La Reina
2 Lilibet
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La pareja estuvo unas semanas en Glamis y luego, a finales de agosto, se fue a visitar a amigos. Isabel se quedó al cuidado de sus abuelos y de su nanny. Allá se ocupó de que la rutina de la pequeña no se alterara en lo más mínimo y cada mañana la sacaba en cochecito por el llamado Dutch Garden, el jardín de inspiración holandesa que lady Strathmore había creado con grandes parterres en formas geométricas, florecillas blancas, estatuas mitológicas y fuentes.
A finales de otoño, los York regresaron a Glamis y se llevaron a la pequeña de vuelta a Londres, a la casa de la calle Bruton.
Pero no estarían allí mucho tiempo: el rey había decidido que Bertie y Elizabeth irían de viaje oficial a Australia y Nueva Zelanda justo después de las Navidades —un viaje de seis meses—, por lo que se decidió que la pequeña Isabel pasaría tres meses con los Strathmore en Walden Bury, la gran finca de Hertfordshire, y otros tres en Buckingham.

Minutos antes de las tres de la tarde del 19 de octubre de 1926, el coche del duque de York aparcaba enfrente del número 146 de Harley, una calle entonces repleta de oficinas de médicos. Tenía una cita con un terapeuta australiano especialista en problemas del habla, el enésimo al que consultaba para superar su tartamudez. Todos antes que él —nueve nada menos, calculó rápidamente— habían fracasado estrepitosamente y dudaba mucho que aquel logopeda sin titulación médica ni formación específica alguna pudiese hacer algo, pero le había prometido a su mujer que le daría una oportunidad.
Bertie estaba claramente desesperado. Tan solo tres meses antes, cuando tuvo que pronunciar un discurso en el estadio de Wembley para inaugurar la Empire Exhibition, su tartamudeo fue tan dolorosamente obvio que se había sentido humillado. Necesitaba que alguien le ayudase a obrar un milagro y que lo hiciese rápido: en enero de 1927 estaba previsto que partiese junto a su esposa a un viaje oficial a Australia, donde habría de pronunciar un importantísimo discurso de apertura del Parlamento de Canberra. Tan solo tenía tres meses para conseguir dominar su tartamudez.
Lionel Logue, el terapeuta, lo examinó y, después de hacerle unas cuantas preguntas, le dio una buena noticia: «Se puede curar, pero va a tener que trabajar muy duro». El duque sonrió complacido y salió de la consulta con una larga lista de deberes que debía practicar durante una hora cada día, entre ellos, hacer gárgaras con agua templada y ponerse delante de una ventana, abrirla y, a pleno pulmón, cantar cada una de las vocales durante quince segundos seguidos.

Isabel no había cumplido ni un año cuando sus padres tuvieron que dejarla al cuidado de sus abuelos. Tras las Navidades en Sandringham con el resto de la familia real, la llevaron a Walden Bury y, el 5 de enero de 1927, los York se despidieron de la pequeña. Antes de partir, Elizabeth le dio a su hija un collar de coral que tenía de cuando era pequeña. En cuanto se montó en el coche, la duquesa no pudo dejar de emocionarse al saber que no vería a su hija en medio año.
Pero los reyes estaban encantados. A principios de abril, tras tres meses con los Strathmore, Isabel y su niñera se instalaron en la North Wing de Buckingham, el ala norte de palacio donde estaba la nursery. Si bien Jorge V y la reina María no mostraban ningún cariño hacia sus nietos varones, George y Gerald Lascelles, hijos de la princesa María, a la pequeña Isabel la colmaban de atenciones. La recibían cada tarde después del té —«¡Aquí viene el bambino!», exclamaba su abuela entusiasmada—, y el rey escribía regularmente a su madre sobre sus progresos. «Tu deliciosa hijita ya tiene cuatro dientes, lo que está muy bien para una niña de once meses», ponía en una carta en un alarde de dulzura y orgullo que jamás había demostrado con sus propios hijos. El rey dejaba que su nieta jugase con un loro hembra de color gris, llamada Charlotte, que lo acompañaba cada mañana en el desayuno y corría libremente por la mesa. También el monarca permitió que un carruaje de los establos reales sacara a pasear cada día a la pequeña princesa por Hyde Park. Bastantes transeúntes la reconocían y la saludaban al pasar. Isabel aprendió a devolverles el saludo moviendo ligeramente su manita. Fue una de sus primeras lecciones como miembro de la familia real.
