La Reina
2 Lilibet
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En el mes de abril de 1926, un conjunto de condiciones adversas y de decisiones políticas ridículamente torpes habían llevado a Inglaterra al borde de una grave crisis interna. Las minas de carbón ya no producían como antes y las exportaciones se habían reducido drásticamente después de la Primera Guerra Mundial, cuando las potencias ganadoras obligaron a Alemania a exportar carbón gratis a Francia e Italia como medida de reparación por los costes de la contienda. Además, Winston Churchill, por entonces Chancellor of the Exchequer, algo así como ministro de Hacienda, impuso el patrón oro en 1925, lo que hizo que la libra esterlina se volviese demasiado fuerte frente a otras divisas y que los productos británicos se tornaran aún más caros.
En medio de semejante polvorín, algunos propietarios de minas decidieron injustamente que querían seguir manteniendo intactos sus beneficios, por lo que anunciaron que iban a reducir los jornales a los mineros. La respuesta no se hizo esperar y enseguida se organizaron manifestaciones donde el líder del sindicato de mineros A. J. Cook proclamaba: «No vamos a seguir siendo esclavos y nuestros hombres morirán de hambre antes que aceptar una rebaja en su salario».
El Gobierno del conservador Stanley Baldwin intentó mediar para calmar las aguas, pero cuando reconoció que no había alternativa a la bajada salarial, no solo los mineros anunciaron que se declararían en huelga, sino que otros sectores, como los maquinistas, estibadores y trabajadores del metal y acero comunicaron que se unirían al parón en solidaridad. El inicio de la huelga general, la primera de la historia de Inglaterra, quedó fijado para el día 3 de mayo, a partir del primer minuto tras la media noche.
El 20 de abril, a menos de dos semanas de que comenzase la huelga, el Gobierno estaba intentando a la desesperada buscar una solución al conflicto. El secretario del Interior, sir William Jix Joynson-Hicks, futuro lord Brentford, un hombre ultraconservador que consideraba a los sindicalistas revolucionarios peligrosos, se quedó esa noche hasta tarde en su despacho preparando una reunión crucial que tendría al día siguiente con el primer ministro y los representantes de los mineros. Sin embargo, pasada ya la medianoche tuvo que abandonar el ministerio y acudir rápidamente al número 17 de la calle Bruton, muy cerca de Berkley Square, en el barrio de Mayfair, donde vivían los Bowes-Lyon, una de las familias aristocráticas con más pedigrí del reino.
Elizabeth Bowes-Lyon, duquesa de York y esposa del segundo hijo de los reyes de Inglaterra, se había puesto de parto y, dado que la criatura que iba a nacer aquella noche ocuparía el tercer lugar en el orden de sucesión a la corona, se requería la presencia de un miembro del Gobierno en el momento exacto del alumbramiento. Desde que en 1688 se intentara cambiar a los bebés en el lecho de María de Módena, la esposa de Jaime II, era obligatoria la presencia de un notario oficial que certificara que el recién nacido era realmente de sangre real.

Elizabeth Angela Marguerite Bowes-Lyon era una mujer menuda —la prensa decía petite—, de apenas 1,57 metros, rostro agradable y preciosos ojos azules. De carácter dulce y muy simpática, tenía sin embargo una gran fortaleza, estaba muy chapada a la antigua y desaprobaba el comportamiento de las mujeres modernas: ella ni llevaba el pelo corto a lo garçonne, ni se le ocurrió nunca bailar jazz. Por el contrario, le gustaban el campo y la caza, jugaba bastante bien al tenis, montaba a caballo, disfrutaba del ballet y, sobre todo, era una gran aficionada al teatro. Si bien no era una intelectual en absoluto, leía mucho, aunque siempre libros ligeros, como las comedias de P. G. Wodehouse y novelas de gánsteres neoyorquinos.
Elizabeth era la novena hija de los condes de Strathmore y Knighorne, una familia cuyo linaje se remontaba a los reyes medievales: su primer ancestro conocido, lord John Lyon de Glamis, fue el chambelán de Escocia de 1377 a 1382, y se casó con Jane, la hija del rey Robert de Bruce.1 Los Bowes-Lyon eran inmensamente ricos y disfrutaban de muchas propiedades: una gran mansión en Londres; una finca inmensa con otra mansión en St. Paul’s Walden Bury, en Hertfordshire; el castillo de Streatlam, en Durham; y una tétrica fortaleza escocesa, Glamis, donde se supone que vivió el auténtico Macbeth y se rumoreaba que aún merodeaban fantasmas.
El padre de Elizabeth, Claude Bowes-Lyon, era un hombre profundamente religioso que, como buen aristócrata, tenía sus dosis de excentricidades: atesoraba un imponente bigote que separaba solemnemente cada vez que daba un beso a sus hijos; bajaba a desayunar cada día ensayando movimientos de críquet, se preparaba personalmente una taza de cacao y cada mediodía tomaba un postre de ciruela. A pesar de su inmensa riqueza, no tenía problema alguno, al contrario, en codearse con personas más humildes sin resultar forzado ni pedante. A diferencia de tantos otros, Claude era un terrateniente muy preocupado por el bienestar de los campesinos que arrendaban sus tierras y a menudo iba en poni a visitarlos y charlar con ellos.
Su esposa, Cecilia Nina Cavendish-Bentinck, era deliciosamente agradable, gran pianista y aficionada a la jardinería. Descendiente de Enrique VII, de la dinastía Tudor, y emparentada con los duques de Portland y de Devonshire, lady Cecilia era una mujer de una gran inteligencia y talento artístico, ávida lectora y educada en francés, alemán, italiano y algo de latín. Como todas las damas de alta alcurnia del momento, era muy victoriana: creía en el esfuerzo, el deber y la disciplina —«El trabajo es la renta que pagas por vivir», insistía— y exigía modales perfectos a todos sus hijos —«Si algo o alguien te aburre, la culpa es tuya».2
Lo más destacable de ella, sin embargo, es que en un tiempo en el que las grandes damas no cuidaban de sus bebés en absoluto, lady Cecilia se empeñó en dar el pecho a sus hijos, un gesto inaudito. Después de que Elizabeth naciera, el 4 de agosto de 1900, en la casa familiar de St. Paul’s Walden Bury, su madre la amamantó durante más de un año.3 También se preocupó por su educación y pasaba muchos ratos con ella, algo muy poco frecuente entonces.
