatro ni el ballet ni los conciertos, y solo acudía de vez en cuando por obligación del cargo. La ciencia y la tecnología la aburrían. Ella, como buena inglesa de alta alcurnia criada en la década de los treinta, fue educada en un estricto código de conducta que no enfatizaba en exceso la erudición, más bien al contrario. La alta sociedad británica de cierta edad destaca más por sus conocimientos de caballos que de libros y la reina prefería una conversación sobre perros a cualquier otro tema. Como dijo una vez su marido, el duque de Edimburgo, «solo le interesa lo que come hierba y relincha», en referencia a que únicamente los caballos captaban verdaderamente su atención.
Antes de acostarse, la reina escribía en su diario y rezaba. Generalmente, se metía en la cama a las once. A la mañana siguiente, la rutina volvía a comenzar.

El horario solo se alteraba si la reina tenía actos fuera de Londres. Estos se realizaban preferiblemente por las mañanas y eran preparados al milímetro.
En los últimos años, la soberana no hacía viajes oficiales al extranjero —el último fue a Malta, en 2015—. Estos se planificaban con un mínimo de un año de antelación e implicaban la participación de decenas de personas, tanto de la corte como del Gobierno y el Foreign Office. Primero se decidía el itinerario y luego un equipo de avanzadilla se desplazaba in situ a los lugares para supervisar hasta el más nimio detalle: desde dónde se iban a colocar las cámaras para que la imagen fuera perfecta hasta cómo debían ir vestidos los invitados a los actos oficiales.
Muchos de sus asesores han reconocido que Isabel odiaba actuar ante las cámaras y se negaba a participar en lo que los ingleses llaman stunt, ardides o tretas milimétricamente preparados, muchas veces exagerados y no siempre de buen gusto, para llamar la atención de la prensa o ganar popularidad. Ella insistía en que no era una vulgar celebrity, sino una jefa de Estado, por lo que su comportamiento en público siempre había de estar marcado por el decoro y la dignidad, lo que a veces se traducía en una seriedad excesiva que su equipo intentó rebajar. Pero fue siempre en vano: mientras su madre y su hermana eran unas actrices consumadas, a Isabel le horrorizaba cualquier impostura. Cuando, en una ocasión, le presentaron un discurso excesivamente subido de retórica, pidió que se lo rebajaran y se lo dejaran en un tono mucho más neutro.30 Tan solo hacia el final de su mandato se permitió acciones más modernas y espontáneas, como protagonizar vídeos con James Bond para inaugurar los Juegos Olímpicos de Londres.
A pesar de su formalidad y apego al orden y la disciplina, de vez en cuando se lo pasaba bien en las poquísimas ocasiones en que podía pasar desapercibida. Una vez, por ejemplo, mientras regresaba de Australia, su avión tuvo que aterrizar en Singapur a repostar y la reina aprovechó para pasear por el duty free del aeropuerto de Changi como si fuera una pasajera más. Incluso se la vio delante de un stand de cosméticos.31

Para saber si Isabel II estaba en Buckingham tan solo había que mirar la fachada del palacio: si el estandarte real aparecía izado, entonces la soberana estaba en Londres. Esta bandera es la enseña personal de los monarcas ingleses y se halla dividida en cuatro cuadrantes: en dos de ellos figura el blasón de Inglaterra —tres leones alargados de oro sobre fondo rojo—, en un tercero sale otro león rojo en medio de un recuadro —símbolo de Escocia— y en el cuarto hay un arpa de oro representando a Irlanda.
El estandarte técnicamente solo sirve para mostrar la presencia real y jamás puede estar a media asta. De ahí que, cuando la princesa Diana murió, en agosto de 1997, el mástil de Buckingham permaneciera inicialmente vacío: la reina estaba de vacaciones en Escocia y nadie en la corte pensó en que no tener una bandera en señal de duelo provocaría un alud de críticas. Finalmente, y presionada por el clamor popular, Isabel permitió que se pusiera la bandera de Gran Bretaña a media asta. A partir de ese momento, la fórmula se ha repetido unas cuantas veces: después del ataque terrorista a Estados Unidos del 11S o de las bombas en Londres en 2005, la Union Jack ha ondeado en Buckingham.