Tan implicados estaban los reyes con su nieta que incluso le organizaron una fiesta por su primer cumpleaños: fue una tea party donde no faltó una pequeña tarta de cabello de ángel con una vela diminuta. No se conservan fotografías del evento, pero sí retratos que le tomaban cada mes. Isabel aparece como una niña muy espabilada, aunque serena y calmada, que demostraba una gran compostura. Siempre llevaba vestidos blancos de algodón, faldas con volantes y unos zapatitos azules muy lustrados. Estaba comenzando a tener un pelo rubio muy rizado que le peinaban sin ningún tipo de adorno. Isabel nunca llevó lazos, horquillas o demás complementos y tan solo era fotografiada con el collar de coral que le había dado su madre.

Hasta entonces, los duques de York habían pasado prácticamente desapercibidos para la opinión pública. Más allá de su boda y su reciente paternidad, la prensa no se había fijado apenas en sus actos de representación de la Corona y, aunque trabajaban con ahínco y visitaban frecuentemente hospitales, fábricas y ferias industriales, eran pocos quienes los tenían en cuenta. Al fin y al cabo, Bertie era tan solo el segundo en la línea de sucesión y todos daban entonces por sentado que su hermano mayor, David, el flamante príncipe de Gales, se casaría, tendría descendencia y algún día ocuparía el trono de Inglaterra.
Pero el viaje a Australia reforzó la posición de la pareja. A pesar de que pocos habían confiado en sus posibilidades de éxito, desempeñaron sus funciones a la perfección e incluso Bertie pronunció discursos con cierto aplomo y sin excesivos tartamudeos. Regresaron a Londres el 27 de junio y, acompañados de la pequeña princesa, salieron a saludar a la multitud que les daba la bienvenida a casa. Fue la primera vez que Isabel salió al icónico balcón de Buckingham.
Tras seis meses sin verla, sus padres la encontraron muy cambiada. No solo había crecido mucho, sino que gateaba, daba ya unos cuantos pasos y la señora Knight le había enseñado a decir mummy, aunque como no sabía a quién se refería exactamente, la pequeña princesa llamaba mummy a todos a su alrededor. También se había puesto un apodo, Lilibet, que es como se llamaba a sí misma al no poder pronunciar correctamente su nombre. A su abuelo, el rey, le hizo tanta gracia la ocurrencia que, a partir de entonces, toda la familia comenzaría a llamarla así.

De nuevo juntos, los York no regresaron a Bruton Street, sino a su propio hogar: una mansión en el número 145 de Piccadilly, muy cerca de Hyde Park Corner y a pocos minutos en coche de Buckingham, una zona entonces repleta de hoteles y tiendas. Los duques la habían alquilado antes de partir de viaje y Elizabeth había dejado instrucciones exactas de cómo quería la decoración, incluyendo paredes en colores pastel, entonces algo innovador y muy a la moda.34
El edificio, con una imponente fachada de piedra gris, grandes ventanales y un balcón en la primera planta, tenía unas veinticinco habitaciones distribuidas en cuatro plantas más un sótano. Había una sala de baile, grandes salones, biblioteca, estudio, sala de música y un ascensor. Detrás de la casa había un pequeño jardín, con una estatua de lord Byron en el centro, compartido con otras mansiones del lugar y conocido como Hamilton Gardens.