No hay duda de que lady Elizabeth, como era conocida de pequeña, tuvo una infancia idílica. Su formación, aunque somera para los estándares actuales, fue bastante avanzada para su época. Primero su nanny se encargó de que aprendiese el alfabeto, luego hizo ejercicios de caligrafía y después su madre le enseñó a leer y a escribir con historias de la Biblia.4
Elizabeth fue enviada a una guardería de Londres que seguía la pedagogía del alemán Friedrich Fröbel, el creador del concepto Kindergarten, jardín de infancia, la educación preescolar basada en juegos y tareas apropiadas. El centro, situado en el número 25 de Marylebone High Street, estaba regido por la señorita Constance Goff, la cual daba mucha importancia a los idiomas extranjeros y hacía que los niños representasen pequeñas obras de teatro en francés y alemán.5
Sobre los nueve años comenzó su instrucción con institutrices. La primera fue mademoiselle Lang, con la que solo podía hablar en francés. Se contrató también a un muy buen tutor de dibujo y pintura, el artista Thornton Andrews, pero nunca llegó a ser una gran retratista y solo consiguió hacer paisajes con cierta técnica.6 Con la música tuvo más suerte: su madre, una magnífica pianista, le enseñó a tocar el piano y, en cuanto tuvo edad, la matriculó en las clases de música y canto de madame Mathilde Verne, una concertista consumada que había estudiado con Clara Schumann. De la danza se ocupó un tal mister Neil y, luego, madame D’Egville.
A los doce años, se consideró apropiado que asistiera algunos meses a un colegio para que estuviera rodeada de jovencitas de su edad. La matricularon en la academia de las señoritas Irene y Dorothy Birtwistle, en el número 30 de la calle Sloane, un centro que impartía «clases muy selectas».7 Elizabeth destacó en literatura, pero no en matemáticas y se sabe que suspendió algún examen.
Pasado un año, se retomaron las clases privadas con institutrices, esta vez con una Fräulein, Kaethe Kübler, una joven de veintiún años que era hija de un oficial prusiano. La germana pensaba que Elizabeth no había recibido una formación adecuada y que las mademoiselles no la habían instruido como debían, por lo que estableció una férrea disciplina. A las nueve y media en punto, comenzaban las lecciones. El programa fue muy completo: alemán, francés, historia, geografía, matemáticas, naturaleza, dibujo, labores y gimnasia.8
Kübler exigió tanto a Elizabeth que en un año estuvo preparada para aprobar el Junior Oxford, una especie de certificado escolar. El siguiente paso hubiese sido enviarla a un internado o a una finishing school, una escuela para señoritas dedicada a enseñar algunas materias antes de que las jóvenes fueran presentadas en sociedad. Sin embargo, los Bowes-Lyon no consideraban necesario ir a un colegio de secundaria para recibir una buena formación y pensaron que podía continuar sus estudios con tutores. Lady Cecilia, de hecho, tenía diseñado un completo programa para seguir inculcando a su hija un gran interés por la música, los idiomas y el arte. Estableció una larga lista de lecturas, seleccionó buenos maestros y planificó viajes a Alemania, Italia y Austria para que puliera su acento y visitara museos extranjeros.9 No pudo hacerlo porque las desgracias llamaron a la puerta.
La mañana del 29 de junio de 1914, lord Strathmore leyó con consternación en The Morning Post que habían asesinado al archiduque Francisco Fernando de Austria y a su esposa en Sarajevo. «Esto es la guerra», musitó el aristócrata.10
Tenía razón: la Primera Guerra Mundial estalló a los pocos días. La familia transformó el castillo de Glamis, en Escocia, en un hospital para soldados que regresaban de las trincheras francesas. Elizabeth tejió calcetines y cosió camisas para los militares y, aunque se la consideró demasiado joven como para curar a enfermos, sí que pasó largas horas hablando con ellos para entretenerlos. Al cabo de los años, muchos aún se acordaban de ella y decían que era una joven entrañable que les hizo su estancia muy agradable.
Pero lo peor estaba por venir: uno de sus hermanos, Fergus, murió en las trincheras de Loos y nunca pudieron recuperar su cuerpo; otro hermano, Michael, fue hecho prisionero y durante mucho tiempo pensaron que había muerto; y un tercero, Patrick, regresó con graves daños psicológicos de los que nunca se recuperaría. Todo aquello sirvió para que Elizabeth desarrollara un profundo odio a Alemania que jamás superó.
Siempre optimista, sin embargo, Elizabeth no se hundió y, en 1919, a los dieciocho años, hizo su debut en sociedad. Como aún se estaba oficialmente en guerra, no hubo un coming out, una fiesta de puesta de largo o ceremonia de presentación oficial ante la corte. De pequeña, Elizabeth había asistido a fiestas infantiles, como las organizadas por los marqueses de Salisbury para su hijo, lord David Cecil, o las que montaba la duquesa de Buccleuth para sus nietos en Montagu House, en Whitehall.11 A partir de ese momento retomó el hábito y comenzó a asistir a bailes, siempre acompañada de su madre o una de sus hermanas. El primero fue el que organizó la condesa de Powis para su hija, Hermione, en su mansión de Berkeley Square.12
Elizabeth también comenzó a disfrutar de fines de semana en las grandes fincas señoriales de algunos conocidos y, cuando estaba en Londres, iba mucho al teatro. Por aquel entonces se estrenaban a menudo obras de George Bernard Shaw y Somerset Maugham, aunque a ella las que más le gustaban eran las piezas de J. M. Barrie, hoy tan solo recordado como el autor de Peter Pan, aunque en su momento fue un dramaturgo muy famoso.13 Barrie pasaba temporadas en su pueblecito natal de Kirriemuir, en Escocia, y como estaba cerca de Glamis, a veces se acercaba al castillo para tomar el té con los Bowes-Lyon y sus hijos.