Dentro de palacio, un eficiente equipo se asegura de que todo se ejecute con precisión militar. El palacio de Buckingham tiene 775 estancias, incluidas 52 habitaciones para la familia real, 78 baños, 19 salas nobles, más de noventa oficinas, una piscina, un cine y su propia oficina de correos. Alrededor de cuatrocientas personas trabajan allí diariamente, incluido todo el servicio, los chefs, los jardineros, chóferes, etcétera. Todo este ejército de personal está perfectamente sincronizado para que no falle nada, especialmente cuando la residencia real acoge la visita de un líder internacional.
En esas grandes ocasiones, la reina supervisaba hasta el más mínimo detalle. Normalmente, los jefes de Estado extranjeros se hospedaban en la Belgian Suite de palacio, llamada así en honor al rey Leopoldo I de los belgas, el tío favorito de la reina Victoria, que siempre se alojaba allí. En realidad, no es una suite, sino un conjunto de salas del siglo XVIII decoradas con gran boato. Para comenzar, tiene un inmenso salón privado, conocido como Century Room, con cuadros de Canaletto y Gainsborough y retratos del rey Jorge III. Al lado está la llamada Orleans Bedroom, la habitación Orleans, con paredes azules, dos camas con dosel y retratos de la reina Victoria. La sala española, con retratos de Napoleón, se emplea como vestidor.32
Meses antes de las visitas, la reina insistía en conocer al detalle las biografías de las personas que iba a recibir, así como algunos gustos personales, como libros y aficiones, para poder sacar algún tema de conversación. También ordenaba que se dejasen frutas y dulces en las habitaciones de sus huéspedes por si acaso tenían hambre por la noche. Un día antes de la llegada de sus invitados, la reina inspeccionaba en persona el lugar para asegurarse de que todo estuviera perfecto.
Antiguamente, las delegaciones extranjeras llegaban a Victoria Station, la reina los recibía en el andén y luego la comitiva partía en carrozas hacia Buckingham. En los últimos años, sin embargo, los dignatarios han sido recibidos en el aeropuerto por algún miembro de la familia real y se ha realizado una ceremonia oficial de bienvenida en el Horse Guards Parade con un pequeño desfile militar y la interpretación del himno del país invitado, seguido por el «God Save the Queen». Posteriormente, las dos delegaciones se montaban en carruajes y se dirigían a Buckingham a través del Mall escoltados por la Guardia Real. Ya en palacio, Isabel solía acompañar a sus huéspedes hasta sus habitaciones y les explicaba cómo funcionaba todo.
Una vez instalados, Isabel y sus ilustres invitados disfrutaban de un almuerzo informal, seguido por la visita a una pequeña exposición en la galería central de palacio organizada ex profeso por el Royal Archive, los archivos reales, con documentos y objetos que mostraban las relaciones entre el Reino Unido y el país al cual se agasajaba. Por la noche llegaba el plato fuerte de la visita: la espectacular cena de gala celebrada en el Ballroom, la sala de baile, y a la que solían acudir unas ciento cincuenta personas.
La mesa mide 49 metros, tiene forma de herradura y se necesitan tres horas para montarla. Como es tan ancha, para abrillantarla los footmen se tienen que subir encima descalzos y con bolsas de tela en los pies. Una vez puesto el mantel, se distribuye la cubertería de plata maciza creada originalmente para Jorge IV, además de más de cien candelabros. Después vienen las copas, cinco por comensal —sherry, vino blanco, tinto, champán y agua—. Para que todo quede perfectamente alineado, se emplean hilos que marcan las distancias y unas varas de madera para medir.
La reina recibía a sus invitados en el Blue Drawing Room, una de las salas más opulentas de palacio con sus columnas corintias, paredes forradas de seda y un espectacular techo repleto de esculturas y decorados dorados en escayola. Desde ahí, la comitiva avanzaba por la conocida como galería este, adornada con enormes cuadros de la reina Victoria, y entraba en el gran salón donde se celebraba la cena bajo los acordes del himno nacional. La reina abría esta procesión junto con el invitado extranjero de mayor rango. Detrás, y de dos en dos, iba el resto de miembros de la familia real acompañando a la delegación invitada.