Cualquier invitado al 145 de Piccadilly hubiese sido recibido en un hall algo oscuro y bastante recargado, decorado con cuadros al óleo de caballos y grandes colmillos de marfil. Después de pasar unas columnas de un verde muy pálido, entraría en la llamada morning room, la sala de la mañana, una estancia muy acogedora con sofás y sillones, una alfombra persa, cortinas de color melocotón, muebles con muchos jarrones repletos de flores y una chimenea sobre la cual había un retrato de la pequeña Lilibet hecho por Edmond Brock.35 Unas puertas de caoba conducían al estudio de Bertie, un lugar espartano, aunque con encanto, con paredes forradas de madera, estanterías llenas de libros, una chimenea y un escritorio sobre el cual reposaba un cuadro en miniatura de la duquesa de York realizada por Mabel Lee Hankey —uno de los regalos, al parecer, que lady Strathmore, madre de Elizabeth, le había hecho a Bertie por su boda—.36 En la primera planta también comenzaba una gran escalera de madera sobre la cual había una inmensa cúpula de cristal. Las paredes estaban cubiertas de tapices de Bruselas.37
Las habitaciones de los duques estaban en la segunda planta. En el otro extremo de los dormitorios había un gigantesco drawing room, salón de recibir. Tenía estucos decorativos en paredes y techos, una chimenea, grandes lámparas de araña, unos cuantos cuadros de buena factura, un gran tapiz, un piano, varios secreteres y consolas lacadas y unos sofás estampados en florecitas.
La nursery estaba en la última planta y disponía de varias estancias: una gran sala central, un dormitorio, una habitación para la niñera y un baño. Tenía las paredes blancas y amarillas, grandes alfombras de color cereza y pocos muebles. En la day nursery, el salón central, había una chimenea, un par de sencillas butacas estampadas con flores, una mesa central de madera de roble, una trona y una estantería para las muñecas. La night nursery, el dormitorio propiamente dicho, tenía una sencilla cuna de barrotes de madera, varias cómodas para la ropita, una chimenea con un espejo y una dressing table, una especie de tocador.
Los York estaban asistidos por un nutrido staff: además del mayordomo —el señor Ainslie—, y el ama de llaves —la señora Evans—, estaban la doncella de la duquesa y el ayudante de cámara del duque, un ayudante de mayordomo, dos lacayos, tres criadas, una cocinera —la señora MacDonald— y tres ayudantes de cocina. Para operar el teléfono había un boy scout y se contrató a un exmiembro de la Royal Air Force como vigilante nocturno. Aparte de Alla Knight, pronto apareció por la nursery una criada para asistir a la pequeña: era la escocesa Margaret MacDonald, apodada Bobo, una mujer pelirroja, disciplinada, frugal y con los pies siempre firmemente en el suelo que venía de un ambiente muy humilde —era hija de un maquinista de Inverness— y acabó siendo una de las personas en las que Isabel más confiaría en su vida.
Una vez instalados en su nuevo hogar, Bertie y Elizabeth reanudaron su vida social. A ninguno le gustaban los nightclubs ni frecuentaban los locales de moda de la clase alta, como el Ambrose o el Embassy Club. Tampoco les agradaba esquiar, por lo que no iban a St. Moritz en invierno, ni jamás fueron a la Riviera francesa en verano. De hecho, solo salían al extranjero de viaje oficial y preferían pasar sus ratos libres en cacerías del zorro rodeados de aristócratas. Los York alquilaban cada año grandes fincas para la winter season, la temporada de caza en invierno, en especial Thornby Grange y, sobre todo, Naseby Hall, una inmensa extensión de terreno en el distrito de Daventry, en Northamptonshire, con una elegante mansión de principios del siglo xix. Las fiestas navideñas las pasaban en Sandringham y los veranos, en Escocia, entre Glamis con la familia de ella y Balmoral con los Windsor.