Elizabeth resultó toda una sensación en sociedad y enseguida decenas de pretendientes compitieron por su atención: la encontraban ingeniosa, encantadora y también bonita. Por no decir que se rumoreaba que era la «mejor bailarina de Londres».14 Su tarjeta de baile estaba siempre repleta y en una de ellas se puede ver que, entre otros, bailó dos valses con el príncipe Pablo de Serbia, cuatro piezas con un tal Victor Cochrane-Baillie, un foxtrot con lord Gage y otro con lord Doune.15
Sin embargo, Elizabeth pronto solo tuvo ojos para un hombre. En el verano de 1919, uno de sus hermanos invitó a un amigo a pasar unos días en Glamis. Se llamaba James Stuart y era el hijo del conde de Moray. Físicamente imponente, era también muy valiente: había servido en los Royal Scots, luchado en las batallas del Somme, Arrás e Ypres, y ganado una Cruz al Mérito Militar. De vuelta a la vida civil, había comenzado a estudiar Derecho en la universidad de Edimburgo, pero la Casa Real lo había nombrado recientemente equerry del príncipe Alberto, duque de York, segundo hijo de los reyes.
En cuanto Elizabeth y James se conocieron, ella lo encontró irresistible y la atracción fue mutua. En aquella época, los códigos morales eran tan férreos que dos enamorados jamás permanecían a solas y no podían tocarse más allá de lo estrictamente necesario para bailar. Pero a nadie se le escapaba que estaban siempre juntos y muy sonrientes.
Irónicamente, sería James Stuart quien presentaría a Elizabeth a su futuro marido. Fue el 2 de junio de 1920, en la casa de lord Horace Farquhar en Grosvernor Square, en Londres. Este había organizado una fastuosa velada para veinte personas a la que asistió la mismísima reina María, vestida con «un traje de brocado en azul y plata con una tiara de diamantes». Sus hijos, los príncipes Alberto y Enrique y la princesa María, también estaban presentes.16 Tras la cena se organizó un baile y James sacó a Elizabeth a bailar. Tan pronto como el príncipe Alberto se fijó en ella, le pidió a su equerry que los presentara.

El príncipe Alberto Federico Arturo Jorge, Bertie para su familia, duque de York, conde Inverness y barón Killarney, era un tipo que siempre tuvo la sensación de vivir bajo la influencia de su mala estrella. Incluso nació el 14 de diciembre de 1895 o, lo que era lo mismo, el Mausoleum Day, el treinta y cuatro aniversario de la muerte del príncipe Alberto, marido de la reina Victoria.
Bertie era el segundo hijo del rey Jorge V y la reina María y se crio rodeado de un protocolo enfermizo. Su padre era un tipo bajito, de inteligencia limitada y sin apenas formación académica que vivía obsesionado con la tradición, el orden y la disciplina. Su odio por todo lo moderno llegó a tal punto que ni leía novelas, ni iba al teatro, ni le gustaba viajar, ni aprobaba los cócteles o las mujeres con las uñas pintadas. Su carácter era seco y tajante, y con frecuencia perdía los nervios y se le oía chillar «damn fool», algo así como maldito imbécil. Sin embargo, también resultaba honesto, era muy trabajador y estaba muy solidarizado con el bienestar de las clases obreras.
En principio, Jorge no tendría que haber subido al trono. Su hermano mayor, el duque de Clarence, era el heredero, aunque a nadie se le escapaba que no era la persona más adecuada para ceñirse la corona: solo le interesaba jugar al polo y sus apetitos sexuales eran tan voraces que se rumoreó que podría haber sido el auténtico Jack el Destripador. Por no decir que quiso casarse con la princesa Hélène de Francia, una católica, algo intolerable en la época: desde el divorcio de Enrique VIII de Catalina de Aragón, el matrimonio con alguien de fe católica implicaba perder el derecho al trono (la norma no se cambió hasta hace poco).
Para intentar enderezarlo, la reina Victoria le escogió como prometida a María de Teck, May para su familia. Era una mujer bajita pero con una gran presencia y, sin atesorar una gran belleza, resultaba bonita con sus grandes ojos azules y su pelo rubio siempre peinado en altos moños de rizos y ondas, como era la moda del momento. Tenía una vena artística —le encantaba bordar, visitar palacios antiguos, ir al teatro y viajar—, pero se mostraba muy tímida, inhibida incluso, con un semblante tan serio que resultaba fría y distante.17
María era víctima de muchas inseguridades, comenzando porque sus poco convencionales orígenes familiares siempre la avergonzaron. Aunque era princesa, descendía de Jorge III y su abuelo materno era el duque de Cambridge, su padre, el duque Francisco de Teck, era resultado de un matrimonio morganático y estaba emparentado con condes de segunda fila en la Transilvania, algo que por entonces era considerado un gran defecto. Además, sus padres solían hacer el ridículo en público a menudo: ella engullía tanta comida que llegó a sufrir obesidad mórbida y él montaba escándalos a la mínima, chillando con rabia por cualquier tontería. A esto había que sumarle los problemas de dinero: los Teck llegaron a pasar tantas estrecheces económicas que se vieron obligados a irse a Florencia, donde la vida era más barata.
Cuando la escogió como futura esposa de su nieto, la reina Victoria decidió pasar por alto estos detalles y centrarse en lo positivo: María era, al fin y al cabo, muy inteligente, culta y poco dada a frivolidades. Además de inglés hablaba francés y alemán, y había estudiado arte y literatura.