Cada comensal dispone de una cartulina blanca con el menú, siempre escrito íntegramente en francés, sin traducción al inglés. Buckingham sigue estrictamente la norma de las clases altas inglesas de «fish, main course, pudding, dessert»: primero pescado, luego un plato principal, después el pudding —helados o tartas— y finalmente el dessert —que aquí solemos traducir erróneamente por postre, pero que se refiere a la fruta—. Se acaba con café y petit fours, dulces, acompañados de una copa de oporto.
Por ejemplo, para la cena de gala en honor al presidente Obama de 2011, Buckingham optó por:
Paupiette de Sole et Cresson(rollito de lenguado y berros)Sauce Nantua(salsa nantua)Agneau de la Nouvelle Saison de Windsor au Basilic(cordero de Windsor a la albahaca)Courgettes et Radis Sautées(calabacín y rábanos salteados)
Panaché d’Haricots Verts(panaché de judías verdes)Pommes Boulangère(patatas panaderas)Salade(ensalada)Charlotte à la Vanille et Cerises Griottes(tarta carlota de vainilla y guindas)Fruits de Desserts(fruta)
Vinos:Ridgeview Cuvée Merret Fitzrovia Rosé 2004Chablis Grand Cru Les Clos 2004. Domaine William FèvreEchézeaux Grand Cru 1990. Domaine de la Romanée-ContiVeuve Clicquot Ponsardin, Vintage Rich 2002Royal Vintage Port 196333

Una vez acabada la cena, a veces se realizaba una visita por la galería central para disfrutar de los cuadros. Isabel poseía la colección privada de arte más importante del mundo: 7.000 lienzos, 50.000 grabados y 30.000 dibujos. Su valor es incalculable, más teniendo en cuenta que hay auténticas obras maestras, como cincuenta cuatros de Canaletto, varios Rembrandt y treinta dibujos de Leonardo da Vinci. Algunos analistas calcularon que, si hubiese vendido la colección, podría haberse embolsado la friolera de 10.000 millones de libras esterlinas, tirando por lo bajo, pero nunca lo hizo, porque en realidad pertenece a la nación y ella simplemente era su guardiana.
A pesar de que desde 1962 existe la Queen’s Gallery, la galería de la reina, un enorme pabellón dentro de Buckingham donde se organizan exposiciones, la colección real ha sido motivo continuo de polémica. Muchos se quejan del poco acceso que el público tiene a las obras y consideran que es injusto que solo sirvan para el deleite de una reducida élite.
Además, no solo están los cuadros. La reina poseía una de las colecciones de joyas más espectaculares del mundo, comenzando por la Imperial State Crown, la corona imperial del Estado, que se puso el día de su coronación y solía usar en las sesiones de apertura del Parlamento. Con 1.868 diamantes, 17 zafiros, 11 esmeraldas y 269 perlas, pesa tanto que los últimos años ya no podía llevarla y, cuando lo hacía, tenía que leer el discurso sin agachar la cabeza: «Si hubiese mirado hacia abajo, me hubiese roto el cuello», comentó en una ocasión.
Nadie lo sabe con exactitud, pero se calcula que la reina disponía de unas 40 tiaras y más de 300 piezas de joyería, incluyendo unos 100 broches, 46 collares de gran gala y 37 brazaletes de lujo. Entre las tiaras, algunas de sus favoritas eran la Queen Mary’s Fringe, que llevó el día de su boda; la Girls of Great Britain and Ireland, hecha con diamantes festones y diseños de flor de lis engastados en plata y oro; y la tiara Kokoshnik, compuesta por 61 barras de platino donde van incrustados unos 500 diamantes.
Con semejante tesoro —obras de arte, joyas y propiedades— es muy difícil cuantificar cuánto dinero tenía exactamente la reina. La cifra exacta no pudo corroborarse, ni podrá corroborarse seguramente nunca. Además, Isabel no era una persona interesada en el dinero y odiaba cualquier tipo de despilfarro. Su único capricho eran los caballos de carreras, aunque en este ámbito también procuraba ser lo más ahorradora posible.