La princesa los acompañaba. Fue en Escocia donde dio sus primeros pasos, en verano de 1927. En las Navidades del año siguiente ya tenía el suficiente vocabulario como para entender algunos villancicos. Cuando le preguntaron si sabía quién era el señor con largas barbas blancas que aparecía en las postales navideñas, dijo que era su abuelo el rey, o Grandpa England, el abuelito Inglaterra, como ella a veces lo llamaba.
A la pequeña le gustaba especialmente ir a las grandes fincas que alquilaban sus padres para cazar. Fue allí donde descubrió sus dos grandes pasiones en la vida: los perros y los caballos. Los primeros canes que Isabel recordaba eran los de su abuela materna, lady Cecilia Strathmore, dos chow chow de nombre Brownie y Blackie. En cuanto a los equinos, su interés por ellos nació seguramente en el otoño de 1928, mientras acompañaba a sus padres en Naseby Hall e iba a diario con su nanny a saludar a los caballos. Alla tenía que vigilarla de cerca porque, a la mínima oportunidad, Lilibet se escapaba corriendo a los establos.

El 21 de noviembre de 1928, el rey se sintió tan mal que no pudo ni escribir en su diario como hacía todas las noches. Tenía fiebre y le dolía la garganta. Los médicos comenzaron a hacerle pruebas y pronto llegaron a un preocupante diagnóstico: una aguda infección bacteriológica en el pecho. Jorge V no respondió bien a los primeros tratamientos y, a principios de diciembre, estaba tan débil que apenas podía andar. El 12 de diciembre, estaba en cama totalmente inconsciente.
Se informó a la familia de que además del grave problema de bronquios, también sufría una aguda infección en la sangre que podría costarle la vida. Llamaron a todos sus hijos para que acudieran inmediatamente a Buckingham, y la corte se movilizó para preparar un entierro y asegurar el cambio en el trono por si se cumplían los peores augurios.
Los médicos decidieron practicar una operación de urgencia para retirar todo el pus y, contra pronóstico, el monarca sobrevivió. En los días siguientes, comenzó a recuperar poco a poco sus fuerzas con la ayuda de un remedio casero poco ortodoxo: un huevo diario batido con brandy. Sus doctores también le recomendaron un clima soleado y al lado del mar. Sir Arthur du Cros le ofreció su casa en Bognor, una mansión llamada Craigweil con un bonito jardín repleto de árboles y vistas al Canal de la Mancha. Trasladaron al rey en ambulancia el día 9 de febrero de 1929.
Las prácticas médicas eran tan distintas de las actuales que, al cuarto día de estar en Bognor, le dejaron volver a fumar. Aparte, hicieron que Lilibet fuese a pasar unos días con él para animarlo. Cada día, abuelo y nieta compartían una hora juntos mirando a través de la ventana mientras la pequeña decía cosas graciosas de la gente que veía. El rey se reía a carcajadas.
De regreso a Londres, siguieron viéndose a menudo y no era difícil ver al rey tirado por el suelo jugando con su nieta. Incluso el muy augusto Jorge V se ponía a cuatro patas y Lilibet le tiraba de la barba, como si fuera un caballo. Durante la hora del té, la pequeña se sentaba en una sillita a su lado y su abuelo le iba pasando galletas para que se las diera a los perros. O, a veces, cuando estaban en Sandringham, iban juntos a los establos y el monarca le enseñaba sus caballos de carreras favoritos, Scuttle y Limelight. Lilibet siempre sería la nieta favorita del rey.

Su padre, el duque de York, miraba embelesado aquellas idílicas estampas entre Jorge V y la pequeña princesa. A nadie se le escapaba que, a pesar de su corta edad, Lilibet era una mezcla entre dulzura y una compostura inaudita para una niña tan pequeña. También tenía mucho arrojo, disciplina, aguante y determinación. Su padre escribió una vez en su diario que su hijita le recordaba a la reina Victoria.
Era un presagio de lo que estaba por venir.