La boda, sin embargo, no pudo tener lugar porque cinco semanas antes del enlace, en mayo de 1892, el duque de Clarence murió repentinamente de una neumonía. Jorge se convirtió en el nuevo heredero y Victoria decidió que se casaría con María. A esta le horrorizó la idea y huyó despavorida a Cannes, pero el príncipe salió en su búsqueda, la calmó y entre ambos empezó a desarrollarse una bonita amistad. Se casaron el 6 de julio de 1893.
A pesar de que el suyo fue un matrimonio de conveniencia, funcionó. Ambos eran formales hasta el aburrimiento, conservadores y muy conscientes de sus obligaciones como miembros de la realeza. Su primer hijo nació en 1894. Se llamaba oficialmente príncipe Eduardo, pero su familia lo conocía como David. Dieciocho meses después vendría al mundo Alberto, Bertie. Después llegarían la princesa María y los príncipes Enrique, Jorge y Juan. Este último nació con algún tipo de daño cerebral que nunca ha sido especificado. Fue apartado de la realeza y enviado a vivir a Wolferton Farm, en Sandringham, bajo el cuidado de una nanny, Lalla Bill.
La infancia de los príncipes fue triste y solitaria, sobre todo la de Bertie. Una de sus primeras nannies era una mujer con graves problemas mentales —muchas biografías la califican de «sádica»—, que no se preocupó por él lo más mínimo y le daba el biberón mientras lo movía con fuerza en el cochecito, lo que le provocó problemas de estómago que se fueron agravando con el tiempo. Además, era de constitución enclenque y zurdo, hecho que en aquel momento se consideraba un defecto, por lo que lo obligaron a escribir con la mano derecha. También sufrió una desviación de rodillas que le forzó a llevar unas tablillas de hierro para enderezar las piernas. Tenía que usarlas día y noche, y le hacían tanto daño que muchas veces lloraba. Un ayuda de cámara, Frederick Finch, una de las pocas personas que le demostró algo de cariño de pequeño, se compadecía de él y se las quitaba para que pudiera dormir tranquilo.
La relación de los pequeños príncipes con sus padres fue muy complicada. Su madre era una mujer de gran sensibilidad, pero sin ningún instinto maternal. Su padre no solo los intimidaba, sino que muchas veces los trataba a chillidos. Como resultado, David, el primogénito, acabó con problemas serios de alimentación. Bertie desarrolló un tartamudeo que le acompañó toda la vida y comenzó a tener golpes súbitos de genio violento, unos ataques que él llamaba sus gnases: gritaba e insultaba al primero que pillase delante, aunque los ataques le duraban poco y era el primero en arrepentirse por haber perdido las formas. También sufría episodios depresivos regularmente: frente a cualquier revés, eventualidad o infortunio se hundía en la miseria, le dominaba la pena y su estado anímico fluctuaba entre la desesperación y períodos de excitación nerviosos, casi histéricos.
Los príncipes seguían horarios estrictos. Un criado los despertaba a las siete en punto y, media hora más tarde, estaban en sus pupitres para hacer preparation, lo que ahora llamaríamos deberes, durante cuarenta y cinco minutos. Luego desayunaban y a las nueve comenzaban las clases hasta el almuerzo, con una pausa de sesenta minutos a media mañana para jugar. Después de comer salían al campo, hacían otra hora de lecciones y tomaban el té, así llamado, aunque en realidad los pequeños disfrutaban de un vaso de leche, magdalenas y mermelada. Era su última comida del día: siguiendo la tradición de las clases altas inglesas, los niños no cenaban. Sobre las cinco iban a ver a sus padres. «Mi padre nunca se quedaba demasiado tiempo a la hora del té», recordaría David en sus memorias. «Solía irse solo a la biblioteca, donde se ocupaba de su colección de sellos o de su correspondencia o escribía o leía el The Times hasta la hora de cenar».18 Su madre, en cambio, aprovechaba para enseñarles canciones: a veces eran rimas populares escocesas y otras, melodías como «Oh, My Darling Clementine» o «Funiculi, Funicula».19 Más tarde había un rato más de ejercicios y regresaban de nuevo a ver a la reina María. «Mi madre —explicaría David— tenía por costumbre descansar en su boudoir (tocador) antes de cenar y se reservaba esa hora para nosotros. Nos llamaban a las seis y media y, cuando llegábamos, ella estaba en négligée descansando en un sofá. Nos sentábamos en pequeñas sillas a su alrededor y nos leía o nos hablaba».20 También les enseñaba a tejer bufandas y mantas de lana. Eran encuentros agradables, pero desgraciadamente no sirvieron para estrechar la relación entre María y sus hijos: ella era demasiado hermética y reservada como para mostrar ningún tipo de cariño.
Intelectualmente, Bertie era bastante limitado. Primero fue educado con una institutriz francesa que no le enseñó prácticamente nada y luego con un aburrido tutor privado. Con los años, se fueron contratando más tutores para materias específicas, pero ninguno consiguió gran cosa.
En lo único en lo que destacó fue en la Marina. Consiguió pasar los exámenes de acceso del Royal Naval College, la escuela de preparación en Osborne. En principio tendría que haber sido tratado exactamente igual que cualquier otro cadete, pero a nadie se le escapaba que disfrutó de ciertos privilegios.
En Osborne, Bertie vivió por primera vez rodeado de otros chicos de su edad que lo trataban sin ninguna deferencia. Hasta entonces se había criado con sus hermanos y solo había confraternizado con otros chiquillos en las clases de baile a las que acudía dos veces por semana y en algunas fiestas de cumpleaños con hijos y nietos de aristócratas. Pero todo era muy restringido y, más allá de algún partido de fútbol esporádico con chicos de clases obreras, no se había relacionado con nadie fuera de una pequeñísima burbuja.
Seguramente por ello, y por su temperamento frágil, no estaba preparado para el acoso que tuvo que aguantar: como era muy tímido y tartamudo, en ocasiones se quedaba callado cuando le hacían una pregunta, lo que hizo pensar a muchos que era estúpido. Tampoco estaba preparado para la férrea disciplina: los cadetes se alojaban en grandes dormitorios en camas de hierro, se despertaban cada mañana al alba y se duchaban con agua fría. La comida era pésima y las clases muy difíciles.