La reina solía pasar las Navidades en el castillo de Sandringham, en el condado de Norfolk, pero antes de ir, se aseguraba de que las felicitaciones navideñas habían sido correctamente enviadas. Aunque mandaba más de ochocientas, era ella misma quien las firmaba. El proceso, por supuesto, requería meses y se rumoreaba que comenzaba a hacerlo en verano: si las postales eran para la familia más cercana, ponía Lilibet; si eran para miembros del Gobierno o líderes de la Commonwealth, Elizabeth R.34
Los trabajadores de todos los palacios recibían una felicitación, además de un pequeño detalle: un muy tradicional Christmas pudding, una especie de pequeño panettone hecho con ciruelas que se sirve acompañado de una salsa de brandy. Al parecer, esta tradición la comenzó el abuelo de Isabel, el rey Jorge V, antes de la Primera Guerra Mundial y, aunque en el pasado el pudín en cuestión venía de la muy exquisita tienda de delicatessen Fortnum & Mason, en los últimos años se adquiría en la más popular y económica cadena de supermercados Tesco y se calcula que costaba seis libras la unidad.35
Unos días antes de que diera comienzo la Navidad, Isabel organizaba en Buckingham una comida para toda su familia a la que asistían cincuenta personas, aproximadamente. La idea era reunirse con aquellos que no serían posteriormente invitados a Sandringham, como primos segundos y demás parientes lejanos.
Después, la soberana partía hacia Sandringham en tren. Antiguamente empleaba el Royal Train, destinado exclusivamente a la familia real, pero en los últimos años viajaba en un tren regular desde la estación de King’s Lynn, aunque se le reservaba un vagón entero para ella y su séquito. El resto de la familia llegaba a Sandringham el día de Nochebuena.
A pesar de que durante la Navidad el palacio de Buckingham estaba decorado con esmero, la reina prefería que Sandringham no estuviera muy recargado y que se limitaran los adornos al máximo. Por eso solo había un gran árbol, de unos 6 metros, que venía del castillo de Windsor y se colocaba en una de las galerías centrales, y otro más modesto —y artificial— en el comedor.36 Según se ha podido saber, una vez que toda la familia llegaba a Sandringham, juntos ponían las últimas decoraciones del gran árbol. A la reina le encantaba colocar unos angelitos de cristal que pertenecieron a la reina Victoria; el príncipe Felipe de Edimburgo era el encargado de coronar el gran árbol con una estrella dorada.
Fiel a sus raíces germánicas, la familia real seguía manteniendo las costumbres navideñas de la tradición alemana. De ahí que los regalos los abrieran en Nochebuena, no en Navidad. Todos los presentes se depositaban en una especie de mesas de caballete —cada miembro de la familia tenía la suya— en el Red Drawing Room, el salón de estar rojo, y después del té, se abrían.37
Al contrario de lo que se pudiera pensar, los regalos navideños de la familia real son muy sencillos e increíblemente baratos. La regla no escrita es que cuanto más económicos, mejor, y a poder ser deben tener un toque simpático. El príncipe Enrique, por ejemplo, compró una vez a su augusta abuela un gorro de baño con la inscripción Ain’t Life a Bitch, que se podría traducir como «¿No es la vida muy puta?».38 Otro regalo memorable fue el asiento de váter forrado de piel blanca con el que la princesa Ana obsequió a su hermano, el mismísimo príncipe de Gales. La primera vez que Kate Middleton, esposa del príncipe Guillermo, pasó las Navidades con la soberana, decidió obsequiarla con un tarro de chutney de mango que ella misma había preparado siguiendo una receta de su abuela. Al día siguiente, Isabel lo colocó en la mesa del desayuno para que toda la familia pudiera degustarlo.39
A la reina le encantaba comprar personalmente sus presentes de Navidad. Antiguamente, los grandes almacenes Harrods abrían unas horas fuera de su horario habitual para que pudiera hacerlo tranquilamente. En las últimas décadas, sin embargo, y por motivos de seguridad, Isabel se había tenido que limitar a comprar por catálogo e incluso por internet.
A la mañana siguiente, día de Navidad, la familia iba a la iglesia de St. Mary Magdalene a las once y, a la vuelta, les esperaba la comida. Se comenzaba con bebidas: la reina tomaba su Gin and Dubonnet y el resto de familiares solía optar por una copa de champán.