Bertie, demostrando que tenía una fuerza de voluntad fuera de lo común, acabó por adaptarse y hacer amigos, aunque sus notas siempre fueron un desastre, terminó el último de su promoción y, probablemente, de no haber sido príncipe, hubiese sido expulsado. Sin embargo, consiguió pasar al Dartmouth Royal Naval College, la escuela de oficiales, donde ya estaba estudiando su hermano mayor, David.
Su estancia allí comenzó muy mal: un mes después de entrar, hubo un brote de sarampión y paperas, y los príncipes contrajeron ambas enfermedades. Muchos biógrafos han apuntado que, como consecuencia de estas dolencias, Bertie y, sobre todo, David acabaron con problemas en los testículos, lo que les provocaría cierta infertilidad de adultos.
No obstante, más allá de este desafortunado incidente, Bertie disfrutó en Dartmouth y se reveló como un gran marino en ciernes.
Durante la Primera Guerra Mundial, Bertie luchó en la batalla de Jutlandia y, de vuelta a Inglaterra, se convirtió en el primer miembro de la familia real en sacarse el certificado de piloto. Luego fue un año a Cambridge, una experiencia que resultó muy poco satisfactoria para él. Su padre no le dejó instalarse en el campus, sino que lo obligó a residir en una casa a más de un kilómetro de la universidad, y apenas conoció a nadie ni se relacionó con gente de su edad.
Superados sus estudios, tocaba buscarle algo a lo que dedicarse, y su padre dio pronto con un rol que Bertie ejercería a la perfección. En 1919, el rey Jorge V estaba alarmado por el nivel de descontento de muchos de sus súbditos, sobre todo del de los soldados que habían vuelto de la Primera Guerra Mundial malheridos y no podían encontrar trabajo. Se sabía que en reuniones sindicales se lanzaban proclamas en honor de Lenin y el soberano tenía que el bolchevismo arraigara en Inglaterra.
Jorge V decidió tomar cartas en el asunto: envió a su hijo mayor, David, el príncipe de Gales, a largos viajes por todo el Imperio para demostrar la importancia de la familia real y decidió que Bertie se centraría en las relaciones de la Corona con la clase obrera. Él se lo tomó muy en serio: se convirtió en presidente de la Industrial Welfare Society, la sociedad por el bienestar industrial, dedicada a mejorar las condiciones de los trabajadores. La organización había nacido justo después de la guerra, cuando Seebohm Rowntree, un activista de York muy implicado en la lucha contra la pobreza, le hizo ver al entonces primer ministro Lloyd George que las condiciones de los niños y las mujeres en las fábricas de municiones durante la contienda habían sido inaceptables. El Gobierno le pidió a Rowntree que, junto con el reverendo Robert Hyde, que había trabajado intensamente para aliviar el sufrimiento de Hoxton, uno de los barrios más marginales de Londres, crearan una asociación. Ambos fueron muy ambiciosos: la idea era que se podía generar más riqueza tratando bien a los trabajadores que explotándolos, por lo que era importante cambiar las condiciones en las fábricas y también proveer tiempo libre de calidad.21
Bertie no se limitó a ser un presidente honorífico de la asociación. Su actividad fue incesante y también sincera: aunque odiaba la vida pública y dar discursos era para él una tortura, disfrutaba visitando fábricas, minas y astilleros, y se implicó en la recogida de fondos. La prensa no le prestó excesivo interés y apenas salía en los periódicos, pero su tarea fue bastante exitosa. La Industrial Welfare Society consiguió tejer alianzas con decenas de empresas que comenzaron a poner en práctica mejoras sustanciales, como planes de pensiones, atención médica, medidas de prevención de accidentes y la instalación de lavabos y cantinas. Bertie también puso en marcha los Duke of York’s Camp, los campamentos del duque de York, donde se juntaban jóvenes de los internados más elitistas con muchachos obreros de las fábricas, se celebraban competiciones deportivas y se cantaba alrededor de las hogueras.

Poco a poco, el príncipe fue haciendo amigos que le durarían el resto de su vida. Todos tenían algo en común: eran bastante mayores que él y lo trataban como si fueran padres sustitutos. Su mejor compañero era el doctor escocés Louis Greig, que le sacaba quince años, un cirujano de la Marina y, más tarde, comandante de aviación. Se conocieron en Osborne y aunque ambos venían de mundos distintos —Greig era hijo de un comerciante que había hecho cierta fortuna—, congeniaron enseguida.
Greig lo acompañó durante su estancia en Cambridge y lo ayudó a superar su tendencia a ofuscarse e incluso deprimirse cuando alguna cosa le salía mal. También lo inició en materias sexuales. Preocupado porque el príncipe era demasiado tímido como para ligar, Greig se las apañó para presentarle a Phyllis Monkman, la bailarina de musicales más famosa por entonces, una mujer de estatura menuda y con mucho sentido del humor.22
Pocos meses más tarde, el príncipe también se fijaría en otra mujer de gran personalidad: lady Maureen Vane-Tempest-Stewart, hija del marqués de Londonderry, un millonario que poseía minas en el condado de Durham y que había hecho sus pinitos en política en el Partido Consevador.23
Después, Bertie comenzó un intenso romance con la australiana Sheila Chisholm, hija de un famoso criador de caballos y esposa de lord Francis Loughborough, Loughie para su familia, «un hombre adicto al juego y a la botella», en palabras del biógrafo Hugo Vickers.24 Sheila era una mujer muy atractiva, sofisticada, divertida y moderna, un ejemplo de las flappers de los años veinte con su pelo corto, sus faldas subidas peligrosamente hasta debajo de las rodillas y sus maneras sexuales relajadas para la época. Bertie llegó a estar muy enamorado de ella, pero su padre, el rey, le ordenó que la dejase y que se buscase una esposa adecuada. Muy a su pesar, tuvo que obedecerle.