Los más pequeños almorzaban en la nursery a las doce y media. Los adultos se sentaban a la mesa a la una: no había puestos asignados, ni siquiera para la reina, por lo que cada uno podía hacerlo donde quisiera. Antes de empezar tenía lugar una costumbre curiosa: el chef de mayor rango aparecía en el comedor, cortaba un trozo de carne y, justo entonces, la reina le servía un vaso de whisky y brindaban juntos. Era el único día de todo el año en el que el cocinero podía pisar esa estancia cuando la soberana estaba en ella.
Todos los años el menú era el mismo: ensalada con gambas o langosta y pavo acompañado de puré de patatas, coles de Bruselas y zanahorias hervidas. Isabel bebía una copa de gewürztraminer, un vino blanco bastante dulce, y de postre tomaba el muy tradicional Christmas pudding, hecho con mantequilla y brandy, seguido por un plato de quesos acompañado con una copita de oporto.40
Después de comer, toda la familia se sentaba a ver el discurso navideño de la reina, que en Gran Bretaña se emite a las tres de la tarde. Luego disfrutaban del té y a veces veían juntos una película. Parece que a la reina y a sus nietos les gustaba ver Flash Gordon, un filme de ciencia ficción de los ochenta.41
Por la noche, se volvían a juntar para degustar una cena tipo bufé, con una veintena de platos distintos. A las ocho menos cuarto se servía un aperitivo y tres cuartos de hora después comenzaba la cena propiamente, con platos típicos ingleses, como cabeza de jabalí rellena. En una mesa auxiliar se colocaban chocolatinas de la marca Charbonnel et Walker. Después, la familia jugaba a charadas, juegos de imitación. Nadie podía irse a dormir hasta que la reina se retirara.
El día después de Navidad, que en el Reino Unido se conoce como Boxing Day, los hombres de la familia real solían ir de cacería. Isabel no regresaba a Londres hasta la primera semana de febrero.

A la reina, la simple idea de pasar el verano en una isla sin hacer nada más que tomar el sol le resultaba abominable. Ella no hubiese cambiado sus veranos en Escocia por nada del mundo. Adoraba Balmoral, un castillo escocés adquirido en 1852 por el príncipe Alberto como regalo para su esposa, la reina Victoria. Más que un castillo, en realidad es una gran finca de más de 20.000 hectáreas de terreno donde hay unos 150 edificios, aunque lo que más destaca es la gigantesca construcción central, en estilo gótico y de granito grisáceo. Para Isabel era su lugar favorito del mundo, básicamente porque era el único espacio donde podía relajarse realmente y hacía vida normal, hasta cierto punto.
La reina llegaba a Balmoral a principios de agosto y no regresaba a Londres hasta ocho semanas más tarde, normalmente en octubre. Todos allí disponían de un programa detallado de actividades: aparte de las horas para el desayuno, el almuerzo y la cena, estaban determinados los días y los horarios exactos para los picnics, las excursiones, la pesca, las cacerías y los paseos a caballo.
El ambiente era relajado. Incluso después de los picnics, era la propia reina quien fregaba los platos. «Te pregunta si has acabado de comer —explicó el exprimer ministro Tony Blair— y si le dices que sí, te recoge el plato, lo lleva al fregadero, se pone los guantes y comienza a fregar».42 Sin embargo, también había hueco para un refinado protocolo. Por ejemplo, todos debían cambiarse unas cuatro veces al día de ropa: para desayunar, luego algo deportivo para salir al campo, ropas de tarde para el té y trajes para la cena.
Cometer el más mínimo error en la indumentaria delata que eres non-U, not one of us, es decir, que «no perteneces», no conoces el código de conducta de la clase alta. Para comenzar, llevar ropas demasiado caras —o, aún peor, nuevas— para salir a dar un paseo se considera un error. En cambio, tener un chaquetón de Barbour o unas botas Wellington antiguas y algo desgastadas significa que paseas a menudo por las montañas, lo que es un signo de que «perteneces». Quejarse por el tiempo es otra gran metedura de pata: en Balmoral siempre llueve y, a pesar de ello, no se interrumpe nunca ninguna actividad.

En Balmoral, la reina podía practicar una de sus actividades favoritas: conducir. Durante la Segunda Guerra Mundial fue mecánica y aprendió a llevar varios vehículos, desde simples coches hasta ambulancias y camiones. Legalmente, era la única persona del Reino Unido que no necesitaba carné de conducir —tampoco pasaporte—, y aunque era muy buena al volante, le gustaba la velocidad y odiaba tener que ponerse el cinturón. Pero no tenía que preocuparse porque la multaran: como soberana, era jurídicamente inviolable.
Era uno de sus muchos privilegios, y la lista era larga. Incluso tenía derecho a prebendas absurdas, como la posibilidad de comer carne de cisne, aunque estuviera prohibido en Inglaterra; o la disposición, según una ley del siglo XIV, de que era dueña de todos los delfines, esturiones e incluso ballenas de las aguas que rodean al Reino Unido. Por no decir que todos los cisnes del río Támesis eran legalmente suyos.
Era la realidad, a veces surrealista, de una mujer nada común.
1 Hoey, Brian, Her Majesty: Fifty Regal Years, Compass Press, Oxford, 2002, p. 1.
2 Marr, Andrew, The real Elizabeth: an intimate portrait of Queen Elizabeth II, Centre Point Large Print, Maine, 2012, p. 32.
3 Smith, Matthew, «Almost a third of the country has seen or met the Queen in real life», YouGov, 17 de mayo de 2018.
4 Ibbetson, Connor, «Platinum Jubilee: how popular are the royals?», YouGov, 31 de mayo de 2022.
5 «The Queen’s favourite horses - 8 riding horses and 5 racehorses», Horse and Hound, 9 de septiembre de 2022.
6 Belam, Martin, «The Queen’s corgies are dead: long live the “dorgis”», The Guardian, 18 de abril de 2018.
7 Pritchard, Emma-Louise, «The Queen’s beloved corgi Vulcan has sadly passed away», Country Living, 4 de diciembre de 2000
8 Hoey, Brian, Her Majesty: Fifty Regal Years, ob. cit., p. 2.
9 Hoey, Brian, Her Majesty: Fifty Regal Years, ob. cit., p. 2
10 Hoey, Brian, Her Majesty: Fifty Regal Years, ob. cit., p. 2
11 Hoey, Brian, Her Majesty: Fifty Regal Years, ob. cit., p. 2.
12 Best, Chloe, «This is how long it takes to iron the royal family’s bed sheets», Hello Magazine, 4 de octubre de 2018.
13 Hoey, Brian, Her Majesty: Fifty 50 Regal Years, ob. cit., p. 3.
14 Miller, Frederika, «Queen Elizabeth II height: How tall is the Queen — and how much has she shrunk?», The Express, 19 de junio de 2019.
15 Macleod, Melanie, «The Queen’s health: all the times Her majesty has been ill over the years», Hello Magazine, 14 de abril de 2022.
16 Hoey, Brian, Her Majesty: Fifty 50 Regal Years, ob. cit., p. 3
17 Maloney, Maggie, «Who is Angela Kelly, Queen Elizabeth’s Personal Wardrobe Advisor?», Town and Country Magazine, 21 de julio de 2020.
18 Marr, Andrew, The real Elizabeth: an intimate portrait of Queen Elizabeth II, Centre Point Large Print, Maine, 2012, p. 16.
19 Minihan, Mary, «Queen’s white silk dress adorned with 2.901 hand-sewn embroidered shamrocks», The Irish Times, 19 de mayo de 2011.
20 Todos los detalles sobre los trajes de Isabel II y su elaboración se han obtenido del libro de Angela Kelly, The Other Side of the Coin: The Queen, the Dresser and the Wardrobe, Harper Collins, Londres, 2019.
21 Ostler, Catherine, «How the Queen’s worn the same shoes for 50 years... anda has a servant called Cinders to wear them in!», The Daily Mail, 27 de junio de 2014.
22 Halleman, Caroline, «Queen Elizabeth Has Someone to Break In Her Shoes For Her», Town and Country Magazine, 28 de octubre de 2019.
23 Foussianes, Chloe, «Queen Elizabeth Has Carried the Same Three Launer Bags for Years, Because Like Her They Improve With Age», Town and Country Magazine, 9 de enero de 2019.