Cuando Elizabeth y Bertie bailaron juntos por primera vez en la fiesta de lord Farquhar después de que James Stuart los presentase, ninguno sintió una atracción especial por el otro: ella estaba enamoradísima de James y él aún tenía a Sheila en el recuerdo. Sin embargo, tras coincidir en varias ocasiones, él empezó a interesarse por ella y se las ingenió para ir a los mismos bailes de sociedad.
Se cree que comenzó a cortejarla formalmente un fin de semana de junio que pasaron con otros amigos en Bisham Abbey, una preciosa casa en Marlow.25 Tan solo unas décadas antes, él no hubiese podido hacerlo porque, aunque aristócrata, era una commoner, es decir, no pertenecía a la realeza. Pero los tiempos estaban cambiando y el rey Jorge V estaba dispuesto a dar su consentimiento a bodas de sus hijos con la nobleza, si bien siempre de los mayores escalafones: duques o condes.
Bertie se enamoró perdidamente de Elizabeth y se le declaró en 1921, pero ella lo rechazó. Él insistió al cabo de unos meses, pero ella volvió a decirle que no. La familia de ella nunca la presionó para que aceptara. Al contrario: los Bowes-Lyon eran muy conscientes de su pedigrí exquisitamente británico y consideraban a la monarquía como un conjunto de alemanes a los que había que hacer la reverencia de vez en cuando. Además, el día a día de la realeza, con un sinfín de actos públicos y siempre de cara a la galería, era visto con espanto por duques, condes y marqueses, los cuales preferían el anonimato y la vida ciertamente hedonista en sus grandes fincas campestres.
El gran problema, sin embargo, era que Elizabeth no estaba interesada en él. Bertie era una buena persona, tenía un gran corazón, era alto, elegante, un magnífico jugador de tenis, un excelente jinete y resultaba un buen bailarín. Sobre todo, transmitía ese aire vulnerable, melancólico y frágil que muchas mujeres encuentran irresistible. Pero a ella no se le escapaban su pronto iracundo, su tendencia a perder los nervios constantemente, su delicada salud y su limitado intelecto. Era tartamudo y sufría innumerables tics: «A veces parpadeaba en exceso y no era capaz de controlar los músculos alrededor de su boca», escribió Penelope Mortimer.26 Elizabeth sentía que podía optar a mucho más.
El duque de York no perdió la esperanza y siguió cortejándola con absoluta devoción. Curiosamente, fue su madre, la reina María, quien le echó un cable: anunció que iría en persona a Glamis para pasar unos días con los condes de Strathmore y así evaluar a la candidata. Esta pasó con nota el examen y la reina, comprendiendo que, para empezar, debía deshacerse de James Stuart, decidió charlar en privado con la madre de él y la de Elizabeth. Entre las tres decidieron que lo mejor era enviar a James una larga temporada al extranjero. Al cabo de pocas semanas, ponía rumbo a Oklahoma para trabajar en una compañía petrolífera.
Algunas biografías han sugerido que la reina María llegó a considerar a Elizabeth tan buen partido que incluso pensó en ella como prometida del príncipe de Gales. Tiene bastante sentido, porque comenzó a ser invitada a actos destacados de la familia real para que pudiera acercarse a David y, de paso, ser presentada poco a poco ante la opinión pública. Fotografías suyas junto a la reina y otras personas importantes fueron filtradas a revistas respetables del momento, como Tatler, y Elizabeth fue una de las damas de honor en la boda de la princesa María, hija de los reyes, con Henry Lascelles, conde de Harewood.
Sin embargo, David nunca le hizo demasiado caso y, lo que era peor, la prensa comenzó a rumorear en exceso sobre ella. Incluso a principios de enero de 1923, el periódico Daily News publicó que Elizabeth iba a casarse con el príncipe de Gales. Para evitar un escándalo, decidió aceptar a Alberto y así zanjar los cuchicheos.
El sábado 13 de enero de 1923, ambos salieron por la mañana a dar un paseo por los jardines de St. Paul’s Walden Bury. Él se volvió a declarar; esta vez, ella dijo que sí. El príncipe enseguida telegrafió a sus padres con la buena noticia: «Todo ha ido bien». Años más tarde, ella reconoció: «Era mi obligación casarme con Bertie. Me enamoré de él después».

Desde el momento en que se hizo público el compromiso, Elizabeth comenzó a recibir joyas a la altura de una futura princesa. También iba a cenas privadas en Windsor y enseguida descubrió que, a pesar de que muchas veces solo cenaban los reyes y sus hijos, un recargado protocolo se seguía escrupulosamente cada noche: el rey y el príncipe de Gales llevaban los llamados uniformes Windsor diseñados por Jorge III —levita con solapas y puños rojos, chaleco blanco, calzones a media pierna con medias de seda— y las mujeres, trajes largos y tiaras. Mientras cenaban se escuchaban piezas de musicales muy famosas en la época, como «The Merry Widow», tocadas por músicos con violines escondidos tras un biombo.27
Justo una hora después de servirse el primer plato, la reina María se levantaba, lo que indicaba al resto de damas que debían hacer lo mismo. Las mujeres iban al salón contiguo y la reina conversaba con cada una individualmente. Luego, cuando aparecían el rey y el resto de los caballeros, se escuchaba música, normalmente piezas clásicas y marchas militares. Al final sonaba el himno nacional, que debía ser escuchado solemnemente de pie.28
En estas veladas, el rey trataba a Elizabeth con un cariño especial. Le gustaba que no fuera una flapper, que se vistiera a la antigua usanza y que siguiese las tradiciones de antaño. Tanta estima le llegó a tener que incluso le perdonaba su impuntualidad, algo que hubiese provocado una gigantesca bronca con cualquier otra persona. «No has llegado tarde, querida —le decía—, los demás nos debemos haber sentado un par de minutos demasiado pronto».
También le perdonó —cosa insólita— que hablase a la prensa. El día después de anunciarse el compromiso, un periodista del diario Star llamó al timbre de Bruton Street con la esperanza de entrevistar a la futura duquesa. Para su sorpresa, esta lo recibió con una sonrisa y accedió a hacer declaraciones. Obviamente, pronto llegaron más reporteros a la mansión de los Bowes-Lyon y todos fueron atendidos.
Aquello horrorizó tanto al rey que envió rápidamente a un equerry a Bruton Street para zanjar de inmediato semejante circo. Jorge V consideraba a todos los periódicos, excepto el The Times, como una auténtica basura, por lo que le dejó claro a su futura nuera que jamás volviese a hablar con ellos. Fue una lección que nunca olvidaría.

El 26 de abril de 1923, la Casa Real británica puso en marcha una gran innovación: una boda real pensada para las masas. Hasta entonces la monarquía se había casado en ceremonias bastante discretas en Windsor o el palacio de Saint James, pero Jorge V había decidido transformar las bodas de sus hijos en grandes espectáculos mediáticos.
Su hija, la princesa María, ya se había casado en la abadía de Westminster, la cual no acogía una boda real desde 1382, y Bertie haría lo mismo. Además, habría un desfile de carrozas, un saludo al público desde el balcón de Buckingham y un sinfín de artículos y fotografías en revistas. Incluso se permitió que las cámaras de cine filmaran la procesión real, aunque no se las admitió dentro de la iglesia. El arzobispo de Canterbury se negó en redondo a que imágenes de la ceremonia religiosa fueran grabadas «porque serían vistas en pubs y otros lugares poco decorosos con hombres portando sus sombreros puestos».
El jueves 26 de abril de 1923, día de la boda, la novia salió de la casa de sus padres en Bruton Street a las 11 horas y 12 minutos de la mañana. Llevaba un vestido muy a la moda del momento, de talle recto, con cintura baja y mangas cortas. Estaba hecho en chifón muaré de color marfil y lamé de plata, con bordados de perlas incrustadas, e iba acompañado de un velo hecho con encaje point de Flandes que le había regalado su suegra. El traje lo había diseñado madame Handley-Seymour, la modista de la reina, una señora un tanto chapada a la antigua con boutique propia en la calle New Bond. Elizabeth no llevaba tiara y como ramo escogió un buqué de flores de naranjo y flores blancas de York.
Como era una commoner, fue a la abadía de Westminster en una discreta carroza escoltada solo por cuatro policías a caballo. En la iglesia la esperaba Bertie, vestido con el uniforme de capitán de la Real Fuerza Aérea. El rey iba con el uniforme de Almirante y la reina estaba espléndida.
Al acabar la ceremonia, la recién estrenada duquesa de York depositó su ramo en la tumba al soldado desconocido como homenaje a todos los que habían perdido la vida en la Primera Guerra Mundial. Se inauguraba así una tradición que han seguido todas las novias reales desde entonces.
En el comedor de gala de Buckingham se sirvió un almuerzo para 123 personas dispuestas en mesas circulares presididas por espléndidos ramos de lilas y tulipanes blancos y rosas. El menú, de ocho platos, como era costumbre por aquel entonces entre las clases altas, incluía:
Consommé à la WindsorSuprême de saumon Reine MaryCôtelettes d’agneauChapon à la StrathmoreJambon et Langue découpées à l’AspicSalade RoyalAsperges avec Sauce Crème MousseuseFraises Duchesses ElizabethPâtisserieFruits29
En el Salón Verde estaba la gran tarta nupcial, de casi tres metros, decorada con el escudo de armas del duque de York y el de los Strathmore. A petición de Bertie, se realizó una segunda tarta idéntica, aunque sin los adornos, que fue cortada en porciones y distribuida entre los niños pobres de Londres.
Después del almuerzo, los novios se cambiaron de ropa y ella se puso un traje de «crêpe romaine en gris perla, con un abrigo a juego y un sombrero de ala vuelta».30 El nuevo matrimonio fue en carruaje descubierto hasta la estación de Waterloo, donde tomaron un vagón especial, decorado con brocados dorados y repleto de rosas y claveles blancos, que los llevaría a Surrey, donde pasarían su luna de miel en Polesden Lacey, una preciosa mansión que les dejó la señora de Ronald Greville.31
De regreso, se instalaron en White Lodge, en Richmond Park, una gran mansión georgiana del siglo xviii construida originalmente para Caroline de Anspach, esposa del rey Jorge II. El exterior era de una gran belleza, con una preciosa fachada de piedra blanca de Portland aderezada con columnas y un frontispicio que recordaba a las villas italianas de Palladio. Sin embargo, el interior estaba en un estado lamentable: no había apenas electricidad ni calefacción central, las tuberías eran primitivas y los cables de la luz no cumplían los más mínimos estándares de seguridad. Por no decir que tan solo había un retrete en toda la casa y tenía más de cien años de antigüedad.
White Lodge requería nada menos que once sirvientes a tiempo completo para funcionar mínimamente, lo que suponía una pequeña fortuna, y estaba bastante lejos de Londres, con lo que el nuevo matrimonio se sentía solo y un tanto marginado. La situación era tan insostenible que los York se pusieron rápidamente a buscar otro hogar donde vivir y, mientras lo encontraban, se instalaron temporalmente en la casa de Londres de los padres de Elizabeth, en la calle Bruton de Mayfair, entonces el barrio más distinguido de la capital. Era una mansión tan elegante como imponente, de cinco pisos y una fachada recubierta de pilastras y columnas corintias.

Dado que el matrimonio no tuvo descendencia hasta tres años después de la boda en una era en que no había contraceptivos, se ha rumoreado hasta la saciedad que el duque de York era impotente. Pero no parece cierto porque el propio Bertie escribió a su amigo Louis Greig para decirle que su noche de bodas había sido un éxito. «¡Estuve muy bien!», apuntó entusiasmado. Aun así, es verdad que el embarazo se hizo de rogar y que los reyes estaban especialmente nerviosos aquella noche del miércoles 20 de abril de 1926.
Al llegar a la calle Bruton, el secretario de Interior disimuló su impaciencia mientras esperaba. Elizabeth llevaba todo el día con contracciones y, después de medianoche, al comprobar que el parto no avanzaba y que el bebé venía de nalgas, sir Henry Simpson, uno de los médicos que atendía a la real paciente, decidió practicar una cesárea, entonces un procedimiento poco frecuente y altamente peligroso. Finalmente, a las 2.40 horas de la madrugada del 21 de abril, nació una niña.
El capitán Reginald Seymour, equerry de sus majestades, se encargó de despertarlos a las cuatro de la madrugada para darles la feliz noticia. Unas cuantas horas más tarde, cuando se aseguraron de que tanto madre como hija estaban fuera de peligro, se hizo público el nacimiento: los convencionalismos sociales de la época eran tan conservadores que no se habló de parto, sino de accouchement, y no se pronunció la palabra cesárea, sino a certain line of treatment, una cierta línea de tratamiento. Pero más allá de protocolos arcaicos, lo importante era que el Reino Unido tenía una nueva princesa. Las campanas de la catedral de San Pablo repicaron de júbilo y se dispararon 21 salvas de honor. Una pequeña multitud se concentró al día siguiente delante de la mansión de los Bowes-Lyon y se recibió en pocas horas una avalancha de telegramas.
A las cuatro de la tarde, los reyes Jorge y María se acercaron a conocer a su nieta. «Es una pequeña delicia con una preciosa tez y un bonito pelo claro», anotó la monarca en su diario. La nueva princesita se parecía claramente a los Windsor y, sobre todo, a su abuela la reina María, lo que lejos de agradarla, hizo que exclamara en cuanto la vio: «Me gustaría que te parecieras más a tu madre».32
Siguiendo la tradición real, Bertie tuvo que pedirle permiso formal a su padre para poder ponerle nombre al bebé. «Estamos ansiosos porque su primer nombre sea Elizabeth, Isabel —escribió al rey—. Es muy bonito y no ha habido nadie con ese nombre en nuestra familia en mucho tiempo. Elizabeth of York, Isabel de York suena precioso». Jorge V estaba de acuerdo. «Bertie no ha propuesto Victoria», apuntó el monarca en su diario, muy consciente de que desde la época de la reina Victoria la tradición era llamar así a la primera niña de la nueva generación de royals. Pero los tiempos estaban cambiando y el rey no consideró necesario ser tan estricto, así que su nieta se llamó Elizabeth Alexandra Mary, Isabel Alejandra María: Elizabeth por su madre, Alexandra por su bisabuela y Mary por su abuela.

La aristocracia siempre ponía a los bebés en el ático porque era la zona de la casa con más luz natural y mejor ventilación. Por ello, la nursery de la nueva princesa estaba en el último piso, en una habitación no excesivamente grande con vistas a los tejados de Grafton Street. Dado que la monarquía no seguía la norma de rosa para las niñas y azul para los niños, sino que se optaba por un neutral amarillo, las paredes se pintaron de color vainilla. La cuna era toda blanca.
Aunque su madre le dio el pecho durante algunas semanas, para cuidar al bebé estuvo durante los primeros días la enfermera Annie Beevers, conocida como Nannie B., una mujer alta y muy morena. Luego llegó Clara Knight, la hija de un granjero de Hertfordshire, también de elevada estatura, con una mandíbula muy marcada y de expresión seria y formal que había sido la nanny de Elizabeth Bowes-Lyon. Como toda buena niñera del momento, Clara siempre iba de uniforme y, cuando salía a pasear con el bebé, llevaba un abrigo azul marino y un discreto sombrero de fieltro. Con el tiempo, sería Alla para la pequeña, y para el resto, la señora Knight: la clase alta siempre daba el tratamiento de señora a las nannies, las cocineras y las amas de llaves, independientemente de si estaban casadas o, como en el caso de Alla, permanecían siempre solteras.
Clara sacaba al bebé cada tarde a dar un paseo por Berkeley Square. Primero lo hacía siempre en brazos y, meses más tarde, cuando ya la princesa fue demasiado grande, en un cochecito. Sus padres la veían dos veces al día: tras el desayuno y después del té.
La pequeña princesa demostró que era una estrella mediática desde el día que llegó al mundo. «Una posible reina de Inglaterra nació ayer en Mayfair», publicó el Daily Sketch. Pero no solo la prensa le dedicó largos artículos al nacer, sino que su bautizo, el 29 de mayo de 1926, en la capilla de Buckingham, fue todo un acontecimiento. Isabel iba vestida con el mismo traje de satén color crema y encaje de Honiton que habían llevado todos los bebés reales desde Vicky, la hija mayor de la reina Victoria. También usó la pila bautismal bañada en plata y en forma de lirio que había diseñado el príncipe Alberto. Sus padrinos —en la tradición protestante son siempre más de dos— fueron: los reyes; su abuela materna, lady Strathmore; su tía paterna, la princesa María; su tía materna, lady Elphinstone; y el duque de Connaught, único hijo vivo de la reina Victoria.
El agua bautismal había sido traída expresamente del río Jordán y, cuando el arzobispo de York se la derramó por encima de la cabeza, la pequeña rompió a llorar. Su nanny tuvo que darle agua de eneldo para calmarla. Fue la única vez en su vida que Isabel montó una escena en público.

Apenas tres meses después de su nacimiento, a principios de agosto, Isabel hizo su primer viaje: fue en tren a Glamis, el castillo de verano de sus abuelos maternos. Normalmente sus padres hacían el trayecto de noche desde la estación de Kings Cross, en Londres, hasta Forfarshire, en Escocia, y llegaban a primera hora de la mañana, pero se consideró que para un bebé sería mejor hacer un viaje tan largo de día, por lo que Isabel partió antes con su nanny. Los duques de York llegaron al día siguiente.33